EL QUE IGNORA…

¡Pobre Universidad Central! El misho presidente la choleó hasta la humillación en su última sabatina. Dijo que ahora sus autoridades se hacían notar porque buscaban la reelección, que había una mentalidad provinciana, que había incapacidad, que la revolución ciudadana tenía listo el recambio generacional de maestros y que su ex aliado se había unido al MPD para protestar. Todo lo cual, a estas alturas, puede ser cierto.

Lo que no es cierto es que ahora la Central lucha contra el “colonialismo científico”. No sé de dónde el misho presidente sacó esa conclusión. Esa bandera no es de Samaniego, es la de los maestros que todavía no hemos renunciado a la dignidad del pensamiento revolucionario.

La Universidad no es cuchara, señor. Lo que en ella ganamos nos ha servido para vivir ajustados, pero con dignidad. En la universidad se piensa, se estudia, se imagina. En ella se cuece el destino de la patria, en ella se ejerce la crítica al sistema, a los sabihondos, a los prepotentes. Si la universidad no cumple ese papel, está muerta.

Usted, señor presidente, ignora nuestra realidad. No sabe que la cultura de occidente quemó, en una “hoguera bárbara”, las civilizaciones del Sumaw Kawsay, y con ello redujo a cenizas nuestro pensamiento original. No entiende que de esas cenizas está naciendo lo nuestro. Hay un pensamiento nacional, señor presidente, que usted ignora. Usted tiene que aprender que para ser universales, tenemos primero que ser de aquí, de la tierra que nos vio nacer. Es eso lo que la Universidad tiene que enseñarle a nuestra juventud. Usted y sus amanuenses son agentes eficientes del colonialismo científico, señor. Ustedes siguen ignorando lo que la cultura secular nos ha ocultado siempre. ¡Son unos ignorantes!

 

JORGE OVIEDO RUEDA

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La Hora, 3/abril/2013, Quito

 

 

 

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LA MARCHA

Creo que a nadie que no sea el gobierno de Correa le cabe la menor duda de que para hacer otro Ecuador, hay que comenzar por cambiar la educación. No se trata de cambios cosméticos. Hablamos de cambios raigales, gnoseológicos, que sean el principio del fin de una vida caracterizada por el lucro y el egoísmo.

No hay en el gobierno de Correa ninguna intención de ir a ese cambio. Los “pichones imberbes” que tienen a su cargo esta tarea son piezas inconscientes del mecanismo reproductor del sistema, convencidos, además, de que en este campo cumplen una misión mesiánica.

Me sorprendería si hicieran algo diferente. La gran estafa de la revolución ciudadana está en la educación. Lo que me sorprende y admira es el papel que está jugando la Universidad ecuatoriana en estos momentos cruciales.

Poca batalla se dio antes de la aprobación de la nueva ley de Educación Superior y, lo que es peor, se abrió las puertas a la propuesta del ejecutivo. Voces aisladas advertimos del peligro, pero como Institución, la Universidad hizo muy poco. Los blasones de rebeldía que siempre tuvo la Universidad ecuatoriana, brillaron por su ausencia.

Ahora el rector Samaniego convoca una marcha para pedir a Carondelet que le permita mantener en sus puestos a los maestros que ya cumplieron setenta años y que le autorice contratar maestros extranjeros con PHD y otras minucias. Los pichones del régimen castigan el atrevimiento y le sacan los cueros al sol, diciéndole hasta incapaz.

Como maestro universitario me solidarizo con el rector de la Central, pero más lo haría si convocara una marcha para protestar contra el colonialismo científico que ha iniciado el gobierno de Correa. Por minucias no, prefiero la inteligencia de mi cátedra, en la que germina silenciosa la rebeldía.

JORGE OVIEDO RUEDA

Publicado en

La Hora, 27/marzo/2013, Quito

 

 

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¡QUE PAPA!

Cerca del ochenta por ciento de los ecuatorianos somos católicos. Hay un veinte por ciento que no lo somos. Si un presidente de la república lo es de todos, no me parece bien que proclame a los cuatro vientos su filiación religiosa, menos que se autodefina “curuchupa”. Ser “curuchupa” es pertenecer a una secta, no a una religión, es por definición ser conservador en el sentido más retrógrado del término.

Así se definió el misho presidente en su última sabatina. Soy “curuchupa”, dijo, y por eso voy a asistir a la entronización del Papa Francisco en Roma. Creo que a estas alturas ya estará con la rodilla en tierra romana, besando la sortija papal.

¿Sabía usted, lector, que en tiempos pretéritos, la Iglesia católica, apostólica y romana tenía una singular silla en la que el Papa se sentaba antes de iniciar su pontificado y un joven sacerdote palpaba por abajo las partes pudendas del elegido? Si las tenía de varón, entonces, el joven sacerdote proclamaba a voz en cuello una frase en latín que traducida quería decir “están en su lugar y cuelgan bien”, con lo cual se daba inicio al papado. Tal vez ahora ya no se cumpla el rito, pero nada ha cambiado. La Iglesia sigue siendo la institución mundial que representa la esencia del patriarcado. Dentro de ella hay una secta “curuchupa” que cuida, pule y da brillo a la religión, preocupándose de que los cambios que se hagan no cambien nada.

El nuevo Papa ha dicho que Dios no se cansa de perdonar a los pecadores. Cabe preguntarse, si los pecadores se acabaran, ¿qué papel le quedaría a la Iglesia? Me parece que el Papa no es el Vicario de Dios, sino el gerente de un gran negocio mundial.

¡Y mashi Rafael se dice revolucionario, siendo profundamente “curuchupa.”! ¡Que buena papa!

JORGE OVIEDO RUEDA

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La Hora, 20/marzo/2013, Quito

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IDENTIDAD NEGATIVA

Una curiosa reflexión de Hegel establece la posibilidad de definir algo por lo que no es. A eso le llama “identidad negativa”. Es posible entender el yo, por ejemplo, si imagino lo que no soy. No soy malo, no soy envidioso, no soy egoísta, no soy corrupto, por lo tanto, soy todo lo contrario. El individuo se acostumbra a ver en su prójimo lo que no quiere ser él, con lo cual pierde la perspectiva de saber lo que realmente es.

Creo que a los ecuatorianos nos ha pasado esto desde la fundación de la república, hemos perdido la perspectiva de saber lo que realmente somos porque nuestras élites gobernantes nos han pintado un falso ideal de lo que queremos ser. No somos indios han dicho, ni mestizos, somos lo contrario; no somos corruptos, no somos pequeños, no somos débiles, somos todo lo contrario. Una nación no puede construirse con una identidad falsa, tiene que hacerse con una identidad real que siempre será el resultado de sus virtudes y defectos.

Las élites quisieron, primero, remedar a los ingleses, después nos quisieron afrancesar, hoy el estilo de vida norteamericano amenaza al Ecuador. Pese a la resistencia indígena, nuestro país no termina de ser auténtico. Lo nuestro sigue siendo lo peor, no importa si compite con lo menos bueno de otras latitudes.

Este gobierno, que se dice revolucionario, manda a educarse a las nuevas generaciones en el extranjero, para que traigan de allá los modelos que aquí se deben aplicar. A eso le llama excelencia. No, señores, eso se llama colonialismo científico, la educación es la raíz del cambio. Educación para el futuro, con el orgullo nacional de ser lo que somos y no copia de nadie. Tenemos que aprender a vernos de frente en el espejo, aunque seamos feos. Ahí comienza la verdad.

JORGE OVIEDO RUEDA

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La Hora, 13/marzo/2013, Quito

 

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LA FELICIDAD

Escribir sobre la felicidad puede resultar un ejercicio demasiado subjetivo, pues puede haber tantas definiciones como seres pensantes existen; sin embargo, no es posible abstraerse del concepto. Resulta que, de una u otra manera, como seres humanos, estamos vinculados a èl.

La Iglesia, en el medioevo, asociò la felicidad de los hombres con la vida después de la muerte. Una vida de abstenciones, sacrificios, penitencias, tenía como recompensa el paraíso; vivir en el pecado, por el contrario, tenia como castigo los espantosos tormentos del infierno.

El régimen capitalista asocia la felicidad del ser humano al consumo. El mercado oferta, el individuo consume. No hay forma de escapar de esta dualidad. En el baratillo de ofertas hoy están desde los sueños hasta las bombas atómicas, pasando por los órganos humanos. Si estamos en capacidad de adquirir lo que el mercado ofrece, tenemos la felicidad en nuestras manos.

El socialismo real del siglo XX creyó, erróneamente, que la felicidad tenía que estar basada en la igualdad, una igualdad que en esta etapa histórica de la humanidad es inalcanzable. Cuando ya no se pudo ocultar esa verdad, el socialismo real se derrumbó. No habrá igualdad mientras no seamos capaces de producir más de lo que necesitamos.

Las sociedades ancestrales de todo el planeta asociaban la felicidad de sus pueblos al cuidado y respeto de la naturaleza. Sabían que si la dañaban se estaban dañando ellos mismos. Su armonía interior dependía del equilibrio exterior. No era un reflejo, era un estado.

Hoy es inexplicable que los hombres de la ciudad trabajen como esclavos durante todo el año para irse unos pocos días fuera de la ciudad a vivir como vivían nuestros antepasados. Hay una corriente universal de vuelta a la naturaleza que debe convertirse en fuerza política. Una nueva vida, una nueva economía, una nueva felicidad.

JORGE OVIEDO RUEDA

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La Hora, 6/Marzo/2013, Quito

 

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JUICIO HISTORICO

La propuesta política del pastor Zavala tuvo la virtud de hacernos ver a los ecuatorianos que todavía existe una corriente de pensamiento que vive en el pasado y cree que la moral de un pueblo tiene que ser el reflejo de lo que un libro dice. Los fundamentalismos, religiosos o políticos, sin excepción, han terminado en la hoguera o en el potro de los tormentos.

Cuando le oí al pastor decir que de ganar él gobernaría con la Biblia en la mano, no dejé de inquietarme, no tanto porque veía posible su triunfo, sino por la pervivencia en nuestra comunidad de un tipo de fanatismo anacrónico que choca contra la conciencia moderna. Esta es la época de la cibernética, de los viajes espaciales, de la cuántica, de la nano tecnología a la que le debe corresponder una moral diferente, enraizada en la ciencia y no en el fanatismo religioso. Lo grave de este asunto es que Zavala lo dijo abiertamente, pero no está solo. La Iglesia católica y todas las iglesias piensan así, pero prefieren el silencio.

Sostener que las preferencias sexuales diferentes a las que dice la Biblia son una enfermedad equivale a dar como válida la lógica de Procusto, es no aceptar la necesaria diversidad que caracteriza todas las cosas del multiverso, como sostiene el pensamiento filosófico andino. La existencia de múltiples preferencias sexuales está dada en la realidad y debemos ir de ella a la teoría y no al revés.

Que en el mundo haya lesbianas, homosexuales, transgéneros, hermafroditas y otras preferencias, demuestra que no es cierto que sólo hay dos sexos. Hoy la comunidad LGBTI le amenaza con un juicio al pastor Zavala por negar esta verdad a nombre de Dios. El juicio, para que sea histórico, debe hacerse contra el verdadero autor intelectual de esta aberración.

JORGE OVIEDO RUEDA

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27/febrero/2013

 

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LA OPOSICION

 

Una marea verde flex cubre el Ecuador. Rafael Correa volvió a recibir el apoyo mayoritario del pueblo. En el pasado, sólo Rodrigo Borja concentró tanto poder. Hoy Correa tiene en sus manos la Asamblea Nacional, el poder judicial y los otros poderes que su genio político inventó para bien de su proyecto.

El que diga que esto está mal sólo demuestra que respira por la herida. Correa sabe hacer las cosas porque va con la Historia. Aquellos “líderes” que hablan a nombre del pueblo, sin excepción, defienden el pasado. No son un cero a la izquierda, pero ya no convencen.

Dicen que Lasso es la nueva derecha. En sus primeras declaraciones sostiene que él inaugura la oposición a Correa. Nada puede ser más postizo. La nueva derecha está protegida por Correa y, hoy por hoy, prefiere el silencio. Empresarios como Noboa son una especie en extinción que nunca volverán al poder, porque en el marco del nuevo Estado tienen que pagar impuestos. Esa reforma es parte de lo que Correa llama revolución.

Líderes populista como Gutiérrez van contra la Historia. En su limitado horizonte mental, creen que la mejor forma de salir del atraso es entregándose a los intereses extranjeros. El discurso “socialista” de Correa los ha sepultado.

La izquierda stalinista no da la talla para ser oposición. Acosta recomienda mansamente a Correa que sea tolerante y rectifique.

La oposición a Correa está en otro lado. Es una oposición ideológica, programática y orgánica, que parte de dónde Correa ha llegado. Es una oposición que va con la Historia, pero que ve más allá de lo que Correa ve.

Esa oposición es la nueva izquierda. No es estridente, es reflexiva; no es oportunista, es auténtica, propone el Sumaw Kawsay revolucionario y socialista. Esa nueva izquierda derrotará a Correa.

JORGE OVIEDO RUEDA

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La Hora, 20/Febrero/2013, Quito

 

 

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¡VERDE FLEX!

 

 

 

Estamos a las puertas de las próximas elecciones presidenciales. A mí no me cabe duda de que Rafael Correa ganará la contienda. Sólo la ceguera intencional no puede ver semejante realidad. Me corrijo, la ceguera de clase. Que Lasso crea que puede triunfar o Alvarito, se explica, porque los políticos burgueses tratan a los electores como a borregos. Los buitres del populismo gutierrista no pueden ocultar sus garras detrás del guante blanco que se han puesto y la versión particular del correismo, que se oculta en Ruptura, no produce ni frío ni calor.

Lo que no tiene explicación es la conducta de la izquierda plurinacional. “El país que queríamos. ¡Ahora sï!”, reza uno de los principales lemas de su campaña. No compiten, reclaman lo que consideran suyo. “Nosotros confiamos en ti, pero nos engañaste”, dicen por los cuatro puntos cardinales de la Patria.

¡No basta! Lo primero que hay que hacer a estas alturas es reconocer cuanto de bien ha hecho Correa con lo que ellos llaman “su” programa. El Ecuador de hoy nada tiene que ver con el de la partidocracia. Los problemas de hoy son otros.

Lo segundo, plantear nuevas soluciones a esos nuevos problemas; pero para eso se necesita una profunda vocación autocrítica. Es triste decirlo, pero de la actual situación es más culpable la izquierda que la derecha. No basta sostener que la izquierda ha estado junto al pueblo, hay que esforzarse por descubrir por qué el pueblo nunca creyó en sus propuestas. Lo que la izquierda nunca pudo hacer, les dio haciendo Correa. Ya no se trata de construir el país que queríamos con Correa, ahora se trata de proponer el país que la Historia reclama. Otro país. ¡Si no hay autocrítica, creo que en este próximo período la verde flex le dejará sin trabajo a la izquierda plurinacional!

JORGE OVIEDO RUEDA

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La Hora, 6/Feb,/2013, Quito

 

 

 

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REFORMA

 

La suerte de toda sociedad es la reforma permanente, como la de todo organismo vivo, pero en ese proceso constante de cambio hay etapas en que el cambio adquiere características revolucionarias. Para el cambio de las reformas se necesita plena conciencia de los valores paradigmáticos que rigen la marcha de la sociedad; para el cambio revolucionario se necesita la conciencia política de que esos paradigmas ya no sirven y deben de ser cambiados. Si bien es cierto que el cambio es permanente, no es lo mismo el cambio de la reforma que el cambio revolucionario.

El cambio de la reforma se va dando en la etapa de equilibrio que toda sociedad tiene entre las fuerzas del pasado y aquellas que desde su seno mismo comienzan a desarrollarse. Es el movimiento dialéctico inevitable del conjunto social. Sociedades estratificadas como las del Egipto antiguo parecen estáticas en el tiempo; las sociedades occidentales, todas, han cambiado dinámicamente, hasta constituirse en lo que son.

Pero la reforma nunca ha sido eterna, culmina cuando el cambio revolucionario se hace necesario. Nadie lo puede evitar, pero necesita de la acción consciente del ser humano, sin ella se impone el caos. Esta lucha corta y violenta es inevitable y en un minuto revolucionario la Historia logra lo que cincuenta años reformistas no pudieron hacer.

En el gobierno del Mashi Rafael no hay conciencia del cambio revolucionario, él mismo y sus correas boys creen que están viviendo el paraíso de las reformas. Ignoran el abecé de la política revolucionaria. Si oyen a Lenin decir “que sólo combates encarnizados, guerras civiles, pueden librar a la humanidad del yugo del capital”, se tapan los oídos y se santiguan. Prefieren la tranquilidad de las aguas reformistas; pero los que vemos de frente la realidad sabemos que esos sueños no son eternos.

 

JORGE OVIEDO RUEDA

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La Hora, 30/enero/2013, Quito

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UNA IZQUIERDA SIN PECADO ORIGINAL ES NECESARIA EN EL ECUADOR

Se puede decir que con el fin del siglo XX parecía haber llegado también el fin de la Utopía. A los marginados de la tierra se les había esfumado hasta la esperanza. Las trompetas victoriosas del capitalismo ahogaban en todo el planeta los sollozos de los humildes. Un triste paisaje de desaliento había quedado después de la batalla. El último esfuerzo mundial por reformar el socialismo fue devorado inmisericordemente por las mafias enraizadas en el mamotrético Estado soviético. Algo inverosímil había sucedido: la rueda de la Historia parecía haber dado vuelta para atrás.

No duró mucho el entusiasmo capitalista. En la primera década del nuevo milenio las pavorosas contradicciones del sistema quedaron al descubierto. El capital financiero mundial tuvo que recurrir a transfusiones colosales de su propio dinero para sobrevivir. A nadie se le ocurre dudar de que el enfermo padece una enfermedad terminal, pero, así mismo, sólo a los fanáticos se les puede ocurrir que no hay nada más que esperar para enterrarlo. En su fase final, el capitalismo todavía tiene recursos para recuperarse. A las potencias capitalistas del mundo les queda la fuerza y otras estrategias menos drásticas para mantenerse vivas. El llamado “capitalismo verde” es ahora una de sus más exitosas y el cambio de hegemonía, otra. Los revolucionarios sabemos que no escatimarán recursos para conservar su civilización, levantada sobre el sudor y el sacrificio de los pueblos pobres del mundo.

En América Latina la estrategia socialdemócrata reformista es una pieza clave de la recuperación del capitalismo mundial. Son gobiernos que por principio plantean la necesidad de hacer concesiones a las necesidades de las masas para reacomodar las fuerzas de la dominación, gobiernos pragmáticos sabedores de que quitarle un punto de la riqueza a los poderosos puede ser visto como un acto revolucionario por las masas postergadas. Es una renovada concepción política que ayuda a prolongar la agonía del sistema. Estos gobiernos “progresistas” no conciben la idea revolucionaria de que al capitalismo hay que ayudarle a morir y no a recuperarse. Ellos se han adueñado del discurso socialista y dicen ser la izquierda auténtica. A su interior, una izquierda “boba” se mantiene hipnotizada en espera de, mediante un golpe de timón, tomar el mando del proceso.

El Ecuador no es la excepción. Veamos.

HISTORIA DE UNA IDEA

En la década de los años veinte del siglo pasado la crisis del bipartidismo liberal-conservador en el Ecuador vio surgir al socialismo como una alternativa. Recién en esta década comienza a aparecer el rostro del Ecuador moderno. Hay nuevas fuerzas económicas, sociales y políticas, pero de toda esta nueva realidad lo más importante fue la presencia del sub-proletariado, como Agustín Cueva lo llama, grupos populares paupérrimos y políticamente inquietos que buscaban afanosamente quién les representara a nivel político. Era la izquierda la llamada a hacerlo, pero no lo logra. Enfrascada en discusiones doctrinarias, ajena incluso a reflexiones tan importantes como las que Mariátegui hacía entonces en el Perú, se deja ganar la partida por el caudillismo atropellante de Velasco Ibarra. Desde entonces la izquierda en el Ecuador carga el pecado original de no haber sido capaz de representar genuinamente a las masas populares y haberse escudado siempre en alguna figura o movimiento “progresista” para avanzar, según ella, a la consecución de sus metas históricas. Este rasgo general de la izquierda en el Ecuador estaba sustentado en la conducta particular de cada una de las fuerzas que la conforman. Las aspiraciones de una izquierda nacional, independiente, enraizada en nuestras tradiciones de lucha (PSE) se quedaron en eso, aspiraciones nada más, nunca se hicieron realidad; igual, las aspiraciones de llevar adelante una reforma demo-burguesa (PCE) tampoco nunca tuvieron a la izquierda como protagonista. Toda reforma la hicieron las fuerzas o los líderes de las fuerzas pro burguesas, dándoles, a lo mucho, el papel de furgón de cola a la izquierda. Así es como se ha modernizado la dominación capitalista en el Ecuador, con una izquierda que ha puesto las tesis y una derecha que no ha tenido empacho en aprovechar el impulso a condición de mantener en sus manos el poder político y el control del Estado.

Así sucedió en la década de los años treinta. La crisis mundial del capitalismo agudizó las contradicciones internas del capitalismo dependiente. En el Ecuador se volvían a enfrentar conservadores y liberales por el control político del Estado. La izquierda (PSE, PCE) apoyó el efímero gobierno del coronel Luis Larrea Alba y, después, tomó partido por la tendencia liberal, con el pretexto de impedir el retorno del conservadurismo, con lo cual allanó el camino para el surgimiento del caudillismo velasquista. Tras la primera caída de Velasco Ibarra la izquierda reencontrada decidió apoyar la candidatura del coronel Larrea Alba que no prosperó porque se instauró la dictadura de Federico Páez. Siempre detrás de bastidores, nunca poniendo sus cartas sobre la mesa. Este rasgo de la izquierda ecuatoriana no puede ser explicado únicamente por la debilidad orgánica que entonces tenía, sí por la composición clasista de sus dirigentes. La izquierda en el Ecuador fue fundada por intelectuales de clase media, de los cuales muy pocos comprendieron que la ideología de izquierda era un compromiso definitivo con el cambio revolucionario. Esta característica castrante de la izquierda se ha mantenido desde entonces hasta nuestros días.

Igual sucedió en la década de los años cuarenta. Mediante fraude llegó al poder Carlos Alberto Arroyo del Río. Velasco Ibarra, que había sido su contendor, no aceptó los resultados, motivo por el cual fue apresado y desterrado a Colombia. Se convirtió en el “gran ausente”. La segunda guerra mundial fue el marco para que el Perú invadiera nuestro territorio y nos obligara a firmar el Protocolo de Rio de Janeiro por el que se nos despojó de casi la mitad de nuestro territorio. La oposición a Arroyo del Río creció en un Ecuador traumado por la invasión peruana y por la constatación de que los únicos beneficiarios del conflicto con el Perú habían sido los sectores oligárquicos. Las condiciones históricas habían hecho de la oposición popular la punta de lanza contra las fuerzas coaligadas de liberales y conservadores. El PSE y el PCE encabezaban la oposición. Estudiantes, campesinos indios, peones libres de la costa, sectores suburbanos de las ciudades, pueblo en general apoyaron una coalición de fuerzas antiarroístas, entre las cuales se incrustaron las fuerzas tradicionales de conservadores y liberales. Cuando llegó el momento del asalto final, esa coalición de fuerzas populares, encabezadas por la izquierda, tambaleó y decidió llamar al “gran ausente”. Este declaró que tenía el “corazón a la izquierda” y aceptó la propuesta. A los pocos días de asumir el poder le volvía a latir el corazón en su sitio y las aspiraciones populares quedaron frustradas.

Por medio del caudillismo velasquista se reafirmaba el dominio oligárquico. La izquierda no había servido sino como peldaño de los intereses seculares de nuestras clases dominantes. Tampoco en esta ocasión valen las justificaciones que la propia izquierda ecuatoriana esgrime: debilidad orgánica, ausencia de madurez política, falta de condiciones objetivas o subjetivas, traición, etc., etc. y etc. Otra explicación que sí cabe es la composición clasista de la dirigencia izquierdista que no era capaz de comprender que la ideología de izquierda es un compromiso definitivo con el cambio revolucionario.

La estabilidad económica que caracteriza al Ecuador de los años cincuenta hace que la izquierda ecuatoriana se vuelva menos doctrinaria y contestataria. Se da el lujo de colaborar con los gobiernos de turno y de esa forma codearse con las élites y ganar prestigio.

El triunfo de la revolución cubana en 1959 vendrá a sacudir este estado de cosas, tanto en la izquierda como en las fuerzas tradicionales.

En la derecha porque la revolución cubana es la primera amenaza que en la práctica se da a la dominación continental de terratenientes y oligarcas y por el giro antinorteamericano que va tomando en la medida que avanza. Se percibe al proceso cubano como una fuerza centrípeta que atrae a su seno a los miserables pueblos latinoamericanos. Con los pelos de punta las élites de América Latina comenzaron, como nunca antes, a ampararse en el poder norteamericano.

En la izquierda, porque el triunfo cubano hace aflorar las posiciones más radicales que habían estado represadas, desde sus orígenes, por una dirigencia de clase media y pequeñoburguesa incapaz de comprender cuál era el verdadero compromiso revolucionario. Por eso, en el seno del PSE, surge el Partido Socialista Revolucionario y en el PC muchas inquietudes que comienzan a sacudir los conceptos tradicionales de una dirigencia anquilosada. La revolución cubana le dice a la izquierda latinoamericana que “el deber de todo revolucionario es hacer la revolución” y, en la izquierda ecuatoriana, se recepta el mensaje. El PSRE quiere ser esa fuerza que asuma el reto de la historia. Deja en el camino la carcasa oficial del viejo PSE para nacer como una fuerza política diferenciada de la izquierda tradicional, dotado de un programa y una ideología revolucionarias en pleno proceso de construcción. Ese esfuerzo genuinamente revolucionario tuvo en Manuel Agustín Aguirre a su más esclarecido representante.

En menos de lo que un gallo canta el poder norteamericano se dio cuenta que el ejemplo de la revolución cubana podía incendiar la pradera. Para neutralizar el ascenso revolucionario continental propuso su célebre Alianza para el Progreso. Reforma Agraria y fomento industrial eran sus dos caballos de batalla. Los gobiernos cipayos de América Latina creyeron que se les estaban abriendo las puertas del cielo. Las auténticas fuerzas revolucionarias del continente decidieron dar la batalla. Con el ejemplo cubano se organizaron, bien o mal, fuerzas insurgentes en todo el continente. El poder yanqui tensó las fuerzas de la contrainsurgencia. La década de los años sesenta registra la más feroz injerencia de la CIA en América Latina y las fuerzas tradicionales encabezadas por la Iglesia católica, Apostólica y Romana se pusieron al frente de la cruzada anti comunista.

En Ecuador se instauró la dictadura militar de Castro Jijón que inició su gobierno nacionalizando las cumbres andinas, como para que no queden dudas de su “espíritu transformador”. Los yanquis se veían obligados a hacer concesiones en un continente agotado por la crisis y la expoliación brutal de los terratenientes y sus aliados.

Pronto entre las fuerzas de la revolución comenzaron a presentarse problemas. No encontraban forma de ponerse de acuerdo sobre temas relacionados con la táctica y la estrategia de la revolución. El Che Guevara ofrendó su vida en Bolivia para demostrar que la mejor táctica de la revolución mundial era la lucha práctica contra el imperialismo. Pocos siguieron su ejemplo. La izquierda comunista, sobre todo, actuó como una quinta columna en todo el continente, proclamando a los cuatro vientos que la “teoría del foco” era impracticable y que había que aceptar que las tareas demo-burguesas eran el paso inmediato de la revolución.

Pocos años después de la muerte del Che triunfó en Chile Salvador Allende. Un nuevo aliento surgía en las fuerzas revolucionarias del continente. La “vía chilena” al socialismo se ponía a consideración de los revolucionarios. Un cambio legal, con el apoyo democrático de las masas oprimidas, era una nueva opción. El golpe fascista de Pinochet contra Allende en Chile demostró que cuando se trata de mantener el poder político y el Estado al servicio de las clases dominantes, no hay paños tibios. Tras un baño de sangre el imperialismo volvió a meter a Chile en su rebaño. Las teorías del desarrollo neoliberal sirvieron para legalizar la dictadura. La polémica en la izquierda latinoamericana, desde entonces, se agudizó más, pero con una nueva característica, se volvió más académica, más diletante, menos arriesgada.

Como consecuencia se agudizó la atomización de la izquierda. En la matriz socialista y en la comunista surgieron nuevos grupos. Unos más radicales que otros. Surgió el MIR, el MRT, la Izquierda Cristiana, el PCML y, más tarde, Liberación Nacional. Sintomáticamente se discutía de todo, pero cada vez más se consideraba menos otras formas de lucha como método para tomar el poder. La izquierda, en general, se fue institucionalizando y, lo que es peor, parlamentarizando, sosteniendo, cada vez con mayor fuerza, que la lucha legal era la única posible.

En el Ecuador la década de los años setenta está copada por las dictaduras militares. En realidad son dicta-blandas, que se dieron el lujo de autodefinirse como gobiernos nacionalistas y revolucionarios. La izquierda miró y, en algunos casos, hasta aplaudió la gestión militar.

Al finalizar la década de los años setenta la presión popular, en primer lugar, clamaba por un regreso a la democracia. La Constitución del retorno sirvió para legalizar el regreso de la oligarquía al poder y el manejo del Estado, sobre todo después del “accidente” fatal que segó la vida de Jaime Roldós Aguilera.

Con nuevos bríos de “lucha democrática” la izquierda ecuatoriana se preparaba para la lid política. Contaba, a su haber, con un interesante desarrollo consciencial del movimiento obrero-sindical, que a estas alturas comenzaba a dejar el claustro de la lucha gremial para incursionar en la lucha política.

La izquierda en su conjunto había comenzado a sacarle brillo a su más reciente tesis: de aquí en adelante hay que construir partidos de masas, que estén en condiciones de competir exitosamente con los partidos de la derecha, hay que dejar a un lado las veleidades de la organización revolucionaria, el método de lucha es la lucha legal, todo lo contrario es infantilismo revolucionario.

Con estas tesis inicia la izquierda en el Ecuador la década de los años ochenta. Tema sobre el cual hablaremos en una próxima entrega.

 

JORGE OVIEDO RUEDA

Escrito para Línea de Fuego, Quito, 20 de enero de 2013.

 

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