QUÉ DIFÍCIL ES…

            A finales del siglo XX la derecha mundial desató una ofensiva para convencer al mundo de que la Historia había llegado a su fin. Proclamaron la era de la unipolaridad y de la marcha unida de todas las naciones amantes de la “libertad y el progreso”. Pusieron de ejemplo dos hechos icónicos como fueron la caída del muro de Berlín y el derrumbe del socialismo real de la Unión Soviética. El mundo unipolar significaba la hegemonía indiscutible de los Estados Unidos seguido del resto de potencias capitalistas. De un plumazo los gurús del sistema eliminaban las contradicciones.

            Desde entonces el tiempo histórico ha seguido su marcha. La hegemonía norteamericana en el mundo se ha traducido en agresiones bestiales a pueblos como el de Irak, Siria, Libia, Yemen, Palestina en el viejo continente y amenazas apocalípticas como la que se hace al pueblo venezolano en el nuevo. Una hegemonía sangrienta que no admite reparos ya que al que no está de acuerdo se le declara enemigo de la democracia y la libertad. El mundo unipolar es un mundo monocolor y hay que aceptarlo, obligatoriamente, incluidos muros infamantes como el de Trump en la frontera sur de su país o el apoyo abierto o enmascarado a las fuerzas terroristas de ISIS o al sionismo judío.

            Pero pese al postizo optimismo de los heraldos del capitalismo corporativo mundial es imposible ocultar las contradicciones dramáticas del sistema a cuya cabeza se encuentra la desigualdad económica de las naciones. Potencias inmensamente ricas como los Estados Unidos y naciones extremadamente pobres como Haiti en América Latina o Ruanda en África que registran per capitas que no sobrepasan los cien dólares mensuales o la gran concentración de la riqueza social en pocas manos que convierte a un mínimo dos por ciento de la población mundial en dueños de fortunas equivalentes al ingreso total de más de tres mil millones de pobres en el planeta. Vivimos en un mundo sin equilibrio, en el cual unos disponen de todoy otros mueren de hambre y necesidades. Datos no actualizados de la ONU señalan que cerca de mil millones de habitantes de nuestro planeta están amenazados de muerte por hambre. El éxodo de seres humanos que van del sur al norte en todo el globo no es causa de la pobreza, sino efecto, su más cruel manifestación.

            Las naciones poderosas se empeñan en ignorar esta situación de fondo y creen que con “ayuda humanitaria” se puede resolver tan grave situación. Ese humanitarismo interesado no es sino un pretexto para mantener los hábitos descontrolados de consumo a los que se ha acostumbrado el llamado primer mundo y con lo cual, mientras se perfuma esa sociedad, se destruye de manera irreversible la naturaleza que nos da de vivir, empujándonos a todos a la destrucción. La imagen de que vamos en el mismo barco es justa si consideramos a la tierra como ese barco, pero no sirve si suponemos que todos sus ocupantes están dotados del mismo nivel de conciencia para conducir el barco por la ruta correcta. Dentro de esa nave chocan, de manera inevitable, los intereses opuestos e irreconciliables de sus marineros.

            Choca el millonario con el indigente, el poderoso con el débil, el propietario con el desposeído, el que tiene poder con el que no, el que está arriba con el que está abajo. Eso es lógico. La Tierra no es el paraíso y en ella la lucha de los intereses contrapuestos ha sido la característica principal desde la disolución de la Comunidad Primitiva, razón por la cual, proclamar el “fin de la Historia” o de las contradicciones sociales  como han hecho los poderosos del mundo, no es sino argumentar a favor del orden establecido dentro de la nave y negar toda posibilidad de corregir su rumbo.

            Qué difícil resulta, entonces, conciliar los contrapuestos intereses de todos los navegantes. La teoría de que todos somos hermanos y pertenecemos a una misma humanidad y que, por el bien de todos, debemos deponer nuestros intereses de grupo e individuales para ubicarnos más allá del bien y del mal, suena bonito, pero es imposible. La historia sólo se plantea metas posibles y un cambio repentino de los niveles de conciencia de las masas está más allá de la realidad. No hay método que pueda ampliar la conciencia de la humanidad irredenta en poco tiempo, ni las hierbas de poder, ni las buenas intenciones, ni la tecnología, ni nada puede producir una mutación instantánea  capaz de cambiar el rumbo de la nave. Estamos abocados a la lucha. La lucha es el único camino.

            ¿Qué lucha? La del débil contra el fuerte, la del pobre contra el potentado, la del humilde contra el prepotente, la del acorralado contra el acorralador. Esta misma concepción tiene el poderoso, pero su ventaja está que su violencia la disfraza con el discurso del orden. Miles de años han preparado un ejército de esclavos que creen hacer bien en defender el orden de sus amos. La conducción de la nave, que ahora está en manos de los poderosos, cuenta, también, con ejércitos de esclavos alienados, convencidos de que besar la mano de sus opresores es la única manera de estar seguros. Los amos condenan la violencia liberadora de los esclavos, pero auspician y promueven la violencia que los reprime.

            En conclusión, vivimos en guerra y es muy difícil que llegue a su fin mientras se mantengan tan grandes contradicciones. Trump representa el pensamiento colonizador de todos los tiempos, Putin la posición contestataria, sin que sepamos, a ciencia cierta, si un triunfo eventual de sus argumentos signifique simplemente un cambio de hegemonía y no un asalto al timón de la nave para enrumbarla por un nuevo camino. Lo que está claro para el pensamiento ancestral andino es que hay que conspirar para organizar un motín a bordo, sin miedo a la violencia revolucionaria. No hay otro camino. Todo aquello que contribuya al triunfo de la subordinación hay que apoyarlo. La ciencia política concibe la historia como un proceso que va de menos a más. El secreto está en ser capaces de ver el futuro, en ubicarnos tres palmos por arriba del común de la gente y con esa visión del horizonte marchar sin titubeos. Estar preparados para que cuando el motín esté en su punto, seamos capaces de asaltar el timón del barco e imponer el rumbo que le conviene a toda la humanidad, malos incluidos.

14-04-2019

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DIANA SALAZAR FISCAL

¿Es bueno o malo que se haya elegido a Diana Salazar como Fiscal? A mi entender esa no es la pregunta correcta. La pregunta correcta sería: ¿es Diana Salazar la persona adecuada para ser fiscal?


La primera pregunta tiene visos discriminatorios. Todo ciudadano blanco, negro o mestizo tiene derecho a optar por un cargo público, pero no todo ciudadano puede ser elegido porque, para desempeñar ese cargo se tiene que estar capacitado.

La formación de un fiscal tiene que ver con la ciencia jurídica. Derecho Constitucional, Penal, Civil tienen que ser parte de la sólida formación de un fiscal. No dominarlos constituye un grave peligro para la sociedad en general y para el ciudadano, en particular. Un fiscal vela por los intereses del Estado, pero los delitos que contra él se cometen, los cometen individuos de carne y hueso. Los Derechos Humanos son, entonces, otro campo que un fiscal debe dominar.

Toda la ciencia jurídica, incluida la filosofía del derecho, la sociología de las leyes, su historia, que equivalen a la formación profesional del fiscal, se deben afincar en la contextura ética adquirida durante toda su vida, desde la cuna hasta su vida adulta.

Si no hay equilibrio entre su formación profesional (sus conocimientos) y su formación ética (su moral), no es posible confiar en sus juicios, ni en sus sentencias y, ni siquiera, en su palabra.

Eso es lo que pasa con Diana Salazar, no hay equilibrio entre su formación profesional y su formación ética. Haber obtenido 10 puntos sobre 20 en una prueba de conocimientos lo demuestra de manera irrefutable.

¿Qué va a pasar con Diana Salazar en la fiscalía? Verá el mundo a través de los que saben más y estos le harán cometer el imperdonable error de perseguir a Correa para tapar la corrupción del cuántico. Cuando las cosas se pongan malas Diana Salazar tendrá que obedecer las órdenes de la CIA, porque no fueron sus conocimientos los que le dieron el cargo, sino la voluntad de la rubia embajada.

Esa es la triste realidad.

03-04-2019

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LA HISTORIA COMO ARMA


¿DONDE ESTAN NUESTRAS RAICES?



JORGE OVIEDO RUEDA

            Se pierden en el tiempo los orígenes de la humanidad. Tenemos noticias del ser humano sólo a partir de la invención de la escritura. Antes vivíamos en cuevas, éramos nómadas, cazadores y recolectores. La invención de la agricultura nos dio la posibilidad de producir más de lo que necesitábamos, hecho que hizo posible la diferenciación de clases, el surgimiento de la propiedad privada y, concomitantemente, del Estado. Cuando esos elementos estuvieron presentes en la vida cotidiana de las comunidades humanas, dimos un salto a las sociedades clasistas, siendo el esclavismo la primera que surge como consecuencia de formas variadas, ricas y diferentes de evolución.

            La antigüedad del hombre en América puede suponerse que es de unos quince mil años. Desde el poblamiento del continente hasta la llegada de los españoles a América se desarrollaron en este territorio cientos de pueblos aborígenes que iban desde el paleolítico hasta imperios organizados sin que, en ningún caso, hayan trascendido el estadio de la comunidad primitiva. Los pueblos pre colombinos en América no llegaron a conocer la propiedad privada de la tierra como base de su sistema productivo, ni la esclavitud individual, así como tampoco conocieron la rueda y ningún animal de tiro, pero en la cúspide de su evolución social están imperios colectivistas como el Azteca en el norte y el Inca en el sur.

            ¿Cómo lo lograron? ¿Por medio del despotismo o del convencimiento? Tema para la investigación y el análisis, lo que no impide aceptar, apriorísticamente, que eran sociedades que aprendieron a vivir en armonía con la naturaleza porque llegaron a la comprensión ontológica de que lo que el ser le hace a su entorno se lo está haciendo a sí mismo. Esa forma de vida, erigida sobre una forma específica de producción, es la raíz ancestral de nuestro socialismo. Hoy, como nunca antes, estamos en condiciones de fusionar las enseñanzas del Sumak Kawsay ancestral con las ricas experiencias dejadas por los procesos fallidos de construcción del socialismo desde el triunfo de la Revolución de Octubre hasta el llamado socialismo del siglo XXI. Mal hacen los neo revolucionarios al condenar esas experiencias, sin comprender que la dialéctica política no es otra cosa que un proceso continuo de acumulación de aciertos y de desplazamiento de errores. La incomprensión de este aspecto hace que la llamada izquierda latinoamericana y, ahora, una trasnochada posición “pachamamista” caigan, constantemente, en la trampa de darle la razón a la derecha política. La asunción franca de los errores cometidos nos da el derecho a seguir por la senda revolucionaria. Condenar al socialismo por los errores cometidos, no es sino la forma atrabiliaria de coincidir con el enemigo.

            Esa forma de vida es la raíz histórica de nuestro socialismo, del socialismo americano que propone Ñucanchic Socialismo. Nada tiene que ver con el socialismo trasnochado del APRA peruano ni tampoco con ese romanticismo utópico de José Vasconcelos, el mexicano. Tiene que ver con la forma de vida de los pueblos precolombinos que, durante quinientos años la visión eurocéntrica predominante en todos los campos de la política y la cultura, no sólo que la ocultaron, sino que la despreciaron.

            En la base de esta forma de vida está el principio fundamental del colectivismo productivo que, a su vez, se sustenta en la colectivización de la propiedad de los medios de producción. Hay una coincidencia atemporal entre la forma de propiedad de nuestros pueblos originarios y el planteamiento teórico del socialismo científico en cuanto a la propiedad se refiere. Esa coincidencia hay que concretarla en la práctica productiva actual considerando el adelanto científico y tecnológico alcanzado en las sociedades occidentales en estos últimos quinientos años. Esta forma de pensar resuelve con éxito la crisis de las izquierdas latinoamericanas y se constituye en el aporte teórico que  hacemos los revolucionarios andinos al pensamiento de la izquierda mundial.

            Las fórmulas aplicadas en los procesos de construcción del socialismo durante el siglo XX y lo que va del XXI pueden decirse que no dieron resultados permanentes positivos. Al cabo del tiempo esas experiencias cedieron a favor de la  de un capitalismo medio, no concentrado, equivalente al capitalismo de libre concurrencia de los primeros tiempos del sistema, lo que demuestra que todavía no están creadas las condiciones históricas para la abolición total de la propiedad y el advenimiento de una sociedad de abundancia. Esta es la sociedad del equilibrio que Ñucanchic Socialismo plantea, ese equilibrio dinámico que permite la distribución equitativa de la riqueza social e impide, de manera efectiva, la acumulación de la riqueza en pocas manos. Es lo que ahora los chinos, vietnamitas e inclusive cubanos llaman el “socialismo de mercado” que no es otra cosa que adaptarse a las necesidades de la Historia y no forzar la Historia como hasta ahora han hecho las experiencias reales del socialismo.

            Los principios de correspondencia, reciprocidad, complementariedad y ciclicidad son aspectos que deduce el pensamiento teórico moderno al estudiar el Sumak Kawsay ancestral y son los que sirven para oponerse a los de individualismo, lucro, democracia, autoritarismo y totalitarismo que prevalecen en las sociedades actuales. Ese equilibrio dinámico que ahora se impone como necesario no es, según la nueva gnoseología en ciernes, un equilibrio eterno e inamovible, sino que se da en un ciclo de duración temporal (500 años o un Pachacutik) a cuyo final la sociedad dará un salto dialéctico hacia arriba y que, en su repetición eterna, va conformando la espiral perfecta de la Historia.

            Estas son las raíces históricas en las que Ñucanchic Socialismo sostiene sus planteamientos teóricos para lograr un cambio profundo y duradero de la sociedad actual. Las deducciones lúcidas que podamos hacer al estudiar la forma de vida de los pueblos pre colombinos, sumadas a lo más relevante de la teoría revolucionaria de occidente, es lo que nos servirá para construir la nueva sociedad socialista, sin repetir los gruesos errores cometidos por el socialismo real en el siglo XX y XXI, un nuevo tipo de sociedad, la sociedad del socialismo americano.

25-03-2019

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OTRA VEZ LAS MANOS


            Hace algunos años la crónica roja de los medios contó que un hombre se había acercado al domicilio de su ex mujer y, con engaños, se hizo invitar a pasar. Cuando estuvo adentro, delante de sus pequeñas hijas, en un acto violento, le cercenó las dos manos. Al huir se le oyó decir: “esto es para que jamás vuelvas a tocar la verga de otro hombre”. Hoy, hace pocos días la prensa informa de un hecho similar en otro lugar del país. Otra vez le cercenaron las manos a una mujer para que no vuelva a tocar el miembro viril de ningún hombre.

            ¿Se da cuenta la sociedad de lo que estos crímenes significan? ¿Entendemos cuánto hay detrás de estas bárbaras mutilaciones? No me refiero a los (las) iniciadas en el tema: feministas, ecologistas, izquierdistas de toda laya, sino a los medios masivos de comunicación, organismos del Estado y la gente común que, en el mejor de los casos, sólo ve un noticiero de televisión y lee pasquines sangrientos como el Extra y otras basuras. Tomar estos sucesos criminales como normales, no es sino aplaudir la esencia culpable del machismo.

            El machismo es el hijo predilecto del patriarcalismo, su obra de arte perfecta. Es un hijo criminal procreado entre el patriarcalismo y la mujer servil, a la que durante siglos el patriarcalismo se encargó de domesticar.  Ambos le cuidan, le miman y le permiten cualquier exceso. El caldo de cultivo en el que gorgotean estos engendros tiene que ver con el fundamento de la sociedad del capital que no es otro que la propiedad privada de los medios de producción. El sentido traslaticio de la noción de la gran propiedad a la propiedad personal es lo que explica ese derecho que el hombre exhibe sobre la mujer.

            Por eso los machos cantan con tanto fervor, después de unas copas, ese valse peruano que dice: “para que todos sepan a quien tú perteneces, con sangre de mis venas te marcaré la frente, para que todos sepan, aun con la mirada, que tú eres  mi propiedad privada”. Ese sacrosanto derecho lleva al hombre del capitalismo a tratar a la mujer como si fuera su cepillo de dientes, su pantalón, su calzoncillo o cualquier cosa. La mujer como una cosa, ese es el estado natural de las relaciones inter sexo en el capitalismo.

            Las feministas son una vanguardia que saben perfectamente cuál es la raíz del machismo. El feminismo histórico, que tiene raíces en pensadoras como Rosa Luxemburgo, Nadezhda Kruspkaya, Alexandra Kolontai y tantas otras ha cumplido un extraordinario papel de concientización, no sólo de la mujer, sino de toda la sociedad y su lucha no terminará ni siquiera después del derrocamiento del capitalismo, porque el machismo y el patriarcalismo están fundidos en el alma del hombre contemporáneo. Otros feminismos aportan en esta lucha y son más fuertes mientras más claro tienen que la lucha es contra el sistema y no contra el sexo opuesto. En todos ellos hay un germen revolucionario, inclusive en aquellos que descubren su sexo frente a la represión policial o aquellos que defecan en media calle como protesta contra el estatus. Encausar esta lucha es la tarea de un partido de izquierda revolucionara.

            Pero aunque la lucha del feminismo está garantizada y su área de influencia se ampliará cada día más lo preocupante es la velocidad a la que va. El feminismo tarda en llegar a los estratos más humildes de las sociedades tercer mundistas, a aquellos en los cuales el patriarcalismo no es objeto de duda ni tampoco está sujeto a discusión, en los que ese es el orden natural de la vida. Es en este sector donde se dan casos como el de la mutilación de las manos de la mujer o el femicidio puro, en el que las víctimas son las mujeres, sólo por el hecho de serlo.

            ¿Qué impide que el mensaje de la liberación femenina llegue a estos estratos? Todo el sistema: la educación, los medios masivos de comunicación, la cultura, la música, la religión y, sobre todo, la noción de familia que existe, núcleo social en el cual se reproduce el machismo y el patriarcalismo.

            Que el hombre trate como una cosa a la mujer, que la mujer se considere propiedad de un hombre, que los hijos estén subordinados a sus padres por razones económicas, es lo que está mal en nuestra sociedad. Las feministas de toda laya cumplen el extraordinario papel de difusoras de otra forma de vida, pero se equivocan si piensan que las cosas puedan cambiar dentro del mismo sistema. Nadie es capaz de producir una mutación dentro de la redoma del capitalismo, la única solución es la derrota del sistema actual y la construcción sistemática, profunda y transformadora del mismo. Largos años tendrían que pasar -siglos quizás-, para que en un sistema diferente podamos enterrar al último representante de los mutiladores de manos, aquellos que ven en la mujer a su propiedad privada y que se sienten con derecho de tratarla como a una cosa.

18-03-2019

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ULTIMA IRA


Señor licenciado Lenin Moreno:

            Con todo respeto permítame no llamarle Presidente Constitucional de la República del Ecuador. ¿La razón?, porque usted no ha sabido hacerle honor al cargo que el pueblo ecuatoriano le dio a través de las urnas. No exagero. Hagamos una breve reseña.

            Lo primero, usted llegó a la presidencia con los votos que le dio la Revolución Ciudadana. El apoyo electoral a este proyecto era el apoyo a tres propuestas fundamentales:

            1) entierro definitivo de la partidocracia,

            2) superación de la crisis múltiple en que estábamos inmersos y

            3) soberanía nacional.

            Pero en cuanto llegó al poder, usted se declaró enemigo de esas propuestas. Eso, aquí y en cualquier parte del mundo, se llama traición. Usted no es presidente legítimo del Ecuador porque ha engañado a sus electores. Ahora usted gobierna con la partidocracia corrupta, en lugar de superar la crisis múltiple la ha ahondado y se ha entregado, sin vergüenza ni pudor, al gobierno norteamericano.

           ¿Cuál su justificación? Que cuando llegó a Carondelet descubrió cuan corrupto fue el correato incluido su líder y sus principales dirigentes. Para dar ejemplo de su lucha contra la corrupción decapitó a su legítimo vicepresidente y conformó un Consejo de Participación Ciudadana Transitorio cuya misión es la de no dejar ídolo correista con cabeza y a cuyo frente puso a un anciano, eterno alcahuete de la derecha.

            El camino correcto era la denuncia de la corrupción y gobernar en función de los ideales de la Revolución Ciudadana que le llevaron al poder. Así usted pudo darle continuidad al proceso y granjearse el apoyo popular. La Historia le hubiera aplaudido y el pueblo ecuatoriano, conmigo en primera fila, lo hubiéramos hecho; pero ni el pueblo, ni yo, podemos aplaudir a un traicionero usurpador del poder sin méritos propios. Por eso no le puedo llamar señor Presidente.

            Segundo, en dos años usted superó el endeudamiento externo que Correa adquirió en sus diez años de gobierno. Para justificar semejante barbaridad nombró a los representantes de las cámaras en los puestos claves de la economía, con lo cual entregó la nación a la oligarquía. Para hacerlo usted ha tenido que convertirse en un colosal mentiroso que miente por cada diente para justificar tamaño desatino histórico. Mentirle al país diciendo que la adquisición de una deuda superior a los diez mil millones de dólares es para el bien de nuestros niños le convierte en un  farsante, sólo comparable con los magos de feria para los cuales la fuente de la eterna juventud está a la vuelta de la esquina. Por mentiroso no puedo distinguirle con el trato de presidente de la república.

            Además, se llenó la boca con el cuento de hacer en el país una cirugía mayor a la corrupción. Nuestro pueblo suele decir que, para mentir y comer pescado, hay que tener mucho cuidado. Usted ha designado sabuesos para rastrear el camino de la corrupción de su antecesor y sus lugartenientes y más allá del odio que demuestran no han encontrado hasta ahora un solo real escondido, ni en sus billeteras ni en los paraísos fiscales. Mientras que a usted y su familia le han explotado en la cara las evidencias de su corrupción. No puedo llamarle presidente a quién siendo ladrón, “rueda” gritando que cojan al ladrón.

            Por último, después de diez años de altivez y soberanía, sostenida por un presidente que para mí debió ser más radical, usted se ha sumado al coro de los áulicos del gobierno “civilizador” de los Estados Unidos. ¿Cómo le puedo llamar presidente si, pasándose la voluntad popular por bendita sea la parte, se atreve a invitar a un demente usurpador que se dice presidente de Venezuela sin haber recibido ni un solo voto de los venezolanos? ¿Qué consecuencia tiene usted con los intereses del pueblo latinoamericano si las reglas de su democracia sólo juegan cuando favorecen los apetitos de las naciones poderosas? Usted ha llevado la dignidad del pueblo ecuatoriano al nivel de los reptiles, usted no representa el orgullo, dignidad y soberanía del pueblo ecuatoriano, es, en todos los sentidos, un usurpador, tanto o peor que el auto proclamado Guidó.

            ¿Cómo cree, señor licenciado, que yo le pueda llamar Presidente de los ecuatorianos?

            Por estas razones me atrevo a tomar prestado el título de un post visto en las redes sociales que no dice ¡ULTIMA HORA!  Si no ¡ULTIMA IRA!

Atentamente:

Jorge Oviedo Rueda

06-03.2019

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¿HAY UNA HISTORIA MARXISTA?

            Bueno es culantro… pero no tanto -decía mi abuela sabia-, queriendo significar con ello que se podía exagerar, pero no llevar la exageración a un grado superlativo, porque entonces se puede deformar la realidad.

            Eso me parece que es lo que pasa con una corriente de pensamiento “pachamamista” que últimamente ha aparecido a nivel latinoamericano y que, no podía ser de otra manera, tiene algunos representantes en el Ecuador. Por ejemplo, acabo de leer una reflexión sobre el marxismo titulado El fin de la Historia marxista cuya firma le corresponde a Atawallpa Oviedo Freire y ha sido publicada en un portal que tiene por título Réplica y que, a pesar de ser una tribuna digital abierta para la polémica, no recoge más artículos que no sean los de Atawalpa Oviedo Freire. Hace algún tiempo, en otro espacio, también comenté un ensayo de Alfredo Pérez Bermúdez que parece ubicarse en la misma línea de reflexión de Oviedo Freire y que, por cierto, no ha merecido la suerte de una respuesta.

             Oviedo Freire sostiene que “después del fracaso de la izquierda en los siglos XX y XXI muchos en el mundo  ya no nos sentimos representados en las izquierdas”  de donde se supone que el  “fracaso” del llamado “socialismo real” se convierte en un medidor de la validez de una teoría, lo que aparentemente es así, pero no exactamente.

            Comencemos por decir que en el caso ruso, por ejemplo, la revolución socialista catapultó a la entonces URSS a los primeros lugares del desarrollo económico-social mundial. Considerando que tuvo que neutralizar la agresión de las potencias europeas después del triunfo y, años después,  rechazar la invasión hitleriana, eso me parece una proeza. Igual China en el Asia y, en América Latina, Cuba. Los errores internos de esas naciones en el proceso de construcción del socialismo no pueden ser atribuidos a fallas inmanentes de la doctrina socialista, sino a limitaciones humanas en la interpretación y aplicación de la misma.

            No es el caso de la doctrina liberal. En ella hay una contradicción de fondo que impide, sistemáticamente, la repartición equitativa de la riqueza social, generando ayer, hoy, mañana y siempre, concentración de la riqueza en un extremo y de la miseria, en otro. Ninguna nación capitalista, ni tan siquiera Estados Unidos -la nación más poderosa del planeta-, ha podido hacerlo, por el contrario, hoy es más patente y dramático el hecho de que ínfimas minorías son dueñas de la mayor parte de la riqueza global. El fracaso del llamado “socialismo real” no es, nunca puede ser, un medidor de la validez de la teoría socialista, así como el brillo deslumbrante del capitalismo desarrollado jamás podrá ser el medidor del éxito de la doctrina liberal-capitalista.

            Como la izquierda fracasó, dice Atawallpa Oviedo Freire (AOF) ya no es posible identificarnos con ella porque es un hecho comprobado que, estando en el poder, se vuelve conservadora. No aporta con elementos históricos que demuestren esa tesis pero, acercándonos a la temática, debemos concluir que no puede ser de otra manera. La izquierda en el poder se vuelve conservadora, cierto, pero, si es una izquierda auténtica, no para conservar la vieja vida, sino para consolidar el cambio revolucionario. Es un poder dinámico cuya misión es sentar los cimientos de una nueva vida. Que eso no se haya hecho en los ejemplos históricos que tenemos a nuestro alcance, no invalida la teoría revolucionaria sustentada en el marxismo ni hace desaparecer la noción de izquierda que ha servido siempre para diferenciarnos de la derecha. Sostener que ahora no hay ni derecha, ni izquierda, es santificar el orden social existente, que si no se ha enterado AOF, es de derecha.

            Otra cosa es que los partidos de izquierda hayan traicionado al pueblo, pero eso no invalida la teoría marxista de la revolución, sólo es una prueba de que muchos de los “líderes” que dirigen los procesos de izquierda no son capaces de sostenerlos hasta las últimas consecuencias, que equivale a decir hasta reemplazar la vieja vida heredada de nuestros antepasados por la nueva vida que impone el cambio. ¿Qué tiene que ver esto con la validez o no de la teoría revolucionaria marxista? Es como querer demostrarnos que una roca de oro cubierta de musgo no tiene valor alguno.

            AOF no llega a plantear una crítica seria al marxismo, lo cual hace que termine coincidiendo con la extrema derecha porque, en fin de cuentas, repite sus argumentos. La crítica seria tiene que ver con la falencia que el marxismo tiene de no haber incorporado, por razones obvias, los principales principios del Sumak Kawsay Andino en su teoría, sin lo cual se muestra como un constructo teórico incompleto. Pensar en teorizar este aspecto es la tarea intelectual más honesta que los revolucionarios actuales tenemos sin el peligro de coincidir con la derecha y contribuir a mantener el orden establecido. El “pachamamismo” en boga no comprende que el edificio teórico del marxismo no está acabado, que está en construcción y que pretender construir cimientos gnoseológicos puros basados en la vida ancestral de nuestros pueblos precolombinos, no sólo que es un desatino histórico sino una muestra de vanidad intelectual. Hay una diferencia abismal entre saber aprovechar lo bueno de una teoría crítica del capitalismo como es el marxismo para enriquecerla y desarrollarla que querer construir una epísteme nueva que nunca podrá nacer en estado puro, porque a estas alturas del desarrollo del conocimiento, eso se perfila como un imposible.

            Curiosamente toda la crítica que AOF hace al sistema de partidos del régimen capitalista, al régimen electoral, a la democracia burguesa misma es correcta porque está cimentada en las ideas marxistas, con lo cual, tal vez sin darse cuenta, valida la teoría de la izquierda a la que critica, opinión que la hago extensiva a muchos otros textos que conozco del autor. Decir que la izquierda también es machista, patriarcalista, eurocentrista, no animalista, no feminista, homofóbica y muchas otras cosas, no puede servir para descalificarla, sino para llamarla al orden y pedirle que rectifique su conducta. Aprender de los errores es aprender a rectificar, mantenerse en ellos es consolidar las tesis del enemigo.

            Pero el autor no hace eso. Su crítica a los partidos políticos de izquierda puede ser correcta, pero no es correcta su crítica a la izquierda, porque la izquierda no es un partido, es una teoría, una concepción ideológica de la vida y sus problemas. Kant, al referirse a la Revolución Francesa decía que era un acontecimiento de tal magnitud que ya es para el ser humano imposible de olvidar, que está tan entretejido en el acontecer humano que es imposible ignorarlo. La interpretación marxista de la historia, que no es la historia marxista como dice AOF, señala que acontecimientos como la Revolución Francesa son los jalones históricos que hacen avanzar a la sociedad humana. Igual sucede con la Revolución Rusa de 1917. A pesar de que no pueden haberse cumplido sus fines últimos, es un acontecimiento histórico que está tan entretejido en la vida moderna que es imposible ignorarla, o lo que es peor, malinterpretarla. La izquierda existe y existirá mientras no desaparezca la sociedad de clases, y no, como hace AOF, sólo porque él cierra los ojos.

            Pero AOF va más allá. Dice: “Se hace necesario crear una teoría social que profundice las teorías que venían solo desde la izquierda, canonizadas como las únicas científicas y revolucionarias, y convertidas en la nueva religión de los marxistas.” Deja claro que se trata de una nueva teoría ya que el marxismo es sólo “una herramienta entre otras” porque no “es el medio ni el fin del pensa miento transformador” y señala que la teoría social no puede seguir estancada en el “fin de la historia marxista al estilo Fukuyama” “No han sido capaces de ir más allá” –dice- para hacer de inmediato una insólita defensa de Marx: “Han convertido a Marx (esa izquierda, se supone) en un Cristo y lo han crucificado. A Marx le daría vergüenza que le hayan empalado de esa manera, como lo hacen algunos violadores con algunas mujeres.”

            Primero, la teoría de izquierda es esencialmente marxista y el marxismo es, inmanentemente de izquierda. Hasta ahora, después de más de siglo y medio de haber sido publicado el Manifiesto Comunista, que yo sepa, nadie, en Occidente, ni en el Oriente, ni en ninguna parte del mundo, ha propuesto una teoría revolucionaria diferente del marxismo. Mao y Lenin  no se atrevieron a tanto como hace AOF de proponer una “nueva teoría”, humildemente se propusieron enriquecer el marxismo, completándolo y adaptándole a sus respectivas realidades. Dice AOF que el marxismo no es “el medio ni el fin del pensamiento transformador” con lo cual, de un solo tajo, castra la esencia revolucionaria del marxismo, atreviéndose, además, a sostener que la teoría social no puede seguir estancada en el marxismo (ridículamente comparada con el fin de la historia) porque, según él, nadie ha sido capaz de ir más allá. Se supone que si los marxólogos, marxistas o, según su terminología, los partidos de izquierda han “empalado” a Marx, están cometiendo una injusticia, porque, a pesar de su justeza, ha terminado violado “como hacen algunos violadores con algunas mujeres”

            ¿Es esta la crítica que hace AOF a la izquierda y a la teoría marxista de la revolución? Se necesita más para criticarla y el autor no demuestra tener lo suficiente. El marxismo no es un pujo conciencial de Marx, es un constructo teórico que, desde su surgimiento, ha dado golpes demoledores en la estructura ósea del régimen capitalista y no puede ser ninguneado por alguien que dice “olfatear” la necesidad de una nueva teoría social.

            Dice AOF que esa teoría nueva es el anti patriarcalismo que significa dar cabida a todas las “alteridades y otredades” porque es necesario para luchar contra el sistema. ¿Cuál sistema, señor AOF? Yo mismo respondo, señor, el capitalista, el sistema contra el cual Marx apuntó las armas de su teoría.

            Nosotros, los intelectuales que nos ubicamos en la izquierda marxista, no podemos renunciar al instrumento más poderoso que Marx nos legó, cual es, el método dialéctico de análisis social. La aplicación creativa de ese método nos enseña un camino simple para alcanzar nuestras metas revolucionarias, que no es otro que ser capaces de enriquecer la teoría revolucionaria, no inventar otra, porque esa es una tarea falsa e innecesaria. Enriquecer la teoría de la izquierda es imbricar (integrar, mejor) los principales parámetros del Sumak Kawsay ancestral a la teoría revolucionaria marxista de construcción de una nueva sociedad. Todo eso que usted ahora critica de la resistencia al sistema que termina fortaleciendo el sistema, no puede solucionarse si no es haciendo que se identifiquen con ese marxismo integrador, enriquecido con las ideas fuerzas del Sumak Kawsay ancestral andino, no sólo en lo super estructural, sino en la base económica de la teoría.

            La postura más radical de la izquierda marxista en América Latina está por estos lados de la reflexión, seria, profunda, responsable, usando la imaginación y los instrumentos revolucionarios que hemos heredado. Inventar el agua tibia no cabe en los actuales momentos. Esos inventores serán aplaudidos por la derecha cavernícola para inflar su ego y hacerles sentir importantes, trampa en la que caerán todos los vanidosos que seguirán sosteniendo la necesidad de una “nueva teoría social”

            Los revolucionarios seguiremos trabajando solos, acompañados de la razón histórica.

18-02-2019

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LA EDUCACIÓN DE LAS MASAS


            Cuando apenas cursaba el cuarto curso de colegio, un descarriado amigo puso en mis manos un libro de Aníbal Ponce, el marxista argentino que los rebeldes de mi generación preferíamos a José Ingenieros. Se llama Educación y Lucha de Clases. Ese y otros libros memorables marcaron mi destino. Ese libro fue siempre el cimiento de mi vocación de educador, la que me dio de vivir a mí y a mi familia y la que, de alguna manera, me da tranquilidad en estos años.

            Leí Emilio de Juan Jacobo Rousseau y mis inquietudes se multiplicaron. Luego me acerque a la pedagogía de Makarenko quién sostenía que un entorno social adecuado impediría el surgimiento de individuos dañados, principio que llevo a la práctica en su célebre Colonia Gorki cuando ya la revolución rusa estaba en marcha. Muchos pensamientos de Gabriela Mistral, maestra de corazón, estimularon mi inclinación a la docencia. Luego me acerqué a reformadores de la educación como Gurdief o Rodol Steiner que sugirieron pedagogías novedosas y probablemente efectivas. Pero fue Paulo Freire el que reafirmo mi visión sobre la educación.

            Es que su filosofía de que había que educar para la libertad me atrapó de inmediato y, más aún, cuando descubrí que decía que la educación liberadora había que ejercerla entre los oprimidos. Cuarenta años de docencia, en mi caso, han estado inspirados en este fundamental principio pedagógico.

            Una de las críticas frecuentes que hice al régimen correista fue el de la educación. Señalé que si se hablaba de revolución había que demostrar esa voluntad en la transformación radical de este sector. Consideré que la reforma educativa realizada por Alfaro, al cabo de un siglo, había tocado fondo. Había que revitalizar el proceso conservando el laicismo y modernizando los procesos educativos para ponerlos acordes con el desarrollo científico-técnico mundial, para lo cual había primero que definir cuál era el fin último de la educación.

            Sostuve que la cultura occidental estaba en crisis y que la gnoseología cartesiana tenía que comenzar a ser desplazada de nuestro sistema educativo para ser sustituida por una nueva que todavía no estaba construida pero cuyos elementos constitutivos ya estaban presentes en la historia. Un pensamiento sistémico estaba naciendo y era obligación de una verdadera revolución investigar, gastar recursos, intercambiar conocimientos a nivel mundial para sintetizar, en una nueva teoría pedagógica, las bases de una nueva educación.

            El correismo difundió la idea de que el Buen Vivir aristotélico era equivalente al Sumak Kawsay ancestral de nuestros pueblos andinos, queriendo de esta forma enterrar la riqueza de una noción de vida en construcción con otra, agotada y decadente que ha caracterizado a la sociedad de clases desde la ápoca de los griegos. Sostuve que el esfuerzo máximo de los intelectuales comprometidos con el cambio revolucionario era pensar, juntar las partes dispersas de ese nuevo pensamiento e ir creando, de forma paulatina, la nueva epistemología de la ciencia, incluida la pedagogía.

            Este nuevo enfoque de la episteme científica en el campo de la educación debía comenzar respondiendo la pregunta fundamental de toda concepción pedagógica que es: ¿para qué se educa? Correa respondió mandando a educarse a nuestros jóvenes en “las mejores universidades del mundo”, que son, como se sabe, centros de reproducción del pensamiento occidental. La respuesta del correismo fue optimizar el talento para conservar el sistema. Según esta concepción se trataba solamente de maquillar las dificultades.

            En ese marco se dieron las mejoras de la infraestructura educativa a nivel nacional, la construcción de las escuelas del milenio, la supresión de las universidades de garaje, la creación de cinco universidades nuevas, la destrucción de gremios docentes como el de la UNE, la aprobación de una nueva ley de educación superior, entre otras. Todo lo cual significaba un paso adelante con respecto a la calamitosa situación de la educación en la época anterior al correismo, sin que se haya llegado a plantear en ningún momento los fines transformadores de la educación.

            El régimen correista demostró su insensibilidad a este problema cuando cerró la Universidad Indígena con el peregrino argumento de que ahí no se respetaba la gnoseología occidental. Entonces sostuve que había que orientar la educación a un cambio profundo de la mentalidad del educando haciendo de la educación el medio más idóneo para desarraigar de las nuevas generaciones el egoísmo, el afán de lucro, la ambición desmedida y desarrollar en ellas la solidaridad, el compañerismo, la sensibilidad, el espíritu de colaboración y los valores comunitarios. El correismo ni siquiera tomó en cuenta estas propuestas y, prevalido del poder y de un falso orgullo de clase, barnizó el grave problema de la educación nacional sin atreverse a hundir el bisturí hasta el fondo.

            Pero el correismo hizo obra. No atendió el fondo, pero si la forma. Dejó ver sus límites al no comprender que el Ecuador es un multiverso y no un universo, que la educación tiene que respetar la rica variedad de nuestra realidad. La transformación del Ecuador depende de la comprensión cabal de este problema.

            Ahora resulta que el gobierno de Lenin Moreno declara, paladinamente -por medio de su actual ministro de educación-, que lo hecho por el correismo en el campo educativo está mal hecho y que debemos volver a las escuelas unidocentes porque su desaparición constituye un verdadero etnocidio y las escuelas del milenio son pura “novelería”.

            Escuelas sin pupitres, sin techo muchas veces, con un solo maestro para niños de seis a catorce años, sin cuadernos, sin lápices, sin desayuno, sin zapatos, sin nada de lo más elemental es a lo que este ministro llama “escuelitas dónde se reproducen los valores de la comunidad”. Nadie podrá aceptar que se folclorice la baja calidad de la educación  y se santifique la miseria de las comunidades aborígenes.

            Correa creo unidades educativas de primer orden y sostuvo que la educación pública debía llegar a ser mejor que la privada lo que no puede ser criticado salvo si se considera que la excelencia para él no era sino la formación de cuadros reproductores del sistema sin capacidad crítica, es decir, excelentes profesionales preparados para competir con éxito en un mercado laboral inclemente, en el que no existe espacios para otra clase de valores que no sean el afán de lucro y el egoísmo narcisista. Esa fue la propuesta del correismo en todos los niveles.

            Ahora Lenin Moreno le quita la careta a esa propuesta pro sistema y plantea dejar las cosas como estuvieron antes del correismo, es decir, manteniendo las escuelas unidocentes que también reproducen el sistema pero en el nivel más espantoso de atraso y de vergüenza social, porque no es cierto que un Estado que ha reducido el presupuesto nacional en educación podrá invertir en las escuelas unidocentes para transformarlas en unidades ejemplares.

            Bolsonaro en el Brasil acaba de poner los libros de Paulo Freire en el Índex. La educación de las masas en libertad, ahora es un delito social en el Brasil. Allá tienen la valentía de declararse enemigos de la educación de los oprimidos, los bolsonaros criollos en el Ecuador condenan a la ignorancia a las grandes mayorías a nombre de la libertad y el progreso. Los que nos resistimos a perder el norte de la educación seguiremos luchando por sacar de la ignorancia a las masas. Seguiremos planteando una revolución educativa en la que se cambien las bases gnoseológicas del conocimiento, incorporando a nuestros planes de formación la episteme  ancestral que por más de quinientos años ha sido excluida de la educación nacional. Una educación que, siendo única para todo el país, sepa respetar la esencia cognitiva de todas las nacionalidades originarias que existen en el Ecuador.

            Esa es la tarea.

7-02-2019

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