¡ADELANTE, RAFAEL!

 

 

Un solo grito ¡Ya tenemos presidente! recorre el Ecuador. Como que las elecciones son un pequeño obstáculo a vencer para seguir con la obra. Yo puedo decir: ¡Adelante, Rafael, tu eres necesario!

Estoy de acuerdo sin ser partidario de Rafael Correa. Estoy de acuerdo porque el triunfo de cualquiera de los aspirantes sería una tragedia para el Ecuador. Las candidaturas de la derecha tradicional y moderna (Lasso, Noboa, Rodas) nos traerían el pasado al presente, con toda su carga de miseria, mendicidad y latrocinio; las candidaturas del populismo (Gutierrez, Zavala) la degradación de la dignidad nacional y la de la izquierda plurinacional un revanchismo absurdo de “quítate tú para ponerme yo.”

Nadie está más capacitado para la reforma política como Correa. El la lleva adelante de manera magistral, con la oposición de una fauna mediocre que dice tener fórmulas mágicas. La Historia tiene un derrotero. La sociedad humana se encamina al socialismo. Los que apunten en esa dirección, están con la Historia, los que no, contra la Historia.

Pero Correa es líder de la reforma, no de la revolución. Correa es apenas un eslabón necesario. Sabe disimular su condición usando el discurso socialista, pero no se puede hacer revolución manteniendo el compromiso con el capitalismo corporativo mundial, como lo demuestra a cada instante.

De ahí que hoy más que nunca se necesite una izquierda frontal, que declare su fe inquebrantable en el socialismo como alternativa al desarrollismo neoliberal que hoy se escuda en gobiernos como el de Correa. A la izquierda del Mashi sólo puede estar la propuesta del Sumaw Kawsay revolucionario y eso sólo puede hacerlo una nueva izquierda, enraizada en nuestras tradiciones y proyectada al futuro.

 

JORGE OVIEDO RUEDA

Publicado en

La Hora, 23/enero/2013, Quito

 

 

 

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“VERDE, QUE TE QUIERO…”

 

 

En mi adolescencia recitaba los versos de García Lorca con la extraña sensación de que más allá de las palabras existían mundos que yo no conocía. La poesía es el misterio de las almas que brota a la luz en las palabras. Verde, que te quiero verde…

Hoy todos queremos un planeta verde, alfombrado de bosques con aguas puras por todas partes. Esta sencilla aspiración se ha vuelto un sueño inalcanzable.

El gobierno de la revolución ciudadana es más pragmático que poético. Le interesa el “cuskhi”. El candidato presidente no se cansa de repetir que no “podemos ser mendigos sentados en un saco de oro”. Nos restriega en la cara esa irrebatible verdad, pero se sabe que toda lógica responde a determinados intereses. La lógica del mendigo responde a los intereses del llamado capitalismo verde, del cual nuestro presidente se ha vuelto peón.

Socio Bosque es un programa del Ministerio del Ambiente que consiste en pagar a los propietarios de las tierras, sean individuos o comunidades, para que no talen el bosque y cuiden de que terceros lo hagan. El gobierno hace en el país lo que el programa de la ONU REED+ hace a nivel mundial. El llamado capitalismo verde nos hace a los países pobres corresponsables de la contaminación ambiental. Lo que ustedes preserven, nos dicen, equivale a lo que nosotros contaminamos, con lo cual obtenemos el equilibrio y la vida sigue igual.

No, señor gobierno, no es así. Usted no tiene empacho en limpiarse, bendita sea la parte, con las buenas intenciones del Sumaw Kawsay. La armonía con la naturaleza nada tiene que ver con el mercado del carbono. El Sumaw Kawsay revolucionario es un planteamiento antagónico al capitalismo verde. Usted, señor gobierno, ha puesto la Constitución en el retrete.

JORGE OVIEDO RUEDA

Publicado en

La Hora, 16/enero/2013, Quito

 

 

 

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LA MANO DE DIOS

 

La negra y larga noche colonial es un tiempo que nuestros pueblos guardan en su memoria como una época de infamia y pesadumbre. El colonizador europeo partió de un tajo la vida de los pueblos americanos que la habían construido con su esfuerzo durante milenios, sobre todo hicieron volar en pedazos el sistema productivo de estos pueblos. Fueron sometidos por el hambre.

Trescientos años después, con la Independencia, se creyó que la suerte de los pueblos mestizos, cambiaría. La voz de Bolívar fue desoída y hasta hoy “lo que Bolívar no hizo todavía no se hace en América”. Las revoluciones liberales del siglo XIX estaban llamadas a modernizar nuestras economías y hacer que nuestros pueblos cambiaran su negra suerte. Nada de esto sucedió.

Los vientos de la desgracia han soplado sólo desde México hacia el sur. Como que la felicidad se identificara con el azul de los ojos y el dorado de los cabellos o como que en el sur se hubiera “empozado todo el odio de Dios.”

En nuestros días, cuando el capital financiero se nos ha metido hasta en la sopa, un proceso histórico como el venezolano -que ha declarado su inquebrantable voluntad de ir al socialismo- se ve amenazado por la muerte de su máximo líder.

El rubio imperio y sus aliados parecen haber sobornado a Dios para que les haga ese milagro. Veo al Papa atiborrado de oro en sus atuendos y me pregunto con angustia si Dios ha hecho un pacto con los ricos.

De ser así, América mestiza, la raigal, la que hasta ahora no conoce la felicidad, tendrá que luchar sola, ni tan siquiera con la ayuda de Dios, para conquistar su destino.

O tal vez tendrá que inventar otro Dios, porque el de nuestros antepasados ya parece estar comprometido con los poderosos.

JORGE OVIEDO RUEDA

Publicado en

La Hora, 9/Enero/2013, Quito

 

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HISTORIA Y ACTUALIDAD DE LA IZQUIERDA EN EL ECUADOR

 

Después de la caída del llamado “socialismo real” el discurso de la dominación mundial inventó la tesis de que había dejado de existir la izquierda y la derecha como nociones políticas. Antes de la revolución francesa, las nociones de izquierda y derecha ya existían. En realidad existen como una necesidad del discurso político desde el surgimiento de la sociedad clasista, con Platón, Aristóteles, Maquiavelo,Marx, Weber, Pooper, Hayak, Fukuyama, y con el falso discurso del Socialismo del Siglo XXI. Aceptar la desaparición de las nociones de izquierda y derecha es dejar sin voz a los de abajo por la elemental lógica de que en una sociedad dividida en clases, los que manejan los instrumentos ideológicos son los de arriba. Izquierda es sinónimo político de pueblo, lo ha sido en el pasado y lo seguirá siendo mientras en la sociedad existan intereses de clase.

LA IZQUIERDA HISTÓRICA Y SUS CONFLICTOS

La izquierda en el Ecuador surgió en la década de los años veinte del siglo pasado. El triunfo bolchevique de 1917 había puesto los pelos de punta al capital internacional e, internamente, la matanza del 15 de Noviembre de 1922 dejó claro que el bipartidismo liberal-conservador no era suficiente para representar la nueva realidad nacional. La modernización liberal del Estado ecuatoriano había promovido al trabajador asalariado como un nuevo protagonista social que necesitaba de un instrumento político para luchar por sus intereses de clase. En 1926 se funda el Partido Socialista Ecuatoriano (PSE). Convergen en su fundación sectores medios, intelectuales, trabajadores de la ciudad y del campo y figuras individuales del liberalismo alfarista que en 1895 había hecho la revolución. Se define ideológicamente como un partido de los trabajadores cuyo objetivo final era cambiar la sociedad capitalista y construir el socialismo. Desde su fundación el PSE se caracterizó como un partido de raíz nacional, heredero de las tradiciones de lucha del pueblo ecuatoriano.

En 1932 se fundó el Partido Comunista Ecuatoriano como una escisión del PSE. Esa fracción nació adscrita a la Tercera Internacional Comunista y sostuvo, desde sus orígenes, la tesis de que en el Ecuador la revolución se tenía que hacer por etapas. Fue un partido consular, obediente a su matriz internacional, en el que quedaba poco espacio para las fórmulas imaginativas y creadoras.

Estas dos entidades políticas de la izquierda, desde entonces, han reclamado para si la verdad de sus concepciones y se han disputado el favor de los trabajadores en el Ecuador.

Sin embargo, el favor de las masas no fue precisamente para ellas. El proceso político-social en el Ecuador tomó un giro inesperado desde comienzos de los años treinta con el surgimiento del caudillismo velasquista. Las consecuencias de la revolución liberal, el reordenamiento institucional del Ecuador de los años veinte, la crisis capitalista de 1929 y el avance del socialismo en la ex Unión Soviética, configuraron un marco histórico en el que los fenómenos políticos no podían dejar de lado a las masas trabajadoras. En el Ecuador, ni el partido liberal, ni el conservador eran capaces de capitalizar su apoyo. La oligarquía vio en Velasco Ibarra la figura que bien podía neutralizar el ascenso de las masas y preservar sus privilegios. Con un discurso anti oligárquico y de adulación a las masas insurgentes Velasco se convierte en la pieza necesaria del dominio oligárquico y de la articulación capitalista en el Ecuador. La izquierda “boba” creyó, no una, sino cinco veces, que Velasco Ibarra podía convertirse en la punta de lanza de sus aspiraciones transformadoras. Un Velasco que iniciaba sus campañas con el “corazón a la izquierda”, terminaba, invariablemente, entregado en cuerpo y alma a la oligarquía. Toda la izquierda repitió una y otra vez el error, hasta que se convirtió, sin querer queriendo, en cómplice de la estabilidad oligárquica.

Las dos alas tradicionales de la izquierda ecuatoriana sostuvieron, casi por medio siglo, tesis irreconciliables: el PSE la necesidad de un socialismo nacional, vinculado a nuestras tradiciones de lucha, imaginativo y creador que busque soluciones propias a nuestros problemas; el PCE, conectado a las corrientes internacionales del comunismo mundial, atento a la aplicación de fórmulas políticas que las consideraban de valor universal. Tanto en el PSE como en el PCE surgieron corrientes divergentes que terminaron fraccionándoles.

En el seno del PSE, después de la ruptura con el ala comunista, a lo largo de su historia y durante diferentes etapas, ha existido una corriente colaboracionista que puso de lado los intereses populares. Privilegió las figuras individuales y nunca se ocupó de dotar al partido de un instrumento programático que propusiera un nuevo modelo de sociedad. Esta corriente “patiamarilla”, ilustrada, que tuvo en sus manos la dirección oficial del socialismo colaboró, por medio de sus figuras, con gobiernos de la oligarquía y contribuyó, de esa forma, a su dominio. En los años cincuenta el PSE era un partido más del espectro político nacional, sin que su presencia constituyera ningún peligro para el sistema.

Cosa similar pasaba con el PCE que, sin embargo, dada su vinculación con el PCUSS, aparecía como más agresivo y peligroso; pero uno y otro partido se habían convertido en fichas del tinglado político en el Ecuador cuya presencia no significaba ningún peligro para la estabilidad del sistema.

Dos acontecimientos internacionales removerán las aguas pacíficas de la izquierda ecuatoriana al finalizar la década de los años cincuenta: por un lado el sisma chino-soviético y por otro el triunfo de la revolución cubana. Ambos actualizaron, a nivel mundial, la discusión sobre el carácter de la revolución. Surgió en el seno de la matriz comunista el Partido Comunista Marxista Leninista (PCMLE) y en la socialista el Partido Socialista Revolucionario (PSRE).

El PCMLE cerró sus filas para convertirse en un aparato clandestino destinado a darle dirección política a todas sus expresiones de masas. Desde entonces la UNE, la FEUE, el Movimiento sindical, campesino etc. son la fachada pública de las mismas tesis demo-burguesas del PCE. En la corriente socialista el PSRE planteó la necesidad de recuperar las tradiciones de la lucha popular para impulsar la lucha por el socialismo.

En realidad de verdad, jamás las diferencias ideológicas entre socialistas y comunistas fueron superadas. Cada uno en sus cuarteles mantuvo sus tesis, llegando a sectorizar sus influencias en el seno de las masas. La unidad de la izquierda siempre fue una aspiración, nunca una realidad.

Era la época de la guerra fría, el mundo estaba dividido por dos sistemas antagónicos que esperaban el primer descuido de su rival para sobreponerse. Ese antagonismo marcó la vida del planeta después de la segunda guerra mundial y dio origen a la peor tragedia vivida por la humanidad que fue la carrera armamentística. A los países del tercer mundo, la lucha anticolonialista del África y la revolución cubana, les abrieron nuevas perspectivas. Se comenzó a considerar la posibilidad de actuar de inmediato por conquistar las metas de la liberación y el socialismo.

Este ciclo, que en el Ecuador se inicia a comienzos de la década de los años sesenta, termina veinte años más tarde, al finalizar los gobiernos militares de Rodríguez Lara y Poveda Burbano.

¿Qué discutía la izquierda ecuatoriana? La discusión giraba en torno al carácter de la revolución: revolución socialista vs. transformación demo-burguesa como paso previo al socialismo. En otras palabras, revolución o reforma.

Ninguna de las dos posiciones triunfó. La izquierda socialista se fue atomizando hasta quedar aislada de las masas, la izquierda comunista se entregó en cuerpo y alma a los proyectos “progresistas” del centro, incapaces, en ambos casos, de levantar, o bien un proyecto revolucionario o bien una propuesta reformista coherente. Toda la izquierda comenzó a agonizar carente de iniciativas y de propuestas.

LA IZQUIERDA “BOBA” Y EL NEOLIBERALISMO

La muerte de Jaime Roldós puso fin a toda expectativa de cambio. Con su vicepresidente, el demócrata-cristiano Osvaldo Hurtado Larrea, se inicia la “negra y larga noche neoliberal” en el Ecuador. Los trabajadores organizados iniciaron la resistencia contra el neoliberalismo que tomó fuerza después del hundimiento de la Unión Soviética. El gobierno autoritario de León Febres Cordero tuvo que enfrentar la débil pero heroica oposición armada del grupo Alfaro Vive Carajo que, junto al estallido de la resistencia indígena sirvió para frenar las intenciones neoliberales de la derecha ecuatoriana. La izquierda asumió la lucha contra el neoliberalismo, sí, pero nunca investida de personalidad propia, siempre amparada en las propuestas y las figuras más progresistas del centro y del populismo. Nombres como el de León Roldós Aguilera, Frank Vargas Pazos e inclusive el del propio Lucio Gutiérrez, sirvieron para frentear la lucha contra la ya conformada partidocracia. Ante una crisis total, que no era sólo económica, sino política, ética, social, etc., la izquierda seguía pensando en cómo ir de la mano de líderes que le dieran diciendo y haciendo lo que a ella le correspondía. Estaba afectada de una bobería política que le impedía aprender de las lecciones de la historia y no le capacitaba para asumir sus retos.

Las sucesivas crisis políticas que llevaron al Ecuador a tener siete presidentes en el lapso de una década habían creado condiciones para una conducción revolucionaria de las masas, lo que implicaba la definición de un programa democrático, anticapitalista y revolucionario que nunca fue considerado siquiera por la izquierda ecuatoriana, a estas alturas ya demasiado corroída por las posiciones oportunistas y electoralistas que en su seno habían anidado. Esa izquierda, al final de la etapa, definió un programa marcadamente reformista y lo confiaron, sin condiciones, a una figura nueva que ellos juraron les llevaría, como una locomotora, al cambio revolucionario. Todo lo apostaron a la tesis de que en este proceso había un “gobierno en disputa” y que de esa batalla saldrían triunfadores. Correa no era más que una circunstancia, detrás de él estaba, decían, el colectivo, que daría dirección correcta al proceso.

Correa les resultó suave por fuera y duro por dentro. Todos los cálculos de la izquierda “boba” han naufragado en un caudillismo prepotente que, a nombre del socialismo, está rearticulando el capitalismo dependiente ecuatoriano a las necesidades de la acumulación del capitalismo corporativo mundial.

Salvo el velasquismo del siglo pasado nada puede ser tan perfecto como el actual correismo para frustrar las aspiraciones populares. Esa izquierda es responsable de haber cedido al reformismo el impulso histórico del cambio y el discurso socialista.

EL FRENTE PLURINACIONAL DE LAS IZQUIERDAS

En un contexto internacional favorable a los gobiernos progresistas triunfó Rafael Correa en el 2007. Su marco conceptual y definición ideológica ha sido el ambivalente discurso del socialismo del siglo XXI que anuncia mucho, pero no define nada. Lejos de los modelos revolucionarios del pasado siglo, el llamado Socialismo del Siglo XXI actúa en un marco de convivencia con el capitalismo contemporáneo. Apuesta al fortalecimiento del Estado por medio del gasto público y sostiene que la redistribución de la riqueza social se la puede hacer por medio del asistencialismo y la reforma tributaria. Tiende a olvidar problemas vitales para toda política de izquierda como son los del poder, del Estado y de la economía profunda, sobre los cuales no es capaz de trascender más allá de las concepciones clásicas del liberalismo. Su acción política apunta a terminar la obra trunca del liberalismo alfarista cuyo objetivo final fue la creación de un capitalismo democrático, dice Correa, de amplia base popular. Teóricamente se supone que el gobierno correista encarna la etapa pos-neoliberal, que tendrá que evolucionar a un socialismo de mercado o capitalismo popular para desembocar en lo que ellos llaman el bio-socialismo republicano. Todo un proyecto evolutivo que no se sabe en cuanto tiempo se podrá llevar a cabo, pero que se supone los mantendrá ocupados por lo menos el próximo siglo.

Para enfrentar a este proyecto de esencia socialdemócrata se ha juntado la izquierda ecuatoriana en un frente al que han denominado Frente Plurinacional de las Izquierdas.

Las izquierdas en el Ecuador tienen mayoritariamente una matriz común que es el stalinismo. El socialismo revolucionario ecuatoriano (PSRE) que era la única fuerza que escapaba a esa matriz, fue ahogado sin contemplaciones durante la década de los ochenta por la última fracción “patiamarilla” del socialismo encabezada por figuras como las de Enrique Ayala o Víctor Granda. Trotskistas, maoístas, micro fracciones miristas, restos de la izquierda cristiana y otros se han juntado alrededor de la prestigiosa figura de Alberto Acosta, autor confeso, junto a otras ex figuras del correismo, del programa que sustenta la acción política de su ex aliado.

Muchas inquietudes despierta esta nueva experiencia de la izquierda ecuatoriana, comenzando por si realmente se está actuando sobre una base programática diferente que supere el reformismo de Correa o si sólo se parte de una necesidad electoral de derrotar su figura. Poco se dice al respecto.

Lo que resulta más preocupante es que la llamada Izquierda Plurinacional no demuestra ninguna inquietud por la autocrítica. Cree que lo de Correa fue una traición y no un error, con lo cual todo lo reduce a un asunto individual. “Nos equivocamos con Rafael Correa” es la frase más frecuente en las cabezas visibles de sus ex colaboradores, lo que se puede comprobar en que en el programa pos correista propuesto por la Izquierda Plurinacional sólo hay cambios de forma y no realmente de fondo. No parecen comprender que a la izquierda de Correa sólo puede estar un programa revolucionario, anticapitalista y proyectado al socialismo. Defender la Constitución de Montecristi entrampa la acción de una izquierda revolucionaria a la defensa del proyecto reformista de Correa, lo que puede resultar inútil si se considera que Correa es el político reformista mejor dotado de todos los tiempo y a él, sólo a él, le corresponde llevar adelante la reforma histórica que el Ecuador necesita. No parece ser esa la conciencia de la Izquierda Plurinacional. Parece sentirse frustrada porque un “sapo” como Correa le birló su derecho a transitar por el camino de la reforma. Así lo dicen sus orígenes stalinistas.

Una triste verdad se puede esconder detrás del apoyo que la izquierda stalinista, representada en el MPD, brindan a Alberto Acosta: esta es la nueva locomotora, con él nos haremos del poder, parecen decir, detrás de él nosotros le daremos dirección revolucionaria al proyecto. Con lo cual estarían repitiendo por enésima vez el mismo error que ha vestido a la izquierda de bobería, convirtiéndola en un invitado de piedra o, mejor, en un “santo mocarro” inofensivo, para gusto y satisfacción de las fuerzas de la dominación internas e internacionales.

El capitalismo actual enfrenta a la izquierda a nuevos retos. El stalinismo remanente es a estas alturas una aberración. Se cae a pedazos la civilización del capital. Una elemental ética revolucionaria nos aconseja que debemos ayudarle a morir y no a reforzar sus carcomidas estructuras. La Nueva Izquierda está avocada a plantear y luchar por otras bases civilizatorias que tendrán que levantarse, necesariamente, sobre las ruinas de la civilización del capital.

Ese es un tema al que me referiré en una próxima reflexión.

 

JORGE OVIEDO RUEDA

Escrito para Línea de Fuego

1 de enero de 2013, Quito.

 

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CARTA A MI TOCAYO

 

 

San Pedro de los cielos, tú que cuidas la mansión del Señor, nuestro Padre, vuelve tu mirada a este valle de lágrimas y ten compasión de este tu humilde hijo que ahora mismo está pagando aquí, en la tierra, la culpa de sus imperdonables pecados. ¡Nunca imaginé que una mentirilla diminuta, que yo pensé se mantendría en secreto hasta el fin de mis días, iba a poner en peligro la obra prima de mi primo Rafael!


Yo que estaba tan bien. Con la platita que había podido ahorrar me había comparado una humilde chocita en Miami, lejos de la envidia y el mundanal ruido de mis coterráneos que tan fisgones y molestosos son, siguiendo los pasos de mi primo rey que ya tiene chocita en Bélgica. Bien estaba, san Pedrito, amado por unos y odiado por otros, lleno de cargos importantes y de admiradores que hasta de la Argentina venían a pedirme que les prestara platita. No me alcanzaban las manos para firmar documentos, haciéndole quedar bien a mi primo Rafico y a su revolución.


Ni se me ocurrió que la mentirilla oculta tenía en sus entrañas un poder atómico. Yo calculé que si el primo me defendía, nada podía pasar, pero no me di cuenta de que la verdad es a veces como un grano que tiene que reventar para salir a la luz y ¡plaf! que me estalló en las manos. ¡Nunca, san Pedrito, creí que una mentirilla pudiera causar tanto daño!


Si te soy sincero, tocayo, tengo que confiarte uno de mis más íntimos pensamientos: yo creía que en una revolución verdadera lo de los títulos académicos eran detalles insignificantes. Creía, pobre de mí, que en una revolución auténtica el título más preciado era el de revolucionario. Creí que me iban a comprender, pero ahora estoy lleno de dudas, no se quién es más falso, si yo o la revolución de mi primo rey.

Firma: Pedro, el Mentiroso

 

Publicado en La Hora

2/Enero/2013, Quito

 

 

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ODIO GRATUITO

 

Los quiteños no olvidamos un grafiti que apareció en las paredes de la ciudad en una campaña electoral: “Bucaram, te odio porque me obligas a votar por Borja”, decía. Leyendo el último libro de Osvaldo Hurtado se puede parafrasear el ocurrido grafiti: “Te odio Hurtado, porque me obligas a defender a Correa”.

El libro de Hurtado es un inventario detallado de la trayectoria de Correa en el ejercicio del poder. Cada paso dado por Correa es comentado por Hurtado con la intención de demostrar cómo se erige un dictador. Todo lo hecho por Correa vulnera las reglas de la democracia que Hurtado defiende.

¿Qué democracia defiende? La democracia dieciochesca, esa que fue revolucionaria cuando de derrotar a la monarquía se trataba, la de Locke y Montesquieu, la que preocupó a Tocqueville y en la cual creyó Rousseau; pero desde la revolución francesa han corrido más de dos siglos, tiempo en el cual ese concepto de democracia se ha vuelto insuficiente para responder a las aspiraciones políticas de las masas. Razón tiene Correa en calificar de “cadáveres políticos” a figuras como las de Hurtado. Viven muertos, creyendo que su opinión está santificada por la costumbre.

No es así. La democracia burguesa ha sido cuestionada por los trabajadores del mundo entero y, en este siglo, por los sectores sociales que están contra la dictadura del capital corporativo y su civilización. La democracia de Hurtado es un aparato ortopédico que oprime el cuerpo de la sociedad actual.

Esta realidad no acepta discursos dubitativos como el de Galo Mora. Se rechaza la democracia burguesa para defender otra democracia, que no puede ser otra que la democracia socialista, renovada, enraizada en los derechos de las masas y construida en libertad, “con todos y para bien de todos”, como Martí quería.

Jorge Oviedo Rueda

Publicado en

La Hora 26/Dic./2012, Quito

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LA CRISIS

En los anales de la historia económica del capitalismo la crisis de 1929 es considerada la de mayor extensión y profundidad. En esa ocasión colapsó el nivel productivo del sistema. Los ideólogos del capitalismo, Keynes entre otros, se dieron a la tarea de pensar cómo la producción capitalista podía recuperarse.

La crisis actual del capitalismo lejos está de parecerse a aquella. Se trata del mismo sistema, pero de una crisis diferente. A comienzos del siglo XX el poder de los monopolios reposaba sobre el capital productivo, en esta época de la globalización el poder está en manos del capital financiero especulativo al que ha dejado de preocuparle la producción como actividad vital del ser humano. De hecho sostiene que los países menos desarrollados han perdido la batalla del desarrollo en razón del colosal avance tecnológico del primer mundo. En esa concepción subyace el núcleo medular de la crisis actual del sistema capitalista.

Las crisis experimentadas por el sistema desde la caída de la ex Unión Soviética son dramáticas en tanto amenazan el orden financiero internacional, para evitar lo cual los propios dueños del dinero han inoculando miles de billones de dólares al sistema. Las grandes corporaciones capitalistas ahora explotan directamente al mundo subdesarrollado por medio de intensivos procesos de explotación minera. Son las necesidades actuales de la implacable acumulación capitalista.

En este marco es que tenemos que ubicar el valor actual de la soberanía de las naciones. Oponerse a la lógica de la acumulación del capitalismo corporativo mundial significa apoyarse en las masas para con ellas iniciar la marcha hacia una nueva civilización.

Frente a esta necesidad histórica nada importa ser mendigos sentados en un saco de oro.

 

JORGE OVIEDO RUEDA

Publicado en La Hora

19/Dic/2012, Quito

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EL ESTADO Y LA REVOLUCIÓN CIUDADANA III

 

Cuando de política se trata hay temas que no se pueden eludir. Uno de ellos es el del Estado. Un político revolucionario sabe que el Estado es un instrumento, un medio, no un fin, que un gobierno usa para ejercer el poder político. Siendo un instrumento, todas las fuerzas políticas de una sociedad luchan entre si por conquistarlo, lo hacen atendiendo a las reglas establecidas por el sistema vigente, sin que esto excluya el derecho a la violencia revolucionaria que se vuelve necesaria cuando las reglas establecidas se han vuelto trabas de la democracia y del desarrollo económico.

Si una fuerza política considera que las “reglas establecidas” configuran el sistema vigente y no pueden ser cambiadas, por principio se define como una fuerza política conservadora que ve en la defensa del sistema su razón de ser; por el contrario, si una fuerza política contempla en sus concepciones la necesidad del cambio de las “reglas establecidas” se define como una fuerza revolucionaria cuya razón de ser es la transformación del sistema vigente.

La lógica revolucionaria sabe que el cambio se aproxima cuando el orden establecido sólo se puede sostener por medio de la violencia represiva que obliga a los de abajo a responder con la violencia subversiva. Este es un momento de quiebre en la sociedad que hace posible el salto dialéctico, la misma evolución social. Un político que no ve en la violencia revolucionaria una necesidad de la Historia actúa con los ojos cerrados, como un instrumento ciego de las fuerzas del sistema.

ALIANZA PAIS Y LA REVOLUCIÓN

En el año 2006 se cierra un ciclo político en el Ecuador. Lo inicia Hurtado, después de la muerte de Roldós. La fuerza hegemónica de este periodo es el socialcristianismo, con un intermedio frustrante de la socialdemocracia y una decepcionante participación del populismo. La izquierda dividida y sin propuestas propias agazapada en el seno de las fuerzas progresistas del centro, convencida de que si entraba disfrazada en el juego del poder, en cualquier momento un golpe de timón le permitiría ejercerlo. Todas estas fuerzas, incluidas las izquierdas, terminaron por conformar la partidocracia.

El factor en disputa era la protesta popular, cuya fuerza, desde la década de los años ochenta, impedía el dominio total del neoliberalismo. De las fuerzas populares el de mayor peso seguía siendo el movimiento indígena. El movimiento obrero había perdido protagonismo y otras expresiones populares como las de los maestros, pequeños comerciantes, jóvenes, mujeres, grupos alternativos y demás mantenían una actitud contestataria al régimen. La crisis de 1999, el feriado bancario, la dolarización y el espectáculo grotesco de la partidocracia en general convertía cada vez más a la protesta popular en una alternativa posible.

En esa coyuntura apareció la propuesta de Alianza País y la figura de Rafael Correa. Una propuesta meramente reivindicativa adornada con la promesa de un cambio constitucional que sentaría las bases de un nuevo Ecuador, sirvió para llevarlos al triunfo electoral de 2006. Los cinco ejes de la Revolución Ciudadana topaban los temas de la salud, la corrupción, la soberanía, la reforma constitucional y la educación me parece. Nada serio se decía sobre tres aspectos que una revolución no puede dejar de lado: el poder, el Estado y el régimen de propiedad y de producción, es decir, la economía profunda. La extrema derecha coincidió con la izquierda oportunista en que estaban frente a un auténtico revolucionario. La derecha oligárquica podía tener razón en ver parte de sus ancestrales privilegios amenazados; pero que la izquierda haya creído que el reformismo correista era la revolución le convierte en una fuerza reaccionaria. No hay cabida para la inocencia política.

LA CONSTITUCIÓN DE MONTECRISTI

La perla más brillante de la corona correista es, sin duda alguna, la Constitución de Montecristi. Tiene el mérito de limitar, no eliminar, los afanes privatizadores de la constitución socialcristiana de 1998 e introducir los llamados derechos de la naturaleza en su articulado, con lo cual se aumentan las garantías más allá del ser humano, pero no se subvierten las “reglas de juego” de la democracia burguesa. Crea el marco jurídico para una rearticulación de la economía nacional a las fuerzas económicas del capitalismo corporativista, lo que le convierte en una obra maestra del neoliberalismo mundial y de la moderna derecha nacional.

Todo esto hecho bajo el manto del discurso socialista o de izquierda. La Constitución de Montecristi es el último límite del reformismo correista. Más allá de ese marco está la revolución socialista. Correa es el líder que en el Ecuador tiene la misión de llevar a cabo las tareas democrático-burguesas que la revolución alfarista dejó inconclusas. Ese es su alcance y su límite histórico.

Toda la obra del correismo cabe dentro de la definición de un Estado capitalista moderno, que mezcla en si las virtudes del Estado liberal, del Estado social y del Estado del bienestar pero que no llega a ser un Estado popular y revolucionario. La reforma de Correa se está haciendo entre dos extremos: uno, la oposición de la derecha dinosaúrica, incapaz de comprender que la propuesta de Correa no las elimina y dos, la presión popular, ansiosa de ver que cambie su suerte. Lo que no comprende la derecha es que el autoritarismo que Correa demuestra y para el cual es proclive, no es necesario para limitar sus privilegios, sino para impedir que el pueblo avance en su lucha a la conquista de sus derechos. Sólo en este marco es posible comprender la naturaleza del Estado actual, capitalista y moderno.

EL ESTADO Y LA REVOLUCION… CIUDADANA

¿Qué significa para los sectores populares los llamados logros de la revolución ciudadana? Vistos en perspectiva histórica, casi nada. Las mejoras viales eran una aspiración nacional desde García Moreno, la lucha contra los abusos de la prensa una necesidad desde la época de Alfaro, el enfrentamiento con la banca corrupta un imperativo desde el feriado bancario, la lucha contra la corrupción una obligación moral de toda nuestra vida republicana, nada de lo que el régimen correista ha hecho de bueno se enmarca en una acción revolucionaria, lo ha hecho con la resistencia de los banqueros, de los corruptos, de los empresarios de la información, con el visto bueno del pueblo, por supuesto, pero nada de eso significa esencialmente la reivindicación real de los derechos populares.

Frente a las exigencias del pueblo, Correa se arma de la autoridad burguesa del Estado. Esa es la razón por la cual se ampara en el marco jurídico constitucional, buscando, por todos los medios, el fortalecimiento del poder ejecutivo. No es como dice el trasnochado demócrata-cristiano de Osvaldo Hurtado para coartar los derechos establecidos de la oligarquía, sino para frenar la lucha democrática del pueblo, en su avance indetenible a la revolución.

¿Cómo, si no, explicar la represión en Dayuma, el control de las radios comunitarias, la criminalización de la protesta social, la persecución a los líderes populares, la acusación de terrorismo a la juventud, que aplique la ley de seguridad nacional, que viole le declaración universal de los derechos humanos, que reprima la protesta social y descalifique ideológicamente a todos aquellos que se atreven a cuestionar su poder?

Por otro lado ¿cómo explicar el crecimiento espectacular de los sectores empresariales, principalmente los corporativos?, ¿su obstinado apoyo al extractivismo minero?, ¿su falta de voluntad para resolver el problema agrario que es una herencia colonial?, ¿su lucha virulenta contra los ecologistas y ahora su combate visceral a la izquierda que antes le apoyó?

El Estado de Correa es el Estado capitalista moderno que necesita ser fortalecido para afrontar con éxito la arremetida popular. Su arrogancia es parte de su personalidad intolerante, pero es una necesidad de su proyecto reformista. Mientras mayor sea la protesta popular, mayor será su autoritarismo y mientras mayor sea la capacidad organizativa del pueblo, Correa no dudará en convertir su Estado represivo en un Estado fascista, al estilo de Pinochet o de las fatídicas dictaduras del cono sur. Sus límites de clase le impiden ver que un Estado que no está al servicio del pueblo es un estado que está al servicio de las clases dominantes. Todo político debe tomar partido frente a este problema y a estas alturas está claro que Correa tomó partido por el Estado capitalista, defensor de los intereses de una derecha modernizante que ve con optimismo como la acción correista le garantiza un futuro de dominación y privilegios.

Desgraciadamente de esta lamentable situación la responsable directa es una izquierda miope, que nunca supo leer entre líneas y que inventó la estúpida teoría del “gobierno en disputa”. La derecha está feliz, porque supo encontrar el ariete perfecto para perpetuar sus planes de dominación. No hay como acusarla por hacer bien su tarea. Si ha tenido que usar a la izquierda para alcanzar sus fines, ¿quién puede criticarla por su astucia?

 

JORGE OVIEDO RUEDA

Escrito para Línea de fuego, 13/Nov./2012, Quito

 

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¡Patético!

 

 

Después del derrumbe del llamado ‘socialismo real’ la izquierda mundial quedó mal herida. Veinte años después todavía no se recupera.
La ofensiva de las fuerzas ideológicas del capital fue inmediata. Se oyeron trompetas de victoria en todo el orbe. En América Latina voces como las de Montaner, Vargas Llosa, Oppenheimer elevaron a Dios una oración de gratitud porque el cielo de sus sueños liberales se había limpiado de amenazas. Con la bandera del neoliberalismo en las manos inclinaron su cerviz ante el poder del capital financiero mundial.


La izquierda ideológica buscaba explicaciones, pero su voz era acallada por la vocinglería del triunfo capitalista; aprendió a replegarse. Mientras, la socialdemocracia mundial se aprovechaba para llenar el vacío que la izquierda había dejado. Ese reformismo oportunista ha cuajado en América Latina en algunos proyectos políticos que dicen estar a la cabeza de la revolución.


En Ecuador apareció Rafael Correa. Contó con el apoyo de la llamada izquierda ecuatoriana, que puso los lomos para que el ‘Misho’ se alzara sobre todos. Su mentalidad oportunista le llevó a pensar que ese personaje les abriría las puertas del poder. La batalla por el control ella la ganaría inevitablemente.


Misho Rafael les resultó suave por fuera y duro por dentro. A estas alturas esa izquierda se ha dado cuenta de que su famosa teoría del ‘gobierno en disputa’ no fue más que un disparate. Por eso resultó patético escuchar a uno de los mentores de la revolución ciudadana en Ecuavisa deciendo que “se avergonzaba de haber apoyado a Rafael Correa”.


El papel de los políticos es velar porque “la leche no se derrame del tacho”. Si no saben hacerlo, después que se ha derramado, cualquier explicación huele a pretexto y cualquier arrepentimiento a hipocresía.

 

JORGE OVIEDO RUEDA

Publicado en La Hora

12/Dic/2012, Quito


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DEL ESTADO TERRATENIENTE AL ESTADO OLIGÁRQUICO EN EL ECUADOR II

La llegada de los europeos al territorio del Abya-Yala, ahora América, significó la destrucción casi total del sistema productivo que en estas tierras habían establecido, desde hace milenios, los pueblos originarios. Urgidos por la codicia, los colonizadores europeos poco se preocuparon de suplantar la estructura productiva originaria por otra. Objetivamente, los pueblos ancestrales de América fueron sometidos por el hambre.

Recién en el siglo XVII se nota una tendencia a la estabilización productiva que, por medio de las Mercedes Reales, las Encomiendas y otras brutales formas de sometimiento fueron legalizando el despojo de la tierra a los pueblos americanos. La gran propiedad terrateniente será, entonces, hasta la independencia, la base de la economía colonial. Chapetones y criollos serán los beneficiarios de esa expropiación.

La independencia posesionó a los terratenientes criollos en el poder político en América. El sueño de Bolívar de construir una gran nación americana se dio de bruces contra los intereses económicos de los terratenientes. La nación moderna, democrática, con base de producción pro capitalista que anhelaba El Libertador, se quedó en las formas; en la práctica, los terratenientes criollos prolongaron la colonia por medio de la instauración del Estado terrateniente.

Su bárbara ceguera no les permitió ver que la economía internacional avanzaba aceleradamente hacia el capitalismo y, peor todavía, que los Estados Unidos de Norteamérica iba creando las condiciones históricas para cumplir su “destino manifiesto”. Sólo Bolívar vio con angustia, hasta el último de sus días, cómo las naciones liberadas por su espada perdían la oportunidad de alcanzar, también, la independencia económica. Murió incomprendido.

La condición para despegar en la Historia, en el caso del Ecuador, era la eliminación de la condición servil del indio, impuesta por españoles y criollos desde los siglos coloniales. Para los terratenientes ecuatorianos esto equivalía a la eliminación misma de la base de sus privilegios y al hundimiento de su civilización tradicional, católica, apostólica y romana. Amparados en la Iglesia construyeron un muro de aislamiento alrededor del Ecuador mientras la economía internacional del capital crecía con un vigor inusitado.

Gabriel García Moreno simboliza la ceguera fanática de los terratenientes. Estaba convencido que si se derrumbaba el sistema basado en la hacienda y el Huashipungo, se acababa el mundo. Su espíritu civilizador quería construir un mundo moderno con la mano servil de los indios. Ese paternalismo arcaico hizo perder al Ecuador más de un siglo en su desarrollo económico y mantiene, hasta nuestros días, una mentalidad segregacionista a todo lo que es indio o se desprende de él. Sólo trasnochados aristócratas como Osvaldo Hurtado pueden imaginar que las causas del atraso del Ecuador hay que buscarlas en la antropología cultural y no en el sistema de dominación colonial que los terratenientes mantuvieron después de la independencia.

En América, a mediados del siglo XIX, Estados Unidos resolvía sus conflictos internos (guerra civil) e igualaba en su nivel de desarrollo a su ex metrópoli. A finales del siglo XIX la nación del norte entraba en su fase monopólica y ya superaba a Inglaterra. Para comienzos del siglo XX ninguna potencia mundial podía aspirar siquiera a ver a América Latina como un territorio propicio para sus negocios. Esta parte del mundo estaba reservada de forma exclusiva para los yanquis.

EL ESTADO LIBERAL EN ECUADOR

Lo que no le permitieron los terratenientes hacer a Bolívar intentó hacer Alfaro a finales del siglo XIX. La revolución liberal puso fin al dominio terrateniente casi en todos los aspectos de la vida nacional, menos en el más importante, que fue la abolición de la servidumbre del indio, con lo cual se mantuvo intacto el poder económico de los terratenientes; pero Alfaro inaugura el Estado moderno y pro capitalista en el Ecuador.

Sin haber sido nunca un académico Alfaro es el artífice de la más profunda transformación de nuestra nación, la más profunda y la única. Los sectores sociales que respaldaron al caudillo liberal fueron los que estuvieron vinculados a la actividad pro capitalista, luego de un siglo de haber sido relegados: comerciantes, importadores, exportadores, banqueros y una amplia base de trabajadores asalariados libres no sólo del litoral, sino también de la región interandina.

Alfaro concebía un Estado moderno de tipo liberal cuya misión era implementar una economía capitalista de amplia base popular, esto es, creía doctrinariamente en un capitalismo democrático que debía estructurarse de abaja hacia arriba, dando de esa forma solución a los problemas de empleo. Creyó de manera honesta en la plutocracia liberal y se apoyó en los trabajadores libres de la ciudad y del campo.

La plutocracia desconfió del proyecto alfarista y cuando se dio cuenta que sus concepciones iban a ser un obstáculo para su interés de manejar a su albedrio el nuevo Estado, decidieron darle muerte, para lo cual encontraron a un aliado natural en los terratenientes coloniales. Muerto Alfaro se allanaron los obstáculos y en el Ecuador se inició el dominio oligárquico que perdura hasta nuestros días.

EL ESTADO OLIGÁRQUICO EN EL SIGLO XX

Estado liberal y oligárquico son lo mismo en el Ecuador. No así Estado liberal y propuesta alfarista. Así como lo que no pudo hacer Bolívar a comienzos del siglo XIX lo quiso hacer Alfaro a finales, lo que Alfaro no pudo hacer lo quiere hacer a estas alturas el presidente Rafael Correa. Ese es su objetivo y límite histórico.

La oligarquía ecuatoriana, por medio del Estado liberal, se comió y se bebió el Ecuador a su antojo, usando a su favor hábilmente los rezagos mentales de la época colonial. Nunca dio por terminado el pacto criminal que a comienzos de siglo hizo con los terratenientes para a sesinar a Alfaro. Ellos han usufructuado del Estado para satisfacer sus intereses de todo tipo, sin importarles jamás un rábano la suerte de los sectores populares.

El modelo agro-exportador impuesto por los planes estratégicos de la economía norteamericana en América Latina nos convirtió en proveedores de materia prima para su industria sin que a nadie de la élite gobernante en el Ecuador se le ocurriera que ese no era el camino apropiado para nuestro desarrollo. Cometieron el mismo crimen que los terratenientes en el siglo XIX.

Después de la segunda guerra mundial y, sobre todo, después del triunfo de la revolución cubana en 1959, se implementó en nuestros países, el modelo desarrollista de sustitución de importaciones. Era una estrategia norteamericana para evitar que el ejemplo de la revolución cubana se extendiera a lo largo y ancho de un continente que veía quebrada su economía como consecuencia de la aplicación de esas estrategias de la acumulación capitalista mundial y norteamericana. En el Ecuador, en plena mitad del siglo XX, se seguían vendiendo haciendas con “indios propios” y cultivando la tierra con el arado egipcio. Todo esto no era culpa de los ecuatorianos en general, sino de sus clases dirigentes. Lo que el pueblo logra lo hace con su lucha. El Estado liberal no le da nada, solo explotación y miseria.

En el Ecuador la estrategia cepalina de sustitución de importaciones comienza a ser cambiada en la década de los años ochenta cuando en América Latina ya estaba en marcha el neoliberalismo como propuesta integral de cambio y desarrollo. Milton Friedman y la escuela de Chicago habían comenzado a desplegar sus banderas en nuestras escuálidas economías. El Chile de Pinochet , Bolivia, México son los conejillos de indias de la propuesta neoliberal. El colapso del “socialismo real” creará, desde los noventa en adelante, el espejismo de que el mundo tenía que estar regido, obligatoriamente, por las inamovibles leyes del mercado.

El Estado neoliberal es el mismo Estado liberal pero en la época del capital financiero y de la globalización. Globalización es integración financiera y productiva de las grandes corporaciones capitalistas a nivel mundial, en detrimento de las naciones a las cuales consideran apenas un apéndice de sus intereses. Con ellas se cumple en grado superlativo la ley de la acumulación y reproducción ampliada del capital, pero a estas alturas en el nivel de la circulación, usando el dinero como una simple mercancía. La producción se reduce, para los neoliberales, a un acto secundario de aplicación tecnológica, olvidando su carácter vital de reproductora de la vida. En esa concepción están contenidos todos los crímenes del capitalismo como sistema.

Desde los ochenta en adelante en el Ecuador el Estado oligárquico asume la forma del Estado neoliberal, unas veces más, otras menos, según cual sea el gobierno de turno. Ese esquema corporativista tuvo su respaldo en la misma partidocracia que había dominado la política en nuestro país desde la muerte de Alfaro. El gran ausente de este proceso había sido el pueblo, que participó a lo largo de esta historia como invitado de piedra y como burro de carga.

Después del feriado bancario de 1999 la oligarquía ecuatoriana sabía que estaba caminando sobre el filo de la navaja; los intereses capitalistas corporativos a nivel mundial necesitaban garantizar la continuidad de su proceso de acumulación, razón por la cual habían comenzado a utilizar fórmulas de recambio, esta vez, camufladas con el ingrediente popular. Bachelet en Chile, Lula, Evo, el Kristcheritmo y Correa eran sus nuevas cartas de presentación.

Esta afirmación nos lleva a preguntarnos cuál misma es la naturaleza interna del régimen correista, tema que trataremos en una próxima reflexión.

Para Línea de Fuego, Quito 30 Nov. 2012

 

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