¿HAY UNA IZQUIERDA IMPOSIBLE EN EL ECUADOR?

LA IZQUIERDA EN EL ECUADOR

Taliban andino

Se funda en 1926 con el Partido Socialista Ecuatoriano. Es una izquierda doctrinaria, pegada a los textos clásicos del marxismo. Fue incapaz de ir de la realidad a la teoría, no obstante lo cual, el PSE siempre creyó que nuestros problemas había que pensarlos con cabeza propia. La tendencia consular, fuertemente influenciada por la Revolución Bolchevique, en 1931 produce la primera división de la izquierda, dando lugar a la fundación del Partido Comunista Ecuatoriano. Esa izquierda histórica lejos estuvo de elaborar una interpretación creadora de nuestra realidad, se convirtió en una izquierda oficial, contrapeso necesario para mantener el equilibrio en la dominación oligárquica. La tesis central del PCE fue siempre empujar la transformación demo-burguesa del Ecuador, concebida como un proceso etapista para lo cual aceptaba alianzas con el centro político y la propia oligarquía. El partido Socialista se diferenciaba en ser menos dependiente de Moscú, pero igual en sus planteamientos conceptuales a los cuales se les había castrado de los elementos más peligrosos de la doctrina marxista como eran la noción de la lucha de clases y la concepción sobre el Estado y el poder.

La corriente demo-burguesa prevaleció en la izquierda ecuatoriana durante décadas hasta que dos acontecimientos político-sociales conmovieron el mundo: 1) El cisma chino-soviético y 2) la Revolución cubana de 1959. Las tesis del Frente Popular se debilitaron y la revolución cubana produjo una revolución dentro de la revolución. Se vivió el entusiasmo de que había llegado la hora de la transformación. En América Latina la muerte del Che marca el fin del entusiasmo. La izquierda latinoamericana comprende que no se puede derrotar militarmente al imperialismo y a sus fichas locales. La ofensiva norteamericana en América Latina, por medio de la Alianza para el Progreso, obliga a la izquierda de todos los matices a replegarse pese a lo cual, son muy escasos los aportes teóricos que se hicieron en la perspectiva de retomar la iniciativa.

El proyecto socialista clásico toma aliento con el triunfo de Salvador Allende en Chile. Se actualiza la discusión sobre las vías para la toma del poder. La Unidad Popular demuestra que se puede enfrentar a las élites jugando con sus mismas reglas. Allende triunfa electoralmente, pero cuando quiere hundir el bisturí, le sale al paso el imperialismo. Otro largo momento de repliegue de la izquierda latinoamericana se produce hasta la década de los noventa en que Hugo Chávez Frías irrumpe en la política venezolana.

Muy poca es la teoría alrededor de estos acontecimientos. Las bases conceptuales del marxismo y el pensamiento revolucionario de corte guevarista están en el fondo de estos sucesos. El socialismo del siglo XX sigue siendo el norte de la izquierda latinoamericana.

Para fines del siglo XX la energía popular cargada en las sociedades de la región era de tal magnitud, que exigía la existencia de un marco teórico que explicara y justificara su conducta. Es entonces que se comienza a hablar del socialismo del siglo XXI. A la par de esas reflexiones teóricas se comienzan a suceder, en cadena, triunfos fundamentales de la corriente confrontativa. En Brasil, Argentina, Paraguay, Uruguay, Bolivia, Ecuador un aire fresco revive la esperanza de mejorar la vida de nuestros pueblos. Se le va a conocer con el nombre de progresismo latinoamericano.

Surgen líderes con apoyo popular decididos a hablar de frente con las élites tradicionales sin que sus argumentos entrañen ninguna revolución: permítannos, les explican, que una tajada del pastel que les ha tocado se lo repartamos entre la gente humilde. Lógica tan contundente y equilibrada desató el odio de las élites.

Desde la primera década del presente siglo está declarada la guerra entre los poderosos de siempre y aquellos que, sin ser revolucionarios, se han atrevido a cuestionar su poder. El progresismo, sin ser, ni tan siquiera parecer, una revolución radical, pasó, en términos generales, a ser la izquierda posible capaz de disputarle la hegemonía a los sectores tradicionales de las sociedades latinoamericanas. El núcleo de su fuerza está en su capacidad electoral que logra el apoyo de todos los sectores sociales. No sólo de los trabajadores, sino inclusive de fracciones progresistas de las propias clases dominantes. Aún con sus contradicciones y limitaciones el progresismo se ha proyectado como una alternativa real a la crisis del sistema. La izquierda “histórica”, frente al empuje de esta nueva corriente, se vio ampliamente superada y, en casi todos los casos, se sumó al coro de las fuerzas oficiales del sistema,

EL CASO ECUATORIANO

En el Ecuador será Rafael Correa Delgado el líder que se puso al frente de esta nueva corriente de pensamiento. Lo hizo con la conciencia de que, si no vinculaba su liderazgo con la Historia, no se podría hacer nada trascendente. Por eso dejó en claro, desde sus inicios, que el proceso que él representaba no era otra cosa que una continuación de la trunca revolución de Eloy Alfaro. En la práctica, Correa se planteó desarrollar de inmediato el capitalismo que las élites dominantes lo habían venido haciendo gota a gota desde la muerte de Alfaro. Toda la obra material del correísmo no fue otra cosa que el pago de la deuda social que la oligarquía tenía con el pueblo ecuatoriano, construyendo caminos, hidroeléctricas, escuelas, UPC, sistemas de seguridad, intercambiadores, haciendo más eficiente el servicio público, mejorando la salud pública, la educación, la ciencia y la tecnología, planteándose construir un Estado del conocimiento. Todo lo bueno del correísmo estuvo en la lógica de terminar lo que la revolución liberal no pudo hacer.  Desde una óptica revolucionaria, aunque eso no era una revolución, si era una posición de izquierda en relación a la derecha retardataria y anquilosada, lo que Ñukanchik Socialismo llama la izquierda posible.

La izquierda histórica del Ecuador, sin excepción, demostró ser analfabeta a tiempo completo. En lugar de entender al correísmo, levantó una oposición ciega que no hacía otra cosa que amplificar el odio de la oligarquía. Pero Correa tiene el mérito de haber desnudado a esa izquierda que sentía envidia de no haber hecho ella lo que Correa fue capaz. Después de Correa esa izquierda quedó sepultada para siempre

La proyección histórica del correísmo siempre fue correcta. Después de completar la trunca revolución del liberalismo machetero se propuso pasar a construir una sociedad pos neoliberal cuya matriz conceptual era combinar creativamente diversos planteamientos económicos que iban del liberalismo clásico al keynesianismo, pasando por pequeñas realizaciones pro socialistas que conformaban un panorama heterodoxo necesario para iniciar la transición a una economía pos neoliberal más cercana a un socialismo de mercado que al neoliberalismo acorde con las exigencias de la vanguardia económica mundial. Allá, a lo lejos, en teoría, se avizoraba lo que el correísmo definió como un bio socialismo.

En esa perspectiva el correísmo comenzó a hablar del Sumaw Kawsay ancestral. Intelectuales no lo suficientemente capacitados como René Ramírez[i] y otros trataron de pulsar los nervios principales de esta concepción, habiéndose desviado a interpretaciones superficiales y folclóricas como la de abrazar un árbol para connotar su compromiso con la naturaleza y, la más grave, identificar el buen vivir ancestral con el vivir bien occidental. 

El correísmo tiene el mérito de haber puesto sobre el tapete una discusión que la izquierda “histórica” siempre la ignoró, porque, inclusive el PSE, si bien es cierto tenía una visión más creadora de nuestra realidad, nunca fue capaz de aportar con reflexiones de raigambre histórica que construyeran un andamiaje teórico que mejorara las interpretaciones mecánicas del marxismo ortodoxo. Con el régimen correista se inicia esa marcha, cuyas vertientes giran, principalmente, alrededor de una intelectualidad aborigen que trata de interpretar la realidad nacional desde su óptica, incluyéndose ellos como parte del problema y no solamente como elementos yuxtapuestos a una realidad excluyente de sus intereses y derechos.

El triunfo de Evo Morales en Bolivia, para los pueblos andinos, principalmente, trajo como consecuencia una ola de reflexiones teóricas que venían a refrescar la aridez del estalinismo conceptual del siglo XX. La obra de García Linera, vicepresidente de Evo Morales, hace propuestas innovadoras en la interpretación de nuestra realidad, destacándose su visión histórica que pretende fusionar el pasado de gloria de nuestros pueblos con las luchas actuales por la justicia social y la liberación. Fueron estas concepciones las que llevaron a Evo Morales y al MAS a la conquista del poder y las que han tenido, hasta la actualidad, el mayor respaldo popular en la historia boliviana. Una nación de raigambre indígena adscrita al progresismo latinoamericano, luchando por conquistar su futuro, con la sabiduría de que no se puede forzar la Historia, sino marchar a su ritmo, manteniendo firme las riendas de la evolución revolucionaria.

La confrontación ideológica en Bolivia llegó a superar la dicotomía liberalismo vs marxismo ortodoxo, puso sobre el tapete el aporte del pensamiento ancestral. El MAS en Bolivia considera que no se puede desconocer la influencia de la conquista europea sobre nuestros pueblos y la necesidad de asimilar aquello que la civilización occidental incorporó a nuestras vidas, por la fuerza o no, pero que se tiene que rescatar aquello que el proceso colonizador destruyó construyendo, a futuro, una sociedad que, sobre la base de lo construido en estos últimos quinientos años, incorpore aquello que el propio colonialismo despreció y destruyó de nuestros pueblos originarios.

El pensamiento del MAS y de sus dirigentes no es, de ninguna manera, único y homogéneo. Aparte de la oposición de los sectores dominantes, en Bolivia hay también una nueva oposición que, sin decirse de izquierda, sostiene que es posible construir una sociedad más allá de los modelos eurocéntricos, es decir, capitalistas o socialistas, para lo cual se apoyan teóricamente en rescatar una nueva gnoseología que nace del estilo de vida y organización social de las sociedades pre colombinas. Esa corriente de pensamiento ha calado en algunos miembros del movimiento indígena ecuatoriano y se traduce en una especie de indigenismo reivindicativo radical que desconoce la actual sociedad blanco-mestiza.

Detrás de Yaku Pérez se encuentran estas posiciones. No porque Yaku Pérez Guartambel sea un artífice de las mismas, sino que se ha convertido en su representante. Es un “pachamamismo” trasnochado que trae en su interior el veneno de un racismo al revés que sería de funestas consecuencias para la nación ecuatoriana, no porque seamos defensores de esta realidad, sino porque tergiversa la esencia de un pachamamismo equilibrado y creador. Desconocer los aportes de la cultura occidental a la vida de nuestras naciones equivale a darle luz verde a un talibanismo andino que saturará el proceso político de fanatismo e injusticias y preparará el terreno para la construcción de sociedades ahistóricas incompatibles con el desarrollo científico-técnico pos capitalista. Es por esto que Ñukanchik Socialismo se plantea como una necesidad tener una confrontación ideológica con Yaku Pérez y los ideólogos de esta posición, porque de no  esclarecer estos temas podríamos estar cometiendo un error imperdonable.

ÑUKANCHIK SOCIALISMO Y SUS PLANTEAMIENTOS

Durante el régimen correista Ñukanchik Socialismo comenzó a hacer públicas sus reflexiones sobre este tema[ii]. Ningún actor político, partido, movimiento, agrupación, colectivo ni tampoco dirigente, líder político, intelectual, escritor se ha hecho eco de nuestras reflexiones. ¿Por qué?

Para la mayoría no son temas del momento, les domina el inmediatismo; otros simplemente no comprenden la importancia de la temática; otros se niegan a bajar de su pedestal a discutir con desconocidos y otros por debilidad mental, porque están acostumbrados a esperar que algún pensador extranjero, adornado de títulos y prestigio internacional refrende los temas, también por comodidad e indiferencia En Ñukanchik hemos seguido reflexionando y esperando pacientemente que llegue el momento de discutir lo importante. Las elecciones presidenciales que acabamos de pasar parecen ser el punto de partida de esta discusión. Cabe preguntarnos por qué.

Por una centésima la derecha no se quedó fuera de la segunda vuelta electoral. A pesar de eso, queda claro que la confrontación política de aquí en adelante será prioritaria entre dos tendencias de izquierda, la una es la izquierda posible y la otra la izquierda imposible.

LA IZQUIERDA POSIBLE

Es el progresismo latinoamericano, correísmo en el Ecuador. Su primera característica es que está imbricado con la Historia nacional. Como hemos dicho en líneas anteriores, la revolución ciudadana se constituyó en el presente en un proceso complementario de un hecho del pasado que fue la revolución del Alfaro. A su vez, el alfarismo, como proceso, fue el heredero de todas las luchas de la corriente liberal desde la fundación de la república. Sin esa relación no se explica el progresismo ecuatoriano.

En segundo lugar, no es una corriente revolucionaria si se entiende por revolucionaria a una posición de definición anticapitalista, es si, un reformismo pro socialista cuya misión general es preparar los elementos históricos transicionales a un nuevo tipo de socialismo.[iii] En el progresismo se sintetizan las tradiciones de lucha del pueblo ecuatoriano y se recogen sus aspiraciones, motivo por el cual es un fenómeno de masas que se expresa en una caudalosa corriente electoral de respaldo a su proyecto y a sus líderes y dirigentes.[iv]

Su potencial histórico consiste en que en su seno se va forjando una vanguardia política capaz de dar continuidad al proceso hasta llegar a niveles más altos de radicalización del mismo, haciendo que la sociedad entre, primero, en una fase de equilibrio histórico en la que las contradicciones sociales se reduzcan a un mínimo, luego, la fase posterior, siempre en un sentido ascendente, será una sociedad pos capitalista.

Esta concepción lejos está de entender la transformación como un corte violento del proceso histórico, a la manera de las revoluciones socialistas que se dieron en el siglo XX (Cuba, en nuestro caso), sostiene, eso sí, la existencia de una dirección revolucionaria capaz de mantener, con mano firme, el proceso. Esa vanguardia, esa dirección revolucionaria que vive al interior del progresismo latinoamericano como los glóbulos rojos viven en la sangre, es la que garantiza la marcha del proceso hacia las altas metas de la transformación económico-social. Va con la Historia, no está contra la Historia. Es la izquierda posible, la que tiene los pies en la tierra y reales posibilidades de triunfo.

LA IZQUIERDA IMPOSIBLE

Después de estas elecciones presidenciales, hay que reconocerlo, no es posible ignorar esa que hemos llamado izquierda imposible, representada en Pachakutik y Yaku Pérez. Su propuesta tiene que ver con el sueño civilizatorio de los pueblos, no sólo de América Latina, sino del mundo. Esta izquierda ha puesto la vara de las aspiraciones populares a una altura imposible de saltar, porque se plantea construir ahora una alternativa que está más allá de los sistemas económico-sociales conocidos. Un sistema de “socialismo comunitario”, dicen, que no es ni capitalismo, ni socialismo,

Semejante aspiración, en nuestro caso -como en el de Bolivia y Perú-, se fundamenta en la permanencia de nuestras comunidades originarias, de las cuales se quiere rescatar sus formas de vida y valores ancestrales. Este es el discurso y es el discurso que acaba de recibir más de un millón de votos de respaldo. Lo que antes no era sino una especie de entelequia en la cabeza de unos pocos intelectuales del sector, se reproduce ahora a nivel masivo, convirtiéndose en una idea-fuerza que no puede ser ignorada.

Sin embargo, cabe preguntarnos, ¿Cuál es la pertinencia de semejante aspiración en los actuales momentos históricos? No nos preguntamos si es válida la propuesta, cosa que tendríamos que discutir en otro momento, sino la pertinencia de la propuesta en los momentos actuales.

Comencemos diciendo que la Historia sólo se plantea problemas que está en capacidad de resolver. La Revolución Francesa no podía adelantarse, ni postergarse a la época que se produjo, tampoco la bolchevique ni la de Independencia Americana. La Historia no da brincos, sólo en el momento que se han creado las condiciones. ¿Están creadas en el Ecuador las condiciones para un cambio tan radical? Guardando las distancias en el tiempo, esta izquierda, la del pachamamismo radical, es tan ahistórica como lo fue la izquierda socialista de comienzos del s XX que creía posible crear los soviets en una sociedad con nulo desarrollo industrial. En el Ecuador hay 14 nacionalidades y su desarrollo y plena integración a la macro nacionalidad ecuatoriana será el resultado de un largo proceso que debe ser llevado con sabiduría y no con arrebatos volitivos que sólo pueden conducir a la tragedia.

El modelo de Estado que propone esta corriente se centra en el rescate de los valores comunitarios de las naciones pre colombinas que dicen estar rescatando por medio de la Minka Social o construcción sistemática de un tejido social que servirá de base a la organización comunitaria, sin tomar en cuenta la larga marcha histórica de las sociedades pos colombinas, es decir, entrando en conflicto con la realidad mestiza que no puede ser excluida, sino que tiene que integrarse armónicamente con las otras realidades. Enfocar este asunto desde la visión exclusivamente andina es invertir el problema y significaría borrar de la historia una realidad construida con o en contra de nuestra voluntad, pero que existe y no puede ser ignorada. La integración tiene que ser un proceso de acuerdos y conciliaciones y no una agresión feroz, ahora de los vencidos. Ese talibanismo andino es el que pone en peligro el futuro de nuestra sociedad. Las llamaradas del Sol Rojo peruano no pueden venir a incendiar nuestros campos ni nuestras mentes. Yaku Pérez quiere botar al niño junto al agua sucia de la bañera y esa pretensión es profundamente equivocada. Esta es otra razón por lo que esa izquierda es inviable e imposible en el Ecuador.

El pachamamismo anti extractivista como planteamiento, es correcto, siempre y cuando se hayan creado primero las condiciones para dar de comer, vestir, vivir bajo un techo y divertir a diez y siete millones de ecuatorianos, mientras tanto, no se puede ser tan absolutos en este como en otros temas que hacen imposible la aplicación práctica de este pensamiento. Y así casi todos los planteamientos programáticos de este sector.

Otra razón es de carácter eminentemente político. Ñukanchik Socialismo no sostiene que las tesis de esta corriente son erróneas, sostiene que hay que discutirlas porque nosotros mismos hemos estado reflexionando en esa dirección y creemos tener una visión más centrada, pero lo que nos parece altamente sospechoso es el odio que demuestra una parte de la dirigencia de Pachacutek y su candidato Yaku Pérez Guartambel al proyecto progresista y a su líder histórico Rafael Correa Delgado. Está fuera de toda lógica. La única explicación coherente es que se están cumpliendo órdenes de destruir el progresismo desde los intereses de un esquema superior de dominación que no puede ser otro que el del capitalismo corporativo mundial o el de los de los Estados Unidos. No de otra forma se entiende que se priorice alianzas con la derecha vendepatria y su proyecto de dominación histórico. Hoy mismo, mientras redacto estas líneas, Yaku Pérez es advertido por un sector de la dirigencia indígena que las conversaciones en el CNE son para garantizar la transparencia de las votaciones y no para acuerdos electorales y peor programáticos con la derecha. Esta inquietud es lógica porque Pérez es un político que, durante su trayectoria, ha demostrado estar más cerca de la derecha que de la izquierda. En la lógica de las alianzas políticas la dirigencia de PK y Pérez deberían dejar el odio a Correa y priorizar una alianza con el progresismo. Después de las votaciones del 7F, más todavía, porque el Ecuador ha expresado en las urnas su voluntad de dar un giro a la izquierda y enterrar electoral y políticamente a las élites. Preguntarnos por qué Yaku Pérez quiere dar respiración artificial a la derecha es una pregunta pertinente.

De haberse concretado una alianza entre el progresismo y esta izquierda[v] se habría dado lugar al inicio de un proceso de desplazamiento de las posiciones reformistas propias del progresismo y de avance de las más radicales, lo que, si no ponía fuera de la pelea a la derecha, la reducía a una expresión secundaria que habría tenido que acomodarse a esa nueva correlación de fuerzas, esta vez liderada por las corrientes identificadas con la izquierda, similar a lo que está sucediendo en Bolivia. El pachamamismo boliviano, de manera más inteligente, decidió, desde adentro, empujar el progresismo evista a posiciones más avanzadas, pero no en contra sino junto a él, como Ñukanchik lo viene planteando desde que Lenin Moreno traicionó al proyecto progresista. ¿Qué impide que la cúpula de esta izquierda imposible no visualice esta perspectiva histórica? No es sólo el odio, el odio es un pretexto para reafirmar el proceso de destrucción de la única alternativa de izquierda que, por medio de la evolución de sus posiciones, puede dar al traste con la dominación capitalista. Hay oscuros intereses de por medio.

Ñukanchik Socialismo sólo es un núcleo de reflexión teórico-político sin liderazgo ni ascendencia en las masas populares, pero eso no le quita su derecho a pensar y difundir su pensamiento, tampoco a apoyar aquellas posiciones que las considera correctas en la lucha por el poder y discutir con aquellas que, siendo parte de la marcha hacia la liberación de nuestros pueblos, se denotan equivocadas. Es el caso de lo que a estas alturas representa el pachamamismo radical representado en la candidatura de Yaku Pérez Guartambel.

La intelectualidad ecuatoriana parece paralizada frente a esta discusión y lo que nos parece más grave, hay una tendencia a aceptar acríticamente sus postulados y planteamientos, con lo cual se estaría cometiendo un error del cual no podríamos regresar sin haber herido mortalmente las aspiraciones de nuestros pueblos.

Una conocida analista de nuestro medio[vi] dice que un “salto al vacío” debería significar bajarse de este mundo mal hecho y comenzar a construir otro. “Saltar por fuera de este sistema de muerte, no es una opción, es una obligación ética de supervivencia y amor a la vida” -dice- ¿Puede alguien estar en contra de tan hermosa exhortación? No, razón por la cual hay que buscar la unidad de las tendencias de izquierda entre nosotros mismos y superar la errónea creencia que pactar con los enemigos es una táctica apropiada. Actores políticos como Pachacutek y Yaku Pérez deberían comprender el alcance de esta afirmación y, dejando de lado los rencores inútiles, plantear la conformación de un frente de esta nueva izquierda para lograr que la izquierda posible y la imposible sean los eslabones necesarios de la espiral ascendente de la Historia.

Ñukanchik Socialismo así lo cree.


[i] Véase este artículo crítico sobre unas declaraciones del entonces funcionario del correísmo René Ramírez: https://lalineadefuego.info/2015/11/04/cierto-es-rene-tiene-razon-por-jorge-oviedo-rueda/

[ii] Véase: Oviedo Rueda, Jorge: https://lalineadefuego.info/2019/12/10/la-imperiosa-necesidad-de-definir-lo-indio-por-jorge-oviedo-rueda/;

[iii] Oviedo Rueda, Jorge: https://www.alainet.org/es/articulo/200857

[iv] Oviedo Rueda, Jorge: https://www.alainet.org/es/articulo/197513

[v] Oviedo Rueda, Jorge: https://lalineadefuego.info/2016/02/10/la-unidad-que-nos-conviene-por-jorge-oviedo-rueda/

[vi] Sierra, Natalia: https://ladisputa.org/2021/02/09/yaku-y-el-salto-al-vacio/?fbclid=IwAR3OEsW0L6YnVKR8oG2mgL99p0bSr9HQvQhlYzjT6gALL3dkxGYhRF3EEbU

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UNA FLOR PARA LOS FLORINDOS DE MI PATRIA

Hola, desconocido amigo florindo, se que me lees porque el 95 % de la población ahora lee facebook y apenas un 5% lee libros y no dudo de que estas en ese alto porcentaje. ¿Sabes a quiénes los correistas les dicen florindos? A los que parecen lo que no son. No tienes por qué ofenderte. Los correistas tampoco se ofenden cuando les dicen borregos, o sanducheros. Es el lenguaje acordado entre unos y otros para diferenciarse, para establecer con claridad el lugar que cada uno ocupa.

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Debo confesarte que yo estoy rodeado de florindos. Los tengo entre mi familia y entre mis amigos. No porque seas florindo dejas de ser buena gente, padre responsable, buen empleado, madre cariñosa. ¿Verdad? Estoy seguro de que así debe ser, porque, al fin y al cabo, también eres pueblo, como cualquier sanduchero.

¿Qué te hace diferente, amigo florindo? Yo digo que te cuesta trabajo reconocer lo que eres. No te gusta que te confundan con la gente del montón, con ese arroz quebrado que somos la mayoría de ecuatorianos. Haces muchos sacrificios para salirte del montón, como, por ejemplo, tener a tus hijos en escuelas y colegios particulares, comprarles zapatos de marca, arrendar una casa en barrio decente, tener un carrito del año, preferir el Super para hacer las compras, atesorar tarjetas de crédito y débito y tantos otros detalles que le dan categoría a tu vida y a la de los tuyos, porque el mundo en el que vives es el mundo del estar: estar bien, estar guapo, estar perfumado, estar bien vestido, estar. estar, estar.

Nada de eso estaría mal, amigo, si te dieras cuenta, como a muchos nos ha sucedido, que esa vida te convierte en esclavo. Esclavo de la tarjeta, de las pensiones, del carro, de la ropa, del super que allá, en el fondo, significa que eres esclavo de alguien, que tiene nombre y apellido y que vive en la estratosfera de la comodidad a tu costilla. Lo que está mal es que no te des cuenta porque mientras no te des cuenta nunca tendrás la conciencia de liberarte de esa esclavitud.

El 7 de febrero tendrás la oportunidad de demostrar que has comenzado a liberarte de esta esclavitud que, a pesar de los sufrimientos que te trae, te tiene aparentemente contento. Tu voto por la lista 1 será el primer paso a tu total y definitiva libertad.

No es necesario que nadie lo sepa. Tu voto es individual y secreto, pero el triunfo contundente de Aráuz será el estallido pleno de la libertad colectiva que buscamos los seres libres que hemos salido del país de los florindos para entrar en el de los seres que somos, simplemente somos libres, somos plenos, somos concientes.

Ven, amigo florindo, en nuestra nación, tenemos los brazos abiertos.

Jorge Oviedo Rueda

22-1-2021

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LA IZQUIERDA POSIBLE Y LA IMPOSIBLE, UN DILEMA QUE HAY QUE ESCLARESERL

JORGE OVIEDO RUEDA

Evo Morales fue tratado como un enemigo peligroso del que había que deshacerse. ¿Quién le trato de esa forma? Las clases dominantes bolivianas aliadas con los intereses norteamericanos. Que algunos cegatos quieran ahora echarle la culpa a Adriana Salvatierra no sólo es una idiotez, sino una insolencia torpe. ¿Quiénes la promueven? Los integrantes de la izquierda imposible.

¿Quién se atreve a poner en duda la obra material de Evo Morales en todos los años de gobierno? La derecha y el imperio, por supuesto, pero sobre todo esa izquierda imposible.

De igual forma, quienes son los únicos que no perciben el cambio conciencial que se ha dado en el pueblo boliviano. Las clases dominantes si lo perciben y el imperio, por eso tienen miedo y quieren fumigar la conciencia del pueblo evista. Los únicos que no perciben ese cambio son los militantes de la izquierda imposible.

¿Quién puede negar que la única fuerza política que en Bolivia puede arrasar en unas elecciones con los rivales de la oligarquía boliviana es el MAS y Evo Morales? Nadie, salvo esa izquierda imposible.

¿Quién puede considerar un error apoyar a la figura de Evo Morales en Bolivia? Nadie, que no sea esa izquierda imposible.

¿Quién puede dudar de que el cuento del fraude fue un andamiaje montado por la OEA y la UNION EUROPEA para sacar a Morales? Nadie, salvo esa izquierda imposible, que lo dice sin que se le suba la sangre a la cara.

¿Quiénes son los que se atreven a dudar del aporte teórico del marxismo a la teoría revolucionaria universal? Nadie, salvo esa izquierda imposible que ahora se hace llamar del Buen Vivir.

¿Quiénes condenan de manera agresiva y desmedida la corriente progresista en la región? Las fuerzas tradicionales, aliadas con el imperio y, por supuesto, la izquierda imposible.

¿Quiénes no comprenden que el sentido de la historia significa el eslabonamiento de las posiciones menos radicales con las más radicales en un proceso lento e infinito? Esa izquierda imposible que comete la torpeza de creer que una nueva gnoseología puede sobreponerse de manera violenta e inmediata a la vieja gnoseología propia de la cultura occidental. Esa izquierda imposible que no puede ver un elefante atravesado en el camino.

¿Quiénes no entienden que la izquierda auténtica, a nivel mundial y, de forma particular en la región andina, es el resultado de la superación sistemática de los errores cometidos y del pensamiento creador que hunde sus raíces en las formas de vida de nuestros pueblos ancestrales, en sus ideas, concepciones y formas de adquirir conocimientos? Esa izquierda imposible que tiene la tonta idea de que una nueva izquierda puede salir de la nada, como un mago saca conejos de su sombrero.

¿Quiénes son los que no tienen ni idea de que el vicepresidente actual de Bolivia comprende, con claridad meridiana, que la lucha revolucionaria se la da desde adentro del progresismo y no desde afuera? Esa izquierda imposible que cree que ganar unas elecciones en medio de los tiburones del sistema no es sino presentar un candidato disfrazado de indio, esa izquierda que de tan pachamamista que se proclama no está sino empujando al triunfo a la extrema derecha.

¿Quiénes son los que siguen discutiendo con el “marxismo dogmático” que ya fue enterrado junto a los restos de la ex Unión Soviética y no enfrentan la discusión con quienes entendemos a cabalidad a los dos Marx, al joven y al viejo? Esa izquierda imposible, experta en mirarse el ombligo e imaginar que son el centro del mundo.

¿Quiénes son los que quieren debatir con líderes aborígenes que, al igual que Choquehuanca, entienden que dentro de la corriente progresista se puede ser la punta de lanza de un nuevo socialismo, americano, enraizado en nuestra vida y pensamiento ancestral, pero heredero también de lo mejor del pensamiento teórico de occidente, en una fusión complementaria y nada excluyente? Esa izquierda imposible, esa izquierda que, pudiendo ahora conquistar las llanuras posibles del poder, se plantea conquistar su cima, engañando de esa forma a los pueblos que buscan el cambio, pero todavía no pueden “tomarse el cielo por asalto”.

La izquierda posible es la que camina por andariveles lógicos, que se plantea lo políticamente posible y que está dispuesta a ser la izquierda del progresismo a nivel latinoamericano, la que sabe que más allá de la heterodoxia económica -ésta si occidental-, está el socialismo comunitario americano, único destino posible para nuestros pueblo, un socialismo que no se propone una solución de continuidad en el proceso histórico que viven nuestros pueblos, porque sabe que todavía no ha llegado ese momento, pero que tiene la obligación de ir preparando las condiciones para cuando llegue el verdadero momento de asaltar el cielo.

Por eso admiro a esos líderes indígenas que estuvieron en la posesión de Arce en Bolivia, porque ellos tienen un sentido del olfato histórico más fino que aquellos que se ubican en las filas de esa izquierda imposible, que nos pinta el proceso con pajaritos de colores pero que nada significan en la vida práctica de los pueblos.

Dicen los que así piensan que “que quizás alguien acepte el reto de debatir” Ñukanchik Socialismo les está proponiendo debatir estos temas desde hace mucho tiempo, pero su respuesta ha sido el silencio. Una vez más pongo sobre el tapete algunas de las ideas de este debate trascendental, que está más allá de la mediocridad político-teórica que caracteriza a nuestro medio.

12-12-2020

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LA IZQUIERDA EN LA ACTUAL COYUNTURA

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MENSAJE AL LIDER

LA IMPORTANCIA DE LA CRITICA Y LA AUTOCRITICA

Todavía la humanidad no ha inventado otra forma de dirigir sus destinos que no sea la de la confianza en sus líderes, o, dicho de otra forma, la necesidad de los líderes no ha podido ser eliminada. Esta es una verdad histórica inobjetable. Desde las sociedades primitivas, hasta las contemporáneas, el líder ha sido un factor preponderante de su cohesión y desarrollo.

            Pero si nos fijamos en el significado de la palabra líder veremos que está ligado de forma indisoluble a otro concepto que es el de colectividad. Se es líder porque se dirige una colectividad y, cuando hablamos de líder político, nos estamos refiriendo a un conductor de masas. Los césares, los emperadores, los reyes, los gobernantes de la democracia liberal, los dictadores y los conductores de las revoluciones insurgentes han sido líderes, líderes de sus pueblos. La Historia tiene una galería inmensa de líderes, buenos, malos y regulares.

            Si se tiene una visión superficial de la política se puede llegar a creer que son los líderes los que “hacen la Historia”. Aparentemente es así. Reyes sabios como Salomón o tiránicos como Enrique VIII de Inglaterra pueden abonar esa tesis o figuras autocráticas y tiránicas como la de Adolfo Hitler o de José Stalin; pero basta preguntarnos qué hubiese sido de todas esas figuras históricas si no hubiesen estado respaldadas por los pueblos a los que conducían, para comprender que la Historia no la hacen los líderes, sino las masas a las que conducen. Los líderes son los guías, las masas son el motor de la Historia.

            En la historia republicana del Ecuador esta verdad siempre se ha cumplido. Las masas han empujado la historia, los líderes las han conducido. Desde el proceso de independencia con Bolívar a la cabeza. Todo jalón histórico ha tenido al pueblo como protagonista. Después de Bolívar y Sucre tuvimos a Alfaro. Blancos, negros y mestizos apoyaron la gesta libertaria, montuvios y jornaleros serranos libres empujaron la revolución liberal de 1895. En el siglo XX las masas urbanas semiproletarias auparon cinco veces a un caudillo como Velasco Ibarra y, después de la restauración democrática de 1979, el pueblo ecuatoriano, por medio del voto, ha nombrado a sus presidentes.

            ¿Por qué, entonces, si las masas han estado presentes en el accionar político de la nación, nunca se han cumplido sus aspiraciones y hasta el presente viven en la miseria y la ignorancia? Porque los líderes republicanos aprendieron que el negocio de la política era hablar a nombre del pueblo y hacer, desde el poder, lo que les conviene a las clases dominantes, quiere decir que han representado sus intereses y no los de las masas. Cuando en la Historia se ha roto esa ecuación, las masas han sido beneficiadas y la nación ha dado un paso adelante en su desarrollo.

            Dos grandes momentos de coincidencia entre los intereses de las masas y los de sus líderes se han dado en la historia ecuatoriana: La gran Revolución liberal y su líder Eloy Alfaro y la llamada Revolución Ciudadana y su líder Rafael Correa Delgado. Todo lo demás, desde la fundación de la república hasta nuestros días, ha sido una disfunción entre las aspiraciones de las grandes mayorías y los intereses de clase de sus conductores.

            La gesta liberal de 1895 termino con el crimen y arrastramiento en las calles de Quito de su líder. Fue la plutocracia liberal, traicionera a los ideales del liberalismo machetero de Alfaro, la que se adueñó del poder después de su muerte. A lo largo del proceso liberal, Alfaro conoció hombres leales y traicioneros, así como aduladores y oportunistas y también liberales críticos con el proceso que estaban impulsando. Una de esas voces fue la de José Peralta que, siendo ideólogo del liberalismo, siempre fue crítico de la acción práctica de sus dirigentes e, inclusive, del propio Eloy Alfaro. Recuérdese la oposición radical de Peralta al propio gobierno de Alfaro que, en la Constituyente de 1897, se opuso porque “transaba con los tradicionalistas y no se atrevía a tomar decisiones que cambiaran la faz del país” Esa Constitución, dice Peralta, “no llenaba las aspiraciones de los verdaderos liberales que habíamos luchado tanto tiempo por un cambio revolucionario”. Alfaro tenía sus razones, pero nunca dejó de escuchar la voz de Peralta porque estaba cargada con la razón histórica del liberalismo que, en ese tiempo, era la voz de la libertad. Se dice que Alfaro fue un caudillo, probablemente es así, pero nunca porque impuso “su” verdad, sino porque supo ir con el curso de la historia. La crítica de sus enemigos era purulenta y destructiva, la de sus coidearios, diáfana y constructiva. A la de los enemigos hay que combatirla, a la de los amigos, escucharla y tamizarla. Siempre puede ser un jalón más de superación.

EL LIDERAZGO DE LA REVOLUCION CIUDADANA

            Siempre que la derecha, por medio de sus líderes y de la prensa “libre e independiente”, acusaban a Rafael Correa de autoritarismo yo esbozaba una sonrisa y batía palmas para un líder que, como ningún otro jamás en el Ecuador, se atrevió a hablarle de igual a igual a la oligarquía. Por Correa el pueblo ecuatoriano llegó a saber que las élites estaban cargadas de privilegios y que toda la decencia que mostraban en la fachada no era sino la vitrina de una extrema podredumbre. Llegó a saber de su deshonestidad, de su desprecio por el pueblo, de su racismo, de sus riquezas desproporcionadas, de sus lujos, de sus ventajas. Su mérito estuvo siempre en la denuncia, aunque en la realización práctica de su gestión política deja mucho que desear. El proyecto de la Revolución Ciudadana tuvo el acierto de sintonizar los afanes históricos de cambio que el pueblo ecuatoriano ha tenido desde épocas coloniales. Cambios verdaderos, raigales y “revolucionarios” como Peralta reclamaba en su época.

            Que un proyecto político se haya cimentado en la promesa de cambio desde la izquierda, era algo que generaba expectativas. Nunca antes en la historia había sucedido. Los sectores populares se llenaron de esperanzas y la derecha tradicional de temores. Recuerdo que un estudiante de la San Francisco, a comienzos del proceso, me consultó asustado si era cierto que Correa le iba a quitar la casa y los carros a su familia. Una propuesta política como la de la revolución ciudadana suponía un liderazgo firme para resistir la ofensiva de la derecha y para corregir, sobre la marcha, los errores que se iban a cometer. Un liderazgo suave hacia adentro y duro hacia afuera.

            En cuanto a resistir el embate de la derecha y las fuerzas orquestadas del poder mundial, Rafael Correa demostró solvencia y talla internacional. Se recuerdan muchas entrevistas con el periodismo mundial en las que Correa demostró seguridad y conocimientos por arriba del promedio de los líderes regionales y, a nivel interno, la prensa “libre e independiente” se vio obligada a respetarlo. Brilló en eventos internacionales en los que defendió el derecho de los pueblos a su independencia y soberanía y no tuvo temor de contraponerse a gobiernos represivos como el colombiano. Defendió la revolución cubana y mostró simpatía por el chavismo venezolano. Un liderazgo que llenaba muchas de las aspiraciones populares. Semejante posición causó tormentoso escozor en las élites.

            ¿Pero qué pasaba al interior de la Revolución Ciudadana? Antes que nada, no había críticos. La izquierda “boba” se metió en Alianza País con el complejo histórico de haber cambiado sus ideales de izquierda por los postulados socialdemócratas del proyecto correista. El Partido Socialista, el comunismo, el MPD, Alfaro Vive y otras hierbas se allanaron al liderazgo de Correa de forma acrítica, sin ninguna capacidad de reacción, prefiriendo el mullido sillón de la burocracia estatal al azaroso destino de la pelea revolucionaria, con lo cual se anularon, no sólo mientras duró el proceso, sino para toda la vida. Hoy sabemos que esa izquierda boba está enterrada y que sólo ciertos cadáveres políticos como el de Ayala Mora tratan de levantarse del basurero de la historia.

            También hubo otra crítica, la de sus compañeros de proyecto, cuya figura simbólica es la de Alberto Acosta. ¿Qué quería este sector? Le reclamaban a Correa ser más prudente en sus relaciones con la oligarquía, ser menos autoritario y mayor laxitud en su papel de líder. Correa era demasiado precipitado e imprudente para su gusto, debía gobernar más ceñido a las normas constitucionales aprobadas en el 2008 en Montecristi. Variación substancial en las líneas programáticas iniciales en cuanto a lo económico y social, no hubo. Era, más para ellos, una cuestión de estilo. Correa les pasó por arriba una aplanadora y, desde entonces, no han vuelto a alzar cabeza políticamente hablando.

            Una crítica que podríamos llamar institucional también existió. Estuvo representada en el neo keynesianismo de economistas como Eduardo Valencia que unieron a sus tesis económicas una carga importante de moral y ética, Correa los ignoró. Nadie iba a cambiar su heterodoxia económica que, con altos precios del petróleo, le estaba dando tantos éxitos.

            En resumidas cuentas, la crítica interna en la Revolución Ciudadana no fue una práctica constante y sistemática como en todo proceso que se dice revolucionario se entiende debe ser. Prevaleció la fuerza del líder, su personalismo que, como todo caudillismo, terminó prestando oídos sólo a las voces empalagosas del adulo y la alabanza personal.

LA NECESIDAD DE SEPARAR EL GRANO DE LA PAJA

            Las específicas condiciones de la política actual en el Ecuador nos hacen prever que en el 2021 puede volver a triunfar la opción correista. Así nos indica el creciente desprestigio del neoliberalismo morenista apoyado por las élites, su total incapacidad ejecutiva traducida en la alarmante paralización de la obra pública, en un larvado proceso de corrupción generalizado y en el desprestigio total de todas las funciones del Estado. El descontento de las mayorías crece diariamente y cada vez la idea de que con Correa estábamos mejor se disemina como una marea vertiginosa en la conciencia de los electores. Mientras avanza el tiempo cada vez es más feo el rostro del gobierno morenista y cada vez toma más fuerza la idea de un regreso del correísmo, con o sin Correa. Esta tendencia sólo puede ser truncada si no se tiene la suficiente inteligencia para consolidar una alianza de las fuerzas políticas que vayan de la izquierda posible (el correísmo) hacia el centro, pasando por el movimiento indígena-popular y las fuerzas de la izquierda revolucionaria que no arrastran el pecado original de la socialdemocracia y el oportunismo.

            La real posibilidad de triunfar en el 2021 nos obliga a separar el grano de la paja en la crítica constructiva dentro de la tendencia, una crítica que a estas alturas sólo puede venir de la izquierda revolucionaria. Una permanencia en el tiempo del progresismo sin dirección revolucionaria sólo serviría para el reacomodamiento del capitalismo interno y corporativo internacional lo cual sería la tumba de la opción revolucionaria. Lo correcto sería aprovechar la fuerza con la que viene el progresismo para dar otra vuelta de tuerca hacia la izquierda. El progresismo con dirección revolucionaria es el camino.

            Esta consideración no se hizo en la primera etapa del proceso, no sólo porque el proyecto careció de un sector revolucionario que empujara esta concepción, sino porque su líder no dio muestras de que este tema estuviera incorporado a sus concepciones. Esto es grano, no paja y debe discutirse como parte de la formación política de las bases de la Revolución Ciudadana si se quiere avanzar.

            La necesidad de contar con filtros que permitieran la selección de cuadros ideológicamente formados para apuntalar el proceso, es otra deficiencia que Rafael Correa nunca quiso reconocer. En el fondo está la construcción de una estructura partidaria que provea de los cuadros necesarios para la marcha del Estado. Una revolución es el acto consciente de un grupo de seres humanos y no admite equivocaciones garrafales como las que tuvo Alianza País. Esto también es grano, no paja, porque de esto depende no sólo que se sostenga el proceso, sino que sirve para la promoción de líderes y cuadros que representen a la revolución. Al cabo de diez años, no hay en el horizonte otra figura descollante que la de Rafael Correa. Nadie puede atreverse a defender el caudillismo porque sus resultados son evidentes. Haber puesto la revolución en manos de un incapaz política e ideológicamente fue un craso error.

            Es correcto reivindicar la obra material de la Revolución Ciudadana, pero no se la puede magnificar como un logro acabado y definitivo. Toda la infraestructura construida es apenas un pequeño porcentaje de lo que realmente necesita el Ecuador. La labor permanente en el campo de lo material debió servir como una fuente constante de trabajo y empleo para amplios sectores de ecuatorianos. El correismo dejó a medio hacer esta labor y si bien es cierto que las políticas de Estado son permanentes en el tiempo, se debió calar tan hondo que debieron hacerse irreversibles los procesos. Esto también es grano.

            Sólo se barnizó la educación sin haberse llegado a plantear cambios en sus fines y contenidos. Discutir la necesidad de unificar la educación a nivel nacional, sin mantener los privilegios de la educación particular de élite, fue un tema sobre el cual el líder de la Revolución Ciudadana nunca quiso pronunciarse.

            La Reforma Agraria, la reforma urbana, el cambio de la matriz productiva priorizando el campo y la agro industria fueron temas que quedaron en suspenso y que deben ser considerados si se quiere de verdad un cambio en nuestra patria. Todo esto es grano y mucho más que debe ser discutido en todas las instancias del progresismo ecuatoriano.

            La paja del proceso es lo que se desprende al soplar este grano. La falta de consistencia ideológica de una enorme mayoría de los colaboradores de la revolución ciudadana, por ejemplo. ¿Y qué esperábamos? Rafael Correa fue un mago que levanto el proyecto con cuatro amigos sin tener conciencia que para manejar el Estado ecuatoriano se necesitaban más de cinco mil cuadros ideológica y profesionalmente formados en todas las ramas de la ciencia y la administración, lo que le obligó a gobernar con los mismos cuadros de la partidocracia.

            Que se relegó a las bases porque prevalecía una concepción pequeño burguesa de la política, también es en cierta forma paja, porque los procesos verdaderamente populares son, en esencia, revolucionarios y Rafael Correa no es un líder revolucionario. Sus límites ideológicos son los del progresismo lo que no quita que, empujado por las masas, pueda devenir en uno, cosa que es perfectamente posible.

            Que Correa era autoritario y mandón, también es paja echada a volar por las élites. Lo que no pudimos comprobar los ecuatorianos fue si ante un proceso de radicalización revolucionaria Correa iba a sostener las riendas de igual manera que lo hicieron líderes latinoamericanos como Allende, Chávez o Fidel Castro, porque en una revolución verdadera se triunfa o se muere. Si de revolución se habla, hay que ir hasta las últimas consecuencias.

            Paja es seguir discutiendo la traición de Moreno porque a estas alturas ya todo es evidente. Hacerle el juego a la derecha es sostener que Moreno es lo mismo que Correa. Moreno es una relegada ficha del neoliberalismo mundial, Correa un líder progresista opuesto a esos intereses.

            Paja es repetir el discurso purulento de la corrupción del régimen correista cuando el gobierno de Moreno se entregó a las mafias de la partidocracia en plena pandemia del coronavirus. ¿Puede algo ser más sucio y corrompido?

            Por todo esto y mucho más la tendencia progresista volverá a ganar en el 2021. Lo preocupante es que, a estas alturas, casi a las puertas de las elecciones, nadie en el correísmo ha sacudido la mata de los errores cometidos con una profunda autocritica y que su líder haya descalificado a un ciudadano que ha tenido la inteligencia de entender cuales son los errores del proceso de la Revolución Ciudadana. Si a estas alturas y frente a un posible nuevo triunfo del progresismo -con Correa o sin Correa-, seguimos cerrando los ojos ante los errores cometidos, perderemos toda esperanza y veremos atónitos como la derecha volverá al poder para seguir girando en el eterno circulo de latrocinio y corrupción. Ciudadanos como Marco Aníbal Navas Leiva y agrupaciones como Ñukanchik Socialismo veremos espantados como la rueda de la Historia gira hacia atrás, sabiendo que en nuestras mochilas cargamos toda la razón.

15-06.2020

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SOBRE EL TRABAJO

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EL SOCIALISMO ECUATORIANO

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EL OPTIMISMO PELIGROSO

        La cepa actual del coronavirus llamada COVID19 no es una perita en dulce. A pesar de no tener “patitas”, camina rápido. A su paso deja una estela de muerte y dolor, pero no sólo eso, tiene tanto poder que ha levantado el velo que cubría todas las miserias del capitalismo, si, del sistema en el que vive la humanidad desde poco más de dos siglos. El corrimiento del velo ha puesto, de un solo golpe, ante nuestros ojos la cara oculta del sistema, aquella parte oscura que la publicidad y la mentira política encubren de manera sistemática y científica.

        Hemos descubierto que el hambre de miles de millones de seres humanos no es una propaganda de subversivos locos y anarquistas, sino una realidad concreta que vive a la vuelta de la esquina de los Centros Comerciales y de las mansiones de la gente adinerada, de un solo golpe hemos tomado conciencia de que la salud es un privilegio de pocos y que las grandes mayorías están desprotegidas, nos hemos dado cuenta que la fiebre irracional del consumo nos hace diariamente cavar nuestra tumba y que la  competencia frenética entre nosotros nos conduce a la cárcel inexpugnable del individualismo, se nos ha materializado la oculta verdad de que la caridad lejos está de ser solidaridad, que valemos tanto como tenemos y que si nada tenemos no le importamos ni al prójimo ni a los poderes del Estado; el virus nos ha hecho ver que consumimos más de lo que necesitamos y que acumulamos debido a una atávica manía de escasez, nos ha hecho ver las heridas que provocamos en el cuerpo de la Madre Tierra y nos ha puesto frente al tenebroso rostro de la muerte.

¿Es esta una crisis de humanidad? No, definitivamente.  Es una crisis del sistema, esta vez cabalgando sobre las espaldas de un virus que no hace otra cosa que ponerle una mancha más al tigre de la pobreza planetaria que camina desde mucho antes de que él apareciera, desde la gran depresión de comienzos del siglo XX, de las crisis cíclicas que confluyeron todas en la crisis financiera de 2008, de un sistema caduco e inoperante que ha venido apuntalando su derruido edificio para que no se venga abajo, de un sistema que ya no puede satisfacer los niveles básicos de una humanidad que sobrepasa los ocho mil millones de habitantes.

¿Cómo, si no, explicar las advertencias hechas por la propia ONU del peligro de una hambruna planetaria que matará doscientos setenta millones de seres humanos en el lapso de los próximos tres meses? ¿Cómo entender que más de mil millones de personas están amenazadas de morir de hambre en el mundo? No es una crisis de la humanidad, sin duda, es una crisis del sistema capitalista. El virus ha servido para abrir los ojos de una parte de esa humanidad que hasta hoy ha vivido engañada por el espejismo de la sociedad de consumo.

Pero esa apertura positiva de la conciencia trae, lamentablemente, aparejado un peligro intangible que es el del optimismo. De otra forma el virus nos ha hecho descubrir la importancia de la solidaridad, nos ha hecho ver lo grave del aislamiento social, ver el crimen del ego sobrevalorado, la importancia de la hermandad humana, el crimen sin nombre de despreciar el trabajo manual y la producción de valores de uso, nos ha puesto frente a la imperiosa necesidad de volver a la tierra como fuente de vida y de cuidarla y preservarla, así como nos ha enseñado, con una terapia de shock, que el gasto superfluo es un suicidio lento de nuestra especie y que la “obsolescencia programada” de las industrias mundiales es la forma más perversa de llenar de basura el planeta.

La humanidad que se está dando cuenta de esta realidad es la esperanza de nuestra especie, porque está tomando conciencia de que no es por su culpa que hemos llegado a este punto, sino del sistema en el que vivimos. Es esa humanidad que desde el surgimiento de la sociedad de clases ha sido víctima, la humanidad irredenta, relegada e ignorada que ha crecido exponencialmente y ahora es la mayoría absoluta de la sociedad humana. Esa parte de la humanidad que ha creído en los valores de la democracia occidental, de todas las religiones, de la moral dominante, es la que ahora cree haberle llegado su hora. El virus, como un despiadado maestro que cree que la letra con sangre entra, se ha convertido en su aliado y le está enseñando que, con dolor, tiene que levantarse del lodo de la Historia. A carcajadas dramáticas le está enseñando que nada en lo que le enseñaron a creer vale la pena defender.

Esa humanidad buena ha vivido por milenios en el seno de una sociedad mala, cuya crueldad radica en su naturaleza. Genialmente Rousseau señaló que el ser humano era bueno, que era la sociedad la que lo corrompía, coincidiendo con Marx en que no era la conciencia la que determinaba el ser social, sino el ser social el que determinaba la conciencia. Una sociedad mala por naturaleza, sólo puede engendrar por excepción hombres buenos, cuyo primer rasgo distintivo sería su rebeldía contra el sistema que lo domina.

No hay maldad en la naturaleza del ser humano, como Maquiavelo pensaba. Un empresario es bueno dentro de la escala de valores que asimiló desde la cuna, defiende con pasión y da la vida, de ser necesario, por sus intereses. No se percata que su riqueza es la antípoda de la pobreza de sus trabajadores y de llegar a darse cuenta actúa conscientemente contra los intereses de la humanidad. Ese es el velo más importante que ha levantado el cruel maestro del virus. A golpe de muerte y sufrimiento nos está diciendo que tenemos que cambiar. Pero, ¿qué tenemos que cambiar?

Ayuda la actitud, es verdad, que puede ser el comienzo del cambio, pero no es suficiente. Los límites de las religiones están en que crean parcelas, “ciudades de Dios” en las que viven los que están predestinados a salvarse para después de muertos pasar al paraíso; igual sucede con los partidos políticos, con la diferencia de que su accionar es para defender un poder terrenal que sirve para organizar legalmente la explotación del hombre por el hombre. Aquello que ahora es un lugar común de que para cambiar el mundo primero tenemos que cambiar nosotros, no es sino una mentira con apariencia de verdad, un sofisma. Ese principio genera heroínas como la Madre Teresa de Calcuta que le apuestan a la caridad en un mundo comido por la lepra, pero que no es suficiente para acabar con la lepra. Para acabar con la lepra se necesita cambiar el mundo, que es igual a cambiar el sistema en el que vivimos.

En este punto es donde el optimismo se vuelve peligroso. Comienza a regarse por la conciencia de la humanidad irredenta como un bálsamo medicinal que promete cambiar la vida. Legiones de optimistas se van convirtiendo en una fuerza estéril que sólo servirá para humanizar el rostro descarnado del sistema. Mentes lúcidas como la de Zizek son presas de la calentura del optimismo estéril, al afirmar que el virus acabará con los nacionalismos y los populismos del mundo y que la solidaridad global no es sólo un idealismo sino un acto racional que nos salvará de la crisis, como si lo racional alguna vez ha sido respetado por las fuerzas oscuras que nos dominan. Los chamanes del mundo nuevo también baten palmas estimulando a sus seguidores a construir los “baptisterios” de la conciencia ampliada en medio de un mundo enfermo y decadente, ocultándoles, a propósito, esa elemental verdad de que sin política individual y colectiva no hay salvación para nada ni para nadie.

No puede haber cambio si no se cambia el sistema. A un sistema que intrínsecamente es injusto (malo en la visión religiosa) no se le puede pedir que de frutos buenos (en la visión filosófica). El ser humano, educado por el sistema, siempre tendrá más peso en la balanza que los que rompen el cerco del adoctrinamiento sistémico (estadísticamente uno de cada millón), lo que demuestra cuan inútil es el camino de la transformación individual.

Las fuerzas oscuras del mundo actúan con celeridad, tanto peor si consideramos que la tesis de que ellas mismas crean la enfermedad y nos suministran el remedio es cierta. No se puede negar la fuerza poderosa que tiene el argumento de que todo está pensado por el cerebro dinámico del capitalismo. ¿Cómo, si no, explicar que organismos mundiales como la ONU o la OMS han iniciado una campaña global para implantar un chip en cada habitante del planeta? El virus ha hecho posible que en las sociedades asiáticas se lleve a cabo este control electrónico, previa una campaña de adoctrinamiento que ha convencido al ciudadano asiático que es por su bien. Las fuerzas oscuras vuelan, mientras nosotros caminamos. Es por eso que hay que advertir de lo peligroso que resulta un optimismo pos endémico. Las fuerzas oscuras están normalizando las sociedades autoritarias, bajo el pretexto de que de otra forma no se puede controlar la expansión de la enfermedad, están reforzando el aislamiento estructural de la gente con la finalidad de evitar la fuerza de la unidad de los irredentos.

La expansión de la conciencia debe significar elevar nuestra espiritualidad con el propósito, individual y colectivo, de empujar el cambio, no de los individuos, sino del sistema. El cambio masivo de los individuos será un fenómeno lento en el tiempo que dará frutos sólo en la medida que podamos cambiar la naturaleza del sistema y será el resultado de la lucha permanente de lo viejo que se niega a morir y lo nuevo que está naciendo. No hacerlo es mantenernos en la “conciencia del rebaño” que marcha tras líderes políticos locuaces y corruptos, o de pastores religiosos que, en nombre de Dios, refuerzan la naturaleza perversa del sistema o chamanes de nuevo cuño que, a título de haber rescatado el pensamiento ancestral, estimulan el individualismo conciencial y ocultan la necesidad de la transformación del “capitalismo salvaje”.

El optimismo pos endémico, si quiere ser útil y fértil, tiene que estar encaminado a cambiar el sistema, porque el capitalismo sólo dejará de ser como resultado de la insurrección de las masas. Si no existe esa conciencia, el entusiasmo pos endémico será un peligro porque sólo servirá para cambiar el capitalismo salvaje por un capitalismo más “humano”, menos evidente que el que el coronavirus nos está mostrando ahora. Sólo mejorará su apariencia favorecido por la inconsciente ayuda de sus propias víctimas.

25-04-2020

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¿PARA QUE SIRVE EL MIEDO?

Dicen que el coronavirus es un virus creado en los laboratorios, dicen también que lleva dedicatoria para los viejos y dicen que los mismos creadores del virus ya tienen la vacuna que dicen, además, que la venderán al mundo entero. Todo es posible, nada es comprobable.

Lo único comprobable es que una ola de miedo ha recorrido la columna vertebral de la humanidad en este último mes, miedo tan poderoso, que ha logrado callar y paralizar la frenética actividad de la sociedad de consumo que es en la que vivimos inmersos. Se ha hecho el silencio y los miles de millones de seres humanos que viven apiñados en las grandes urbes, han vuelto a descubrir el canto de los pájaros y la limpia melodía del agua. Era tanta su enajenación, que dos cosas tan simples y naturales, les han parecido un milagro. Es algo similar a los postreros minutos de la vida, cuando frente a nuestros ojos se hace la luz, una luz tan pura que ya no queremos volver atrás.

Pero, ¡oh fatalidad! Como sociedad no nos está permitido seguir adelante, tenemos, fatalmente, que regresar, regresar a la frenética actividad de la sociedad de consumo en la que todo tiene un precio, hasta la dignidad y la honestidad, regresar al mundo de la feroz competencia, en la que triunfa el más fuerte o el más corrupto, regresar al cambalache brutal del que nos habla el viejo tango de Disépolo.

Ahora me pregunto, ¿hay lugar a un cambio cuando esto haya pasado? No, definitivamente, no. El mundo seguirá en manos de los poderosos de siempre que dominarán mejor porque habrá menos gente y por ende menos problemas, porque la conciencia social seguirá siendo la del hombre como lobo del hombre.

Todo lo que se dice del coronavirus es probable, pero no comprobable, como he dicho al principio, pero de algo estoy seguro, el miedo que se ha creado es tan comprobable como los océanos que existen, o las montañas o el latido de mi corazón.

La pregunta que se desprende, entonces es, ¿para que sirve el miedo? Yo respondo: para retrasar el cambio, para impedirnos volver a escuchar el canto de los pájaros y el rumor del agua, para obligarnos a seguir, sin protestar, en la infernal licuadora de la sociedad de consumo, que todo lo tritura y todo lo convierte en mierda.

Jorge Oviedo Rueda

1-4-2020

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¿A QUÉ LE TEME RAFAEL CORREA?

“…no admitan que nadie crea nada que no comprenda. Así se producen fanáticos, se desarrollan inteligencias místicas, dogmáticas, …Y cuando alguien no comprenda algo, no cesen de discutir con él hasta que comprenda, y si no comprende hoy, comprenderá mañana, comprenderá pasado, porque las verdades de la realidad histórica son tan claras, y son tan evidentes, y son tan palpables, que más tarde o más temprano toda inteligencia honrada las comprenderá”

Fidel Castro Ruz

            Sólo los odiadores de derecha e izquierda cierran los ojos ante la evidencia palpable de que el proceso político en el Ecuador tiene un antes y un   después de Rafael Correa Delgado. Las acusaciones de corrupción hechas a raíz de la traición de Lenin Moreno Garcés no pueden, ni podrán, negar el intento de “asaltar el cielo” hecho por Rafael Correa y la llamada Revolución Ciudadana. La prisión de Jorge Glass no simboliza la corrupción del régimen correista, por el contrario, simboliza la traición de un enano que se declaró incapaz de sostener el mundo en sus espaldas y decidió entregar el poder a sus enemigos. La corrupción sistémica salpicó, también al correísmo, qué duda cabe, pero la gangrena en este caso, no llega a la cabeza, que ahora está volviendo con fuerza. Las élites y sus sirvientes se niegan a aceptarlo, pero la política en el Ecuador, por lo menos en los próximos cincuenta años, no se podrá hacer sin Rafael Correa o lo que él representa. Como el peronismo en el Argentina, Lula en el Brasil o el chavismo en Venezuela.

            Lo hemos sostenido en más de una ocasión, el progresismo es la izquierda posible en los actuales momentos a nivel latinoamericano. Las FARC y el ELN en Colombia son la demostración de que la insurgencia guerrillera puede ser manejada a su antojo por la reacción interna y el poder mundial. El zapatismo en México sobrevive aislado, como una especie de Estado dentro del Estado, sin llegar a ser un peligro real. La única alternativa con futuro en la región es el Progresismo Latinoamericano. Contra él apuntan todas las armas del establishment, de la democracia liberal, del neoconservadurismo mundial.

QUE LES ASUSTA A LA ÉLITES Y AL PODER MUNDIAL QUE LAS DIRIJEN

            En primer lugar, les asusta que los procesos progresistas despierten la conciencia de las masas. No aceptan que pueda haber fisuras en el bloque de dominación. Se trata de preservar la creencia ciega de que las élites son sus benefactoras y no sus victimarios. De hecho, en el Ecuador, por ejemplo, después del correísmo un sector de las masas ya sabe que sujetos como Fidel Egas o Guillermo Lasso piensan más en sus negocios que en los intereses de la gente. Haber despertado la conciencia de una parte de las masas es uno de los más importantes logros del progresismo latinoamericano.

            Les asusta que esa porción ínfima de las masas entontecidas por el poder hegemónico comience a reclamar sus derechos, no como reivindicaciones sociales, culturales o de simples derechos humanos, sino como derechos políticos tendentes a participar en las decisiones del Estado. Eso no lo puede aceptar el poder tradicional, porque con ellos se apunta al corazón de sus intereses.

            Les asusta, entonces, que esas masas pongan en disputa el poder político, terreno q las élites han considerado inviolable desde siempre. Aceptan la disputa Inter oligárquica, pero jamás la disputa inter clasista.

            Les asusta ver que el poder progresista se aleja cada vez más de la Casa Blanca y se acerca a los enemigos del hegemonismo norteamericano y, por ende, se vuelve menos dependiente.

            Les asusta cualquier intento de mejorar la educación con proyección libertaria, esto es, con el fin de liberar a las masas de la ignorancia. Excelencia para la educación privada, mediocridad y mala calidad para la educación pública.

            Les asusta disminuir el desempleo porque, por esa vía, se eleva el valor de la fuerza de trabajo.

            Les asusta un plan de incrementos tributarios porque los sectores productivos prefieren asegurar sus ganancias en los paraísos fiscales a reinvertirlas en el país.

            Les asusta la existencia de una prensa libre, independiente y crítica que sea la voz de la ciudadanía y no la caja de resonancia de los intereses privados.

            Les asusta la existencia de una justicia desde el pueblo y para todos los ecuatorianos, sin clasificarlos en de primera, segunda y tercera categoría.

            Les asusta el desarrollo científico y tecnológico autónomo, con talento nacional y libre de dependencias.

            Les asusta los procesos de integración de los pueblos latinoamericanos.

            Les asusta la modernización y desarrollo del campo porque la malformación desarrollista es la garantía de sus negocios privados.

            Les asusta la democratización de las Fuerzas Armadas y la modernización de la Iglesia católica, apostólica y romana.

            Les asusta que se difundan y fortalezcan las culturas que en el Ecuador existen, manteniendo solapadamente la hegemonía de la estética y contenidos de la cultura blanco-mestiza y pro norteamericana.

            En fin, les asusta un cambio en las formas y los contenidos de la vida nacional.

Todo lo que atente a estas ideas hegemónicas ha sido combatido por las élites, habiéndose incrementado ese combate desde la llegada de Rafael Correa al poder, no tanto por su capacidad real de realización práctica, sino por su audacia de poner los temas fundamentales de la política y de la economía sobre el tapete de la discusión nacional.

LOS LIMITES DEL PROGRESISMO LATINOAMERICANO

            El Progresismo se enmarca en la era de la hegemonía del capitalfinanciero. El viejo imperialismo, entendido como “fase superior del capitalismo”, sigue siendo el mismo, pero actúa de otra manera.

El eje principal de su dominación es la deuda externa. Entre 2009 y 2018, según la CEPAL, la deuda externa de América Latina aumentó en 80% y la deuda externa de países como Argentina y Brasil sobrepasa el 80% del PIB, lo que demuestra que el desarrollo de nuestra región se mueve en el ámbito del mito y no de la realidad. Los intereses de los prestamistas sobrepasan lo económico y entran, de lleno, en los terrenos de la política. A estas obligaciones de hierro es que el progresismo latinoamericano tiene que enfrentar.

La contradicción está en que, para poder cumplir sus planes de atender a los sectores marginales de la sociedad, el progresismo se ve obligado a pactar con el capital financiero mundial y sus aliados locales y permitir la exportación de sus recursos naturales, con lo cual, de hecho, contribuye a fortalecer el régimen de dominación internacional que existe. La deuda, entonces, actúa como un condicionante poderoso equivalente a una camisa de fuerza.

La naturaleza del progresismo nos hace pensar, incluso, que es una estrategia del mismo capitalismo financiero mundial, lo cual no le quita su potencial fuerza transformadora, dado que el impulso que pueden tomar las masas podría desencadenar un auténtico proceso revolucionario, lo que dependería de la existencia de una vanguardia político-espiritual capaz de dar dirección revolucionaria a este proceso. Como en las artes marciales, sería posible usar la fuerza del mismo enemigo para alcanzar el triunfo.

El progresismo actúa como inversor del sector privado, bien sea mediante las asociaciones público-privadas o las concesiones de los activos públicos, lo que es funcional a la estrategia de reacomodar el capitalismo a las exigencias de la dominación corporativa mundial.

El progresismo necesita mantener contentos a los sectores menos favorecidos de la sociedad, motivo por el cual recurre a programas de asistencia social y mantiene fuertes rubros de subsidios que alivianan muy relativamente la grave situación de los desposeídos y sirven, a la vez, para crear grandes expectativas de mejoramiento personal y colectivo, convirtiéndoles a esos sectores en clientes electorales del proceso.

El progresismo tiene al “ciudadano” como sujeto histórico del cambio, lo que para nuestras sociedades no deja de ser una interesante novedad, pero que lejos está de ser un axioma político que no necesita demostración. De hecho, en el Ecuador, por ejemplo, en la experiencia del correísmo durante una década no puede decirse que la “ciudadanía” como categoría y concepto sirvió para empujar el carro de las transformaciones irreversibles que el sistema necesita. Más bien, la elevación del nivel de vida de algunos sectores bajos de la ciudadanía los convirtió en una precaria clase media que, pronto, olvidó su compromiso con el cambio. Esa limitación merece una profunda reflexión que puede aportar en la comprensión dialéctica de los cambios cualitativos que la “ciudadanía” puede ir sufriendo en la medida que el proceso de cambio avanza.

En fin, los límites del progresismo son estos y muchos más, que deben ser tomados en cuenta para avanzar en la marcha a las transformaciones profundas que países como el nuestro necesitan.

¿A QUÉ LE TEME RAFAEL CORREA?

            La razón por la que Rafael Correa inicia una nueva etapa de la política y cierra otra, es porque estaba prevalido de la necesidad de cambio que el Ecuador tenía. No era posible mantener el país de la partidocracia en el que los sectores dominantes actuaban como gerentes de una empresa capitalista, con todos los vicios de los empresarios inescrupulosos e insensibles. Correa vino con fuerza a tratar de cambiar esta realidad. Habiéndose dado el marco jurídico que necesitaba (Constitución de Montecristi) Correa inició la tarea. Se trataba de un proceso que debía ir de manos a más -menos radical en sus inicios, más radical en la medida que avanzaba-. Los trecientos años de duración se explicaban sólo en el marco de esta concepción. A lo que Correa le tuvo miedo fue, precisamente, a la radicalización de este proceso, a sobrepasar los límites que el progresismo latinoamericano como concepción tiene.

            El argumento que más se escucha para explicar esta situación es que no había condiciones para avanzar, pero suena más a excusa que a una explicación válida. Cuando se gana una elección con más del 70% de la voluntad popular hay que saber utilizar ese poder legal y legítimo para avanzar sin titubeos en el proceso de cambio. Rafael Correa y la Revolución Ciudadana hicieron el trabajo a medias, dejando truncas, o a medio hacer, casi todas las tareas de la compleja transformación.

Sucedió en la economía, en cuyo nivel no fue capaz, la revolución ciudadana, de superar el deficiente desarrollismo que por más de medio siglo no había dado resultados positivos. La heterodoxia económica no fue suficiente.

Rafael Correa tuvo miedo de avanzar a la realización de una verdadera reforma agraria que transformara radicalmente la estructura de la propiedad de la tierra en el Ecuador y rescatara el sector agrícola en el que está la verdadera vocación productiva de los ecuatorianos. La infraestructura construida fue importante, pero no suficiente. Las reivindicaciones del agro siguen siendo una deuda que el Estado tiene con los campesinos, los pequeños agricultores y hasta los medianos empresarios agrícolas.

Igual sucedió en el nivel educativo. Acabar con las universidades de garaje no fue suficiente, ni tan siquiera la creación de Yachay y tres universidades más. La transformación real del sistema educativo consiste en unificar la educación a nivel nacional, dándoles a las nuevas generaciones una educación nacional y unificada que haga ciudadanos comprometidos con los procesos de cambio y no ciudadanos de primera, segunda y hasta tercera categoría. La concepción misma de la Revolución Ciudadana sobre la educación nunca trascendió los límites de la excelencia académica para formar profesionales defensores del sistema, lejos se estuvo de sentar las bases para implementar una educación liberadora, que lleve a los jóvenes a tomar conciencia de la solidaridad y la conciencia social.

Poco puede decirse que Rafael Correa hizo por la cultura.  Tuvo temor de tomar ese toro por los cuernos, porque significaba avanzar en el proceso de crear un nuevo Estado, plurinacional y multicultural. Entró en conflicto con los diversos pueblos y nacionalidades del Ecuador, dejando entrever, en sus concepciones culturales, una sesgada preferencia por la hegemonía de la cultura blanco-mestiza.

Escandalizó sobre los privilegios dentro de las Fuerzas Armadas, pero su brazo no fue lo suficientemente fuerte para acabar con los mismos y crear unas Fuerzas Armadas del pueblo, con el pueblo y para el pueblo. Toda la enjundia represiva y reaccionaria de los militares quedó intacta, como ahora se demuestra con el gobierno traidor de Lenin Moreno.

En una década se pudo realmente transformar la matriz productiva, que fue, durante este tiempo, uno de sus más importantes caballos de batalla, pero no se avanzó más de un metro en ese propósito. Tuvo miedo a transformar la matriz productiva, se conformó con barnizarla. El nuevo Ecuador venía de la mano de la transformación que en este nivel se podía hacer. Correa prefirió la modernización del capitalismo ecuatoriano a entrar en conflicto con las fuerzas internas y externas que lo defienden y sostienen.

Esa falta de decisión le llevo a conflictuarse con los sectores populares de la ciudad y del campo. La modernización del capitalismo trajo como consecuencia la reacción de los sectores populares que exigían de un gobierno que hablaba en su nombre mayor atención a sus reivindicaciones históricas. Cuando Correa vio que el pueblo podía trascender su proyecto de creación del Estado Nacional y encaminarse a otro tipo de democracia, se detuvo y no quiso seguir adelante. Al finalizar la década del gobierno correista la fuerza transformadora de los inicios pasó a estar en manos del pueblo y no del gobierno que decía representarlo.

Antes del triunfo de Lenin Moreno, la Revolución Ciudadana de Rafael Correa había comenzado a volver al redil de los intereses corporativos del capitalismo financiero mundial. Lenin Moreno fue la continuación de la decadencia de la llamada Revolución Ciudadana, la demostración práctica de los límites de un proyecto que, sin dirección revolucionaria y con clara perspectiva de trascendencia del sistema capitalista, termina siendo una exitosa estrategia de recomposición del capitalismo, esta vez, con apoyo popular y cánticos revolucionarios.

            Han transcurrido catorce años del primer triunfo de Rafael Correa Delgado, se impone preguntarnos: ¿qué queda del proceso iniciado por él?

            Quedan los ideales del Progresismo Latinoamericano que se ha convertido, hoy por hoy, en la izquierda posible y queda el prestigio del líder que en el Ecuador lo representó. Toda la artillería de la CIA imperialista y el odio de las élites internas no han podido manchar todavía su figura. El apoyo popular a Rafael Correa Delgado crece de forma exponencial y, aunque la reacción interna logre sacarle de la próxima contienda electoral, no dudemos de que quién lo represente tiene amplias posibilidades de triunfar.

Hoy la garantía del triunfo de los ideales del progresismo es una alianza del correísmo con el movimiento indígena-popular y pequeños grupos de la izquierda revolucionaria como Ñukanchik Socialismo que, sin ser fuerzas electorales, pueden contribuir a la creación de esa dirección revolucionaria que le ha faltado al Progresismo Latinoamericano, en un nivel de honestidad diferente al que plegaron las fuerzas de la “izquierda histórica” en los años iniciales del proceso..

            El regreso de Rafael Correa no puede repetir los errores cometidos en la primera etapa de la transformación del Ecuador. Una segunda oportunidad debe ser para vencer o morir.

Mindo, 17-2-2020

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