OTRA VEZ LAS MANOS


            Hace algunos años la crónica roja de los medios contó que un hombre se había acercado al domicilio de su ex mujer y, con engaños, se hizo invitar a pasar. Cuando estuvo adentro, delante de sus pequeñas hijas, en un acto violento, le cercenó las dos manos. Al huir se le oyó decir: “esto es para que jamás vuelvas a tocar la verga de otro hombre”. Hoy, hace pocos días la prensa informa de un hecho similar en otro lugar del país. Otra vez le cercenaron las manos a una mujer para que no vuelva a tocar el miembro viril de ningún hombre.

            ¿Se da cuenta la sociedad de lo que estos crímenes significan? ¿Entendemos cuánto hay detrás de estas bárbaras mutilaciones? No me refiero a los (las) iniciadas en el tema: feministas, ecologistas, izquierdistas de toda laya, sino a los medios masivos de comunicación, organismos del Estado y la gente común que, en el mejor de los casos, sólo ve un noticiero de televisión y lee pasquines sangrientos como el Extra y otras basuras. Tomar estos sucesos criminales como normales, no es sino aplaudir la esencia culpable del machismo.

            El machismo es el hijo predilecto del patriarcalismo, su obra de arte perfecta. Es un hijo criminal procreado entre el patriarcalismo y la mujer servil, a la que durante siglos el patriarcalismo se encargó de domesticar.  Ambos le cuidan, le miman y le permiten cualquier exceso. El caldo de cultivo en el que gorgotean estos engendros tiene que ver con el fundamento de la sociedad del capital que no es otro que la propiedad privada de los medios de producción. El sentido traslaticio de la noción de la gran propiedad a la propiedad personal es lo que explica ese derecho que el hombre exhibe sobre la mujer.

            Por eso los machos cantan con tanto fervor, después de unas copas, ese valse peruano que dice: “para que todos sepan a quien tú perteneces, con sangre de mis venas te marcaré la frente, para que todos sepan, aun con la mirada, que tú eres  mi propiedad privada”. Ese sacrosanto derecho lleva al hombre del capitalismo a tratar a la mujer como si fuera su cepillo de dientes, su pantalón, su calzoncillo o cualquier cosa. La mujer como una cosa, ese es el estado natural de las relaciones inter sexo en el capitalismo.

            Las feministas son una vanguardia que saben perfectamente cuál es la raíz del machismo. El feminismo histórico, que tiene raíces en pensadoras como Rosa Luxemburgo, Nadezhda Kruspkaya, Alexandra Kolontai y tantas otras ha cumplido un extraordinario papel de concientización, no sólo de la mujer, sino de toda la sociedad y su lucha no terminará ni siquiera después del derrocamiento del capitalismo, porque el machismo y el patriarcalismo están fundidos en el alma del hombre contemporáneo. Otros feminismos aportan en esta lucha y son más fuertes mientras más claro tienen que la lucha es contra el sistema y no contra el sexo opuesto. En todos ellos hay un germen revolucionario, inclusive en aquellos que descubren su sexo frente a la represión policial o aquellos que defecan en media calle como protesta contra el estatus. Encausar esta lucha es la tarea de un partido de izquierda revolucionara.

            Pero aunque la lucha del feminismo está garantizada y su área de influencia se ampliará cada día más lo preocupante es la velocidad a la que va. El feminismo tarda en llegar a los estratos más humildes de las sociedades tercer mundistas, a aquellos en los cuales el patriarcalismo no es objeto de duda ni tampoco está sujeto a discusión, en los que ese es el orden natural de la vida. Es en este sector donde se dan casos como el de la mutilación de las manos de la mujer o el femicidio puro, en el que las víctimas son las mujeres, sólo por el hecho de serlo.

            ¿Qué impide que el mensaje de la liberación femenina llegue a estos estratos? Todo el sistema: la educación, los medios masivos de comunicación, la cultura, la música, la religión y, sobre todo, la noción de familia que existe, núcleo social en el cual se reproduce el machismo y el patriarcalismo.

            Que el hombre trate como una cosa a la mujer, que la mujer se considere propiedad de un hombre, que los hijos estén subordinados a sus padres por razones económicas, es lo que está mal en nuestra sociedad. Las feministas de toda laya cumplen el extraordinario papel de difusoras de otra forma de vida, pero se equivocan si piensan que las cosas puedan cambiar dentro del mismo sistema. Nadie es capaz de producir una mutación dentro de la redoma del capitalismo, la única solución es la derrota del sistema actual y la construcción sistemática, profunda y transformadora del mismo. Largos años tendrían que pasar -siglos quizás-, para que en un sistema diferente podamos enterrar al último representante de los mutiladores de manos, aquellos que ven en la mujer a su propiedad privada y que se sienten con derecho de tratarla como a una cosa.

18-03-2019

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ULTIMA IRA


Señor licenciado Lenin Moreno:

            Con todo respeto permítame no llamarle Presidente Constitucional de la República del Ecuador. ¿La razón?, porque usted no ha sabido hacerle honor al cargo que el pueblo ecuatoriano le dio a través de las urnas. No exagero. Hagamos una breve reseña.

            Lo primero, usted llegó a la presidencia con los votos que le dio la Revolución Ciudadana. El apoyo electoral a este proyecto era el apoyo a tres propuestas fundamentales:

            1) entierro definitivo de la partidocracia,

            2) superación de la crisis múltiple en que estábamos inmersos y

            3) soberanía nacional.

            Pero en cuanto llegó al poder, usted se declaró enemigo de esas propuestas. Eso, aquí y en cualquier parte del mundo, se llama traición. Usted no es presidente legítimo del Ecuador porque ha engañado a sus electores. Ahora usted gobierna con la partidocracia corrupta, en lugar de superar la crisis múltiple la ha ahondado y se ha entregado, sin vergüenza ni pudor, al gobierno norteamericano.

           ¿Cuál su justificación? Que cuando llegó a Carondelet descubrió cuan corrupto fue el correato incluido su líder y sus principales dirigentes. Para dar ejemplo de su lucha contra la corrupción decapitó a su legítimo vicepresidente y conformó un Consejo de Participación Ciudadana Transitorio cuya misión es la de no dejar ídolo correista con cabeza y a cuyo frente puso a un anciano, eterno alcahuete de la derecha.

            El camino correcto era la denuncia de la corrupción y gobernar en función de los ideales de la Revolución Ciudadana que le llevaron al poder. Así usted pudo darle continuidad al proceso y granjearse el apoyo popular. La Historia le hubiera aplaudido y el pueblo ecuatoriano, conmigo en primera fila, lo hubiéramos hecho; pero ni el pueblo, ni yo, podemos aplaudir a un traicionero usurpador del poder sin méritos propios. Por eso no le puedo llamar señor Presidente.

            Segundo, en dos años usted superó el endeudamiento externo que Correa adquirió en sus diez años de gobierno. Para justificar semejante barbaridad nombró a los representantes de las cámaras en los puestos claves de la economía, con lo cual entregó la nación a la oligarquía. Para hacerlo usted ha tenido que convertirse en un colosal mentiroso que miente por cada diente para justificar tamaño desatino histórico. Mentirle al país diciendo que la adquisición de una deuda superior a los diez mil millones de dólares es para el bien de nuestros niños le convierte en un  farsante, sólo comparable con los magos de feria para los cuales la fuente de la eterna juventud está a la vuelta de la esquina. Por mentiroso no puedo distinguirle con el trato de presidente de la república.

            Además, se llenó la boca con el cuento de hacer en el país una cirugía mayor a la corrupción. Nuestro pueblo suele decir que, para mentir y comer pescado, hay que tener mucho cuidado. Usted ha designado sabuesos para rastrear el camino de la corrupción de su antecesor y sus lugartenientes y más allá del odio que demuestran no han encontrado hasta ahora un solo real escondido, ni en sus billeteras ni en los paraísos fiscales. Mientras que a usted y su familia le han explotado en la cara las evidencias de su corrupción. No puedo llamarle presidente a quién siendo ladrón, “rueda” gritando que cojan al ladrón.

            Por último, después de diez años de altivez y soberanía, sostenida por un presidente que para mí debió ser más radical, usted se ha sumado al coro de los áulicos del gobierno “civilizador” de los Estados Unidos. ¿Cómo le puedo llamar presidente si, pasándose la voluntad popular por bendita sea la parte, se atreve a invitar a un demente usurpador que se dice presidente de Venezuela sin haber recibido ni un solo voto de los venezolanos? ¿Qué consecuencia tiene usted con los intereses del pueblo latinoamericano si las reglas de su democracia sólo juegan cuando favorecen los apetitos de las naciones poderosas? Usted ha llevado la dignidad del pueblo ecuatoriano al nivel de los reptiles, usted no representa el orgullo, dignidad y soberanía del pueblo ecuatoriano, es, en todos los sentidos, un usurpador, tanto o peor que el auto proclamado Guidó.

            ¿Cómo cree, señor licenciado, que yo le pueda llamar Presidente de los ecuatorianos?

            Por estas razones me atrevo a tomar prestado el título de un post visto en las redes sociales que no dice ¡ULTIMA HORA!  Si no ¡ULTIMA IRA!

Atentamente:

Jorge Oviedo Rueda

06-03.2019

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¿HAY UNA HISTORIA MARXISTA?

            Bueno es culantro… pero no tanto -decía mi abuela sabia-, queriendo significar con ello que se podía exagerar, pero no llevar la exageración a un grado superlativo, porque entonces se puede deformar la realidad.

            Eso me parece que es lo que pasa con una corriente de pensamiento “pachamamista” que últimamente ha aparecido a nivel latinoamericano y que, no podía ser de otra manera, tiene algunos representantes en el Ecuador. Por ejemplo, acabo de leer una reflexión sobre el marxismo titulado El fin de la Historia marxista cuya firma le corresponde a Atawallpa Oviedo Freire y ha sido publicada en un portal que tiene por título Réplica y que, a pesar de ser una tribuna digital abierta para la polémica, no recoge más artículos que no sean los de Atawalpa Oviedo Freire. Hace algún tiempo, en otro espacio, también comenté un ensayo de Alfredo Pérez Bermúdez que parece ubicarse en la misma línea de reflexión de Oviedo Freire y que, por cierto, no ha merecido la suerte de una respuesta.

             Oviedo Freire sostiene que “después del fracaso de la izquierda en los siglos XX y XXI muchos en el mundo  ya no nos sentimos representados en las izquierdas”  de donde se supone que el  “fracaso” del llamado “socialismo real” se convierte en un medidor de la validez de una teoría, lo que aparentemente es así, pero no exactamente.

            Comencemos por decir que en el caso ruso, por ejemplo, la revolución socialista catapultó a la entonces URSS a los primeros lugares del desarrollo económico-social mundial. Considerando que tuvo que neutralizar la agresión de las potencias europeas después del triunfo y, años después,  rechazar la invasión hitleriana, eso me parece una proeza. Igual China en el Asia y, en América Latina, Cuba. Los errores internos de esas naciones en el proceso de construcción del socialismo no pueden ser atribuidos a fallas inmanentes de la doctrina socialista, sino a limitaciones humanas en la interpretación y aplicación de la misma.

            No es el caso de la doctrina liberal. En ella hay una contradicción de fondo que impide, sistemáticamente, la repartición equitativa de la riqueza social, generando ayer, hoy, mañana y siempre, concentración de la riqueza en un extremo y de la miseria, en otro. Ninguna nación capitalista, ni tan siquiera Estados Unidos -la nación más poderosa del planeta-, ha podido hacerlo, por el contrario, hoy es más patente y dramático el hecho de que ínfimas minorías son dueñas de la mayor parte de la riqueza global. El fracaso del llamado “socialismo real” no es, nunca puede ser, un medidor de la validez de la teoría socialista, así como el brillo deslumbrante del capitalismo desarrollado jamás podrá ser el medidor del éxito de la doctrina liberal-capitalista.

            Como la izquierda fracasó, dice Atawallpa Oviedo Freire (AOF) ya no es posible identificarnos con ella porque es un hecho comprobado que, estando en el poder, se vuelve conservadora. No aporta con elementos históricos que demuestren esa tesis pero, acercándonos a la temática, debemos concluir que no puede ser de otra manera. La izquierda en el poder se vuelve conservadora, cierto, pero, si es una izquierda auténtica, no para conservar la vieja vida, sino para consolidar el cambio revolucionario. Es un poder dinámico cuya misión es sentar los cimientos de una nueva vida. Que eso no se haya hecho en los ejemplos históricos que tenemos a nuestro alcance, no invalida la teoría revolucionaria sustentada en el marxismo ni hace desaparecer la noción de izquierda que ha servido siempre para diferenciarnos de la derecha. Sostener que ahora no hay ni derecha, ni izquierda, es santificar el orden social existente, que si no se ha enterado AOF, es de derecha.

            Otra cosa es que los partidos de izquierda hayan traicionado al pueblo, pero eso no invalida la teoría marxista de la revolución, sólo es una prueba de que muchos de los “líderes” que dirigen los procesos de izquierda no son capaces de sostenerlos hasta las últimas consecuencias, que equivale a decir hasta reemplazar la vieja vida heredada de nuestros antepasados por la nueva vida que impone el cambio. ¿Qué tiene que ver esto con la validez o no de la teoría revolucionaria marxista? Es como querer demostrarnos que una roca de oro cubierta de musgo no tiene valor alguno.

            AOF no llega a plantear una crítica seria al marxismo, lo cual hace que termine coincidiendo con la extrema derecha porque, en fin de cuentas, repite sus argumentos. La crítica seria tiene que ver con la falencia que el marxismo tiene de no haber incorporado, por razones obvias, los principales principios del Sumak Kawsay Andino en su teoría, sin lo cual se muestra como un constructo teórico incompleto. Pensar en teorizar este aspecto es la tarea intelectual más honesta que los revolucionarios actuales tenemos sin el peligro de coincidir con la derecha y contribuir a mantener el orden establecido. El “pachamamismo” en boga no comprende que el edificio teórico del marxismo no está acabado, que está en construcción y que pretender construir cimientos gnoseológicos puros basados en la vida ancestral de nuestros pueblos precolombinos, no sólo que es un desatino histórico sino una muestra de vanidad intelectual. Hay una diferencia abismal entre saber aprovechar lo bueno de una teoría crítica del capitalismo como es el marxismo para enriquecerla y desarrollarla que querer construir una epísteme nueva que nunca podrá nacer en estado puro, porque a estas alturas del desarrollo del conocimiento, eso se perfila como un imposible.

            Curiosamente toda la crítica que AOF hace al sistema de partidos del régimen capitalista, al régimen electoral, a la democracia burguesa misma es correcta porque está cimentada en las ideas marxistas, con lo cual, tal vez sin darse cuenta, valida la teoría de la izquierda a la que critica, opinión que la hago extensiva a muchos otros textos que conozco del autor. Decir que la izquierda también es machista, patriarcalista, eurocentrista, no animalista, no feminista, homofóbica y muchas otras cosas, no puede servir para descalificarla, sino para llamarla al orden y pedirle que rectifique su conducta. Aprender de los errores es aprender a rectificar, mantenerse en ellos es consolidar las tesis del enemigo.

            Pero el autor no hace eso. Su crítica a los partidos políticos de izquierda puede ser correcta, pero no es correcta su crítica a la izquierda, porque la izquierda no es un partido, es una teoría, una concepción ideológica de la vida y sus problemas. Kant, al referirse a la Revolución Francesa decía que era un acontecimiento de tal magnitud que ya es para el ser humano imposible de olvidar, que está tan entretejido en el acontecer humano que es imposible ignorarlo. La interpretación marxista de la historia, que no es la historia marxista como dice AOF, señala que acontecimientos como la Revolución Francesa son los jalones históricos que hacen avanzar a la sociedad humana. Igual sucede con la Revolución Rusa de 1917. A pesar de que no pueden haberse cumplido sus fines últimos, es un acontecimiento histórico que está tan entretejido en la vida moderna que es imposible ignorarla, o lo que es peor, malinterpretarla. La izquierda existe y existirá mientras no desaparezca la sociedad de clases, y no, como hace AOF, sólo porque él cierra los ojos.

            Pero AOF va más allá. Dice: “Se hace necesario crear una teoría social que profundice las teorías que venían solo desde la izquierda, canonizadas como las únicas científicas y revolucionarias, y convertidas en la nueva religión de los marxistas.” Deja claro que se trata de una nueva teoría ya que el marxismo es sólo “una herramienta entre otras” porque no “es el medio ni el fin del pensa miento transformador” y señala que la teoría social no puede seguir estancada en el “fin de la historia marxista al estilo Fukuyama” “No han sido capaces de ir más allá” –dice- para hacer de inmediato una insólita defensa de Marx: “Han convertido a Marx (esa izquierda, se supone) en un Cristo y lo han crucificado. A Marx le daría vergüenza que le hayan empalado de esa manera, como lo hacen algunos violadores con algunas mujeres.”

            Primero, la teoría de izquierda es esencialmente marxista y el marxismo es, inmanentemente de izquierda. Hasta ahora, después de más de siglo y medio de haber sido publicado el Manifiesto Comunista, que yo sepa, nadie, en Occidente, ni en el Oriente, ni en ninguna parte del mundo, ha propuesto una teoría revolucionaria diferente del marxismo. Mao y Lenin  no se atrevieron a tanto como hace AOF de proponer una “nueva teoría”, humildemente se propusieron enriquecer el marxismo, completándolo y adaptándole a sus respectivas realidades. Dice AOF que el marxismo no es “el medio ni el fin del pensamiento transformador” con lo cual, de un solo tajo, castra la esencia revolucionaria del marxismo, atreviéndose, además, a sostener que la teoría social no puede seguir estancada en el marxismo (ridículamente comparada con el fin de la historia) porque, según él, nadie ha sido capaz de ir más allá. Se supone que si los marxólogos, marxistas o, según su terminología, los partidos de izquierda han “empalado” a Marx, están cometiendo una injusticia, porque, a pesar de su justeza, ha terminado violado “como hacen algunos violadores con algunas mujeres”

            ¿Es esta la crítica que hace AOF a la izquierda y a la teoría marxista de la revolución? Se necesita más para criticarla y el autor no demuestra tener lo suficiente. El marxismo no es un pujo conciencial de Marx, es un constructo teórico que, desde su surgimiento, ha dado golpes demoledores en la estructura ósea del régimen capitalista y no puede ser ninguneado por alguien que dice “olfatear” la necesidad de una nueva teoría social.

            Dice AOF que esa teoría nueva es el anti patriarcalismo que significa dar cabida a todas las “alteridades y otredades” porque es necesario para luchar contra el sistema. ¿Cuál sistema, señor AOF? Yo mismo respondo, señor, el capitalista, el sistema contra el cual Marx apuntó las armas de su teoría.

            Nosotros, los intelectuales que nos ubicamos en la izquierda marxista, no podemos renunciar al instrumento más poderoso que Marx nos legó, cual es, el método dialéctico de análisis social. La aplicación creativa de ese método nos enseña un camino simple para alcanzar nuestras metas revolucionarias, que no es otro que ser capaces de enriquecer la teoría revolucionaria, no inventar otra, porque esa es una tarea falsa e innecesaria. Enriquecer la teoría de la izquierda es imbricar (integrar, mejor) los principales parámetros del Sumak Kawsay ancestral a la teoría revolucionaria marxista de construcción de una nueva sociedad. Todo eso que usted ahora critica de la resistencia al sistema que termina fortaleciendo el sistema, no puede solucionarse si no es haciendo que se identifiquen con ese marxismo integrador, enriquecido con las ideas fuerzas del Sumak Kawsay ancestral andino, no sólo en lo super estructural, sino en la base económica de la teoría.

            La postura más radical de la izquierda marxista en América Latina está por estos lados de la reflexión, seria, profunda, responsable, usando la imaginación y los instrumentos revolucionarios que hemos heredado. Inventar el agua tibia no cabe en los actuales momentos. Esos inventores serán aplaudidos por la derecha cavernícola para inflar su ego y hacerles sentir importantes, trampa en la que caerán todos los vanidosos que seguirán sosteniendo la necesidad de una “nueva teoría social”

            Los revolucionarios seguiremos trabajando solos, acompañados de la razón histórica.

18-02-2019

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LA EDUCACIÓN DE LAS MASAS


            Cuando apenas cursaba el cuarto curso de colegio, un descarriado amigo puso en mis manos un libro de Aníbal Ponce, el marxista argentino que los rebeldes de mi generación preferíamos a José Ingenieros. Se llama Educación y Lucha de Clases. Ese y otros libros memorables marcaron mi destino. Ese libro fue siempre el cimiento de mi vocación de educador, la que me dio de vivir a mí y a mi familia y la que, de alguna manera, me da tranquilidad en estos años.

            Leí Emilio de Juan Jacobo Rousseau y mis inquietudes se multiplicaron. Luego me acerque a la pedagogía de Makarenko quién sostenía que un entorno social adecuado impediría el surgimiento de individuos dañados, principio que llevo a la práctica en su célebre Colonia Gorki cuando ya la revolución rusa estaba en marcha. Muchos pensamientos de Gabriela Mistral, maestra de corazón, estimularon mi inclinación a la docencia. Luego me acerqué a reformadores de la educación como Gurdief o Rodol Steiner que sugirieron pedagogías novedosas y probablemente efectivas. Pero fue Paulo Freire el que reafirmo mi visión sobre la educación.

            Es que su filosofía de que había que educar para la libertad me atrapó de inmediato y, más aún, cuando descubrí que decía que la educación liberadora había que ejercerla entre los oprimidos. Cuarenta años de docencia, en mi caso, han estado inspirados en este fundamental principio pedagógico.

            Una de las críticas frecuentes que hice al régimen correista fue el de la educación. Señalé que si se hablaba de revolución había que demostrar esa voluntad en la transformación radical de este sector. Consideré que la reforma educativa realizada por Alfaro, al cabo de un siglo, había tocado fondo. Había que revitalizar el proceso conservando el laicismo y modernizando los procesos educativos para ponerlos acordes con el desarrollo científico-técnico mundial, para lo cual había primero que definir cuál era el fin último de la educación.

            Sostuve que la cultura occidental estaba en crisis y que la gnoseología cartesiana tenía que comenzar a ser desplazada de nuestro sistema educativo para ser sustituida por una nueva que todavía no estaba construida pero cuyos elementos constitutivos ya estaban presentes en la historia. Un pensamiento sistémico estaba naciendo y era obligación de una verdadera revolución investigar, gastar recursos, intercambiar conocimientos a nivel mundial para sintetizar, en una nueva teoría pedagógica, las bases de una nueva educación.

            El correismo difundió la idea de que el Buen Vivir aristotélico era equivalente al Sumak Kawsay ancestral de nuestros pueblos andinos, queriendo de esta forma enterrar la riqueza de una noción de vida en construcción con otra, agotada y decadente que ha caracterizado a la sociedad de clases desde la ápoca de los griegos. Sostuve que el esfuerzo máximo de los intelectuales comprometidos con el cambio revolucionario era pensar, juntar las partes dispersas de ese nuevo pensamiento e ir creando, de forma paulatina, la nueva epistemología de la ciencia, incluida la pedagogía.

            Este nuevo enfoque de la episteme científica en el campo de la educación debía comenzar respondiendo la pregunta fundamental de toda concepción pedagógica que es: ¿para qué se educa? Correa respondió mandando a educarse a nuestros jóvenes en “las mejores universidades del mundo”, que son, como se sabe, centros de reproducción del pensamiento occidental. La respuesta del correismo fue optimizar el talento para conservar el sistema. Según esta concepción se trataba solamente de maquillar las dificultades.

            En ese marco se dieron las mejoras de la infraestructura educativa a nivel nacional, la construcción de las escuelas del milenio, la supresión de las universidades de garaje, la creación de cinco universidades nuevas, la destrucción de gremios docentes como el de la UNE, la aprobación de una nueva ley de educación superior, entre otras. Todo lo cual significaba un paso adelante con respecto a la calamitosa situación de la educación en la época anterior al correismo, sin que se haya llegado a plantear en ningún momento los fines transformadores de la educación.

            El régimen correista demostró su insensibilidad a este problema cuando cerró la Universidad Indígena con el peregrino argumento de que ahí no se respetaba la gnoseología occidental. Entonces sostuve que había que orientar la educación a un cambio profundo de la mentalidad del educando haciendo de la educación el medio más idóneo para desarraigar de las nuevas generaciones el egoísmo, el afán de lucro, la ambición desmedida y desarrollar en ellas la solidaridad, el compañerismo, la sensibilidad, el espíritu de colaboración y los valores comunitarios. El correismo ni siquiera tomó en cuenta estas propuestas y, prevalido del poder y de un falso orgullo de clase, barnizó el grave problema de la educación nacional sin atreverse a hundir el bisturí hasta el fondo.

            Pero el correismo hizo obra. No atendió el fondo, pero si la forma. Dejó ver sus límites al no comprender que el Ecuador es un multiverso y no un universo, que la educación tiene que respetar la rica variedad de nuestra realidad. La transformación del Ecuador depende de la comprensión cabal de este problema.

            Ahora resulta que el gobierno de Lenin Moreno declara, paladinamente -por medio de su actual ministro de educación-, que lo hecho por el correismo en el campo educativo está mal hecho y que debemos volver a las escuelas unidocentes porque su desaparición constituye un verdadero etnocidio y las escuelas del milenio son pura “novelería”.

            Escuelas sin pupitres, sin techo muchas veces, con un solo maestro para niños de seis a catorce años, sin cuadernos, sin lápices, sin desayuno, sin zapatos, sin nada de lo más elemental es a lo que este ministro llama “escuelitas dónde se reproducen los valores de la comunidad”. Nadie podrá aceptar que se folclorice la baja calidad de la educación  y se santifique la miseria de las comunidades aborígenes.

            Correa creo unidades educativas de primer orden y sostuvo que la educación pública debía llegar a ser mejor que la privada lo que no puede ser criticado salvo si se considera que la excelencia para él no era sino la formación de cuadros reproductores del sistema sin capacidad crítica, es decir, excelentes profesionales preparados para competir con éxito en un mercado laboral inclemente, en el que no existe espacios para otra clase de valores que no sean el afán de lucro y el egoísmo narcisista. Esa fue la propuesta del correismo en todos los niveles.

            Ahora Lenin Moreno le quita la careta a esa propuesta pro sistema y plantea dejar las cosas como estuvieron antes del correismo, es decir, manteniendo las escuelas unidocentes que también reproducen el sistema pero en el nivel más espantoso de atraso y de vergüenza social, porque no es cierto que un Estado que ha reducido el presupuesto nacional en educación podrá invertir en las escuelas unidocentes para transformarlas en unidades ejemplares.

            Bolsonaro en el Brasil acaba de poner los libros de Paulo Freire en el Índex. La educación de las masas en libertad, ahora es un delito social en el Brasil. Allá tienen la valentía de declararse enemigos de la educación de los oprimidos, los bolsonaros criollos en el Ecuador condenan a la ignorancia a las grandes mayorías a nombre de la libertad y el progreso. Los que nos resistimos a perder el norte de la educación seguiremos luchando por sacar de la ignorancia a las masas. Seguiremos planteando una revolución educativa en la que se cambien las bases gnoseológicas del conocimiento, incorporando a nuestros planes de formación la episteme  ancestral que por más de quinientos años ha sido excluida de la educación nacional. Una educación que, siendo única para todo el país, sepa respetar la esencia cognitiva de todas las nacionalidades originarias que existen en el Ecuador.

            Esa es la tarea.

7-02-2019

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LA DEMOCRACIA IMPERIAL

            La injerencia norteamericana en los asuntos internos de otros Estados no es un cuento nuevo. Desde 1823 en que James Monroe proclamó su célebre doctrina, no hay ni un solo país latinoamericano en el que no hayan intervenido los señores del norte. Si comenzamos con México que en 1845 vio cercenado su territorio, podemos terminar con Chile, Argentina, Uruguay, Brasil y cada uno de nuestros países. Hicieron del Caribe un lago norteamericano, controlando Centroamérica, Panamá, Cuba, Puerto Rico, Santo Domingo, Haití, todo, sin excepción. La diplomacia norteamericana ha ido desde el Gran Garrote hasta la Diplomacia del Dólar, manteniendo siempre férreas las tenazas sobre nuestros países. A dos siglos de este práctica imperial el resultado es que los Estados Unidos de Norteamérica ha llegado a ser la nación más desarrollada del mundo y los países latinoamericanos, sin excepción, de los más pobres e inequitativos del planeta.

            ¿A qué atribuir esta triste realidad? El racismo en la historia sostiene  que los indoamericanos somos una raza inferior, desconociendo la extraordinaria grandeza de las civilizaciones pre-colombinas; otros a que carecemos de iniciativa empresarial, otros a determinismos geográficos que impiden el desarrollo y, últimamente, una antropología cultural que se empeña en demostrar que nosotros mismos somos los culpables, por ser incapaces de superar nuestras lacras y deficiencias. Cualquier explicación es válida para aquellos que todavía no han aprendido a pensar con cabeza propia y a ver la situación desde el punto de vista de los vencidos.

            El “destino manifiesto” de los EE UU fue una concepción estratégica de los norteamericanos según la cual estaban destinados, por la divina providencia, a ser la más grande y poderosa nación del planeta. Bien por ellos, pero para alcanzar ese objetivo histórico, los yanquis jamás tuvieron escrúpulos con el resto de pueblos del mundo, comenzando por la propia población aborigen de su territorio. Esa “limpieza étnica” significó el genocidio de más de cien millones de nativos. El imperio romano de la antigüedad es su émulo. Su grandeza está construida sobre un cementerio.

            Su clarividencia imperial fue capaz de ver a Simón Bolívar como un líder indeseable para sus intereses, de ahí que alimentaron la vanidad servil del general Francisco de Paula Santander. Desde entonces, en América Latina, hay dos bando, el bolivariano y el santanderiano. En el  primero se alinean patriotas como Betances, Martí, Sandino, Alfaro, Fidel, Ernesto Guevara, Chavez o Maduro y en el segundo Somoza, Trujillo, Batista, Pinochet, Uribe, Duque o Guaidó. Los yanquis jamás han escatimado esfuerzos para alimentar la corriente santanderiana, de hecho, es eso lo que están haciendo en la Venezuela de hoy.

            Se llevaron el guano del Perú, el cobre de Chile, la riqueza minera de toda América Latina, el banano centroamericano, el café colombiano, la selva brasileña, el cacao ecuatoriano, la riqueza de nuestros mares, el trabajo de nuestra gente. Su grandeza está construida sobre nuestro sacrificio.

            Las grandes corporaciones del capitalismo norteamericano, que equivale a decir del poder mundial, han cerrado sus fauces ahora sobre Venezuela. Quieren garantizar  para ellos las más grandes reservas de petróleo del mundo, pero, sobre todo, quieren liquidar a Maduro para que Venezuela vuelva a su redil. No pueden aceptar otra Cuba en América Latina.

            Usan los más inverosímiles argumentos. Democracia contra tiranía es el más hipócrita. Deslegitiman el triunfo legítimo de Maduro en las urnas y desconocen la voluntad de más de seis millones de venezolanos. No acatan las reglas de su misma democracia cuando no son favorables a sus intereses. Luego está el hipócrita argumento de la “ayuda humanitaria” para supuestamente ayudar a un pueblo que antes han sacrificado debido a una guerra económica despiadada y a la confiscación de los activos financieros que Venezuela tiene depositados en bancos internacionales. Primero le entran a golpes al pueblo venezolano para después ofrecerle asistencia médica. Este formato los norteamericanos lo manejan a la perfección. Tienen la larga experiencia de Chile, la Nicaragua sandinista, Granada, Honduras y muchos otros países de nuestra América. Hoy en Venezuela se han topado con un patriota como Maduro que está dispuesto a pararles el carro.

            En Venezuela no se juega el destino de la democracia latinoamericana, se juega el destino de una democracia CON YANQUIS O SIN YANQUIS, no se juega siquiera la suerte del capitalismo como sistema, se juega el derecho a la autodeterminación, a la independencia y la soberanía de los pueblos, se juega el futuro de la naturaleza, del agua limpia, de una economía sustentable y de la seguridad alimentaria, se juega el orgullo de ser latinoamericanos viviendo en paz, construyendo con nuestras manos el futuro de nuestros hijos, sin la coyunda de una nación que para llegar a dominar el mundo ha tenido que chuparle la sangre a todo el planeta, como lo demuestran las invasiones a Irak, Siria, Líbano, Yemen, Palestina.

            Nadie tiene derecho a intervenir en Venezuela, ni los yanquis ni la Comunidad Europea, peor la reyesía española que no puede aceptar que hace más de doscientos años dejamos de ser sus vasallos. En Venezuela se juega la soberanía de los pueblos de Nuestra América que no podrá volver a ser mancillada por la prepotencia y la avaricia de los dueños del mundo.

31-01-2019

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¿CUAL ES LA VERDADERA CULPA DE RAFAEL CORREA?


            Tengo un lector que nunca está de acuerdo conmigo, pero cuando argumenta sus desacuerdos siempre termina usando mis mismos puntos de vista para rebatirme. Yo sostengo, por ejemplo, que Rafael Correa ha sido el mejor exponente de la derecha en el Ecuador porque fue capaz de acelerar la modernización del capitalismo para pagar la deuda social que la oligarquía tenía con el país desde la muerte de Alfaro y él sostiene que no, que Correa no modernizó el capitalismo pero que fue el jefe de una nueva oligarquía, que no es lo mismo, como podrán darse cuenta, pero es igual.

            De una u otra manera ya está claro que, en nuestra historia política, siempre habrá un antes y un después de Correa. Negarlo es imposible, porque se perdería objetividad en los análisis. El odio de clase no puede tratar de tapar el sol con un dedo. Correa está instalado en nuestra historia con méritos suficientes y hay que mirar su figura sin temores ni complejos, tratando de encontrar el sitio correcto que le corresponde.

EL ANTES DE CORREA

            Enfoquemos nuestro análisis sólo a partir del regreso a la democracia, sin antes puntualizar como único antecedente el nefasto papel que el petróleo jugó contra los intereses nacionales en la década precedente. Hay el mito de que la dictadura militar de Rodríguez Lara rescató nuestro petróleo, pero la ley de Hidrocarburos no pudo contra la fiebre de endeudamiento externo que se desató, aún antes de que concluyan los gobiernos militares. Desde entonces, la deuda externa pesa sobre nuestra vida nacional como una verdadera esclavitud.

            Fue tan corto el período del “progresismo” roldosista, que bien se lo puede pasar por alto, pues todas sus buenas intenciones fueron devoradas por la ideología democristiana encabezada por Oswaldo Hurtado, quién se puso a órdenes de tradición, familia y propiedad. Enemigo de los trabajadores terminó sucretizando la deuda privada con lo cual favoreció a los grupos de poder económicos internos y reforzó los lazos de dependencia con los organismos multilaterales de crédito como el FMI y el Banco Mundial. A partir de su gobierno el Ecuador fue víctima de las cartas de intención y las medidas de ajuste estructural del FMI que terminaban quitándole el pan y la salud al pueblo ecuatoriano.

            El de Febres Cordero fue la expresión máxima de los gobiernos oligárquicos. Su eslogan de pan, techo y empleo no pasó de ser pura demagogia y su autoritarismo copó todos los poderes del Estado. La corrupción autorizó a la empresa privada a lucrar de la empresa pública dejando al final de su periodo un país en banca rota. La desaparición de los hermanos Restrepo y la masacre de los miembros del AVC será una mancha imborrable de sangre en nuestra Historia. Ninguna obra material, peor cultural en este período.

            La socialdemocracia tuvo su oportunidad de hacer, a finales de la década de los ochenta, lo que Rafael Correa hizo en la década de su gobierno, pero habiendo tenido todo el poder y el apoyo del Ecuador casi en su totalidad, no hizo nada. Se rindió al poder extranjero y desmontó conquistas fundamentales adquiridas por los trabajadores con su lucha. Un gobierno que despertó grandes simpatías en los más distintos sectores del pueblo ecuatoriano, terminó siendo un gobierno entreguista y antipopular.

            A finales del siglo XX el gobierno democristiano de Mahuad dolarizó la economía con lo cual nos ató a los intereses privados del poder norteamericano y enriqueció más a los banqueros y la oligarquía en general con el salvataje. Tres millones de ecuatorianos tuvieron que emigrar, dejando su patria y rompiendo sus familias. Fue el causante de la peor tragedia vivida por el pueblo ecuatoriano, pero los principales banqueros engordaron sus bolsillos y se volvieron más “respetables”. Era el Ecuador de la oligarquía en el que imperaba la ley del embudo, ancho arriba, estrecho abajo. Nadie controlaba la corrupción que campeaba a sus anchas. La justicia había convertido todas las cortes en cloacas y en el legislativo se empozaba el poder de la viveza criolla y se hacían los grandes negocios de la oligarquía. El pueblo se tuvo que refugiar en el populismo de derecha que llevó a contrabandistas y estruchantes al poder de manos de ese patán colosal que se apellida Bucaram y de un aventurero de escasas luces de apellido Gutiérrez. La oligarquía reinante no tenía rival. La izquierda histórica, socialistas y comunistas, discutían cómo rivalizar electoralmente con los partidos de la derecha en lugar de fortalecer un sólido proceso ideológico y programático.

            A pesar del impacto que tuvo en la conciencia nacional la irrupción del movimiento indígena en la década de los noventa, nada cambió. Las cúpulas dirigenciales de obreros, indígenas y sectores populares, dejándose llevar por los partidos reformistas de la izquierda ecuatoriana, renunciaron a la consolidación de una vía de independencia clasista y prefirieron apoyar a la derecha disfraza de centro. Este craso error dejó a los sectores populares sin alternativas, obligándoles a repartir su votación entre todos los matices de la partidocracia. A comienzos del siglo XXI el Ecuador estuvo al borde de la desintegración nacional.

LOS LOGROS DEL CORREISMO

            “Conceptualmente Correa planteó dar término a la trunca revolución alfarista lo que equivalía a modernizar el capitalismo ecuatoriano. Hasta cuando el precio del petróleo cayó bruscamente Correa cumplió al pie de la letra su programa de modernización del capitalismo. En ese esquema se explica la construcción de la red vial, los multipropósitos de la costa, las hidroeléctricas de todo el país, las escuelas del milenio, la reforma del estado, la modernización de los servicios públicos, la reforma educativa, la creación de nuevas universidades y proyectos monumentales como la Refinería del Pacífico y Yachay. El protagonismo del sector público le daba proyección de futuro a su obra, haciendo suponer que las bases estructurales sentadas durante su gobierno podían hacer evolucionar el proceso hacia horizontes de mayor radicalidad política y económica. Esa obra realizada, sin precedentes en la historia del país, convierte a Rafael Correa en el más eficiente líder que la derecha ecuatoriana ha tenido en toda su Historia, muy por arriba de Velasco Ibarra, Camilo Ponce Enríquez o Galo Plaza Lasso. Su obra tiene el incalculable valor de ser el pago de la deuda social que la oligarquía tenía con el Ecuador desde la fundación de la república y convierte a Rafael Correa en su más esclarecido adalid.”[i]

            A esto es a lo que el líder de la Revolución Ciudadana llama “su revolución” y, desde la perspectiva reformista, tiene razón, pero nunca desde la proyección revolucionaria.

            También hemos dicho: “Después del derrumbe del precio del petróleo la fuerza inicial del proceso correista comenzó a decaer. El proceso comenzó a saltar hacia atrás. Los límites del “proyecto histórico” de Alianza País comenzaron a aparecer. La falta de recursos fiscales comenzó a obligar a Correa a recortar el gasto fiscal y a iniciar un acelerado proceso de endeudamiento externo y reajustes internos que afectaron a los sectores mayoritarios. Se apoyó en los créditos chinos y volvió a coquetear con los organismos internacionales de crédito como el FMI o el Banco Mundial. Dejó preparado el terreno para que su sucesor retomara, no ya los ideales iniciales de la Revolución Ciudadana, sino los mecanismos eternos de la dependencia y sujeción a la voluntad del capitalismo corporativo mundial, ahora muy interesado y atento a los recursos naturales de nuestro pequeño país.”[ii]

            Si bien es cierto se produjeron importantes cambios durante la década del correismo, haber acelerado la modernización del capitalismo ecuatoriano lejos estuvo de ser un cambio revolucionario, pues la fuerza inicial de la “revolución ciudadana” sólo significó una amenaza para las fuerzas político-económicas defensoras de la estructura capitalista del Ecuador que, además, sacaron provecho de dicha modernización para reforzar su dominio, lo que quedará demostrado a partir del triunfo electoral de Lenin Moreno, no obstante lo cual, el odio de la oligarquía a Rafael Correa no tiene límite y sólo se explica como una maniobra ideada por ella misma para crear un enemigo ficticio que le sirva para combatir a las verdaderas fuerzas de la izquierda revolucionaria.

            Hay un infantilismo de izquierda en el Ecuador que alimenta la corriente del odio a Correa sin caer en cuenta cuanto provecho pudiera sacar si fuera capaz de dirigir su discurso y acción política a ese sector del correismo que, durante diez años, superó la ignorancia política y comprendió que el enfrentamiento por el poder con la oligarquía es una cuestión ideológica de fondo. No son dirigentes como Viviana Bonilla u otras parecidas el mejor fruto del correismo, en lo ideológico su mejor producto está en distintos segmentos populares que, gracias a su figura, ahora son capaces de hacer avanzar la lucha política a niveles más altos. Esa izquierda infantil no es capaz de diferenciar el grano de la paja y por milésima vez se auto aísla, sin poder dejar de ser una cofradía escandalosa buena para la denuncia pero incapaz de ponerse los pantalones largos de la política verdaderamente revolucionaria.

CUAL ES LA VERDADERA CULPA DE RAFAEL CORREA

            “La obra de Rafael Correa lejos estuvo de ser lo que el pueblo ecuatoriano aspiraba, razón por la cual, poco a poco, su gobierno fue perdiendo su apoyo. El pueblo de la costa, por ejemplo, sentía que los multipropósitos eran necesarios, pero más sentía la necesidad de una profunda y radical reforma agraria, cosa que Rafael Correa nunca se atrevió a afrontar; el cambio de la matriz productiva era un clamor nacional, pero nunca fue más allá de la modernización del sector industrial que no era otra cosa que llover sobre lo mojado; la reforma de la educación, llamada a sentar las bases de un cambio verdadero, no escarbó sino la superficie del problema y así en todos los niveles. Pese a la construcción de una impresionante red vial, hoy por hoy, todavía los más alejados caseríos y anejos del Ecuador ven podrirse sus productos por falta de caminos vecinales, Correa ni siquiera consideró la necesidad de una reforma urbana que racionalice el problema de la vivienda y lejos estuvo de plantear como un problema negativo la monopolización de la economía. La llamada ley antimonopolios fue ignorada por el propio Estado y los grandes capitalistas del Ecuador se la pasaron por bendita sea la parte. El problema crucial de la concentración económica ni siquiera tendió a descender, sino que, por el contrario, se incrementó. Proyectos necesarios como la ley de Plusvalía no fueron tratados con la eficiencia que requerían para asestar un verdadero golpe a los especuladores de la derecha. Más fueron las buenas intenciones que las realizaciones objetivas. El grave error de no haber construido un partido orgánico e ideológico comenzó a pasar factura desde que el pueblo le quitó su apoyo. Comenzaba a percibir el olor de la corrupción enquistada en ese nuevo Estado, quizás a espaldas de su líder, pero innegablemente presente, ya que Correa nunca fue capaz de tomar distancia radical de aquellos cuadros que, desde épocas anteriores, lucraban de la riqueza del Estado. Una falla, en este caso, de claro carácter ideológico-político. En ninguna parte del planeta la Historia nos enseña que se puede hacer cambios radicales con los mismos cuadros que sostuvieron el “viejo país”. El pueblo se distanció del gobierno de Correa y este, por su propia naturaleza, se vio obligado a criminalizar la protesta social, convirtiéndose, casi al final de su período, en un gobierno antipopular y represivo.”[iii]

            De todas estas deficiencias que tuvo el correismo quizás la más grave, desde un punto de vista político, es no haber construido, durante esos diez años, un verdadero partido político, orgánico e ideológicamente sólido. Se me puede objetar que eso era imposible puesto que Alianza País era una colcha de retazos, pero eso es precisamente lo que se reclama. Pasar por alto este “detalle” es justificar el caudillismo. Rafael Correa fue capaz de subirse al ring hasta con un muchacho que al paso de su caravana le dio un yucazo, pero no fue capaz de sentar las bases de una organización política para sostener su propio proceso reformista, peor para avanzar a la revolución. Es como querer hacer un viaje a la luna sin antes haber construido el vehículo que le pudiera llevar. En un movimiento como el que fue Alianza País  las puertas estaban abiertas, no sólo al oportunismo y la corrupción, sino a los enemigos que, desde adentro, podían hacerle daño, como efectivamente sucedió. Una larga lista de nombres encabezados por Lenin Moreno quedará grabada en la Historia para demostrar este aserto.

¿CÓMO SUPERAR ESTOS ERRORES?

            Radicalizando el reformismo, avanzando al cambio revolucionario. La siembra que Rafael Correa hizo en la conciencia de la militancia de su movimiento puede ser un núcleo imantado que siga sumando a los sectores políticos revolucionarios, a los sectores sociales, a la juventud, a las mujeres, a las minorías, a los campesinos, a los obreros, a los trabajadores, a los profesionales consientes, a los ecologistas, en fin, a los sectores medios amenazados por la crisis. La Historia hace posible, en los actuales momentos, un correismo sin Correa, no un neocorreismoque ya es inviable, porque para él ya paso el tren de la Historia. Un correismo sin Correa no significa que se tiene que desplazar a Correa, sino que en el proceso surgirán nuevos líderes que se acercarán más al cambio controlados por un partido que se irá construyendo para la revolución y no sólo para acelerar la modernización del capitalismo dependiente ecuatoriano.

            Rafael Correa lo tiene que comprender, si de verdad ama a su Patria, al pueblo y a la revolución.

23-01-2019


[i] Véase: Oviedo Rueda, Jorge: Hablar claro y sin complejos: en: https://nucanchisocialismo.com/

[ii] Idem

[iii] Ibidem

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HABLAR CLARO Y SIN COMPLEJOS


VELASQUISMO Y FRUSTRACION EN EL SIGLO XX

            La política ecuatoriana durante el siglo XX estuvo dominada por el discurso ilustrado de José María Velasco Ibarra. Desde 1930 captó el apoyo de los sectores populares por cinco ocasiones, habiendo hecho, cada vez que presentaba su candidatura, el papel de neutralizador de la insurgencia popular. Nunca la izquierda oficial supo enfrentar con éxito al velasquismo, habiendo manejado siempre la errónea tesis de aliarse con él y apoyarlo. El discurso anti oligárquico de Velasco fue en esencia conservador con incrustaciones liberales de acuerdo a las necesidades del momento electoral, lo que nos hace ver que durante el siglo XX también dominó el conservadurismo, pese a que la revolución alfarista había dejado atrás la negra noche colonial. Políticos como Camilo Ponce Enríquez y Galo Plaza Lasso sólo tienen sentido en el marco del dominio absoluto de las élites liberal-conservadoras.

            En la década de los años setenta llega a su fin el velasquismo. Los gobiernos militares de la época, pese a las veleidades nacionalistas, al final terminan perfeccionando el mecanismo de dependencia económica con el esquema comercial superior de los Estados Unidos. Por obra y gracia de las élites eternas en el Ecuador el petróleo, en lugar de ser una bendición, se convirtió en una maldición. Ninguna explicación es válida que no sea la del entreguismo vendepatria y la corrupción de las élites. Sin compasión, los intereses foráneos aliados con los nacionales, nos han chupado la sangre.

            El reinicio de la democracia en la década de los ochenta nada cambió. La esperanza se estrelló en un cerro de la provincia de Loja y, a partir de ahí, el dominio de la partidocracia fue absoluto, incluida la seudo Izquierda Democrática de Rodrigo Borja que, teniendo el poder para hacer todo, no hizo nada. El neoliberalismo estuvo representado en el rostro feroz de León Febres Cordero y en la figura bonachona de un viejo cómplice de la corrupción. Del pueblo, como siempre, sólo se acordaban las élites cada cuatro años, cuando la “democracia representativa” necesitaba refrendar el dominio de las élites. Cansado de esta farsa el pueblo engañado se vio obligado a confiar en el populismo. Patanes como Bucaram y aventureros como Gutiérrez fueron elegidos presidentes de la república y, así mismo, sacados a patadas cuando el pueblo se dio cuenta cuan farsantes eran. A finales del siglo XX el Ecuador marchaba sin rumbo, con la autoestima nacional por debajo de los tobillos y olfateando el aire a ver si llegaba alguna noticia de esperanza

            El golpe brutal del feriado bancario en 1999 culminaba una larga cadena de latrocinios perpetrados por la oligarquía nacional. El atraco a los dineros de los sectores medios y populares escupió a la emigración a más de tres millones de ecuatorianos. El país se convulsionó. La oligarquía tenía la sartén por el mango. Sin cambiar un ápice en su conducta descargaba la crisis, por ella misma provocada, en las espaldas del pueblo. El Ecuador seguía siendo visto como la hacienda de los viejos terratenientes o como la empresa de los nuevos empresarios. La izquierda histórica ajustaba sus aperos para competir con los partidos de la oligarquía sirviendo como contrapeso legal al sucio juego electoral. Todo este caos bajo el eficiente control de la partidocracia.

            Cuando irrumpe el movimiento indígena en la década de los noventa la nación comprende que ha estado construyendo un país a espaldas de una parte fundamental de él. El racismo, la discriminación y la ignorancia convertían a los aborígenes de las cuatro latitudes del Ecuador en actores sociales invisibles. Organizados en la CONAIE se hacen visibles y, por su propia cuenta, sin esperar invitación de nadie, se sientan en la mesa de la democracia oligárquica, con el derecho que les daba haber puesto el lomo para empujar el carro de la nación desde sus mismos orígenes. Con los trabajadores asalariados formaron una alianza que prometía la formación de un frente de clase independiente que estaría en condiciones de oponerse a la partidocracia. Los falsos dirigentes de la izquierda formal, socialistas, comunistas y toda la izquierda atomizada, desviaron las perspectivas del movimiento indígena-popular. Hegemonizados por el centro reformista hicieron abortar una opción de organización partidaria en aras de un electoralismo inmediatista, que jamás supo ni pudo sembrar para cosechar en el futuro.

LA IRRUPCION DE LA ESPERANZA

            A comienzos del siglo XXI el Ecuador no veía la luz al final del túnel. Había pobreza y desesperanza. Los organismos multilaterales de crédito nos ajustaban cada vez más el cinturón y la corrupción política se había empozado en todos los poderes del Estado. En una década se sucedieron siete presidentes y cada vez la crisis económica aplastaba más a los sectores populares. El nombre de un joven político se comienza a escuchar: Rafael Correa Delgado.

            El acierto de este nuevo líder estuvo, desde el principio, en comprender que el momento era más político que económico. Fustigó a sus adversarios rescatando el discurso radical de la izquierda revolucionaria que había permanecido oculto y minimizado por la izquierda histórica. Nuevos aires comenzaron a soplar en el Ecuador. Captó el apoyo de todos los sectores políticos y sociales que iban del centro hacia la izquierda a lo cual sumó el respaldo de una clase media que venía desmoronándose. La estrategia política de Alianza País fue impecable hasta la Asamblea Constituyente de 2008. Paso a paso Correa fue desmontando la red de corrupción institucionalizada que la oligarquía había tejido desde el asesinato de Alfaro y mucho antes. Su propuesta de enterrar el viejo país y construir uno nuevo fue entendida y apoyada por el pueblo ecuatoriano.  

            Conceptualmente Correa planteó dar término a la trunca revolución alfarista lo que equivalía a modernizar el capitalismo ecuatoriano. Hasta cuando el precio del petróleo cayó bruscamente Correa cumplió al pie de la letra su programa de modernización del capitalismo. En ese esquema se explica la construcción de la red vial, los multipropósitos de la costa, las hidroeléctricas de todo el país, las escuelas del milenio, la reforma del estado, la modernización de los servicios públicos, la reforma educativa, la creación de nuevas universidades y proyectos monumentales como la Refinería del Pacífico y Yachay. El protagonismo del sector público le daba proyección de futuro a su obra, haciendo suponer que las bases estructurales sentadas durante su gobierno podían hacer evolucionar el proceso hacia horizontes de mayor radicalidad política y económica. Esa obra realizada, sin precedentes en la historia del país, convierte a Rafael Correa en el más eficiente líder que la derecha ecuatoriana ha tenido en toda su Historia, muy por arriba de Velasco Ibarra, Camilo Ponce Enríquez o Galo Plaza Lasso. Su obra tiene el incalculable valor de ser el pago de la deuda social que la oligarquía tenía con el Ecuador desde la fundación de la república y convierte a Rafael Correa en su más esclarecido adalid.

            La obra de Rafael Correa lejos estuvo de ser lo que el pueblo ecuatoriano aspiraba, razón por la cual, poco a poco, su gobierno fue perdiendo su apoyo. El pueblo de la costa, por ejemplo, sentía que los multipropósitos eran necesarios, pero más sentía la necesidad de una profunda y radical reforma agraria, cosa que Rafael Correa nunca se atrevió a afrontar; el cambio de la matriz productiva era un clamor nacional, pero nunca fue más allá de la modernización del sector industrial que no era otra cosa que llover sobre lo mojado; la reforma de la educación, llamada a sentar las bases de un cambio verdadero, no escarbó sino la superficie del problema y así en todos los niveles. Pese a la construcción de una impresionante red vial, hoy por hoy, todavía los más alejados caseríos y anejos del Ecuador ven podrirse sus productos por falta de caminos vecinales, Correa ni siquiera consideró la necesidad de una reforma urbana que racionalice el problema de la vivienda y lejos estuvo de plantear como un problema negativo la monopolización de la economía. La llamada ley antimonopolios fue ignorada por el propio Estado y los grandes capitalistas del Ecuador se la pasaron por bendita sea la parte. El problema crucial de la concentración económica ni siquiera tendió a descender, sino que, por el contrario, se incrementó. Proyectos necesarios como la ley de Plusvalía no fueron tratados con la eficiencia que requerían para asestar un verdadero golpe a los especuladores de la derecha. Más fueron las buenas intenciones que las realizaciones objetivas. El grave error de no haber construido un partido orgánico e ideológico comenzó a pasar factura desde que el pueblo le quitó su apoyo. Comenzaba a percibir el olor de la corrupción enquistada en ese nuevo Estado, quizás a espaldas de su líder, pero innegablemente presente, ya que Correa nunca fue capaz de tomar distancia radical de aquellos cuadros que, desde épocas anteriores, lucraban de la riqueza del Estado. Una falla, en este caso, de claro carácter ideológico-político. En ninguna parte del planeta la Historia nos enseña que se puede hacer cambios radicales con los mismos cuadros que sostuvieron el “viejo país”. El pueblo se distanció del gobierno de Correa y este, por su propia naturaleza, se vio obligado a criminalizar la protesta social, convirtiéndose, casi al final de su período, en un gobierno antipopular y represivo.

LA DECADENCIA DE LA ESPERANZA

            Después del derrumbe del precio del petróleo la fuerza inicial del proceso correista comenzó a decaer. El proceso comenzó a saltar hacia atrás. Los límites del “proyecto histórico” de Alianza País comenzaron a aparecer. La falta de recursos fiscales comenzó a obligar a Correa a recortar el gasto fiscal y a iniciar un acelerado proceso de endeudamiento externo y reajustes internos que afectaron a los sectores mayoritarios. Se apoyó en los créditos chinos y volvió a coquetear con los organismos internacionales de crédito como el FMI o el Banco Mundial. Dejó preparado el terreno para que su sucesor retomara, no ya los ideales iniciales de la Revolución Ciudadana, sino los mecanismos eternos de la dependencia y sujeción a la voluntad del capitalismo corporativo mundial, ahora muy interesado y atento a los recursos naturales de nuestro pequeño país.

            Su sucesor comenzó llamando “pendejada” a la Revolución Ciudadana y desde su posesión ha cumplido aplicadamente el programa de recuperación neoliberal que, al mismo Guillermo Lasso, de haber ganado, le hubiera costado trabajo aplicarlo. Lenin Moreno, asesorado por las más eficientes mentes de la derecha política del Ecuador, ha diseñado un plan de denuncias de la corrupción correista que mete sus narices hasta en los inodoros usados por el gobierno de Correa. Después de dos años de feroz pesquisa son pocas las evidencias condenatorias pero, en cambio, han posesionado la idea de que el gobierno de Correa ha sido el más corrupto de la Historia. El correismo duro llama traidor a Lenin Moreno, acusación que tiene razón de ser sólo si se refiere a la etapa inicial del proceso, pero que no la tiene si se refiere al correismo postrero, al de finales de la década de su hegemonía.

            Correa llegó al final de su período con un evidente desgaste, no sólo político, sino también económico y social. El endeudamiento externo adquirido en los últimos momentos reflejaba, como una gota de agua refleja su entorno, la proyección catastrófica de la crisis que se avecinaba. Por muy imaginativa que hubiera podido ser su heterodoxia política y económica iba por el inevitable camino que le proponían las élites criollas y los dueños del poder mundial. Esa tarea se la dejó a su sucesor. Sabía, a ciencia cierta, que Lenin Moreno no estaba en capacidad siquiera de paliar la crisis, sabía que tenía que entregarse a la derecha. Ningún otro camino era posible, salvo el revolucionario. Volver a los orígenes de la Revolución Ciudadana, ni pensarlo. Correa se vio obligado a ver, desde la playa, como la barca de su Revolución Ciudadana naufragaba en el absorbente mar del neoliberalismo. Pero este hecho tenía una enorme ventaja para él y sus pretensiones políticas: lo dejaba limpio, como una víctima de la felonía de su sucesor.

            El más grande reformista de la derecha progresista en el Ecuador se había parado justo en el borde del abismo. Un paso más y caía al vacío. El servilismo incondicional de Lenin Moreno a las élites criollas, salva al líder progresista, conservando de él la imagen mítica del reformador revolucionario. Pero ya no es lo mismo. La propia gestión del correismo ha desarrollado, en sentido revolucionario, la conciencia de la militancia de base del correismo. En diez años han aprendido que la sociedad está polarizada y que se tiene que pertenecer a uno u otro bando, han aprendido que todo gira alrededor del poder político. El correismo rasga el velo de la espantosa ignorancia política en las que las élites han mantenido a las masas, no estoy hablando sólo de sus cuadros dirigentes, sino de su militancia de base.

LA DISYUNTIVA REVOLUCIONARIA

            El gobierno de Lenin Moreno aparece como el opositor natural del correismo sólo porque la oligarquía ecuatoriana así se ha empeñado en hacerlo aparecer. Son las élites las que han construido la imagen de un Correa socialista y pro comunista, partidario de procesos como el cubano y el venezolano. No hay tal cosa. Como hemos dicho, Rafael Correa es el más eficiente reformista que la derecha ha tenido en toda su historia, pero no llega a ser un verdadero líder revolucionario. Otra cosa es que su aventura política le haya puesto frente a esa disyuntiva. Veamos por qué.

            La izquierda en el Ecuador fue desnudada hasta los huesos por Rafael Correa. La izquierda histórica, socialista y comunista, se vio obligada a abandonar su pretendido discurso de izquierda porque el accionar del reformismo correista le dejó sin piso. Sin contenidos substancialmente teóricos e ideológicos, esa izquierda se desmadejó como un muñeco de trapo. Hoy es sólo un membrete sobre el cual bailan algunos dirigentes “históricos” para satisfacer su ego y nada más. El reformismo de Correa anuló el reformismo de la izquierda histórica. Los grupos radicales, como el MIR o el AVC, cayeron en la trampa de entrar al recinto correista con la tesis falsa de que podrían manejarlo desde adentro. Fueron anulados. Y pare de contar. Por absorción o por anulación directa el correismo pasó a ser la izquierda ecuatoriana, sólo que dirigida por un caudillo, sin estructura orgánica ni ideología definida y, lo que es peor, sin metas históricas revolucionarias.

            Hoy por hoy el morenismo obliga a Rafael Correa a tomar posición. Durante diez años agitó las banderas del progresismo, sin poder superar sus límites. La heterodoxia económica aplicada, incluida su generosa imaginación para inventar fórmulas nuevas, no pudo romper la trampa del desarrollismo capitalista. Su límite extremo fue la modernización del sistema, lo cual logró con sobra de méritos. El regreso del neoliberalismo no puede ser neutralizado con las mismas fórmulas del reformismo progresista aplicadas durante diez años, hoy hay que darle otra vuelta a la tuerca del progresismo, vuelta que nos pondrá más cerca de una verdadera revolución.

            No es posible un neocorreismo como el Pablo Dávalos parece sostener. Medidas económicas heterodoxas ya fueron aplicadas hasta la saciedad por el correismo y ya no son suficientes. Sirvieron sólo para modernizar el capitalismo y su reiteración serviría para fortalecer más a los grupos económicos dominantes. Un neocorreismo sería otro engaño al pueblo ecuatoriano y serían fatales sus consecuencias. Lo que el momento histórico nos exige es un correismo sin Correa, no sólo porque la derecha anuló electoralmente al líder, sino porque la historia así lo exige.

            Dos factores coadyuvan a este propósito. El referente vivo del líder fundador de la Revolución Ciudadana. Correa es una bandera, un portaestandarte, un símbolo de la lucha progresista en el Ecuador. Esta condición debe ser aprovechada por el movimiento dejando a un lado el complejo de que sólo Correa puede dirigir el proceso. El mismo proceso hará surgir los líderes necesarios, porque no son las personalidades las que hacen la historia, sino los pueblos. Y dos, el nivel de conciencia alcanzado por la militancia correista en estos diez años de lucha. Este capital político es inapreciable y sería erróneo no saber aprovecharlo.

            El correismo, de aquí en adelante, tiene que ser, sobre todo, un movimiento político-ideológico con una sólida estructura partidaria, capaz de dar dirección revolucionaria al movimiento. Sin esos elementos no se podría avanzar. Las elecciones seccionales de marzo deben servir como un ensayo general antes de las elecciones presidenciales de 2021.

            La clave de la lucha política está en profundizar todas las iniciativas político-económicas implementadas por el correismo en la primera etapa. Profundizarlas significa radicalizarlas, pero, por otro lado, se necesita avanzar, ir más allá en la lucha contra la oligarquía y el sistema capitalista. Para hacerlo se tiene que tener concepciones político-ideológicas sobre estos tres temas fundamentales:

  1. El poder
  2. La matriz productiva y
  3. La educación

            Sobre el primer punto. La militancia debe tener claro que toda lucha política gira en torno del poder del Estado que va, desde una Junta Parroquial hasta la Presidencia de la República. El poder no es poder si no tiene el respaldo del pueblo, entendido como la suma de todos los sectores populares, de los sectores medios pauperizados, minorías inconformes, profesionales progresistas, feministas, jóvenes, jubilados, ecologistas etc., etc., etc. Tampoco es poder efectivo si los sectores sociales no están en capacidad de movilizarse constantemente por sus aspiraciones. Es el partido el que se encarga de movilizar a su militancia y sus aliados. En el ámbito del poder hay que definir una política de alianzas bajo el principio de ir de la izquierda (el partido) hacia el centro, nunca al revés y siempre bajo un acuerdo programático.

            Sobre la matriz productiva. Dar prioridad a la producción agrícola para desplazar paulatinamente al sector industrial a un segundo plano. El fin es producir más valores de uso, lo que tendería a una transformación profunda a mediano y largo plazo de nuestra forma de vida. La base de este proceso es la implementación de una Reforma Agraria que elimine, de forma definitiva, la gran propiedad terrateniente y el latifundio, acercándonos al ideal de un Sumak Kawsay actualizado que armonice la vida del ser humano con la naturaleza y mantenga el equilibrio dinámico de la economía.

            Y tres, la educación. Es en este sector donde comienza una verdadera revolución. Se debe implementar una educación nacional, igual para todos, sustentada en el principio básico del servicio y no del lucro, profundamente humana y solidaria.

PEQUEÑO EPÍLOGO NECESARIO

            En fin, hablar claro y sin complejos significa aprender a mirarnos a los ojos, dialogar entre afines para limar las diferencias no fundamentales, reconocer los valores del pasado inmediato y justipreciarlos en su dimensión real y estar atentos a los nuevos líderes que sobre la marcha seguirán surgiendo para superar el caudillismo y los errores cometidos, para construir el partido de la revolución y blindarlo contra el oportunismo y la corrupción.

            Si no podemos darle otra vuelta de tuerca al progresismo latinoamericano, veremos morir la esperanza.

11-01-2019

             .

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