MARCELA AGUIÑAGA: UNA REINA NECESARIA PARA LA REVOLUCION 

La generación de los años sesenta, mi generación, creció con la idea de que la revolución transformadora de la chata realidad en que vivíamos, estaba a la vuelta de la esquina. Los rebeldes barbudos que bajaron de Sierra Maestra eran la encarnación del cambio, la representación de la rebeldía de los pueblos irredentos de nuestro continente. Antes de su sacrificio luminoso el Che Guevara había dicho un discurso en Naciones Unidas que representaba las aspiraciones de nuestros esquilmados pueblos y su muerte se convirtió en el norte que la juventud latinoamericana debía seguir. Todo esto en la década de los años sesenta mientras nos enloquecía la música de los Beatles y nos maravillábamos con la filosofía de los hippies y veíamos a Neil Ángstrom pisar la luna. Todo se movía a una velocidad vertiginosa y nadie que tenía conciencia política dudaba de que en poco tiempo estaríamos festejando el triunfo de los humildes. 

Cincuenta años más tarde las cosas siguen igual. Nadie ha vuelto a tener la fuerza histórica que tuvo Fidel Castro y sus comandantes para enfrentar al imperio norteamericano. Las fuerzas del orden han prevalecido y la utopía del cambio radical de las condiciones de vida de nuestros pueblos, sigue siendo una Utopía, algo así como un lugar que no existe, que nos sirve, como decía Galeano, para tomar fuerzas y seguir caminando. 

LA UTOPIA DESARMADA 

Con el ejemplo cubano, mi generación creyó en la lucha armada como método de la revolución transformadora. En un primer momento, inclusive, llegamos a creer que todo era cuestión de irnos al monte y bajar victoriosos, pero pronto comprendimos que una revolución es un hecho extremadamente complejo en el que entran en juego fuerzas poderosas. Nadie en América Latina pudo replicar el ejemplo cubano. En esta primera ola se fracasó en Argentina, Colombia, México, Venezuela, Centro América. Se fracasó también en Bolivia con el Che a la Cabeza. Al finalizar los sesenta la lucha armada ya no era una opción. 

El triunfo de la Unidad Popular en Chile replantea la discusión de las vías para la revolución. Allende encabeza un proceso democrático que lleva a la izquierda socialista al triunfo electoral. Chile se convertirá en un sangriento laboratorio político en el que el poder mundial experimenta todas las fórmulas de la contra revolución capitalista. Veinte años más tarde del triunfo de los rebeldes cubanos, la insurrección sandinista en Nicaragua triunfa por la vía de las armas, pero para entonces el poder yanqui ha acumulado una enorme experiencia y termina ahogando ese proceso. Al iniciarse los ochenta, la utopía armada de los pueblos latinoamericanos, se encuentra desarmada, como sostuvo un renegado mexicano del que ahora nadie se acuerda. 

El derrumbe de la ex Unión Soviética parecía enterrar, de forma definitiva, a la izquierda mundial, incluida la latinoamericana. Se quedó prácticamente sin voz, replegada en la conciencia de no haber estado a la altura de los retos históricos de transformación que exigía la sociedad humana. Pocas voces aceptaron el reto de buscar nuevos caminos y revitalizar el pensamiento de izquierda. El mundo unipolar parecía ser la tumba de todas las utopías zurdas. 

EL PROGRESISMO LATINOAMERICANO 

La Historia es la memoria de los pueblos. Gracias a ella no marchamos sobre el mismo terreno porque su conocimiento nos permite aprender de los errores. A finales del siglo XX la izquierda mundial, en general, y Latinoamericana en particular, tenían el ejemplo del socialismo real para aprender y superar los errores. Para los latinoamericanos estaba claro que la opción de la lucha armada para la toma del poder ya no era posible. El Foro de Sao Paulo se crea en 1990 como una iniciativa del Partido de los Trabajadores de Lula da Silva. La socialdemocracia se junta con los partidos de concepción más radical y revolucionarios, no para “desestabilizar la democracia” como dicen los uribistas, sino para buscar alternativas a la grave situación social y económica creada por el neoliberalismo mundial. El Foro no es una mezcla, sino una unión de posiciones moderadas, más radicales y revolucionarias. En sí mismo, una estrategia a largo plazo para superar el capitalismo. 

La reacción mundial tiene muy claro cuál es el objetivo estratégico final del Foro, por eso han desatado una guerra sin cuartel contra toda manifestación progresista que asome las orejas en el continente. Lo hicieron contra Bachelet en Chile, los Khisnerst en Argentina, Zelaya, Evo, Mujica, Correa, Lula. Saben que detrás del progresismo está la opción socialista, cuyos ejemplos más altos son Cuba, Venezuela y Nicaragua. La estrategia neo imperialista es combatir, sin tregua, esta alternativa, que sin ser radical ellos la saben un eslabón necesario en el cambio revolucionario. La muy debilitada izquierda auténtica y revolucionaria también lo sabe, pero se encuentra en desventaja colosal, no sólo en relación con las fuerzas reaccionarias, sino también en relación con las propias fuerzas progresistas. 

¿EXISTE UNA IZQUIERDA AUTÉNTICA Y REVOLUCIONARIA? 

Si, claro. Es una izquierda que nada tiene que ver con el “revolucionarismo” infantil de los años sesenta, ni con el guerrerismo de las FAR o del ELN colombianos; se parece más al EZLN pero no es lo mismo. Es una izquierda que, por el momento, se circunscribe básicamente al área andina de Bolivia, Ecuador y Perú por la sencilla razón de que en estos países se encuentra la base ancestral que le hace posible. 

En el Perú y en Bolivia la vía del socialismo americano se encuentra en marcha y en el Ecuador el neo imperialismo ha decidido experimentar una alternativa brutal de penetración en el seno de las mismas fuerzas sociales aliadas del cambio y la transformación. Ese es el caso de fuerzas políticas como la de Pachakutik y las izquierdas socialdemócratas enemigas del correismo.y de falsos líderes de izquierda como Yaku Pérez Guartambel. Es una izquierda que nada tiene que ver con ese “pachamamismo” trasnochado que consciente, o inconscientemente, plantea una especie de “talibanismo” andino que podría ser de funestas consecuencias para la vida de nuestros pueblos. Si el descarnado liquidacionismo de Sol Rojo, en el Perú, fue un error histórico que derramó sangre inocente, el racismo al revés de estos pachamamistas puede ser todavía más sangriento. A largo plazo, eso mismo es lo que quieren las fuerzas de la reacción mundial. Todo el aparataje ideológico del sistema se encarga de difundir la idea de que este sector es la “nueva izquierda”, cosa que está lejos de ser verdad. No es sino un Caballo de Troya para frustrar, a largo plazo, las aspiraciones populares. 

NO HAY UN “PROGRESISMO” DE IZQUIERDA 

El progresismo es uno solo. Tiene matices, por supuesto, pero desde comienzos de este siglo es, en nuestro continente, la “izquierda posible”. Ese progresismo, a la que la derecha llama “populismo de izquierda”, es la respuesta posible a la crisis múltiple que afecta actualmente a la humanidad. En él se sintetizan dos factores que la “izquierda histórica” jamás pudo resolver: uno, el liderazgo electoral y dos. las tesis históricamente posibles de sus planteamientos. No hay un solo caso de liderazgo de izquierda que haya sido un fenómeno electoral amenazante para las élites y para el sistema y jamás sus planteamientos programáticos fueron considerados, siquiera, por las fuerzas del orden. El progresismo latinoamericano supera esas limitaciones.  

Pero es eso, nada más, progresismo, quiere decir, un paso adelante en la marcha del pueblo hacia su liberación. Al progresismo no se le puede exigir medidas radicales. Está para quitarle una tajada al pastel de las oligarquías latinoamericanas y no para quitarle todo el pastel; es una opción política de transición entre la sociedad neoliberal y el socialismo, pero es una opción que garantiza la continuidad del proceso revolucionario, de lo cual se deduce que, si se quiere avanzar, hay que estar con él y no contra él. 

La derecha difunde la idea de que hay un progresismo de izquierda. Es la tesis ideal para justificar experimentos políticos como el de Yaku Pérez Guartambel en el Ecuador. Con ello crean la ilusión de que se está avanzando en la causa popular, pero no es otra cosa que la aplicación práctica de las viejas fórmulas de penetración en las filas del movimiento popular, cuyo control dirigencial garantiza la continuidad del estado de cosas existentes. Hay un progresismo reformista que es, hoy por hoy, la izquierda posible y hay una izquierda revolucionaria llamada a garantizar la radicalización del proceso social-político iniciado por el progresismo. Lo que nos enseña la historia de la izquierda latinoamericana es que a estas alturas la socialdemocracia y la izquierda revolucionaria no pueden estar yuxtapuestas, sino que deben consolidar una firme alianza transformadora. 

Esta reflexión no es igual a la que en el año 2006 se hizo la “izquierda histórica” en el Ecuador. Toda esa izquierda creyó que podían aprovechar el huracán del liderazgo de Rafael Correa y dirigir desde atrás el proceso. ¿Qué proceso? El mismo que Correa defendía y cuya propiedad política le correspondía con indudable derecho. Esa izquierda reformista quería disputarle el reformismo a Rafael Correa, pero se dio contra la pared, primero, porque sus luces alumbraban mucho menos que las de Correa y, segundo, porque la aceptación de sus líderes era prácticamente nula en el seno del pueblo. El oportunismo, e incluso la corrupción en sus filas, fueron definitivamente desenmascaradas por Correa, hecho de enorme trascendencia porque, desde ahí, esa izquierda dejó de ocupar el lugar que le correspondía a la verdadera y auténtica izquierda revolucionaria, hasta entonces, débil y oculta tras la zarapanga de los falsos membretes de Socialismo, Comunismo y otras hierbas seudo izquierdistas. Dicho de otra forma, Correa tiene el mérito histórico de haber desbrozado la intrincada maraña de la atomizada izquierda ecuatoriana, dejando en el tinglado político las dos únicas corrientes de izquierda que pueden hacer avanzar la revolución popular: el reformismo progresista de poderosa fuerza electoral, o sea, la izquierda posible, y la izquierda revolucionaria. Se impone, entonces, preguntarnos ¿qué es esa izquierda revolucionaria? Veamos. 

¿QUE ES LA IZQUIERDA REVOLUCIONARIA? 

La que durante más de medio siglo aprendió que la toma del poder es un largo proceso de medición de fuerzas entre los sectores populares y sus vanguardias con las élites y sus aliados internacionales, confrontación que, obligatoriamente, se tiene que dar en el marco constitucional vigente, es una nueva izquierda que acepta no tener la fuerza electoral necesaria para triunfar sola, razón por la cual plantea una alianza en firme con el progresismo, sin ocultar, ni sus planteamientos, ni sus intenciones de responder revolucionariamente a las necesidades de radicalización de la lucha popular. Una nueva izquierda que fusiona el pensamiento ancestral del Sumaw Kawsay con las concepciones de lo mejor del pensamiento revolucionario de occidente. Es una izquierda abierta, autónoma, aliada pero diferente del progresismo, una izquierda que vive en él como los glóbulos rojos viven en la sangre y sin cuya presencia el progresismo no sería otra cosa que un recurso de reordenamiento del capitalismo local y global, es una izquierda ecologista y anti extractivista que plantea una nueva forma de vida, basada en la cooperación comunitaria y la prevalencia de la propiedad social sobre la propiedad privada de los medios de producción. Una izquierda de raíz americana pero que no desconoce la importancia del mestizaje y los aportes que durante quinientos años ha hecho la invasión cultural de Occidente, es una izquierda que cree en la igualdad de las razas y condena la desigualdad de las clases sociales. Es una nueva izquierda dirigida por una vanguardia político espiritual de auténticos revolucionarios y no por fichas del poder mundial cuyo ego es manipulado por sus intereses de conservación del orden secularmente establecido.  

Los enemigos de la nueva izquierda se han dado en sostener que una izquierda con esas características es una nueva utopía que no existe y no es viable, lo cual es fácilmente refutable si se observan los resultados electorales de las últimas elecciones presidenciales en el Ecuador, en la que la candidatura de Yaku Pérez Guartambel obtuvo un contundente 16 % de la votación general, estando a un milímetro de entrar al balotaje y disputar, probablemente con éxito, la presidencia de la república. ¿Cuáles fueron sus planteamientos? Precisamente los que acabamos de consignar, los de la nueva izquierda ecuatoriana y latinoamericana. 

El problema radica en que Pérez Guartambel y sus aliados, Pachakutik y esa izquierda socialdemócrata trasnochada llena de figuras prestigiosas capaces para la teorización de la realidad, pero íntegramente incapaces para la práctica política, son, casi en su totalidad, un producto fabricado en los laboratorios del poder mundial y tienen como misión remover la superficie del sistema para conservar su fondo. No sólo el voto nulo demuestra este aserto, sino la campaña de odio orquestada durante largo tiempo contra el progresismo correista. De haber triunfado Pérez Guartambel, el proceso de dominación interno e internacional se habría consolidado con la apariencia postiza de un cambio de izquierda. De haberse comprendido esta realidad, las fuerzas aliadas de esta izquierda con el progresismo habrían triunfado en las elecciones presidenciales y conformado un sólido bloque parlamentario, con lo cual, el progresismo reformista de Rafael Correa habría tenido que adaptarse a las exigencias populares o confrontarse con el pueblo, conflicto del cual, sin duda alguna, con una dirección firme y lúcida habrían salido triunfantes las fuerzas revolucionarias. Pero no sucedió así. El poder mundial ganó la primera batalla. La obligación de los nuevos revolucionarios es impedir que esas fuerzas oscuras vuelvan a triunfar. ¿Qué hacer? 

UNA REINA NECESARIA 

La última convención del Correismo acaba de elegir a Marcela Aguiñaga como directora nacional de esta tendencia. Es una dirigente valiente y extremadamente capaz. Lo ha demostrado en su ya larga gestión parlamentaria y en las múltiples batallas que el correismo ha librado en su trayectoria. Ideológicamente representa las aspiraciones de una clase media que ha tomado conciencia de sus derechos y obligaciones en la sociedad ecuatoriana. Al igual que su líder, comprende que el pastel de la prosperidad no puede ser de consumo exclusivo de las élites y sus aliados, cree que lo justo es que una de sus tajadas sea repartida con los menos favorecidos. La fraseología marxista dice que representa a una pequeña burguesía con aspiraciones. A esta dirigente, hermosa por demás, se le ha encargado la tarea de construir un partido político que sea capaz de volver al poder. Los dirigentes históricos del correismo parecen, por fin, haber comprendido algo elemental en política como es disponer de un vehículo apropiado si el objetivo es viajar a la luna. Sin partido no hay viaje, luna y peor revolución. Teniendo claro este primer punto, entonces, se impone preguntarnos ¿qué tipo de partido se tiene que construir? 

La experiencia nos dice que la construcción de un partido proletario en el Ecuador sigue siendo una traspolación errónea de las experiencias europeas, rusa principalmente. Aquí, Alianza País y la Revolución Ciudadana demostraron que para ganar unas elecciones hay que considerar a la ciudadanía como el único factor impulsor del triunfo. Desde el 2006 está negado para una izquierda auténtica especular sobre otras formas de triunfar electoralmente que no sea considerando a la ciudadanía su motor, políticamente hablando, disputando a las élites el control del Estado con sus mismas reglas. Se necesita, entonces, un partido electoralmente fuerte, capaz de competir con éxito en todas las elecciones que la actual democracia plantea.  

Esa es la misión que la Historia ha puesto en manos de Marcela Aguiñaga: construir una maquinaria electoral sólida y eficiente que recoja las aspiraciones de la clase media, media baja, los pueblos y nacionalidades indígenas y los sectores populares que, juntos, conformen una alianza clasista imparable en cuanto proceso electoral se presente. El liderazgo personal de Rafael Correa ya lo logró en su tiempo, pero ahora ya no es lo mismo, el caudillismo no es suficiente, se necesita la organización política multifuncional si de sostener el proceso de cambio se trata. No es un partido revolucionario, es un partido reformista. En él tienen que tener cabida todos los sectores sociales, por el momento los sectores medio de la ciudadanía a la cabeza, cuyo liderazgo visible son figuras como las de Rafael Correa y la propia Marcela pero que en su seno hablen y se desarrollen campesinos, obreros, trabajadores, minorías, artesanos, jóvenes, todos, todos los sectores que conforman la inmensa mayoría de ciudadanos empobrecidos y desprotegidos del Ecuador.  

Pero, y es un pero importante, ese partido, con esas características, tiene que ser capaz de hacer alianzas también con sectores políticos de la sociedad ecuatoriana que vayan de la izquierda al centro, pero cuyo eje rector debe ser la noción del cambio y la transformación. Una alianza en la que se ha fijado los objetivos a largo plazo, no puede ningunear a ninguna organización política por pequeña que fuera. Todos deben estar dentro del vehículo cuyo objetivo final es alcanzar la luna. 

Si en esa alianza está la izquierda auténtica, con las características que hemos descrito más arriba, viviendo como los glóbulos rojos en la sangre, está garantizado el triunfo futuro y nadie tiene derecho a enojarse ni a resentirse por lo que cada sector piense o plantee. El diálogo abierto y la polémica civilizada, harán que las posiciones más avanzadas, dentro de la izquierda, vayan ganando terreno. Rafael Correa, Marcela Aguiñaga, Patiño, Hernández, Rivadeneira, todos los dirigentes históricos, tienen que ponerse a tiro de las bases, para con ellas discutir los temas de la política, de la economía, de la cultura, de todo. De esta práctica irán surgiendo los nuevos líderes, no el nuevo líder, digo, los nuevos líderes que dirigirán, en un futuro cercano, los destinos del partido, del Estado y de la patria. Eso es lo que se entiende por liderazgo colectivo. Eso es lo que, en el futuro, cuando nos toque construir una nueva democracia, garantizará la salud de una nueva forma de sociedad y de vida. 

No es pequeña la tarea que Marcela Aguiñaga tiene en sus manos, pero es el reto para una reina a la que la Historia le ha puesto en un sitio clave y en un momento adecuado. Una correcta construcción del partido garantizará una correcta marcha del proceso y una correcta marcha del proceso nos llevará al triunfo, porque el presente es de lucha, el futuro socialista. 

Jorge Oviedo Rueda 

12-09-2021. 

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¡HOLA SIMON!

Viejo amigo, uno de los primeros que conocí en mí vida. Por mucho que leo y releo lo que has escrito, nunca he dejado de admirarte, por el contrario, cada día crece más mi admiración y respeto por ti.

¡Viejo amigo! Cuando yo era un inquieto estudiante del Vicente Rocafuerte en Guayaquil, un revoltoso compañero de estudio, más leído e instruido que yo, un día nos presentó en la desierta sala de la biblioteca colegial. ¿Te acuerdas? Este es Simón, me dijo, poniendo en mis manos un poema de tu autoría, que aparte de impactarme, desde entonces me puso a soñar con la libertad de nuestros pueblos:

Yo venía envuelto en el manto de Iris,

desde donde paga su tributo el caudaloso Orinoco

al Dios de las aguas… quise subir al atalaya del Universo.

Busqué las huellas de La Condamine y de Humboldt;

seguílas audaz, nada me detuvo; llegué a la región glacial…

Ninguna planta humana había hollado la corona diamantina

que pusieron las manos de la Eternidad

sobre las sienes excelsas del dominador de los Andes.

¿Te acuerdas, Simón? Siempre consideré que por arriba de cualquier otra cosa tu eras poeta, porque nadie que no lo fuera se podía plantear las empresas que tu te planteaste. Después de leer tu poema a mi se me ocurrió la loca idea de escribir también un poema, pero esta vez ya no como un delirio, ni como un diálogo entre tu y el tiempo, como se le ocurrió después a un amigo mío al que tu no conociste. Yo, pequeño principiante de las letras, escribí un poema inspirado en tus versos y en los de Medardo que comenzaba así:

Girones de neblina cubríanle los flancos

Al majestuoso monte de los cabellos blancos…

en el que imaginaba un diálogo entre tu y el Chimborazo y que se me ha perdido en la vorágine de la vida, sin otro testimonio que la mala memoria de un familiar al que le di a conocer llevado por la emoción de haberlo podido escribir. Quizás tu lo recuerdes allá en la lejana región de las estrellas.

¡Cuánto tiempo ha pasado desde tu delirio, amigo! Tu pequeño cuerpo doblegó el rigor de los Andes, fuiste más grande que Aníbal, Alejandro Magno y Napoleón, les diste la libertad a cinco naciones y amaste a mujeres únicas como Manuela. Yo que soy del alfabeto la letra x, la más desconocida, nunca he dejado de estar a tu lado y seguir tus enseñanzas. Pocos en América te han hecho caso, pero todos han hecho Historia.

Grande por donde se te mire, Simón; pero de todas tus grandezas la que más admiro es la de tu poesía y ensoñación. Sólo tu podías ver el futuro, como un atalaya parado sobre los hombros de la humanidad, como todo poeta que tiene incorporado en su sangre los genes de la intuición, porque sólo así se es capaz de ver doscientos años después.

La poesía te inspiró el Congreso Anfictiónico de Panamá en el que no querías que estuvieran los Estados Unidos de Norteamérica porque “son los peores y los más fuertes al mismo tiempo” y porque parecían “destinados por la Providencia para plagar la América de miseria a nombre de la libertad.” Lo que tu soñaste, Simón, todavía no se cumple. Por eso sigues presente y sigo pensando que un día vendrás y que te estaré esperando para celebrar la segunda victoria de América, del Nuevo Mundo, como te gustaba llamarla.

Hoy en las cinco naciones que liberó tu espada muchas madres les han puesto a sus hijos tu nombre. Yo, si hubiera tenido uno, también se lo hubiera puesto. Unos lo llevan con honor, otros lo pisotean en el fango.

Así es la vida, viejo amigo. Aquí te sigo esperando.

Jorge Oviedo Rueda

22-08-2022.

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ESO DE SER PUEBLO

ESO DE SER PUEBLO

La categoría pueblo es difícil de definirla, es más, estrictamente no existe. No hay parámetros que la encasillen, ni culturales, ni económicos y quizás tampoco de sicología social. En política se la usa y se abusa de ese concepto que, por ser tan indefinido, se presta para la manipulación de las ideologías de derecha, de centro y de izquierda.

El marxismo define con precisión qué es una clase social, pero en sociedades como la nuestra, que nunca han logrado crear una base industrial poderosa, el concepto de clase social ha sido, en gran medida, suplantado por el de pueblo, entendiéndolo, desde la izquierda, como esa parte de la sociedad que necesita liberarse de sus opresores. La izquierda “boba” nunca entendió esta particularidad de nuestra historia y, hasta hoy, sigue soñando con el surgimiento del proletariado industrial para la liberación. Nuestra historia nos demuestra que otro ha sido el dinamismo de la lucha de clases en nuestros países.

El concepto pueblo es inmenso como un océano. En él cabe, como he dicho, el centro, la derecha y la izquierda. Está hecho de una materia cauchosa que es capaz de estirarse y encogerse de acuerdo a las conveniencias políticas. Populismo de izquierda y populismo de derecha son engendros surgidos del su seno y, de forma más preocupante todavía, hasta el mismo autoritarismo fascista de derecha se apoya en él. Pueblo es, entonces, una arcilla dúctil que sirve a cualquier necesidad política de dominación.

Pero cuando se trata de la liberación de la sociedad hay que darle concreción al concepto pueblo. Para Ñukanchik Socialismo pueblo es ese sector de la masa que ha tomado conciencia del estado de esclavitud en el que vive y de la necesidad de su liberación, con lo cual nos ubicamos en el terreno de la realidad objetiva. Podemos tener una masa electoral abrumadora, pero esos cientos, miles o millones de votos no constituyen estrictamente el pueblo en el sentido en que nosotros lo entendemos. Pueblo es ese sector que, dentro de este conjunto, ha tomado conciencia de que la lucha no es contra tal o cual persona, sino contra el sistema que nos oprime. Eso es para nosotros pueblo. Rafael Correa y la Revolución Ciudadana son el océano, pero si no entienden esto, no son, ni nunca llegarán a ser pueblo.

Este pueblo es en si mismo una nueva humanidad. Tiene gustos, costumbres, formas de organización y de producción diferentes a los de sus opresores. Su lucha es por cambiar las formas de vida. Para este pueblo de nada sirve cambiar a los opresores malos por unos menos malos, él quiere eliminarlos. En el siglo XX se creyó en la vía radical de la toma del poder por medio de las armas. Se lo hizo en China, en la Rusia zarista y en la Cuba latinoamericana. Hoy ese pueblo juega la carta de luchar con las mismas armas de sus enemigos. Para ganar unas elecciones sirve el concepto de pueblo-océano, para alcanzar el poder el de pueblo-consciente. Los representantes de ambas posiciones son necesarios y complementarios en la actual lucha política. Una reina deslumbrante que encarne la imagen de la burguesía en su figura para enamorar a las masas como Marcela Aguiñaga es necesaria, pero junto a ella tiene que haber cuadros discretos de clara mentalidad revolucionaria que sean capaces de ir tejiendo la red de la transformación irreversible de la sociedad. Sin esta dualidad a la que Ñukanchik llama vanguardia político-espiritual, no habrá nunca transformación. El proceso progresista en Ecuador y América Latina será nada más que caudillismo y un cruel mecanismo de reforzamiento del sistema opresor.

Ese pueblo-humanidad, es el verdadero protagonista de la Historia. A él hay que conducirlo y hacerle caso.

Jorge Oviedo Rueda

10-08-2022

6Amalia Elizabeth Oviedo Rodríguez, Milalva Wilches y 4 personas más

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SEÑOR PRESIDENTE

Déjeme contarle una anécdota cuyo protagonista fue ese americano gigante que se llamó José Martí ¿lo conoce?, cubano, poeta, héroe de la independencia de su patria y visionario precursor del antinorteamericanismo en nuestro continente. Dicen que las plantas de sus zapatos tenían sendos huecos y no se compraba otros porque no tenía dinero. Cuando alguien cercano a él le dijo que podía coger de las contribuciones de sus compatriotas unos cuantos pesos, respondió que esos eran dineros sagrados de la Patria y que por nada del mundo se podía tocar un centavo. Eso era patriotismo y honestidad.

Juan Montalvo ¿lo conoce?, ese león ambateño que supo ponerle bozal al Santo del Patíbulo, prefería lavar y planchar mil veces el mismo traje que gastarse el dinero que estaba destinado para la causa liberal. Eso era honestidad.

Benito Juárez ¿lo conoce?, el presidente indio del hermano pueblo de México, que ordenó el fusilamiento de un aristócrata europeo que pretendía restaurar la monarquía en Nuestra América, dignificó la pobreza con la grandeza de su talento. Eso se llama dignidad y honestidad.

Eloy Alfaro, el Viejo Luchador ¿lo conoce?, cuantas veces tuvo que pedir prestado dinero para atender las necesidades de su familia, pero nunca jamás sus feroces enemigos pudieron acusarle de deshonesto. Eso se llama dignidad.

Zapata en México, Sandino en Nicaragua, asesinados por el poder norteamericano ¿los conoce?, lucharon por su patria, sin robar ni un sólo centavo de la sagrada causa de la libertad. Eso se llama heroísmo.

El Tio Ho ¿lo conoce?, en Viet Nam, se enfrentó a la nación más poderosa del mundo y cuando murió sólo tenía las pertenencias de un humilde maestro de escuela. Eso se llama fortaleza.

Hoy mismo, un mandatario como José Mujica ¿lo conoce?, aconseja con palabras de fuego que, si a un ser humano le gusta el dinero, debe dedicarse a los negocios y no a la política, eso se llama sinceridad.

Usted, señor, ¡qué lejos está de estas virtudes! Usted es deshonesto, pusilánime, mentiroso, evasor, millonario y antipatriota, prefiere tener su fortuna lejos de la patria y no sabe otra cosa que negociar con ventaja para usted, sin importarle para nada el prójimo. Usted tiene todas las virtudes de un fenicio o un judío metalizados, usted es un mercachifle capaz de vender a su misma madre si eso le deja réditos.

Si esas son sus virtudes ¿de dónde sacó que puede dirigir con éxito una nación, tanto peor una como la nuestra, crucificada por su clase social desde la misma fundación de la república? Dígame, ¿con qué moral nos gobierna?

Como ciudadano consciente de este país no le pido que de un paso al costado, ni que renuncie, ni que rectifique su conducta política, porque sería como hablar con la pared. Le digo que estaré junto a la rebeldía e indignación del pueblo ecuatoriano, cuando dentro de poco salga a las calles a poner las cosas en su lugar, a ponerle a usted junto a esos mandatarios basura que tiene nuestra Historia como Mahuad, Gutiérrez, Bucaram, Moreno y tantos otros aventureros que han pasado por Carondelet.

Ahí estaré, señor, se lo aseguro.

Ñukanchik Socialismo

Jorge M. Oviedo Rueda

11-04-2022

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EL DISCURSO DEL ODIO

EL DISCURSO DEL ODIO 

Señorita Hilda, le decíamos, a pesar de que los tres años que fue nuestra maestra en la escuela primaria, siempre la vimos embarazada. Dulce como una espumilla de guayaba era la señorita Hilda, con una paciencia que le daba tres vueltas al planeta tierra. Todavía recuerdo su voz, nítida como una cajita de música, siempre que las inevitables penas de la vida dicen presente. Mi dulce y lejana profesora de primaria. Fue a ella, una mañana ya muy lejana, a la que le oí por primera vez en mi vida, hablar del odio. No hay que odiar ni a los enemigos, nos dijo al grupo de curiosos niños que nos sentábamos a su alrededor para escucharla. Odiar es como viajar al infierno. El único que se alegra del odio es el diablo. 

Es el pueblo el que tiene la reazón

Quisiera escribir esas palabras en un enorme cartelón y que un Zepelín gigante lo paseara por todo el Ecuador. La lección de mi dulce maestra debería servirnos para reflexionar, hoy que el odio nos tiene atrapados casi sin remedio. 

La única etapa histórica que exhibe un odio irracional como el que vivimos actualmente, probablemente sea la de fines del siglo XIX, en la que la confrontación liberal-conservadora tiñó de sangre las calles y los campos del Ecuador.  La diferencia con nuestro tiempo es que la confrontación hoy no se dirime en los campos de batalla, sino en los de la moral y la reputación de los contendientes. Las balas de papel, hoy son tanto o más eficaces que las de plomo. 

Otra época de odio galopante fue la administración de Febres Cordero. Un gobierno antipopular, represivo, cuyo símbolo nefasto fue la desaparición y muerte de los hermanos Restrepo. El coletazo final del febrescorderismo fue arrasar con todo para que su sucesor tuviera que reinventar el Ecuador. Aun así, en esa época de triste recordación, la sociedad ecuatoriana no estuvo corroída por el odio, como está ahora.  

Una palabra define el largo período de la partidocracia: corrupción. Todas las funciones del Estado estaban podridas. El Ecuador estaba en manos de la delincuencia organizada en el Estado. Las élites corruptas lejos estaban de pensar en los intereses de las mayorías. Pese al saqueo y la impunidad no se respiraba un aire de odio como el que ahora respiramos. A decir verdad, la gran prensa, que funciona como la voz nacional, callaba y barnizaba la podredumbre con un tranquilizante color rosa, como si todo marchara sobre ruedas. 

En el 2006 comenzaron a soplar aires de cambio. Apareció un líder que parecía venido del futuro. Unió al pensamiento la acción y comenzó una labor de transformación de nuestra triste realidad nacional. Definió como el eje central de su proyecto al ser humano y dejó en un segundo plano al capital. Este simple enunciado -que venía de un líder reformista y no de un revolucionario-, exorcizó las fuerzas oscuras de la reacción local e internacional.  

Un plan de desprestigio al proyecto progresista comenzó a orquestarse desde las altas esferas del poder mundial y local. Las viejas estrategias del peor macartismo anticomunista se comenzaron a aplicar contra un líder que nunca dijo ser comunista ni revolucionario, a lo mucho partidario de un socialismo tipo nórdico enmarcado teóricamente en la socialdemocracia del Estado de bienestar general. Dejó siempre en claro que su intención era ir hacia un socialismo de mercado y, en una fase posterior, desembocar en lo que él llamó un bio-socialismo. Esa línea de conducta política desató el odio militante de la derecha cavernícola y de todos sus aliados y sostenedores. Las fuerzas de la reacción fueron convirtiendo a Rafael Correa, poco a poco, en una criatura despreciable, enemiga de la democracia y de la civilización. 

El pecado de Rafael Correa fue tener la decisión y valentía para enfrentarse a las más oscuras fuerzas tradicionales del poder local. Los toques superficiales que su bisturí comenzó a dar sobre la piel de la inamovible tradición política causaron, en el seno de la derecha, el efecto de una bomba atómica. Reaccionó con la misma virulencia y exageración que Febres Cordero tuvo para eliminar una insignificante fuerza subversiva que pudo ser neutralizada con el diálogo y no con la sangre. Reacción que sólo demuestra el pánico histórico que la derecha tiene a perder mínimamente sus privilegios. Y explicables, por cierto, si se las trata de comprender en el marco de una cruenta e inevitable confrontación de clases.  

Rafael Correa ha sido criticado, desde su irrupción en la política, por haber hecho lo que ningún gobernante hiciera después de la revolución liberal, esto es, crear las condiciones materiales para encaminar al Ecuador por la senda de la modernización capitalista, tarea que, en lugar de ser combatida por las fuerzas tradicionales, debió ser aplaudida y apoyada. La generación de energía eléctrica, por ejemplo, la construcción de carreteras de primer orden, los multipropósitos en la costa, el impulso a la educación de calidad en todos los niveles, la modernización del ejército y la policía y proyectos monumentales como el de Yachay en Imbabura y la refinería de El Aromo en Manabí, entre otros tan importantes como la modernización de los servicios públicos, la recuperación de la dignidad nacional y la defensa de nuestra soberanía, nada tenían que ver con un proceso revolucionario, eran tareas pendientes que la derecha las había relegado al olvido, razón por la cual el Ecuador agonizaba en medio del atraso y el abandono. Correa, sin ser un líder de izquierda revolucionaria, sino uno reformista y modernizante, hizo, en diez años, lo que la oligarquía no lo había hecho en casi dos siglos de vida republicana. La derecha dinosáurica invento el mito de un Correa socialista con la pérfida intención de remover el miedo serval que subyace en la conciencia tradicional del pueblo ecuatoriano a las ideas de izquierda, destruir el avance logrado por el progresismo correista y cauterizar, de forma radical, cualquier brote de transformación verdaderamente revolucionaria, objetivos que la derecha logra alcanzar montada en el lomo del traidor Lenin Moreno. 

En el juego político esa conducta de la derecha es legítima. No es admisible que un boxeador se queje de la fuerza de los golpes de su adversario. Hoy la derecha se ha vuelto a encaramar en el poder y tiene programado quedarse por todo un siglo. Lo criticable es que no haya oposición de izquierda en el Ecuador, que no haya izquierda, ni programa de izquierda ni nada ni nadie que alce la voz para defender los intereses populares. No es cierto que la izquierda auténtica se encuentra replegada, acumulando fuerzas para en un futuro cercano irrumpir arrolladoramente. No siquiera es un mito, es simplemente una mentira.  La “izquierda auténtica” de Yaku Pérez es el Caballo de Troya que tiene el poder mundial para neutralizar la insurgencia popular que ellos saben inevitable, dadas las precarias condiciones generales en que vive la sociedad humana.  

¿Cuál izquierda en el Ecuador? ¿La histórica?, ¿la boba?, ¿la químicamente pura?, ¿la guerrillera?, ¿la mega, ultra, hiper revolucionaria?, ¿la de cafetín?, ¿la marxóloga?, ¿la inglesa de chaleco y leontina?, ¿la cristiana? ¿Cuál izquierda en el Ecuador? Todas juntas hacen la izquierda imposible, que no gana ni la presidencia de un condominio, peor unas elecciones presidenciales. 

Es hora de quitarnos la careta, dejar a un lado el discurso de las buenas intenciones, pensar honestamente en la patria y las necesidades de su pueblo, dejar a un lado esa manía de grandeza que hace de cada militante de izquierda un Che Guevara o un Fidel Castro, tener la humildad de ver y comprender que la política real, hoy por hoy, se la cocina en las urnas y aceptar que el progresismo es la izquierda posible, el único que está en capacidad de competir con éxito jugando con las reglas dictadas por el enemigo.  

Pero esta verdad tan sólida como una catedral, no sólo que es ignorada por esa izquierda, sino que es combatida por ella con más fuerza e irracionalidad que la misma derecha, o, dicho de otro modo, consciente o inconscientemente amplían el discurso de la derecha a niveles ensordecedores, convirtiéndose en mero furgón de cola de la reacción neoconservadora. Asombra su diletantismo, su verborrea ampulosa, su teoricismo barato e ignorantón que no va más allá de los lugares comunes que difunde la gran prensa en contra del proyecto progresista. En realidad no es nada nuevo, se trata de esa misma izquierda que siempre ha privilegiado el verbo y despreciado la práctica y que tiene la marca horrenda del oportunismo tatuada en la piel, esa izquierda que ha demostrado tener excelente olfato para vivir de la política y no para la política.  

Esta es la izquierda que odia al progresismo, la que con la derecha conforma el coro de los odiadores, la que propone asaltar el cielo sin haberse ocupado jamás de construir el vehículo que lo haga posible, la que es más papista que el Papa y más sabia que Marx sin haber abierto nunca uno de sus libros, la que vive hablando de cambiar la sociedad capitalista y no tiene ni idea con que piensa sustituirla, la izquierda que se ha negado sistemáticamente a aprender de la ya larga historia del socialismo mundial y latinoamericano, esa izquierda que se dice martiana y nunca se ocupó de conocer las raíces de Nuestra América, la izquierda que no come ni deja comer, la que se ha instalado cómodamente en la utopía porque no es capaz de vivir en la realidad, la que privilegia los adoquines a la vida humana, esa izquierda es la que odia a Correa. Lo odia porque es la única forma de disimular su enanismo, su conciencia culpable de haber saturado los anales de la historia con discursos vacíos y casi ninguna realización práctica, lo odia porque Correa, con su mismo discurso, estuvo en el poder por más de una década y se dio con la piedra en los dientes cuando pretendió aprovecharse de su triunfo. Por eso lo odia. 

La campaña de descorreización en la política iniciada en el período del traidor Moreno surtió a esa izquierda del más letal argumento que la derecha usa ahora contra los líderes populares, el de la corrupción. Lo grave de esta acusación es que es relativamente cierta porque el correismo en particular y el progresismo en general, en sus diez años de hegemonía, demostró muchas de sus debilidades, una de ellas la falta de moral revolucionaria en sus cuadros y militantes. Un refrán popular nos advierte que en arca abierta el justo peca y eso explica los casos de corrupción, pero destripar al progresismo por esta debilidad, en el caso de la izquierda, es estar podridos de odio irracional y en el de la derecha aprovecharse de los errores cometidos por un proyecto político, que como ya hemos dicho, en proyección amenaza sus privilegios. De donde es fácil deducir que la mejor aliada de las élites retardatarias y atrasa pueblos, ha sido precisamente esa izquierda.  

Una izquierda auténtica tenía la obligación de luchar dentro del progresismo para corregir los errores y empujar el carro de la transformación estructural que es la meta final de todo revolucionario. Pero no, esa izquierda ha sido cómplice de la derecha y. junto con ella. responsable de la triste situación que vive el pueblo ecuatoriano. 

No sirve el argumento de que la izquierda acompañó a Correa desde sus inicios. Fue esa izquierda oportunista la que lo hizo por cargos y prebendas, más no porque tenía un proyecto de cambio y transformación. Su infinita vanidad pretendía quitar a Rafael Correa para ponerse ella, porque para ella era una cuestión de “estilo”. La indudable superioridad de la visión política de Correa le llevó a tensar la cuerda de la lucha de clases, lo que nunca hubiera sucedido de haber sido la protagonista del proceso esa izquierda. Su servilismo y falta de personalidad histórica habría hecho diluir el proceso. Correa dejó sembrado vientos de cambio que una auténtica izquierda revolucionaria debe saber aprovechar.  

Y eso es lo que viene haciendo Ñukanchik Socialismo desde cuando el mismo Rafael Correa ejercía la presidencia. Entonces el correismo se sentía agredido por nuestra radicalidad, pero sabíamos que la nuestra era una posición política de cara a la Historia. Después de tanta agua que ha corrido debajo del puente, seguimos planteando lo mismo: la conformación de un Frente Nacional de las fuerzas progresistas y revolucionarias, que vaya de la izquierda hacia el centro, no al revés.  

De cara al futuro, aceptamos la propuesta del mismo Rafael Correa que coincide con la nuestra. Ñucanchik Socialismo pide ser parte de esa alianza, sin temores ni complejos. Tenemos una propuesta revolucionaria, engarzada en nuestra tradición de lucha y hundida en nuestras tradiciones ancestrales. Sabemos que el progresismo y Correa en el Ecuador y a nivel latinoamericano, es el eslabón necesario para cumplir la meta histórica de transformar nuestra deplorable realidad. Si se nos aplica la ley del hielo y no se nos toma en cuenta, seguiremos adelante. Con Gandhi creemos que cuando se defiende la razón y la verdad no importa estar solos. Un día esa verdad surgirá como un sol, cubriéndonos a todos, sin egoísmos.  

Si la izquierda histórica, la miope, la ultra revolucionaria, la marxóloga, la de cafetín, la de chaleco y leontina, la químicamente pura, la romántica y hasta la boba hubieran comprendido esta verdad, no estaríamos navegando en este mar de odio que amenaza con ahogarnos. En las paredes podríamos escribir las inolvidables palabras de mi maestra de primaria: “No hay que odiar ni a los enemigos. Odiar es como viajar al infierno. El único que se alegra con el odio, es el diablo”. 

Jorge Oviedo Rueda 

27-03-2022 

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HOLA, RAFAEL

Hola Rafael Correa Delgado, mi nombre es Jorge Modesto Oviedo Rueda, soy del alfabeto, la letra x, la más desconocida. Te escribo (permíteme el tuteo) porque entiendo que con un líder como tú se puede dialogar de forma franca y abierta, poniendo las cartas sobre la mesa y de cara a las masas, que son, en la política, lo único que importa.

Para ser franco, en lo personal, no soy un improvisado en la política. Estoy en este oficio desde cuando tenía menos de veinte años, desde cuando llevado por mi fervor revolucionario, junto a otros soñadores, me subí a un avión de Saeta y fui a dar en Cuba, seguro de que los cubanos nos iban a abrir las puertas y  darnos la preparación militar que queríamos para regresar y hacer la revolución. ¡Nada fue más equivocado! Los cubanos ya no estaban en ese patín y me tuve que quedar en ese hermano pueblo durante diez años a estudiar y prepararme para regresar y dar la batalla de ideas que, desde siempre, ha sido más importante que las de las balas. Sólo para que me ubiques bien, Rafael, maestros de mi juventud fueron hombres de la talla de Manuel Oña Silva, Laura Almeida, Telmo Hidalgo y Manuel Agustín Aguirre.

Cuando regresé volví a mis orígenes políticos que eran los del Partido Socialista Revolucionario Ecuatoriano, espacio desde el cual creí, podía luchar para cambiar este pobre país de miseria e injusticia. En el XXXII Congreso del PSRE, el doctor Telmo Hidalgo puso el destino del socialismo ecuatoriano en manos de Víctor Granda Aguilar. Desde entonces una camarilla de oportunistas han torpedeado sistemáticamente cualquier intento de avanzar en el proceso de cambio, encubiertos en el membrete del socialismo y de la izquierda. Nunca nadie en la izquierda histórica, incluido yo, pudimos desenmascarar a estos irresponsables aventureros que tienen nombres “ilustres” como Pablo Celi, Enrique Ayala Mora, Marcelo y Gustavo Larrea, Víctor Granda Aguilar y una interminable legión. Cuando tu emergiste en la política nacional, todos estos oportunistas se prepararon para abordar la nave que tu habías puesto en marcha con la mala intención de adueñarse del timón, demostrando su pigmeismo. Cuando en tu primer discurso de posesión adviertes que aquellos que llegaron al proceso con “agenda propia” podían irse por donde vinieron, comienza la campaña de odio contra ti desde esa izquierda, para luego verse enriquecida con el odio clasista de la derecha; pero a “esa izquierda”, tú tienes el mérito, entre otros tantos, de haberla desenmascarado. Desde entonces, personajes como Ayala Mora se ven ridículos cuando hablan a nombre del pueblo y del socialismo.

Este tema viene al caso porque quiero decirte que mi vida entera de militante de izquierda la agoté luchando contra esta crápula de farsantes. En los trajines de esa pelea inútil conocí a muchos personajes cercanos a ti y a tu proyecto político, como es el caso de los hermanos Patiño y también a Lenin Moreno, del cual siempre te quise advertir que en él se escondía un Judas, pero nunca pude hacerlo porque esos personajes que te rodean nunca me permitieron llegar a ti para hablar con la franqueza que ahora pretendo en esta carta. Por cierto, sólo sea dicho de paso, a Ricardo Patiño le encargué un día, lejano ya, un libro y unos documentos para que te los entregara, en la esperanza de que llegue a ti mi forma de pensar, pero es obvio, que nunca lo hizo. Ese periodista chileno de apellido Mery Bell se queja de que también Patiño nunca le permitió un contacto directo contigo. No entiendo por qué.

Cuando en el 2007 tu asumiste el poder, yo estaba dedicado a mi cátedra de Teoría del Estado y del Poder Político en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Central del Ecuador, cuyo objetivo principal es hacerles comprender a los futuros economistas el papel de la política en la economía. Fueron años dedicados al estudio y a la investigación y, desde las páginas editoriales de diario La Hora, gracias a mi amistad con Nicolás Kingman, comentaba semanalmente la realidad nacional. Señalé los errores, pero, sobre todo, combatí los vacíos y las deficiencias de la Revolución Ciudadana que tu comandabas, tanto en mis artículos de prensa como en ensayos publicados en algunos medios digitales. Para un revolucionario como yo, todo poder, aunque llegue con el membrete de revolución, se vuelve conservador después del triunfo. Lo que ustedes no lo veían desde el potro que montaban, yo lo veía desde mi condición de ciudadano común. Eso no me da méritos, es una simple ley de la política y creo que, todo gobernante responsable no puede perder el vínculo con aquellos que están fuera del poder.

Desde la década de los 80 los revolucionarios conscientes y que evolucionaban con el ritmo de los tiempos, sabían que la lucha armada como opción política ya no era viable. El romanticismo del Che y de los guerrilleros cubanos vivía en nuestros corazones, pero se había convertido en un sueño irrealizable. Lo dramático era que las condiciones económico-sociales del continente, a finales del siglo veinte, no sólo que eran las mismas, sino que se habían agudizado.

Es cuando de la mano de líderes como Hugo Chávez viene a la historia el Progresismo Latinoamericano como una opción. Toda la “izquierda histórica” más los sectores populares conformaron Alianza País y con tu liderazgo triunfaron en las elecciones del 2006. La “izquierda histórica” digo, esencialmente tibia y reformista que, por pura vanidad, y ni de lejos por razones programáticas, se pasó a la oposición para torpedear tu proyecto que era su mismo proyecto pero que eran incapaces de sostener y llevarlo a la práctica. Después de la promulgación de la Constitución del 2008 te quedaste sólo y tuviste que afrontar solo los retos de la Historia. Ningún mandatario, desde Flores -salvo el Viejo Luchador-, lo hicieron con tanto acierto y brillantez como tú. Cuando en el ejercicio del poder explicaste que la meta de la Revolución Ciudadana era completar la trunca revolución liberal de Alfaro, es decir, consolidar el desarrollo de un “capitalismo democrático” con amplia base de mediana producción agrícola e industrial, supe que ibas por el camino correcto. Cuando definiste las líneas generales del proyecto histórico que aspiraba, dijiste, en una primera etapa, a implantar una economía pos neoliberal, para luego pasar a un socialismo de mercado y posteriormente construir el bio socialismo, se disiparon todas mis dudas de cuánta razón histórica te asistía.

Pero, claro, transformar una sociedad anquilosada como la nuestra no es como cortar un queso y repartir equitativamente las tajadas. De inmediato las élites, coaligadas con las oscuras fuerzas internacionales y apoyadas por una oposición de seudo izquierda miope y vanidosa, comenzaron a maquinar la destrucción de tu figura y de tu proyecto. Casi al final de la “década ganada” el proyecto progresista-reformista comenzaba a desmoronarse. Sin la precaución de haber construido una sólida organización partidaria que diera lugar al surgimiento de nuevos líderes y dirigentes populares, se tuvo que confiar más en el corazón que no en el cálculo cerebral y objetivo que el momento político exigía. Se confió en el menos indicado de los cuadros de la Revolución Ciudadana, un Judas disfrazado de amigo y compañero.

La misión de Moreno se perfilaba clara: continuar la marcha que tu habías iniciado, lo que significaba dar una vuelta de tuerca más al proceso, inclinando la balanza a la izquierda para no ser absorbidos por una derecha disfrazada de centro o por una franca derecha ansiosa por recuperar sus privilegios, no perdidos, pero si amenazados por tu discurso y tu personalidad. Moreno les entregó todo en bandeja de plata y nada que sobre eso pueda yo decir será mejor o más profundo de lo que ya se ha dicho, por ti mismo y por los pocos analistas políticos equilibrados que hay en el país, por lo que no es necesario llover sobre lo mojado. El resultado final de la traición de Judas Moreno fue la recuperación del poder político por parte de la derecha recalcitrante del Ecuador, con lo cual, digámoslo sin tapujos, infringieron un serio revés al progresismo. Los cuatro años de Moreno han sido para sazonar el cambio reaccionario y el período de Guillermo Lasso será para sellar el dominio oligárquico por los próximos cien años.

Frente a tan seria amenaza la única pregunta que el progresismo ecuatoriano y los revolucionarios tenemos que hacernos ahora es ¿cómo recuperamos el poder político del Estado? La discusión de qué tipo de sociedad queremos construir es a posteriori, lo primero es lo primero. Desde el extranjero has planteado una tesis que me parece de lo más correcta: la formación de un Frente Nacional de Salvación de la Patria. No tengo más detalles, pero a vuelo de pájaro lo considero apropiado, oportuno, ante todo.

Ñukanchik Socialismo, que es un pequeño núcleo de reflexión teórica y política lo viene planteando desde que la traición de Moreno se hizo visible. Un Frente Nacional en el que se encuentren todas las fuerzas progresistas comprometidas con el cambio, pero con la condición de que esa unidad sea una unidad clasista que, teniendo al progresismo como eje principal, se abra desde la izquierda al centro y no al revés, porque si se va del centro hacia la izquierda volveremos a cometer el mismo error que la izquierda histórica y oportunista ha cometido desde La Gloriosa en 1944 de forma consciente y mal intencionada, alianza en la cual el progresismo se convertiría en el  dinamizador de un proceso político-social que, al llegar a un  punto de su desarrollo, se volvería irreversible, porque no se trata sólo de mejorar el sistema, sino de transformarlo.

Por lo tanto, estamos de acuerdo con la formación del Frente Nacional en el que deben estar todos los sectores progresistas de la sociedad civil ecuatoriana, definiendo un eje que vaya de la izquierda posible que es el progresismo (correísmo en el Ecuador) hacia el centro, aceptando en su seno también a una izquierda auténtica y programática dispuesta a empujar, hasta las últimas consecuencias, el carro del progresismo. Este es el tema central de la actual coyuntura y mal haríamos en enredarnos en discutir concepciones y detalles de cómo queremos que sea la sociedad del futuro. Las líneas generales del proyecto progresista que tu representas, son suficientes. Este es un momento político y en lo que tenemos obligatoriamente que estar de acuerdo es en definir las alianzas que nos permitirán recuperar el poder político perdido. Si esto se hubiera comprendido en las elecciones presidenciales del 2021, otro sería este momento el cantar, pero tesis arteras como la del “voto ideológico nulo” le permitieron a la derecha recuperar el poder.

En este punto es bueno hacer una reflexión. Ni tú, ni nadie nos debemos de preocupar de buscar una alianza con Yaku Pérez y las instancias que lo respaldan. Ese es un proyecto alimentado por el poder mundial y buscarán cualquier nimiedad para no integrarse a la alianza porque de afuera viene la consigna de apoyar lo que ellos llaman una “nueva izquierda” que no será sino un fantoche controlado por esos obscuros intereses desde adentro. Ese peligro no es irreal y puede crecer si no se tiene éxito en conformar el gran Frente Nacional Progresista que tú has planteado, porque con el membrete de izquierda están engañando al pueblo.

El objetivo de esta carta es hacerte saber que Ñukanchik Socialismo apoya tu iniciativa y reclama un lugar en esa alianza progresista. Reconociendo tu liderazgo y sosteniendo que el proceso de cambio en la sociedad humana está en marcha y asegurando que tanto ustedes como nosotros estamos del lado positivo de la Historia y que ya es hora de que las mejores ideas comiencen a brillar y que nosotros, humilde, pero firmemente, reclamamos un metro cuadrado en esa alianza para alzar nuestra voz y hacer oír nuestras razones.  

Ya es hora de desbloquearnos, Rafael Correa Delgado, el ruido de la Historia que avanza es atronador y nadie podrá permanecer indiferente.

Como dice un dicho popular: cualquier trapito es pañuelo. Acepta nuestro aporte, Rafael, contamos con ideas, honestidad y decisión. Queremos contribuir a recuperar la Patria, discutiendo, luchando, creando poder popular.

HASTA LA VICTORIA SIEMPRE

ÑUKANCHIK SOCIALISMO.

Jorge Oviedo Rueda

01-01-2022

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JULIO, TE AMO, PERO TENGO QUE MATARTE

Yo era un guagua turbulento cuando te conocí, Julio, por Portete y Santa Elena del Guayaquil de mis odios queridos, cerquita de la 18 y la que cruza, por más señas, a donde no íbamos por no tener siete sucres y no porque nos faltaban las ganas; yo, serranito de los montes trasladado a los infernales calores del Guayaquil de tus amores, en esas cantinas a las que sus dueños les ponían nombres increíbles aprendí a amarte. De una que se llamaba El Pulmón, me acuerdo, cuyo dueño era un tísico cadavérico que siempre nos recibía tosiendo y cantando ese tango que dice eche amigo, échele no más llena, hasta el borde la copa de champan, y tú te sumabas a la fiesta cantando desde un rincón, doliente y magnífico, con tus ojos y voz color de miel, haciendo que todos los guaguas turbulentos -que no queríamos llegar a la miseria de nuestras casas-, nos fuéramos enamorando de ti. Desde entonces te he querido, Julio, sin pausa ni descanso, evocándote siempre que mis labios han escanciado una copa de licor y siempre que alguna bandolera me ha mordido el corazón.

Esta noche tengo ganas de buscarla….me susurrabas al oído y sentía unos deseos de cruzar la ciudad de rodillas y parquearme en la puerta de su casa pidiéndole perdón y cantándole en tu voz que no puedo verla triste porque me mata para regresarme desolado diciéndole a mi guitarra que era mi voz de dolor y que por Dios le dijera que aun le quería que aun le esperaba y cuando ya toda esperanza se había hecho polvo me hundía en el machismo galopante de tu repertorio en el que las mujeres son lo peor de lo peor que la vida pudo parir. Julio, cuanto dolor en tu voz de ruiseñor, envenenando la vida mía y la de tantos guaguas turbulentos que deambulan sin sentido por las calles de nuestra sufrida patria y tu ahí, poniéndole sal a la herida, como recordándonos que nunca jamás podremos salir de la podredumbre.

Ahora me pregunto ¿amigo o enemigo? Maestro fuiste, Julio querido, de las lágrimas, maestro de la nostalgia, maestro de la fatalidad sino cruel que se conformaba con comprarle a la vida apenas cinco centavitos de felicidad, cinco míseros centavitos para ser felices porque soy, nos decías, un abandonado de la calma y un náufrago del amor en lo infinito. Hay, Julio, ¡cómo me hiciste amar el puñal que me mataba! ¡como hiciste del sufrimiento un elixir de vida! Si, lo fue, de vida miserable y sufridora contra el piso, sobre el piso, bajo el piso, nunca por arriba del piso. Julio, mi Julito Jaramillo, amor de mi generación, mi Ruiseñor de América que nos enseñaste a golpe de lágrimas que la vida es la escuela del dolor. Todavía hay ministros y cineastas que se complacen en sacarle jugo a tu figura como si fuera la esencia de nuestra vida, digo, de esta patria molida a golpes, cierto, desde ya no me acuerdo cuando.

Sabes, Julito, ahora, después de tantos años de tu partida te seguimos cantando, pero cosa curiosa, ya no estás en esas rocolas mágicas en las que poníamos un centavo y te oíamos cinco veces seguidas a nuestra elección, estás en los salones de la gente perfumada, de esos que ocultan muy bien el interés de mantener el sufrimiento de los de abajo, porque hace rato que han descubierto lo buen negocio que es. Por eso se me está acabando el amor que te tenía, Julito, y con el dolor de mi alma te digo que esta noche de farra y alegría te hundiré el puñal del desamor y te sacaré el corazón para comérmelo a besos. ¡Basta ya, Julito!  Mucho te quiero y te he querido, pero tengo que matarte.

Otra voz como la tuya tiene que surgir, con esa tersura de terciopelo que tu tenías, pero para cantarle a la vida y la esperanza. Adiós, Julio Jaramillo, para siempre, adiós.

27-11-2021

Jorge Oviedo Rueda

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EL PANORAMA POS ELECTORAL EN EL ECUADOR

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SOÑAR NO CUESTA NADA, PERO ¡VAMOS AL GRANO!

El progresismo perdió en el Ecuador ante la extrema derecha. ¿Cuáles fueron las razones?

Mi generación tuvo en sus manos un libro que surtió el efecto de una operación en las retinas, devolviéndonos la luz que el colonialismo eurocéntrico nos había quitado por cerca de quinientos años. Se llama La Visión de los vencidos y su autor fue un maestro mexicano que dedicó su vida a estudiar y comprender a las sociedades prehispánicas, no por mera curiosidad, sino por un impulso de identidad y sobrevivencia.

Desde comienzos del siglo pasado en México se ha pensado y reflexionado sobre este tema, sin prisa, pero sin pausa. Autores como Carlos Fuentes u Octavio Paz han producido obras fundamentales en defensa de nuestros pueblos ancestrales y ensayos esclarecedores sobre las consecuencias de la destrucción de los mismos y el inevitable fenómeno del mestizaje que es su más directa consecuencia. Octavio Paz con El Laberinto de la Soledad se adentra en el análisis de cuáles son las virtudes y defectos de la mezcla de las sangres americana y europea y apuesta al mestizaje como destino de nuestros pueblos y Carlos Fuentes igual, reflexiona sobre la inserción de la cultura europea en la vida de los pueblos originarios. José Vasconcelos les antecede a todos ellos planteando el inminente surgimiento de una “raza cósmica” que sería el resultado de la unión del blanco europeo con el nativo americano y el negro africano, raza, decía, destinada a construir un nuevo mundo. México es una nación mestiza en la realidad de su gente, heredera de civilizaciones sorprendentes como la Maya y la Azteca y en las reflexiones de sus intelectuales que han profundizado sobre su identidad y destino colectivo. La enorme epopeya de la revolución campesina de comienzos del siglo XX reafirma le herencia viva de sus antepasados y, a su vez, toma en cuenta lo que la civilización europea nos fue imponiendo a lo largo de los siglos de brutal colonialismo.

Desde el Caribe José Martí nos advierte que la historia de los pueblos originarios se debe enseñar antes que la de los Arcontes griegos y, al sur del continente, Víctor Raúl Haya de la Torre nos habla del Indoamericanismo, a la par que José Carlos Mariátegui nos advierte la necesidad de americanizarnos. Hay, quiero decir, una enorme trayectoria histórica de pensamiento que, sin importar ni su tendencia política ni su filiación filosófica, coinciden en la necesidad de rescatar las virtudes de los pueblos originarios, es decir, la necesidad histórica de volver a nuestras raíces.

Esa corriente de pensamiento americanista, en el caso del Ecuador, está representada en las ideas de nuestro prócer independentista Eugenio de Santa Cruz y Espejo y en la visión pro socialista de Belisario Quevedo, uno a finales del colonialismo español y el otro en plena república oligárquica.

En todos los casos, sin excepción, parten de la denuncia de la brutalidad colonialista ejercida contra nuestros pueblos y cuyo más lejano antecedente lo encontraremos en la Brevísima relación de la destrucción de las indias de fray Bartolomé de las Casas. En ella se concentra todo el espectro brutal del colonialismo: genocidio, patriarcalismo, racismo, odio al diferente, xenofobia, machismo, homofobia, discriminación, fanatismo religioso, superstición y un largo etcétera de males que todavía persisten y contra los cuales seguimos luchando. La denuncia y la aspiración de una nueva vida está hecha por las plumas de los más esclarecidos intelectuales y patriotas de nuestro continente. Hay que partir de ella para no llover sobre mojado y no desviar la atención sobre lo que verdaderamente importa.

La trasnochada pretensión que ahora tiene una corriente “pachamamista” de desconocer este pensamiento insurgente presente en nuestros pueblos desde los mismos orígenes de la colonia a título de que la “matriz occidental” está equivocada, no puede ser tomada en serio, salvo si se quiere apoyar una especie de “talibanismo andino” cuyas consecuencias irían más allá de una confrontación de clases para convertirse en una matanza racial apocalíptica. 

Pero, dejemos los absurdos a un lado y vayamos al grano. ¿Qué es lo que verdaderamente importa en los actuales momentos desde un punto de vista político?

Importa diseñar una táctica y una estrategia para ganar las próximas elecciones presidenciales y poder hacer realidad nuestros propios sueños y el de nuestros antepasados. El resto es paja. La derecha lo tiene claro desde la fundación de la república y, sistemáticamente, les ha demostrado a las izquierdas de todos los tiempos su superioridad, incluidas las elecciones que acaban de pasar.

Ubicados en la perspectiva de la lucha por el poder, que es lo que importa, es imprescindible distinguir dos momentos: 1.- La lucha previa a la toma del poder cuyo objetivo principal es ganar las elecciones y 2.- Después del triunfo electoral proceder a la toma efectiva del poder que significa el control total del Estado y de la llamada “sociedad civil”, sin lo cual, no se puede hablar de una verdadera transformación de la sociedad. Analicemos estos dos puntos.

1.- LA LUCHA PREVIA POR GANAR LAS ELECCIONES PRESIDENCIALES

La piedra angular de esta etapa es tener clara una política de alianzas. La política, en sociedades clasistas como la nuestra, hay que entenderla como un choque de intereses antagónicos equivalente a una guerra. Esta simple y contundente verdad ha sido ocultada por el discurso oficial de los sectores dominantes herederos del poder colonial que dice actuar y representar los intereses de todos, cuando en realidad actúa y representa sus intereses particulares de clase. Después del triunfo liberal a finales del siglo XIX, nadie ha podido fisurar el bloque ideológico-político de la oligarquía ecuatoriana surgida como consecuencia de la traición plutocrática a Alfaro. La Revolución Ciudadana y su líder Rafael Correa tienen el mérito histórico de haber querido completar la trunca revolución de Alfaro afectando los intereses plutocráticos de sus asesinos. Eso explica el odio feroz de la moderna oligarquía a un líder reformista que nunca se planteó una transformación radical de la sociedad ecuatoriana.

Nadie puede negar que el primer triunfo electoral de Rafael Correa tuvo como condumio la lucha acumulada de los sectores populares durante el período de la partidocracia, esto es, desde el regreso a la democracia en 1979 hasta el 2006. En esencia, fue una lucha contra el neoliberalismo. Una izquierda boba (la izquierda histórica) creyó que apoyando a Correa iban a ser gobierno, pretensión que se frustró estrepitosamente porque pretendieron disputarle a la Revolución Ciudadana sus mismos postulados reformistas, es decir, aprovechar el liderazgo de Correa ´para hacer ellos los protagonistas de la reforma.

Sin un proyecto transformador, ubicado a la izquierda del correísmo, esa posición fue prontamente ahogada por Correa y la fracción de esa izquierda que se quedó dentro del correísmo se asfixió en el burocratismo estatal y el oportunismo político. Cuadros altos de la izquierda histórica, así como dirigentes medios y de base se sacaron la careta y quedaron al descubierto ante sus militancias y la opinión nacional. Rafael Correa tiene el mérito de haberles quitado la palabra y prohibido que sigan hablando a nombre de la izquierda y del pueblo.

La política de alianzas propuesta por Alianza País y Rafael Correa en las elecciones del 2006 fue todo un éxito. Entonces se plantearon alianzas en un eje que iba del centro hacia la izquierda, siendo la izquierda el sector más débil. Fue suficiente para el triunfo electoral. Nunca en los diez años de gobierno correista ninguna de las “izquierdas” le exigió a Correa radicalizar su gestión gubernamental para trascender los meros límites de la modernización capitalista, los reclamos tuvieron que ver con el estilo confrontativo y autoritario, decían, de Rafael Correa.

“Esas izquierdas” hicieron una oposición vacía de contenidos, insustancial y escandalosa, cuyo objetivo fue cuestionar a Correa por no saber conducir adecuadamente la Revolución Ciudadana que ellos mismos habían contribuido a concebir e instalar, coincidiendo de esa forma con la crítica clasista y cargada de odio que provenía de los sectores oligárquicos. Ninguno de esos dirigentes, estoy seguro, hubiera tenido la fuerza y potencia intelectual que Correa tuvo para confrontarse con la prensa “libre e independiente”, por ejemplo, o con personajes icónicos de los sectores dominantes, aparte de la decisión histórica que tuvo para llevar adelante reformas fundamentales como la educativa o la inmensa obra material, o la defensa de nuestra soberanía a nivel internacional.

Las críticas que tienen que ver con la criminalización de la protesta social, la persecución a dirigentes populares o la tendencia al extractivismo demostrada sobre todo al final de su período, claro que son válidas desde un punto de vista radical y revolucionario, no desde la misma óptica reformista como es el caso de “las izquierdas” que critican al correísmo.

La traición de Lenin Moreno al proyecto progresista tuvo el efecto de un “salto hacia atrás”. Durante cuatro años Moreno y la más recalcitrante derecha política y económica se han esmerado en pulverizar al correísmo y a su líder logrando posesionar en la conciencia de los sectores medios altos y las élites de siempre la idea de que el correísmo ha sido el gobierno más corrupto de la historia, todo sin fundamento jurídico alguno. Esa campaña sistemática de la derecha, apoyada por los oscuros designios de la embajada norteamericana, significó que el correísmo tuviera que volver a empezar.

Fue precisamente lo que hizo al proponer el nombre del economista Andrés Aráuz para terciar en las elecciones presidenciales del 2021. Se trataba de dar continuidad a un modelo “pro socialista cuyo fundamento fue la implementación práctica de una heterodoxia económica tendente a crear las condiciones para transitar, primero, a una sociedad pos neoliberal y posteriormente a un socialismo de mercado”[i]  Este, precisamente este, es el punto nodal del proceso político en el Ecuador, que por no ser comprendido cabalmente por parte del movimiento indígena-popular y los sectores de izquierda que dicen representarlo hizo posible la contraofensiva de la derecha oligárquica y su triunfo en la segunda vuelta de las pasadas elecciones.

Para garantizar el cumplimiento del primer objetivo en la lucha por el poder político, es decir el triunfo en las elecciones de la democracia en la que estamos inmersos, se trataba, en esta ocasión, de reeditar la alianza hecha en el año 2006 pero esta vez, cambiando el eje de la misma. Había que consolidar una unión que debía ir de la izquierda al centro en la que el centro, precisamente, debía ser el sector más débil. Esto por la sencilla razón de que la “izquierda reformista” camuflada de socialista, emepedista y otras hierbas había sido ya desenmascarada por Correa. Una cabal comprensión de la dialéctica histórica habría permitido que ahora la izquierda radical, o más revolucionaria, hubiera podido actuar como una garantía de que el proceso progresista derivase a posiciones más avanzadas.

Si no es posible darle una “solución de continuidad” a la Historia porque no están creadas todas las condiciones sociales para ello, es imposible escapar al avance natural de la misma. Esto es lo que no son capaces de comprender “esas izquierdas” que luchan por aplicar un proyecto anti extractivista, pero, si no es así como dicen, la pregunta es lógica ¿por qué se oponen al progresismo si ellas quieren lo mismo? Es debido a esta incongruencia histórica que no ayudan a la revolución, sino que la detienen y se oponen a la misma, coincidiendo con la defensa de los intereses de las élites nacionales y de sus aliados internacionales.

La lucha por el poder es la quintaesencia de la política, pero el,poder no es un elemento inoloro, incoloro e insaboro, tiene nombre y apellido. Si se lucha por el poder burgués, estamos consolidando el patriarcalismo, la desigualdad estructural, la explotación del capital al ser humano, pero fatalmente estamos luchando por ese poder desde el mismo momento que aceptamos jugar con las reglas de la democracia que nos rige. Si alguna de las izquierdas en el Ecuador se habría planteado luchar por un “poder revolucionario” debería estar alzada en armas y luchando en las montañas y ese no es el caso. Las alianzas se las hacen, precisamente, para comenzar a cambiar la naturaleza del poder burgués.

Y esto es lo que no comprendieron en estas últimas elecciones Pachakutik, Yaku Pérez y “esas izquierdas”, conduciendo por un sendero equivocado a sus bases y haciendo posible el triunfo del banquero y de la extrema derecha socialcristiana. Cuando somos dueños de un proyecto revolucionario, no hay por qué tener miedo al reformismo, por el contrario, sus reformas deben ser bienvenidas porque son las concesiones que hacen las clases dominantes a la presión de las mayorías. Educación gratuita y de calidad, es una concesión, por ejemplo, red vial de primera, igual, reforma del Estado, soberanía nacional, elevación del nivel político del pueblo. El “gran salto hacia atrás” impulsado por Moreno, refrendado por la feroz campaña anticorreista y el odio demostrado por Yaku Pérez contra Correa se ubican en esa trágica línea de regresión al pasado.

De haberse depuesto el odio visceral contra el correísmo y haberse consolidado una alianza del progresismo con la llamada “nueva izquierda” el primer paso hacia la toma definitiva del poder se habría dado con éxito. Hoy nos hemos alejado de ese objetivo, no cuatro años, sino quién sabe cuántas décadas.

Si esta es la esencia de la política de alianzas, veamos, entonces, cual es la esencia del segundo paso en este proceso de toma del poder y cambio de su naturaleza.

2.- EL ESTADO Y EL PODER POPULAR

Que el desarrollismo ya no es un camino de progreso para los pueblos latinoamericanos es una verdad que, desde un punto de vista revolucionario, no necesita demostración. Todas las fórmulas del desarrollismo están vinculadas a los intereses del capitalismo corporativo mundial y ninguna ha traído prosperidad y bienestar a nuestras naciones, pero el hecho de que así sea no puede llevarnos a la conclusión de que cambiar de vida es tan sencillo como cambiar de camisa. Las fuerzas del establishment son muy poderosas todavía y tienen, a su favor, no sólo la fuerza económica, sino también ideológica y militar y jamás en la historia se ha visto que por muy podridas y decadentes que sean, estén dispuestas a entregar sus privilegios en bandeja de plata.

Comenzar a soñar en otra forma de vida es un derecho de los pueblos oprimidos y, en el caso de Latinoamérica, lo venimos haciendo desde el triunfo de la Revolución Bolchevique. Que los fundamentos de los sueños de nuestras izquierdas hayan estado equivocados, no nos quita el derecho a seguir soñando. Precisamente el aprendizaje de los errores cometidos es lo que nos da más derecho al sueño de cambiar de vida. Lo que siempre será un error será tirar el agua sucia de la bañera junto con la criatura.

Las bases gnoseológicas de esa nueva vida tendrán que ser nuevas, no copia de las sociedades ancestrales ni repetición de las occidentales, nueva, en el sentido de que tendremos que crear otras bases epistémicas. Ñukanchik Socialismo ha sostenido que serán el resultado de la fusión armoniosa de todas las coincidencias existentes entre las bases gnoseológicas de las sociedades primigenias y lo mejor del pensamiento revolucionario anticapitalista de occidente, representado en el pensamiento de Marx.

Tan desatinado sería copiar la gnoseología ancestral, como mantener la occidental, porque equivaldría a querer extrapolar, en el primer caso, ahistóricamente una forma de vida superada ya por la humanidad y, en el segundo, insistir en una que nos ha llevado al borde del abismo. Lo dialéctico es que las fuerzas sociales portadoras del cambio histórico necesario en este tiempo de cambio de época sintonicen con esta concepción, al igual que sus líderes que, sin esa sintonía, no pasarán de ser sino falsos dirigentes destinados a acelerar la caída de la humanidad en el abismo.

Es precisamente en la región andina donde ha comenzado a florecer esta nueva forma de pensar que, para desgracia de la nueva ciencia, está naciendo con la peligrosa desviación teórica de sostener que la episteme ancestral tendrá que “devorarse” a la gnoseología occidental, destruyéndola por perniciosa y equivocada, planteando, de esta forma, una soterrada confrontación racial que está más allá de los límites históricos propios de una lucha de clases justa y necesaria.

El sueño de una sociedad ecológica, anti extractivista, comunitaria, anti patriarcal, anticolonial y anticapitalista.es el sueño que venimos soñando todos los que queremos una nueva vida[ii] desde que el Che Guevara dio su vida por él e intelectuales como Agustín Cueva nos enseñaron a pensar; pero ese sueño tiene que soñarse con los pies en la tierra y con los ojos bien abiertos para saber, con intuición histórica puntual, cuando será el tiempo de su plena realización. La lucha por esta nueva vida está bien, siempre y cuando se entienda desde dónde se la debe dar y cuando será el tiempo apropiado de “asaltar el cielo”.

Podemos equivocarnos de buena fe, pero la campaña de odio llevada adelante por Pachacutik, Yaku Pérez y “esas izquierdas” no puede decirse que estuvo basada en la buena fe. Demostró que no se entiende el sentido de la historia y puso en evidencia que fueron aprovechadas por las fuerzas oscuras del imperio. La realpolitik nos obliga a soñar con los ojos abiertos si no queremos ser arrastrados por los vientos contrarios de la reacción.

Ñukanchik Socialismo en el artículo citado líneas arriba, decía: “En la base de esta nueva forma de vida está el principio fundamental del colectivismo productivo que, a su vez, se sustenta en la colectivización de la propiedad de los medios de producción. Hay una coincidencia atemporal entre la forma de propiedad de nuestros pueblos originarios y el planteamiento teórico del socialismo científico en cuanto a la propiedad se refiere. Esa coincidencia hay que concretarla en la práctica productiva actual considerando el adelanto científico y tecnológico alcanzado en las sociedades occidentales en estos últimos quinientos años. Esta forma de pensar resuelve con éxito la crisis de las izquierdas latinoamericanas y se constituye en el aporte teórico que hacemos los revolucionarios andinos al pensamiento de la izquierda mundial.” 

Por eso llama mucho la atención que los pocos intelectuales que en nuestro medio se ocupan seriamente de estos temas vuelvan sus ojos, otra vez, a los centros del pensamiento europeo para destacar lo que la intelectualidad avanzada de América Latina viene sosteniendo desde hace más de un siglo: superar el capitalismo y encontrar otras formas de producir y vivir que salven al ser humano y al planeta en que habita.

En el siglo XX se creyó que era el socialismo esa solución, hoy los nuevos sueños no tienen todavía nombre, pero nada se podrá hacer si no nos consideramos herederos de esas luchas y de esas ideas.

“Volver la mirada a aquellas formas de vida social no sub-desarrolladas” -no se sabe si cita o dice una autora ecuatoriana-[iii], “sino fuera del desarrollo, a las comunidades agrarias que siembran y se dedicaban (sic) a escuchar como crecen los cultivos, pues una vez sembrados, apenas queda ya más por hacer. A esos territorios fuera del tiempo donde la gente es feliz, todo lo feliz que puede ser un pueblo.”

¿Existieron esas sociedades?, ¿existen?, ¿Dónde están?, ¿fuera de la Historia?, ¿son paraísos idílicos que han existido más allá o más acá del tiempo histórico? ¿a quién se le ocurre que masas gigantescas de seres humanos como las de Nueva York, Sau Paulo, México DF, o del mismo Quito podrán sembrar y dedicarse a ver como crecen las plantas? Lo menos grave que se me ocurre es que no hay madurez teórica para sostener semejantes ideas y, lo más grave, que está en marcha una conspiración colosal de las fuerzas que dominan el mundo para enterrar, a nombre de la nueva vida, la nueva vida misma.

Sostener el aislamiento histórico de las comunidades originarias no es compatible con la realidad. Pueden conservar sus características etno-culturales, pero jamás han estado en aislamiento absoluto. Ni aún los pueblos no contactados tienen un ciento por ciento de aislamiento en la actualidad, es que las ramificaciones de la vida moderna configuran una red de tal naturaleza que nada ni nadie queda afuera. Soñar que es posible significa ser víctimas de un romanticismo utópico poco compatible con la realidad histórica,

El desarrollo tecnológico alcanzado en la sociedad capitalista será la base del desarrollo tecnológico que alcanzará la nueva sociedad, volver a cocinar con leña no solo que es un absurdo, sino un sueño retrógrado que, de convertirse en una idea fuerza, nos puede regresar a ser esclavos de los que manejan la ciencia y la tecnología. Una nueva sociedad será la prolongación de la vieja en niveles más altos de conciencia que nos permitirán dominar la tecnología y la ciencia a favor del ser humano y no de intereses particulares o de grupo. Llegaremos a un nivel de conciencia que nos permitirá dominar nosotros la tecnología y no al revés.

En un artículo escrito en diciembre de 2019 sobre este tema decía: “No hay lugar a reconstruir el sistema pre colombino de producción, como quieren los “pachamamistas”, pero tampoco es posible sostener el actual sistema capitalista que hace agua por los cuatro costados. La solución está en rescatar aquello que se demuestra positivo del sistema ancestral y lo que se puede rescatar del capitalismo actual.

Esos elementos nucleares son: 1) De los ancestros: la propiedad colectiva de la tierra, principalmente; también una forma de organización social basada en la reciprocidad, un particular sistema de participación de las bases (nueva democracia) y el rescate de un patrón cultural singular que recoja elementos del mundo andinoiv. 2) Del capitalismo actual: la libre empresa individual, con límites en su crecimiento y control del Estado[iv].”

Un dicho popular dice que soñar no cuesta nada, pero la práctica política nos enseña que para realizar nuestros sueños necesitamos el poder, entendido como la voluntad de una clase social para alcanzar sus metas económicas, sociales, culturales y de vida.

En las actuales circunstancias históricas las metas son progresivas, no hay lugar a las soluciones radicales e inmediatistas, es en este sentido que el progresismo latinoamericano tiene validez y proyección de futuro porque sólo eslabonándose a él las etapas más radicales tendrán arraigo histórico, actuar fuera de él es un sueño onírico, surrealista, más allá de lo posible real, equiparable en su grandeza al sueño que tuvo el Che Guevara en la década de los sesenta de crear muchos VietNam en América Latina para derrotar al imperialismo, pero que no pasó de ser eso, simplemente un sueño.

La Historia va por andariveles concretos de carne y hueso y de conciencia, diríamos, como los de la izquierda posible que, hoy por hoy, es el progresismo latinoamericano. Lo que está fuera de él, o contra él, o bien es ingenuidad o cálculo político magistral de las fuerzas oscuras del poder mundial para neutralizar la insurgencia de las masas.

La incomprensión de esto hizo posible el triunfo de la extrema derecha en las últimas elecciones. Los sueños de una nueva vida se han tenido que posponer, quién sabe por cuánto tiempo. La confrontación personal de Yaku Pérez con Rafael Correa dio un resultado favorable al primero porque le restó, al segundo, un 20% de la votación total de los ecuatorianos, hecho que en lugar de hablar a favor de los sueños de una nueva vida habla a favor de los sectores dominantes del Ecuador y sus aliados internacionales.

El objetivo de ganar las elecciones, como primer paso para la toma del poder, quedó destrozado en el intento, apalancado en apenas cuatro millones doscientos mil voluntades que no fueron suficientes para llevar al gobierno a una fuerza progresista que, de haberse dado la alianza que la lógica política recomendaba, hubiera hecho posible trascender los límites de la modernización capitalista y haber comenzado a sentar los cimientos de una nueva vida en la que íbamos a poder recuperar las virtualidades de las sociedades ancestrales y rescatar aquello que todavía la Historia no puede enterrar del régimen capitalista, en una fusión armónica de los intereses de los sectores de clase afines y del multiuniverso en el que vivimos, sin que la lucha racial pase a ser un fantasma rondando sobre nuestras cabezas.

Dicen los actuales filósofos europeos que ya no se trata de construir una nueva sociedad, sino una nueva vida. Claro, pero no como una isla o un baptisterio, especie de Ciudad del Sol o Isla de Utopía, sino una en la que podamos disfrutar de la ciencia y la tecnología puestas al servicio del ser humano, en la que el individuo sea el resultado del cambio de las condiciones materiales de vida, en la que la producción levantada con el trabajo de todos deje de ser la explotación inmisericorde de nuestra hermana naturaleza. Nunca será inútil recordar a Marx que nos advertía que no es la conciencia la que determina el ser social, sino al revés. No porque Marx ahora no es santo de la devoción de los “ideólogos” de la nueva vida, ha dejado de tener razón.

Ese es el comienzo que se truncó por no entender la dialéctica de la historia y cuyas consecuencias no serán capitalizadas ni por el voto nulo, ni por Yaku Pérez ni por “esas izquierdas”, sino por las élites de siempre y por sus eternos aliados extranjeros.

Cuánto fervor vemos en los actuales momentos en el discurso combativo que Yaku Pérez comienza a esgrimir contra Guillermo Lasso. ¡Cuánto mejor hubiera hecho si antes reflexionaba que el odio contra Correa y el voto nulo no eran argumentos a favor de esa nueva vida por la cual seguiremos luchando hasta vencer o morir!

“Los principios de correspondencia, reciprocidad, complementariedad y ciclicidad son aspectos que deduce el pensamiento teórico moderno al estudiar el Sumak Kawsay ancestral y son los que sirven para oponerse a los de individualismo, lucro, democracia, autoritarismo y totalitarismo que prevalecen en las sociedades actuales. Ese equilibrio dinámico que ahora se impone como necesario no es, según la nueva gnoseología en ciernes, un equilibrio eterno e inamovible, sino que se da en un ciclo de duración temporal (500 años o un Pachacutik) a cuyo final la sociedad dará un salto dialéctico hacia arriba y que, en su repetición eterna, va conformando la espiral perfecta de la Historia.”, escribí en el artículo citado antes.

Este es el fin del tiempo del viejo Pachakutik, del que se inició con la llegada de Cortez y de Pizarro a nuestras tierras y está comenzando uno nuevo, en el que el fruto de las luchas y de toda la sabiduría acumulada nos están señalando nuevos horizontes. Para comprenderlo debemos ser auténticos, pensar con nuestra propia cabeza y levantar las banderas del corazón, única forma de ir humanizando la vida que el capitalismo ha deshumanizado.

Jorge Oviedo Rueda  

27-IV-2021.


[i] Véase: Oviedo Rueda, Jorge, Esas izquierdas ¡otra vez! En:  https://lalineadefuego.info/2021/04/07/opinion-esas-izquierdas-otra-vez/

[ii] Véase: Oviedo Rueda, Jorge, ¿Dónde están nuestras raíces? En: https://www.alainet.org/es/articulo/198945

[iii] Véase: Sierra, Natalia: El legado del progresismo al pensamiento crítico latinoamericano, en: https://lalineadefuego.info/2014/01/29/el-legado-del-progresismo-al-pensamiento-critico-latinoamericano-por-natalia-sierra/

[iv] Véase: Oviedo Rueda, Jorge: La imperiosa necesidad de definir lo indio: https://lalineadefuego.info/2019/12/10/la-imperiosa-necesidad-de-definir-lo-indio-por-jorge-oviedo-rueda/

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