ALGO INDECENTE

 

Desde hace mucho tiempo vengo reclamando la decencia como imagen para la política ecuatoriana. Lejos de ser escuchado, parece que un duende de la maldad me quiere demostrar que eso no es posible y me mete por los ojos la imagen de la indecencia como norma de nuestro quehacer político cuotidiano. Ahora resulta que un tal Fernando Balda quiere ser presidente del Ecuador.

Que un campesino, que un obrero que moja con su sudor la máquina, que un intelectual, quieran serlo, se comprende, pero que un aventurero audaz y sin escrúpulos lo pretenda, es un acto de indecencia intolerable.

Puede ser cierto o mentira todo lo que se dice de Balda, inclusive que Correa pretendió secuestrarlo, pero que este señor quiera hacer de todo ese turbio andamiaje la plataforma para proponer su nombre a la presidencia de la república, me parece un acto insólito de atrevimiento.

Un político es alguien que hace propuestas, coherentes o descabelladas, no importa, que apuntan a resolver los grandes problemas de la patria, un político no es un don nadie que quiere llegar a la presidencia escupiéndole la cara a alguien que está por arriba de él. Este señor le está dando categoría presidencial a cualquier pelafustán que pase por programas como Laura de América o Caso Cerrado. Esto es lo más indecente.

Lo único que de él se sabe –y contado por su propia boca-, es que es admirador de Álvaro Uribe y su Centro Democrático. Ha dicho que un grupo de amigos secretos financiarán su campaña. Los organismos de sanidad pública deberían impedir esta afrenta. Nos está diciendo clarito que el narco poder lo financiará.

¿Cómo es posible que la gran prensa le siga llamando “político” a este aventurero?

Político es alguien que propone y, según se puede percibir, este señor sólo puede hacer propuestas indecentes.

La Hora: 18-07-2018

 

 

 

 

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SER TIRANO

El Ecuador no ha vivido hechos traumáticos de caracter histórico como guerras brutales o dictaduras duras como las del Cono Sur o razias represivas como las que vivió el Brasil o El Salvador o Guatemala o la Nicaragua de Somosa o la Cuba de Fulgencio Batista. Después de García Moreno nos hemos enfrentado a dictablandas, como dice la ingeniosa expresión popular.

La “dictadura constitucional” de León Febres Cordero fue lo más grave que nos ha sucedido a los ecuatorianos. Con odio clasista el mandatario neoliberal ejecutó extra judicialmente a los militantes de Alfaro Vive. Arturo Jarrín, Basantes, Pepe Flores y otros fueron perseguidos y asesinados, sangre que el super macho de Febres Cordero pudo haber evitado. Fueron muertes luminosas pero que no golpearon la conciencia nacional en la dimensión que si lo hicieron las muertes de Pinochet o Videla en el sur.

El odio clasista acusa a Correa de dictador. No hay fundamento. Correa fue un bocón, no un dictador, un insultador que direccionaba su discurso a los responsables del atraso y la miseria del pueblo ecuatoriano y ni tan siquiera fue original, porque toda su batería verbal fue un plagio del discurso de la izquierda revolucionaria, pero pare de contar. La judicialización de la protesta social es su pecado más grave, hecho por el cual sus enemigos deberían aplaudirle y no condenarle. Comparado con México, el periodismo ecuatoriano le debe estar agradecido por haberle querido educar y no de haberlo asesinado, la prensa “libre e independiente” agradecida de no haberla perseguido y clausurado, la puta oligarquía de haber podido seguir haciendo sus negocios y no confiscada y obligada a devolver lo robado, los banqueros de haber podido seguir robando legalmente, los contrabandistas, los mercachifles de la educación, los policías y los militares, todos aquellos que tienen al pueblo postrado pidiendo caridad de seguir viviendo en su paraíso artificial. Dictador Correa, ¿por dónde?

La táctica de sobredimencionar el autoritarismo de Correa hasta convertirlo en dictadura, no sólo que es peligrosa y terriblemente irresponsable. Cualquier pelafustán puede sentirse con derecho a reclamarle de “hombre a hombre” a Correa y terminar matándole, con lo cual se levantaria tremenda polvareda en la nación y las cosas seguirán igual o peor.

Si se quiere juzgar a Correa que se lo haga frente a la Historia. Frente a la Historia Rafael Correa es el mejor presidente que la derecha ha tenido y el más grande fraude histórico para el pueblo. Es la oligarquía la que lo debe aplaudir, por haber hecho tanto por ella y es el pueblo el que lo tiene que juzgar, por haber hecho tan poco por él.

Cuado seamos capaces de ver las cosas desde esta óptica, saldremos de este círculo de odio esteril que amenaza con inundar de sangre a la nación.

Quito: 16-07-2018

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NIÑOS SANOS

            Estos son tiempos incomprensibles en los que la lógica más elemental va siendo sustituida por otra, igualmente lógica, pero menos consistente.

            Por ejemplo, la lógica actual trata de convencernos de que la lactancia materna puede ser sustituida por la leche artificial. Se usa la ciencia para cambiar la lógica. Se nos dice que la leche artificial es necesaria, mejor e, inclusive, más conveniente. Los niños que con ella se amamanten se criarán sanos y fuertes.

            En el mundo moderno la ley que se impone es la del menor esfuerzo. La madre trabajadora ahora encuentra más fácil dar el biberón que el “chucho” a sus hijos. Y así se impone la falsa verdad de que la leche de laboratorio es mejor que la del seno materno.

            ¿Quiénes promueven esta lógica? Las grandes corporaciones capitalistas, en este caso fabricantes de la leche sustituta. Según un informe de la OMS esto es un negocio que mueve setenta mil millones de dólares al año. Algo similar a lo que sucede con las llamadas “drogas legales”.

            Pero la sustitución de la lógica natural por la artificial necesita de defensores. Uno de ellos es el gobierno norteamericano. En la última Asamblea General de la OMS realizada en Ginebra los yanquis se opusieron a una resolución en la que se aprobaba que la lactancia materna debía ser obligatoria hasta los seis meses de edad.

            Con amenazas de retaliaciones comerciales hicieron variar la opinión de muchos pequeños países, entre ellos Ecuador, para que se aprobara su propuesta de amamantar a los niños desde sus primeros días con leche artificial. Fue Rusia la que salvó la propuesta de la OMS.

            Ese es el poder de las grandes corporaciones capitalistas que no dudan en usar el chantaje o la fuerza para imponer el interés del lucro sobre el derecho a la vida.

La Hora: 11-07.2018

 

 

 

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¿SÓLO CAUDILLO MILITAR?

            La sociedad humana es liberal “oficialmente” desde la Revolución Francesa. Precursores como Smith, en lo económico y J. Locke, en lo político y el pensamiento del Siglo de las Luces fundan el liberalismo. Este pensamiento liquidó el absolutismo feudal y fue radical y revolucionario.

            La filosofía liberal trae un nuevo concepto de libertad, el de la libertad de empresa. Esta filosofía gira alrededor del individuo, le enseña a usar la razón y a confiar en sus posibilidades. Ser liberal es, entonces,  ser partidario de la libre empresa y confiar en las fuerzas de uno. El Estado liberal los tiene que garantizar.

            La independencia se hace bajo las premisas liberales. Ilustrados como Miranda y Bolívar sueñan con construir un gran Estado pro capitalista. Pero la independencia puso el poder político en manos de los terratenientes conservadores y no de las élites liberales. Es por esta razón que en nuestro continente se prolonga la noche colonial y que el liberalismo tiene que luchar a sangre y fuego, durante el siglo XIX, para triunfar. En su mayoría son caudillos militares, conceptualmente liberales, los que llevan adelante este proceso.

            Una golondrina del neoconservadurismo en el Ecuador, la economista Gabriela Calderón, nos sorprende ahora con la infundada novedad de que caudillos militares como Alfaro no fueron realmente liberales. Acusan a Correa de socialista y le niegan su definición liberal.

            Detrás de esta visión está la negación del derecho que el pueblo tiene a luchar por el socialismo, desconociendo de un tajo la dialéctica de la Historia y pretendiendo meterla en los moldes de sus intereses de clase.

La Hora: 04-07-2018

 

 

 

 

 

           

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SER DE IZQUIERDA

            Para ser de izquierda no sólo es necesario estar de lado de los pobres. Cualquier cristiano de derecha también lo está. Tampoco es suficiente ser negro, indio o mestizo y ni tan siquiera ser pobre. Hay negros, indios, mestizos y pobres defensores del sistema en el que viven.

            Para ser de izquierda el primer requisito es tener clara conciencia de que se vive en un sistema socio-económico cuyo mecanismo organizacional es la desigualdad, no la diferencia. La desigualdad significa que las mayorías tengan que hacer ingentes sacrificios para sobrevivir mientras una minoría, estadísticamente insignificante, vive en la opulencia. Esto es desigualdad, no diferencia. Para tener conciencia no basta decir este orden es injusto, se necesita tener conciencia de la necesidad de cambiarlo. Entonces se es de izquierda.

            Claro que hoy ser de izquierda no es lo mismo que en el siglo de la Revolución Francesa y ni tan siquiera en relación al socialismo del siglo XX. La Revolución Francesa, el socialismo chino o soviético son las huellas dialécticas que el concepto ha dejado en su marcha para llegar a un presente en el que ser de izquierda significa saber que la naturaleza es un ser vivo con el que debemos vivir y no de quién debemos vivir. No es lo mismo vivir con un árbol que vivir del árbol, porque entonces nuestra vida duraría apenas la vida finita del árbol.

            La izquierda actual, a nivel mundial, está cooptada por los cantos de sirena de la socialdemocracia, lo que le viste con el traje engañoso de la  mentira. El capítulo latinoamericano del “progresismo” sirve sólo para reajustar los mecanismos del capitalismo corporativo mundial, monstruo devorador de la vida, al que hay que denunciar y combatir. Sin una clara conciencia de esto, jamás podremos ser de izquierda.

La Hora: 27-06-2018

 

 

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SIN CORREA

            Después de Velasco Ibarra no ha habido en el Ecuador un líder que hipnotice a las masas como Rafael Correa Delgado. Me dirán que Jaime Roldós, pero en su caso, igual que en el de Velasco, manejaban un discurso de corte personalista, no ideológico. No es el caso de Correa, su discurso fue meticulosamente preparado en los laboratorios de la izquierda, es más, la izquierda boba le autorizó a usar su discurso convencida que, desde adentro, iban a poder imponer su agenda.

            Con ese discurso ganó todas las elecciones, incluida la de su sucesor. ¿Cómo es que la Academia, los analistas políticos, los sabelotodo no dan una explicación racional a este fenómeno? Es evidente que no lo explica la cara bonita de Correa, hay algo de fondo que, estando a la vista de todos, nadie lo quiere ver.

            Se trata del discurso. Copa las expectativas de la gente humilde, promete el mundo que no tienen, fustiga la pobreza, demuestra que se la puede superar y sostiene que tenemos un sistema perverso, incapaz de resolver sus problemas; pero también adula el revanchismo pequeñoburgués, estimula las aspiraciones de una clase media arribista y fustiga a los culpables señalándoles con nombres y apellidos.

            Es un discurso de clase que ataca los males estructurales de la sociedad imbricado con la corriente latinoamericana del progresismo. Eso es lo que hipnotiza a las masas, lo que tiene condumio, lo que es acertado y creador. Correa lo ha manejado magistralmente durante diez años, siendo, por su práctica política, un político de derecha.

            El sistema está sacando a Correa de la contienda política electoral, pero no podrá esfumar a los “borregos” correistas que necesitan dirección política más allá de los Patiño, las Aguiñaga y el mismo Correa. Es hora del pensamiento revolucionario.

La Hora: 20-06-2018

 

 

 

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LA FUERZA DE LOS “BORREGOS”

            Vamos directo al grano. Las certeras y largas explicaciones que mi  amigo, el doctor Diego Delgado Jara, ha hecho sobre la “maldad” del correismo son suficientes para demostrar que la década perdida ha sido, en efecto, tiempo perdido para los ecuatorianos. No es chisme, es verdad. Para muestra basta un botón: Correa no pudo jamás sacudirse el dogal de la deuda externa y, al final de su periodo, dejó al Ecuador más endeudado que sus antecesores. Eso está más claro que el agua y no necesitamos llover sobre lo mojado.

            Durante esta última década no nos hemos cansado de sostener que el gobierno de Correa ha sido, y con mucho, el mejor de los gobiernos que la derecha ha tenido. Se planteó correctamente dar fin a la trunca revolución liberal de Alfaro haciendo lo que la plutocracia liberal traicionera no hizo después de asesinar al Viejo Luchador. Con Correa se consolida el Estado Nacional que la revolución liberal inauguró,  por eso la red vial espectacular y toda la obra material que hizo el correismo se enmarca en ese proceso; pero ese proceso tenía marcados sus límites: no podía ir más allá de una tibia redistribución de la riqueza nacional, configurando, desde el fondo, un capitalismo de base popular. Todo lo que Correa hizo debieron haberlo hecho las élites después de la muerte de Alfaro, pero no lo hicieron. Apoyados en la “democracia” norteamericana tallaron un país elitista que, en esencia, mantenía las mismas características del viejo país colonial.

            A comienzos del siglo XXI era imposible triunfar políticamente con el viejo discurso social de estilo velasquista. Jalones históricos como la irrupción del movimiento indígena, las luchas del FUT en la década de los ochenta, el surgimiento de un pensamiento crítico que buscaba salir del marasmo académico oficial, entre otros aspectos, había abonado el terreno para que las masas entendieran y respaldaran un nuevo tipo de discurso. La partidocracia no podía calafatear más su derruida nave, carcomida por la feroz corrupción que pocos años antes había recurrido al salvataje bancario para seguir flotando. La izquierda tradicional estaba copada por dirigentes que buscaban destacarse en el tinglado político y no hacer la revolución. Seudo socialistas como León Roldós y Enrique Ayala Mora se amparaban en sus pergaminos para engatusar a las bases populares, “educándoles” en la idea de que una transformación radical no era posible. Este tipo de dirigente surgió en toda la izquierda histórica y son más responsables que la misma derecha de haber retenido el proceso de radicalización de la lucha popular.

            Es en este paisaje que aparece Rafael Correa Delgado. Demostrando la capacidad que nunca tuvieron los dirigentes de la izquierda tradicional, comienza a manejar un discurso no sólo anti oligárquico, sino radicalmente revolucionario. Con él confronta a la oligarquía, fustiga a los empresarios, pone contra la pared a algunos cadáveres políticos y, sobre todo, adula a los sectores populares que comienzan a ver en él al líder que habían estado esperando. Este es el meollo del asunto. Correa propuso una revolución, a la cual le dio el calificativo de ciudadana, para lo cual logró el apoyo de TODAS las fuerzas políticas y sociales del país que iban del centro a la izquierda. Gracias a ese apoyo Correa ha ganado más de diez elecciones populares y, si le dejan, volverá a ganar. Este es el meollo del asunto. Veamos.

LOS “BORREGOS” AL PODER

            Dejemos a un lado lo realizado por el correismo durante la década que ellos llaman “ganada” y la trucha oposición “perdida”. Centrémonos en las razones por las que del centro de notables hasta la rancia oligarquía odian a Correa.

            En orden de prioridad comencemos por la labor tributaria del correismo. No me interesan las cifras, me interesa el hecho de que Correa se atrevió a cobrar impuestos a los ricos. No hundió el bisturí hasta la raíz de esta metástasis, pero se atrevió. Respuesta, odio visceral de los deudores.

            Dos, fue capaz de confrontar a los medios de comunicación que representaron siempre los intereses dominantes. Aprobó una Ley y mandó al pueblo a limpiarse bendita sea la parte con sus periódicos. Creó un sector público de comunicación que trató, sin lograrlo, de ser una alternativa de calidad a la comunicación mercantil. Nadie en la Historia del Ecuador lo había hecho. Resultado: el odio repetido visceralmente a diario por radios, periódicos, revistas, canales de televisión, hojas volantes y hasta paredes de las letrinas públicas.

            Tres, se atrevió con la educación privada en su nivel más superficial como fueron las universidades de garaje e impulsó una educación pública cuyo objetivo planteado fue superar la educación privada. Esta reforma, aunque ni siquiera llegó a rasguñar el problema de la educación, concitó el odio de los mercachifles de la educación. Hasta académicos de renombre como el ibarreño Ayala Mora pusieron el grito en el cielo al ver amenazados sus privilegios. Otro frente desde el cuál se hizo tiro al blanco con Correa, a diario y con la pasta de los títulos académicos que, en nuestro país, funcionan como títulos nobiliarios.

            Puso los puntos sobre las íes en lo que a la seguridad social de las fuerzas armadas y policía se refiere. Tocar el bolsillo de los soldados fue una valentía histórica. De ese sector ha salido un odio amenazante y soterrado que ha mantenido la estabilidad democrática del Ecuador en vilo.

            Construyó una infraestructura eléctrica que les quitó de la boca el pastel a los oligarcas guayaquileños, sobre todo y les alzó la voz a Nebot y a todos los patrones del Ecuador, agrupándoles bajo el apelativo de “pelucones”, con lo cual estimuló el odio de los oligarcas y de una parte de la clase media aspirante a serlo.

            Y se tomó la justicia, hasta entonces coto cerrado de los sectores económicos y políticos poderosos del Ecuador. Ahí donde reinaba la voluntad, unas veces de recalcitrantes socialcristianos, otras de tibios socialdemócratas, de mojigatos democristianos y en fin, de lo más conspicuo de la “gente buena”, Correa impuso reglas y procedimientos que seguramente favorecían la consecución de sus objetivos, prevalido, con justísima razón, de que nunca la justicia ha sido ciega. El odio de los de arriba se generalizó, atacando cruelmente su atrevimiento.

            Y muchos otros detalles que concitaron el odio, por ejemplo, de un sector intelectual acomplejado que no supo nunca alcanzar el nivel del mandatario que se atrevía con cualquier tema, sean de este o del otro mundo. Correa fue capaz de imponer sus razones, a lo que el odio le dio el nombre de autoritarismo.

            No es este un análisis para evaluar la gestión del correismo. Lo hice semana a semana durante toda una década. Es para destacar un aspecto que, estando a la vista de todos, parece que nadie lo quiere ver: el apoyo popular a la figura de Rafael Correa. ¿Cuáles son las razones por las que Correa tiene respaldo popular? Las mismas por las cuales la oligarquía le odia, contesto, no tanto por lo que hizo -que fue lamentablemente superficial-, sino por lo que dijo y sigue diciendo en su discurso. Es un discurso de izquierda, el único capaz de dar triunfos electorales y concitar el odio de los sectores dominantes. Desde la política esto es lo más importante. Lo demuestran a cada momento líderes que surgen a lo largo y ancho de nuestro continente, como AMLO en México, Petro en Colombia, Lula, Cristina.

            Desde esta óptica, hoy en el Ecuador la única fuerza política peligrosa para los intereses oligárquicos es el correismo, pero con una diferencia cualitativa en relación al momento de su surgimiento y es que eso que la vesania oposicionista llama “borreguismo” es ahora una masa cualitativamente diferente, dicho de otra forma, es una masa que tiene claro que el objetivo de la política es el poder. Nunca antes en nuestra historia política hemos vivido un momento como este. Eso es obra de Correa, exclusivamente, en diez años de sabatinas, en diez años de haber trabajado sin descanso, de conducta ejemplar como político que sabe que al frente suyo tiene a un enemigo poderoso. Ahí la diferencia con un político mediocre, sin convicciones de lucha, como Lenin Moreno.

EL DESAFIO DEL CORREISMO

            El odio es el talento de los envidiosos. Con el exclusivo fin de dejar fuera de la carrera electoral a Correa Lenin Moreno convocó a una consulta popular. Eligió, a dedo, un CPCT que terminó nombrando a un Fiscal ad hoc para inculpar penalmente al ex mandatario. A estas alturas ya se consumó un magnicidio legal. Correa será impedido de ser candidato en el 2021 y probablemente nunca más.

¿Fin del correismo o comienzo de un correismo sin correa? Difícil borrar de la conciencia nacional un fenómeno político como el correismo. Sólo puede ser comparado con el liberalismo decimonónico, con su efecto ideológico en la conciencia de las masas. La diferencia está en que el Viejo Luchador conmocionó la conciencia colonial saturada de confesionismo y pujos aristocráticos y  Correa agarró la punta del ovillo de una conciencia de clase cuyo horizonte no es otro que la revolución y el socialismo. Las montoneras de Alfaro luchaban contra el clero y por la libre empresa, los ““borregos” correistas han comenzado a comprender que la lucha es por el poder y la transformación social del Ecuador. Los acontecimientos les harán comprender que también es por el socialismo.

            Yo creo que la Historia está llevando al correismo a un callejón cuya única salida es la revolución. No son los individuos los que hacen la Historia, son las masas, las clases sociales que van de abajo hacia arriba. La oligarquía tiene plena conciencia de clase, razón por la que trata de impedir –y lo hará a sangre y fuego de ser necesario- que las masas irredentas tomen conciencia. El odio es su punta de lanza y en ese vómito pestilente se embarran “inteligentes” periodistas, “destacados” intelectuales, “correctos” empresarios, “notables” vejetes que, con la partidocracia histórica ven, en la debilidad de carácter del licenciado cuántico, la oportunidad para volver a abrir la puerta de entrada a su mundo de siempre que la audacia de Correa se había atrevido a entrecerrar.

            Es esto lo que hay que rescatar del correismo, nada más. La corrupción de su entorno, los personajes que lo acompañaron, los oportunistas que de la noche a la mañana se pusieron el traje de la revolución, esa pequeño burguesía que hizo de la política cuchara, los seudo teóricos que propusieron el paraíso sin antes haber trazado el camino, los prepotentes del poder, los orgullosos, los que sin tener ni una idea en la cabeza se auto designaron conductores del pueblo y toda esa fauna de oportunistas que lucraron del proceso, tienen que hundirse con su cuántico traidor y ser enterrados para siempre en el olvido. Hay que partir del nivel de conciencia adquirido por los “borregos” correistas y avanzar a la revolución, más allá de su líder histórico y de la reforma progresista.

            Esta es la hora de los movimientos políticos chicos, de los que pueden dar dirección revolucionaria porque tienen ideología, de los que sin complejos comprenden la necesidad de estructurar un correismo sin Correa que gire más a la izquierda de lo que estuvo en su primera etapa y profundice el proceso.

            Ñucanchic Socialismo plantea la unidad de las pequeñas fuerzas revolucionarias para unirnos a la marcha de los “borregos” correistas, unidos pero diferenciados  en la lucha común por una Patria nueva.

Mindo: 16-06-2018

 

 

 

 

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