OJO POR OJO

La ley del Talión debe tener sus raíces en la Comunidad Primitiva, cuando la justicia no estaba mediatizada por las leyes escritas ni por los jueces que las aplican. Alguien cometía un delito y la comunidad le castigaba con una pena equivalente al delito cometido. Si sacabas un ojo, tenías que pagarlo con uno tuyo, si un diente, con uno tuyo. Ojo por ojo, diente por diente.

            Con el pasar del tiempo esta práctica se trasladó a los códices de justicia. El derecho romano lo contempla y durante el medioevo se mantiene. Saber que me pueden castigar con una pena equivalente a mi delito, se supone frenaba la maldad de los seres humanos, pero no fue así. A pesar de este principio bárbaro, no se conoce una sociedad donde haya prevalecido la conducta ejemplar de los individuos. La pena de muerte en los Estados Unidos, por ejemplo, lejos está de poner fin a los delitos de todo tipo: contra la vida, la propiedad o la naturaleza.

            En la América pre colombina las sociedades se organizaban alrededor de principios vitales como no robar, no mentir y no ser ociosos. Los delitos contra la propiedad privada no podían existir por la sencilla razón de que no había propiedad privada, los delitos contra la vida estaban excluidos dentro de la comunidad de raíces familiares y la armonía de la vida humana con la naturaleza suprimía la noción de delito contra la Pachamama. Eran las sociedades del Sumak Kawsay, con problemas de naturaleza diferente a los que las sociedades pos colombinas comenzaron a padecer.

            Uno de los rasgos que de las sociedades pre colombinas ha sobrevivido en alas de la herencia comunitaria, es el de la justicia. En el Ecuador, la comunidades aborígenes reclaman el derecho a seguirla practicando. La justicia aborigen no puede ser entendida desde la perspectiva de la cultura occidental y toda injerencia que en ella hace el Estado termina contaminándola. En un estricto sentido, la misión conquistadora y colonizadora de las sociedades europeas en América se mantiene hasta nuestros días mediante lo jurídico. El Estado no confía en la justicia ancestral, porque no entiende ni confía en los pueblos originarios.  La justicia aborigen jamás produciría un hecho bárbaro como el acaecido hace unos días en Posorja.

            El linchamiento de los delincuentes fue producto de una reacción del subconsciente colectivo de un pueblo que cada día palpa la descomposición moral de todo lo que le rodea. Choca a diario con micro problemas que le atormentan como el pésimo transporte público, la carencia de servicios básicos, la falta de trabajo, las enfermedades, la violencia de género y todo tipo de violencia multiplicada hasta el infinito por los medios masivos de comunicación. Ese subconsciente colectivo está sometido a presiones brutales que sin que nadie lo canalice busca una válvula de escape. La encuentra en el rechazo violento a la delincuencia.

            El famoso diálogo propuesto por el Presidente tiene por finalidad poner colchones de amortiguamiento entre ese subconsciente colectivo y los delincuentes encorbatados que dirigen la nación. Esos colchones son los que impiden que actos bárbaros como el de Posorja se den con los banqueros ladrones, con los funcionarios corruptos, con los empresarios ambiciosos, con los delincuentes uniformados, con todos aquellos que representan el orden constituido. Ese es el papel del diálogo propuesto por Lenin Moreno: conservar esta barbarie.

            Correa tuvo el valor de comenzar a desnudar esta verdad. Su falta de fe en los valores del pueblo, hizo que la derecha revirtiera el proceso. Ahora la Ministra del interior de este gobierno prefiere meter la cabeza en la arena. Este es un tema demasiado delicado e importante como para que el oportunismo político vaya hasta el fondo. Los muertos de Posorja quedarán como una muestra de que en cualquier momento la reacción popular estallará con la fuerza de una bomba atómica. El pueblo tiene que prepararse para darle dirección revolucionaria al estallido.

17-10-2018


 

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RETRATO FAMILIAR DE UNA BISABUELA QUE MIRA A LAS SOMBRAS

Mi madre se llama Gloria y tiene 89 años, pero me dice mentiroso cuando le recuerdo que ya va a cumplir noventa.

-No sabes ni sumar. Saca cuentas. Si yo nací en 1929, hasta la fecha son setenta años.

-Cierto –le respondo-. Y se queda tranquila, mirando sus uñas pintadas de un rosa pálido, muy juvenil.

Se queja del frío que hace en la tierra cálida de Mindo. Le digo:

-Mamita, pero no hace tanto frio.

-Uyyyy –me contesta-, siempre fuiste anarquista. Esta tierra es bonita, pero muy fría.

-Tienes razón. Que frío está haciendo.

Y se queda tranquila, acomodándose un gorrito boliviano de lana que le compré para combatir “los fríos polares” de Mindo.

-Mira como son las cosas –me dijo una mañana-. El otro día que pasé con la Narita por esta casa me gustó mucho y le dije que algún día iba a vivir en ella. Dios me ha hecho el milagro.

Junta las manos y les alza al cielo. Nadie, ni yo, que pongo la razón por sobre todas las cosas, me atrevo a negar el milagro, aunque su hermana Narita esté muerta hace más de cuarenta años y para mi Dios no exista.

-Todo es posible –le digo, tiernamente.

Camina en silencio por la casa como si tuviera diminutas alas en los pies. Suele materializarse detrás de mí, como una holografía.

-Me asustas, mamita- le reclamo y ella:

–quesfisss, don Modesto, ¿no me oyó llegar? ¡Qué horror como está todo tirado en su cuarto! No sé qué le habrá pasado a la Rosita que no ha venido a arreglar. Es que estos guambras callejeros se saben entrar y dejan todo tirado.

A veces por la mañana se levanta antes que nadie y sube con una media taza de café con leche que me ofrece en la idea de que soy su suegro.

-Lo que su hijo hace, don Modesto, no es culpa suya. Siempre fue un irresponsable.

Tiene nostalgia en la voz y en sus ojos verdes vuelan golondrinas desorientadas.

No hay mañana que no me pregunte por una de sus hermanas o sus padres, mis abuelos.

-Quiero ir a Ibarra, hace tiempo que no veo a la Narita.

-Ya se murió –le digo imprudentemente-

-¿La Narita ya se murió? Callá, mejor, ve –me dice- Ayer no más estuvo aquí. Me contó que se ha muerto su hijita.

Derrama lágrimas, haciendo pucheros de niña con su vieja boca desdentada.

-¿Y tu hermano Gustavo? –me pregunta.

-No soy papá –le advierto-, tratando de centrarle en la realidad. Soy Tito, tu hijo.

Me mira inquisitivamente, como tratando de descubrir la verdad.

-Mi hijo se fue a Cuba y se quedó a vivir con los comunistas. Dicen que lo tienen preso.

-No es así -le digo-. Estoy aquí y ahora te cuido. Vivo contigo.

Otra vez me mira y con aire rencoroso me advierte del castigo divino que me espera por no querer reconocer a los hijos que tuvieron juntos.

-Tu no les dejas venir a mi casa, ni quieres darles nada. No importa –dice convencida- no te necesito, yo les cuidaré ¡Lárgate! -me grita y me empuja a la puerta de salida.

Le hago caso y me voy. Regreso después de una hora.

-Hola, mamita, ¿Qué te pasa? Parece que haz estado llorando.

-Si, -me cuenta-. Ya le mandé sacando a tu papá. No lo quiero volver a ver.

Le preparo una agüita de hierbaluisa con unas gotas de aceite de cannabis y se acuesta en su cama frente al televisor que, a esa hora, muestra a la doctora Polo resolviendo un complicadísimo caso de la vida real. Una hora más tarde, en la mente de mi madre, no existe nada, ni mi padre, ni mi abuelo, ni sus hermanas, ni Dios, ni el diablo. Su mente se queda limpia para al otro día descubrir admirada la belleza de una flor o el “frío polar” de Mindo. Como si cada día naciera nuevamente.

Con frecuencia sube a mi estudio en el que vivo rodeado de libros y de cuadros para decirme:

-Mira, Jorge, quiero hablar contigo serenamente. Yo estoy dispuesta a darte el divorcio y separarnos sin peleas.

-Soy tu hijo –le interrumpo.

-Ja, ja,  ja -simula reírse-, ¿piensas que estoy loca? Me trajiste aquí con engaños y me tienes encerrada. Quiero hablar con mis hermanas, ellas me tienen que ayudar.

-No contestan –le miento-.

Entonces se dirige a su cuarto, en una toalla envuelve una imagen de la virgen del Colegio y una foto suya en la que parece Libertad Lamarque.

-¡Me voy!–me grita.

No puedo hacer nada. Le dejo salir. Toma por el camino polvoroso que lleva al pueblo. Una mujer joven que coincide con ella le pregunta amablemente si le pasa algo.

-Si –le dice-. Vengo huyendo de mi marido que me tiene encerrada.

Cien metros más adelante me presento. La mujer me queda viendo. Con la barba blanca y los años encima me ve y llena de dudas me pregunta:

-¿Usted es el marido de la señora?

Me rio y, mientras le hago subir a mi madre al carro, le alcanzo a decir que no, que soy su hijo. Tengo la sensación de que se va no muy convencida. Cuando estamos solos me dice mi madre:

-Ojalá ya se haya ido tu papá. No lo quiero ni ver.

Mirándole de reojo, mientras conduzco el vehículo, pienso que ya son más de cuarenta años que mis padres se separaron y en que  hondas son las huellas que nos deja la vida.

Tiene un infinito amor por dos perros que cuidan mi casa. Me reclama a diario y, muchas veces cada hora del día, por no darles de comer.

-No ves el perol enorme de comida que les hago –le digo con paciencia-, pero ella está convencida que les mato de hambre. Ya son varias noches que me deja sin comer. Callada y en silencio, mientras yo trabajo, les da la comida que guardo para la cena.

-¿Dónde está el arroz con carne que guardé? – le pregunto.

-Es que como estaban muertos de hambre les di a los perros.

Regreso a ver al piso y miro las ollas y los sartenes lamidos hasta el brillo celestial.

-Lukas, carajo, -le grito al inmenso animal que parece esbozar una sonrisa de complicidad con la bisabuela–, de hoy en adelante te prohíbo que aceptes comida de esta señora.

De día en día llora con profunda angustia porque dice haber abandonado a su hija chiquita.

-Hayyy –se queja-, dejé a la niña.

-¿Qué niña? –le pregunto.

–Mi hijita -dice.

-¿Dónde?

–           -Allá, no sé. Me olvidé de traerla.

-No, mamita -le consuelo-. Tus hijos ya somos viejos. Ya no tienes por quién preocuparte. Todos estamos bien.

-No, no –insiste-. Llévame a Ibarra. Debe estar la niña con mamacita.

Se para en la puerta con la mirada clavada en la noche, en obstinado silencio corpóreo, esperando que le lleve a su Ibarra querida. Prendo el carro y salgo a dar una vuelta por el pequeño pueblo de Mindo. Cuando veo que el sueño le comienza a vencer, regreso a la casa. Le acuesto en su cama y, en pocos minutos, se queda dormida. Al otro día se levanta sana y lúcida buscando en que puede ayudar.

Le gusta recordar lejanas épocas de su vida. Cuando vivía con sus padres en el campamento del ferrocarril, por ejemplo. Dice que Papabuelo le dejaba meterse al río y que la abuela peleaba por eso. Se acuerda de la negra Amada, sirvienta que dice era una mujer bellísima y con un cuerpo excepcional.

-Un día –cuenta-, un “cholo” de Ibarra al pasar la Amada le dijo: “morena, porque no vamos a “regulli”, ella se regresó y de un  solo puñete le tiró al piso. Desde ahí no volvimos a verle nunca al “cholo”

Ya vienen a visitarla los muertos y algunos parientes vivos se integran a esas reuniones. Habla con mi tia Piedacita, con la Narita y no suele acordarse de la Leonilita y el Germán. Papabuelito y mamá para ella todavía viven en Ibarra.

-.Ayer que me vinieron a visitar les dije que era el colmo que no me hayan avisado que el Guimito se ha muerto. La Michona dice que ya todos están muertos, pero debe estar loca porque ayer mismo se fueron de aquí. Me vinieron a invitar a la casa del Guimo.

Se le está escapando la memoria a mi madre, a la abuela de mis hijas y a la bisabuela de mis nietos. Los muertos queridos ya han comenzado a vivir con ella y le están invitando a entrar en las sombras, en el gran misterio de la muerte.

Mindo, 12-10-2018.

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¿POR QUÉ BOLSONARO?

            El triunfo del Bolsonaro en el Brasil nos obliga a los revolucionarios a hacer un alto en el camino, a otear el horizonte, a mirar la brújula en medio de este implacable desierto que nos ha tocado atravesar para volver a la ruta y no ser víctimas de espejismos engañosos que pueden hacernos creer que estamos yendo por buen camino.

            En lo que a América Latina se refiere, es difícil negar que el llamado socialismo del siglo XXI lo que ha hecho, en la práctica, es fortalecer el desarrollo del capitalismo corporativo global y del capitalismo dependiente nacional a nivel regional. Cuando en repetidas reflexiones criticábamos al correismo en lo erróneo que era la estrategia de fortalecer el capitalismo local para evolucionar a una sociedad pos neoliberal y, más tarde, a una de socialismo de mercado antesala de lo que ellos llamaban el biosocialismo, se nos apabullaba con el argumento de que esa estrategia estaba disminuyendo la pobreza extrema y que ese logro era suficiente para demostrar su éxito. Era imposible que su explicable vanidad pudiera entender que el capitalismo es una eficiente máquina de pobreza que hace pobres más rápido de lo que el progresismo los salva, con lo cual la lucha contra el capitalismo se convertía en el pretexto perfecto para perennizarlo. Brasil es un ejemplo de ello, Argentina y Ecuador. Venezuela y Nicaragua todavía sostienen un modelo de socialismo que no ha podido resolver todos los problemas, pero que tiene derecho a existir y a demostrar que su ruta también es una alternativa.

            El Progresismo latinoamericano aparece como una disyuntiva a la izquierda marxista y prende rápidamente en la conciencia de las masas ciudadanas, principalmente. La piedra angular de su concepción radica en la idea del gradualismo económico sostenido en una cada vez mayor intervención del Estado en los procesos sociales con lo cual es posible ir desplazando, poco a poco y sin traumas, al sector privado de la economía hasta la implantación de un régimen socialista. Esta idea vieja de la socialdemocracia europea de fines del siglo XIX tenía una larga trayectoria de fracasos y, políticamente, sólo fue posible, en América Latina, debido al colapso del llamado socialismo real. El progresismo creó la ilusión de que sin trascender el sistema se lo podía mejorar. Si se puede hacer que los pobres vivan con dos dólares en lugar de uno, se estaría dejando un mundo mejor, fue la reflexión de fondo. Ninguna innovación revolucionaria a la idea liberal del desarrollo. El progresismo nació atado a los planes del capitalismo global, sin cuyos recursos y asistencialismo de todo tipo no era posible. De ahí que la lucha del pueblo venezolano se vuelve más auténtica en la medida que más antinorteamericana se hace.

            No obstante esto hay un rasgo del progresismo que no pudo ser controlado por el poder mundial del capital y ese fue el avance de la conciencia de las masas que comenzaron a percibir que una nueva vida era posible, una vida en la que ellas mismas tenían que ser protagonistas. En Argentina el krisnerismo hizo avanzar la conciencia de las masas, en Venezuela el chavismo, en Ecuador el correismo, José Mujica, Tabaré Vásquez y Evo Morales, inclusive Bachelet en Chile. El progresismo económicamente ha estado atado al desarrollismo capitalista, cierto, pero políticamente logró hacer una fisura en el bloque ideológico dominante, que no es poca cosa.

            El triunfo de Bolsonaro es el triunfo de la extrema derecha latinoamericana que puede devenir en un fascismo político. Está sustentado en un fanatismo religioso muy extenso en Brasil y en la desesperación de inmensas masas paupérrimas que casi genéticamente creen que la fuerza es la única solución y, en el miedo, miedo a esa parte del pueblo brasileño que cree en Lula y votó por Haddad. Este rasgo del progresismo es que una izquierda auténtica, genuinamente marxista y revolucionaria, tiene que aprovechar para construir la alternativa de izquierda que se ubique a la izquierda del reformismo latinoamericano.

            Aquí en el Ecuador Ñucanchic Socialismo, nuestro socialismo, con raíces en el Sumak Kawsay ancestral, es esa alternativa.

10-10-2018   

 

 

 

 

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LAS PLUMAS ZURDAS

     

            Como en toda actividad humana, los “zurdos” también mojan su pluma en la escandalosa tinta del ego. Escriben con furia, esa es su característica principal. Odian, porque parten de la reflexión que no se puede amar la desigualdad. Dicen que sólo odiando se podrá construir el amor.

            En este caldo de cultivo se mueven los escritores “zurdos”. Reivindican, como a sus más lejanos parientes, a los socialistas utópicos como Campanella o Fourier y tienen en la cabeza imponente de Marx a su fuente inagotable de argumentos e ideas. En la capacidad de comprender bien o mal sus ideas radica la múltiple variedad de su existencia.

            Porque no están uniformados los escritores “zurdos”. Viven en la cromática del rojo, pero no todos son rojos. Van desde el rosado pantera hasta el rojo fuego, pasando por el amarillo naranja, el “patiamarillo”, el naranja propiamente dicho, el rojo cadmio, el rojo Ferrari y el rojo sangre. Eso sí, todos dicen ser dueños de la verdad, motivo por el cual jamás se han puesto de acuerdo, ni tan siquiera cuando la derecha ha dado muestras de indudable debilidad.

            Todos los que cromáticamente están más cerca del rosado pantera sostienen que para vencer al capitalismo hay que navegar con la derecha, embarcándose en su nave para, sigilosamente, irla debilitando. No son muy amantes de los principios y la ética política no es su fuerte. Les gusta codearse con los de arriba, sintiéndose realizados cuando asisten a sus banquetes. Estos “pink phanter” aman el dinero y ven en la profesión de escribir un buen negocio.

            Los “zurdos amarillo naranja” son socialdemócratas que se dicen estar en capacidad de corregir y mejorar a Marx. Sostienen, por ejemplo, que el principio de la lucha de clases es obsoleto y que fue uno de los más graves errores de Marx y se auto atribuyen el derecho a calificar al socialismo de “democrático”, sin ser capaces de entender la dimensión real de la democracia socialista. Se pueden dejar matar por la falsa tesis de que la democracia burguesa puede ser mejorada. Económicamente son liberales clásicos y filosóficamente una mezcla de materialistas con idealistas, lo que da como resultado una postura holográfica que es una imagen sin respaldo real, pura ilusión que sirve para engañar a las mentes débiles.

            Están los escritores “patiamarillos” de membrete socialista o comunista. Son aquellos que viven adulando a las prestantes figuras de la academia, las letras o el arte que han hecho sus fortunas usando el socialismo como cuchara. Son los que se insertan en la corriente de la izquierda histórica y dicen ser herederos del pensamiento socialista de gigantes figuras de nuestras letras y artes. Son las plumas serias de la izquierda “sensata” que estudiaron el marxismo en centros del pensamiento conservador mundial como Oxford, Harvard o Bélgica. Son los aristócratas del pensamiento “zurdo” que usan chistera y leontina, se saludan con la aristocracia aborigen y dicen tener la misión de reivindicar a las masas criollas. Uno de ellos les invitó a la aventura de transformar el Ecuador y los muy bobos aceptaron sin condiciones la invitación, con lo cual dejaron al descubierto su naturaleza reformista.

            Y están los escritores de la “zurda” revolucionaria. Son minoría, pero existen. Han luchado de la cuna a la tumba para evidenciar lo erróneo de las posiciones anteriores. No son ni fidelistas, ni chavistas, peor correistas, defienden, aso si, los ideales que esos líderes dicen tener. Se ocupan de crear, no de copiar ni de repetir. Sus posiciones raigales tienen que ver con una crítica a fondo de la civilización y la cultura occidentales, lo que les lleva, por definición, a ser anticapitalistas. Su valor agregado es haber comprendido la imperiosa necesidad de integrar la filosofía ancestral del Sumak Kawsay a lo mejor del pensamiento revolucionario de occidente, que no es otro que el marxismo.

            Existen en las sombras, no porque quieren, sino porque los medios masivos de comunicación y el sistema en su conjunto los ignoran, pero están conscientes que la verdad está hecha de madera de balsa y que, tarde o temprano, irrumpirá con fuerza a la superficie.

            Estos “zurdos” escriben en periódicos digitales, en revistas casi clandestinas, en hojas volantes, en periódicos duros de reducidísima circulación, pero sus ideas anuncian la fuerza con que viene la inevitable crecida de la revolución popular.

03-10-2018.

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LAS PLUMAS DORADAS

            No sólo hay “ponchos dorados”, hay también “plumas doradas”, de escribir, digo, no de gallina.  Esas que tienen el abolengo de antepasados ilustres y que, por las leyes de la herencia, pasan a formar la constelación del talento nacional. Los medios privados de comunicación son el terreno fértil donde florece esta especie. Nacen, crecen, se reproducen, amasan fortunas y mueren en la opulencia y admirados por todos. No sólo que heredan el talento, sino que demuestran su talento en la habilidad que tienen para defender la familia, la tradición y la propiedad. Son plumas que saben adular con elegancia, insinuar las más atroces soluciones sin que sus palabras destilen sangre, condenar todo aquello que choque con sus intereses en nombre de la (su) patria, su Dios y su religión. Son legión y hunden sus raíces desde la fundación de la república hasta nuestros días. Están llenos de experiencia y son, qué duda cabe, el soporte del poder tradicional.

            Están sus delfines, los muchachos malcriados de la fortuna heredada, esos que ponen el ego delante, inclusive, de su reverendísima madre. Se educan en colegios y universidades de élite y crecen con la idea de que están predestinados a conducir la nación. Son liberales económica y filosóficamente hablando, convencidos de que todo lo que no coincide con sus concepciones pertenece al mundo de los inferiores, a los que, por mandato divino, se los tiene que civilizar. En cada uno de ellos hay un Mesías redivivo y suelen auto convencerse de que la luz del Espíritu Santo baja sobre sus cabezas para bien de la humanidad. Su palabra es de luz, se proclaman conductores de la opinión nacional y se reproducen en cofradías impenetrables en las que, de vez en cuando, admiten un advenedizo, sin antes estar seguros de que tiene muerto en su interior el orgullo y la dignidad. Apoyan con su pluma  al mandatario de turno, siempre y cuando pertenezca a las élites eternas, poseedoras de la verdad y la justicia. Estos “hijitos de papá” se dan el lujo de sacudir la mata de su árbol genealógico para que las frutas demasiado maduras permitan la renovación de la planta. En ellos se empoza el pensamiento colonial tradicional que ahora es neocolonialismo por exigencia de los tiempos. Suelen desayunar en Quito, pero almuerzan en Miami y, para celebrar su infinita suerte, se dan una “vueltita de maracatoche” por Las Vegas, USA, Estados Unidos de Norteamérica.

            Este grupo es la cantera de dónde salen las “plumas doradas”. Son como la vanguardia de las élites del pensamiento nacional. Están repartidos en los medios masivos de comunicación escritos, en la radio y la televisión nacional. Antes de cultivar su mente se ocupan de la estética de su figura. Lucen prendas de marcas exclusivas, perfumes, autos y viven en mansiones palaciegas, cercadas por empresas de seguridad privada que tienen la misión de cuidar su sueño. Son la materialización de los paradigmas del ego individual de los héroes del sistema. Su misión es ser referentes de las características que un escritor orgánico del sistema debe tener. Son miel para las moscas ingenuas que nunca faltan. Sus opiniones tienen ese tufo insoportable de las certezas, porque todo es como ellos lo dicen y no de otra forma. Buscan el aplauso, nunca la verdad.

            Son las “plumas doradas” que, al igual que los “ponchos dorados”, están jodiendo este país.

            Los escritores de izquierda, son harina de otro costal. Ñucanchic Socialismo ya se ocupará de ellos. Saludos mis amigos. Hasta la próxima.

Mindo: 26-09-2018

 

 

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EN LA CARCEL

            Alejandro Jodorowsky es un pensador y director de cine que se ha ganado un espacio en las redes sociales. Suele ser directo y me gusta porque es capaz de captar los principales nervios de nuestra cotidiana vida. Los medios masivos de comunicación son los vehículos por medio de los cuales se envenena la mente de las multitudes, es una de sus frecuentes reflexiones. ¿Por qué acude a ellos? Suelen preguntarle. Y él responde: si no lo hago, nadie puede saber la verdad.

            Lo insólito de nuestro tiempo es que la gente honesta cada vez más se tiene que atrincherar en sus espacios particulares para sobrevivir. Una humilde vendedora de abarrotes tiene que poner una reja en la puerta de su negocio, un farmacéutico, un restaurante, una clínica, una escuela, las casas de vivienda están cada vez más amuralladas. Los honestos detrás de las rejas, los delincuentes libres por cualquier parte.

            Los recursos que el Estado invierte en los temas de seguridad son impresionantes y demenciales. Estamos construyendo una fortaleza medieval capaz de rechazar el asedio de las huestes delincuenciales. Se reportan crímenes, ya no sólo contra la propiedad privada, sino contra la vida humana y la naturaleza.  Hay banda dedicadas a destripar a los niños para satisfacer la demanda del mercado de órganos; las corporaciones capitalistas matan sin compasión la naturaleza y un pobre viejo de 80 años es asaltado violentamente por un delincuente para robarle cinco dólares.

            La humanidad ha sido llevada a un estado mental alucinante en la que una lentejuela puede valer más que una vida, en la que se rinde culto a la apariencia y se descuidan los contenidos, en la que matar es tan natural como sacarse un incómodo moco de la nariz. Esta civilización de la superficie nos está llevando al profundo abismo de la nada.

            ¿Se necesita una revolución? Sí, claro, se necesita una, una revolución que le quite el pretexto al ser humano de robar y matar y eso sólo se logrará cuando seamos capaces de producir lo suficiente para satisfacer las necesidades básicas del ser humano. Mientras eso no suceda, el mundo será una ratonera en la que primará la ley de la selva.

            Con la psicomagia que propone Jodorowsky no creo que vayamos más allá del lucimiento personal. Las soluciones reales van por otro camino.

            ¿Qué opinas, amigo lector?

Quito, 19-09-2018

 

 

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JUANA LA RANA

            Alias Lenin dijo que va a gobernar con la juventud y todos sus puestos claves están copados por momias recicladas que representan la sabiduría de las clases dominantes en el Ecuador. Aquiles Rigail, J.C. Trujillo, Marcelo Merlo, Juana Vallejo y tantos otros. Todos tienen ese perfume que se escapa de los sarcófagos reabiertos.

            Una de estas momias llegó al despacho de la alcaldesa de Durán con el pretexto de averiguar cual era la razón por la que la población del cantón no contaba con el servicio de agua potable. Llegó al despacho y, antes mismo de encontrase con la funcionaria municipal, se dio de bruces con un poster de Rafael Correa. Algo se le revolvió en el estómago y un ardor insoportable de fuego le comenzó a quemar el corazón. Sentada en el butacón del despacho se le oyó decir: “no puedo estar sentada detrás de este animal”.

            A la oligarquía le importa un bledo que Rafael Correa sea corrupto, en fin de cuentas, ella está clara que el poder político ha sido desde la fundación de la república su lucrativo negocio, lo que no puede aceptar es que un líder político le dispute, a nombre del pueblo, ese negocio. No quieren ceder una pizca el derecho que, a nombre de la democracia, tienen de lucrar del Estado. De ahí el simbolismo que tiene la reacción de la alcaldesa de Durán: “usted no me viene a poner el dedo” –le dijo-. “Que le pasa”.

            Eso nos hace falta, perderle el miedo a la autoridad de la oligarquía, a esa defasta idea de que ellos son los “decentes” y están destinados a gobernar a esta manada de ignorantes a la que llaman pueblo. Esto es lo que yo llamo cultura política, elemental cultura política que puede ser el principio de la definitiva liberación del pueblo.

            Con “borregos concientes” como la alcaldesa de Durán, puede haber todavía esperanza. Con dirigentes como Viviana Bonilla, Michelena, Roldán y toda la plana mayor de alias Lenin, lo único que se logra es mantener el dominio oligárquico.

            Haber avanzado en la toma de conciencia política, es para mí, el logro mayor de Rafael Correa. Que estuvo acompañado de pillos de siete leguas, es harina de otro costal.

Quito 11-09-2018

 

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