MENSAJE AL LIDER

LA IMPORTANCIA DE LA CRITICA Y LA AUTOCRITICA

Todavía la humanidad no ha inventado otra forma de dirigir sus destinos que no sea la de la confianza en sus líderes, o, dicho de otra forma, la necesidad de los líderes no ha podido ser eliminada. Esta es una verdad histórica inobjetable. Desde las sociedades primitivas, hasta las contemporáneas, el líder ha sido un factor preponderante de su cohesión y desarrollo.

            Pero si nos fijamos en el significado de la palabra líder veremos que está ligado de forma indisoluble a otro concepto que es el de colectividad. Se es líder porque se dirige una colectividad y, cuando hablamos de líder político, nos estamos refiriendo a un conductor de masas. Los césares, los emperadores, los reyes, los gobernantes de la democracia liberal, los dictadores y los conductores de las revoluciones insurgentes han sido líderes, líderes de sus pueblos. La Historia tiene una galería inmensa de líderes, buenos, malos y regulares.

            Si se tiene una visión superficial de la política se puede llegar a creer que son los líderes los que “hacen la Historia”. Aparentemente es así. Reyes sabios como Salomón o tiránicos como Enrique VIII de Inglaterra pueden abonar esa tesis o figuras autocráticas y tiránicas como la de Adolfo Hitler o de José Stalin; pero basta preguntarnos qué hubiese sido de todas esas figuras históricas si no hubiesen estado respaldadas por los pueblos a los que conducían, para comprender que la Historia no la hacen los líderes, sino las masas a las que conducen. Los líderes son los guías, las masas son el motor de la Historia.

            En la historia republicana del Ecuador esta verdad siempre se ha cumplido. Las masas han empujado la historia, los líderes las han conducido. Desde el proceso de independencia con Bolívar a la cabeza. Todo jalón histórico ha tenido al pueblo como protagonista. Después de Bolívar y Sucre tuvimos a Alfaro. Blancos, negros y mestizos apoyaron la gesta libertaria, montuvios y jornaleros serranos libres empujaron la revolución liberal de 1895. En el siglo XX las masas urbanas semiproletarias auparon cinco veces a un caudillo como Velasco Ibarra y, después de la restauración democrática de 1979, el pueblo ecuatoriano, por medio del voto, ha nombrado a sus presidentes.

            ¿Por qué, entonces, si las masas han estado presentes en el accionar político de la nación, nunca se han cumplido sus aspiraciones y hasta el presente viven en la miseria y la ignorancia? Porque los líderes republicanos aprendieron que el negocio de la política era hablar a nombre del pueblo y hacer, desde el poder, lo que les conviene a las clases dominantes, quiere decir que han representado sus intereses y no los de las masas. Cuando en la Historia se ha roto esa ecuación, las masas han sido beneficiadas y la nación ha dado un paso adelante en su desarrollo.

            Dos grandes momentos de coincidencia entre los intereses de las masas y los de sus líderes se han dado en la historia ecuatoriana: La gran Revolución liberal y su líder Eloy Alfaro y la llamada Revolución Ciudadana y su líder Rafael Correa Delgado. Todo lo demás, desde la fundación de la república hasta nuestros días, ha sido una disfunción entre las aspiraciones de las grandes mayorías y los intereses de clase de sus conductores.

            La gesta liberal de 1895 termino con el crimen y arrastramiento en las calles de Quito de su líder. Fue la plutocracia liberal, traicionera a los ideales del liberalismo machetero de Alfaro, la que se adueñó del poder después de su muerte. A lo largo del proceso liberal, Alfaro conoció hombres leales y traicioneros, así como aduladores y oportunistas y también liberales críticos con el proceso que estaban impulsando. Una de esas voces fue la de José Peralta que, siendo ideólogo del liberalismo, siempre fue crítico de la acción práctica de sus dirigentes e, inclusive, del propio Eloy Alfaro. Recuérdese la oposición radical de Peralta al propio gobierno de Alfaro que, en la Constituyente de 1897, se opuso porque “transaba con los tradicionalistas y no se atrevía a tomar decisiones que cambiaran la faz del país” Esa Constitución, dice Peralta, “no llenaba las aspiraciones de los verdaderos liberales que habíamos luchado tanto tiempo por un cambio revolucionario”. Alfaro tenía sus razones, pero nunca dejó de escuchar la voz de Peralta porque estaba cargada con la razón histórica del liberalismo que, en ese tiempo, era la voz de la libertad. Se dice que Alfaro fue un caudillo, probablemente es así, pero nunca porque impuso “su” verdad, sino porque supo ir con el curso de la historia. La crítica de sus enemigos era purulenta y destructiva, la de sus coidearios, diáfana y constructiva. A la de los enemigos hay que combatirla, a la de los amigos, escucharla y tamizarla. Siempre puede ser un jalón más de superación.

EL LIDERAZGO DE LA REVOLUCION CIUDADANA

            Siempre que la derecha, por medio de sus líderes y de la prensa “libre e independiente”, acusaban a Rafael Correa de autoritarismo yo esbozaba una sonrisa y batía palmas para un líder que, como ningún otro jamás en el Ecuador, se atrevió a hablarle de igual a igual a la oligarquía. Por Correa el pueblo ecuatoriano llegó a saber que las élites estaban cargadas de privilegios y que toda la decencia que mostraban en la fachada no era sino la vitrina de una extrema podredumbre. Llegó a saber de su deshonestidad, de su desprecio por el pueblo, de su racismo, de sus riquezas desproporcionadas, de sus lujos, de sus ventajas. Su mérito estuvo siempre en la denuncia, aunque en la realización práctica de su gestión política deja mucho que desear. El proyecto de la Revolución Ciudadana tuvo el acierto de sintonizar los afanes históricos de cambio que el pueblo ecuatoriano ha tenido desde épocas coloniales. Cambios verdaderos, raigales y “revolucionarios” como Peralta reclamaba en su época.

            Que un proyecto político se haya cimentado en la promesa de cambio desde la izquierda, era algo que generaba expectativas. Nunca antes en la historia había sucedido. Los sectores populares se llenaron de esperanzas y la derecha tradicional de temores. Recuerdo que un estudiante de la San Francisco, a comienzos del proceso, me consultó asustado si era cierto que Correa le iba a quitar la casa y los carros a su familia. Una propuesta política como la de la revolución ciudadana suponía un liderazgo firme para resistir la ofensiva de la derecha y para corregir, sobre la marcha, los errores que se iban a cometer. Un liderazgo suave hacia adentro y duro hacia afuera.

            En cuanto a resistir el embate de la derecha y las fuerzas orquestadas del poder mundial, Rafael Correa demostró solvencia y talla internacional. Se recuerdan muchas entrevistas con el periodismo mundial en las que Correa demostró seguridad y conocimientos por arriba del promedio de los líderes regionales y, a nivel interno, la prensa “libre e independiente” se vio obligada a respetarlo. Brilló en eventos internacionales en los que defendió el derecho de los pueblos a su independencia y soberanía y no tuvo temor de contraponerse a gobiernos represivos como el colombiano. Defendió la revolución cubana y mostró simpatía por el chavismo venezolano. Un liderazgo que llenaba muchas de las aspiraciones populares. Semejante posición causó tormentoso escozor en las élites.

            ¿Pero qué pasaba al interior de la Revolución Ciudadana? Antes que nada, no había críticos. La izquierda “boba” se metió en Alianza País con el complejo histórico de haber cambiado sus ideales de izquierda por los postulados socialdemócratas del proyecto correista. El Partido Socialista, el comunismo, el MPD, Alfaro Vive y otras hierbas se allanaron al liderazgo de Correa de forma acrítica, sin ninguna capacidad de reacción, prefiriendo el mullido sillón de la burocracia estatal al azaroso destino de la pelea revolucionaria, con lo cual se anularon, no sólo mientras duró el proceso, sino para toda la vida. Hoy sabemos que esa izquierda boba está enterrada y que sólo ciertos cadáveres políticos como el de Ayala Mora tratan de levantarse del basurero de la historia.

            También hubo otra crítica, la de sus compañeros de proyecto, cuya figura simbólica es la de Alberto Acosta. ¿Qué quería este sector? Le reclamaban a Correa ser más prudente en sus relaciones con la oligarquía, ser menos autoritario y mayor laxitud en su papel de líder. Correa era demasiado precipitado e imprudente para su gusto, debía gobernar más ceñido a las normas constitucionales aprobadas en el 2008 en Montecristi. Variación substancial en las líneas programáticas iniciales en cuanto a lo económico y social, no hubo. Era, más para ellos, una cuestión de estilo. Correa les pasó por arriba una aplanadora y, desde entonces, no han vuelto a alzar cabeza políticamente hablando.

            Una crítica que podríamos llamar institucional también existió. Estuvo representada en el neo keynesianismo de economistas como Eduardo Valencia que unieron a sus tesis económicas una carga importante de moral y ética, Correa los ignoró. Nadie iba a cambiar su heterodoxia económica que, con altos precios del petróleo, le estaba dando tantos éxitos.

            En resumidas cuentas, la crítica interna en la Revolución Ciudadana no fue una práctica constante y sistemática como en todo proceso que se dice revolucionario se entiende debe ser. Prevaleció la fuerza del líder, su personalismo que, como todo caudillismo, terminó prestando oídos sólo a las voces empalagosas del adulo y la alabanza personal.

LA NECESIDAD DE SEPARAR EL GRANO DE LA PAJA

            Las específicas condiciones de la política actual en el Ecuador nos hacen prever que en el 2021 puede volver a triunfar la opción correista. Así nos indica el creciente desprestigio del neoliberalismo morenista apoyado por las élites, su total incapacidad ejecutiva traducida en la alarmante paralización de la obra pública, en un larvado proceso de corrupción generalizado y en el desprestigio total de todas las funciones del Estado. El descontento de las mayorías crece diariamente y cada vez la idea de que con Correa estábamos mejor se disemina como una marea vertiginosa en la conciencia de los electores. Mientras avanza el tiempo cada vez es más feo el rostro del gobierno morenista y cada vez toma más fuerza la idea de un regreso del correísmo, con o sin Correa. Esta tendencia sólo puede ser truncada si no se tiene la suficiente inteligencia para consolidar una alianza de las fuerzas políticas que vayan de la izquierda posible (el correísmo) hacia el centro, pasando por el movimiento indígena-popular y las fuerzas de la izquierda revolucionaria que no arrastran el pecado original de la socialdemocracia y el oportunismo.

            La real posibilidad de triunfar en el 2021 nos obliga a separar el grano de la paja en la crítica constructiva dentro de la tendencia, una crítica que a estas alturas sólo puede venir de la izquierda revolucionaria. Una permanencia en el tiempo del progresismo sin dirección revolucionaria sólo serviría para el reacomodamiento del capitalismo interno y corporativo internacional lo cual sería la tumba de la opción revolucionaria. Lo correcto sería aprovechar la fuerza con la que viene el progresismo para dar otra vuelta de tuerca hacia la izquierda. El progresismo con dirección revolucionaria es el camino.

            Esta consideración no se hizo en la primera etapa del proceso, no sólo porque el proyecto careció de un sector revolucionario que empujara esta concepción, sino porque su líder no dio muestras de que este tema estuviera incorporado a sus concepciones. Esto es grano, no paja y debe discutirse como parte de la formación política de las bases de la Revolución Ciudadana si se quiere avanzar.

            La necesidad de contar con filtros que permitieran la selección de cuadros ideológicamente formados para apuntalar el proceso, es otra deficiencia que Rafael Correa nunca quiso reconocer. En el fondo está la construcción de una estructura partidaria que provea de los cuadros necesarios para la marcha del Estado. Una revolución es el acto consciente de un grupo de seres humanos y no admite equivocaciones garrafales como las que tuvo Alianza País. Esto también es grano, no paja, porque de esto depende no sólo que se sostenga el proceso, sino que sirve para la promoción de líderes y cuadros que representen a la revolución. Al cabo de diez años, no hay en el horizonte otra figura descollante que la de Rafael Correa. Nadie puede atreverse a defender el caudillismo porque sus resultados son evidentes. Haber puesto la revolución en manos de un incapaz política e ideológicamente fue un craso error.

            Es correcto reivindicar la obra material de la Revolución Ciudadana, pero no se la puede magnificar como un logro acabado y definitivo. Toda la infraestructura construida es apenas un pequeño porcentaje de lo que realmente necesita el Ecuador. La labor permanente en el campo de lo material debió servir como una fuente constante de trabajo y empleo para amplios sectores de ecuatorianos. El correismo dejó a medio hacer esta labor y si bien es cierto que las políticas de Estado son permanentes en el tiempo, se debió calar tan hondo que debieron hacerse irreversibles los procesos. Esto también es grano.

            Sólo se barnizó la educación sin haberse llegado a plantear cambios en sus fines y contenidos. Discutir la necesidad de unificar la educación a nivel nacional, sin mantener los privilegios de la educación particular de élite, fue un tema sobre el cual el líder de la Revolución Ciudadana nunca quiso pronunciarse.

            La Reforma Agraria, la reforma urbana, el cambio de la matriz productiva priorizando el campo y la agro industria fueron temas que quedaron en suspenso y que deben ser considerados si se quiere de verdad un cambio en nuestra patria. Todo esto es grano y mucho más que debe ser discutido en todas las instancias del progresismo ecuatoriano.

            La paja del proceso es lo que se desprende al soplar este grano. La falta de consistencia ideológica de una enorme mayoría de los colaboradores de la revolución ciudadana, por ejemplo. ¿Y qué esperábamos? Rafael Correa fue un mago que levanto el proyecto con cuatro amigos sin tener conciencia que para manejar el Estado ecuatoriano se necesitaban más de cinco mil cuadros ideológica y profesionalmente formados en todas las ramas de la ciencia y la administración, lo que le obligó a gobernar con los mismos cuadros de la partidocracia.

            Que se relegó a las bases porque prevalecía una concepción pequeño burguesa de la política, también es en cierta forma paja, porque los procesos verdaderamente populares son, en esencia, revolucionarios y Rafael Correa no es un líder revolucionario. Sus límites ideológicos son los del progresismo lo que no quita que, empujado por las masas, pueda devenir en uno, cosa que es perfectamente posible.

            Que Correa era autoritario y mandón, también es paja echada a volar por las élites. Lo que no pudimos comprobar los ecuatorianos fue si ante un proceso de radicalización revolucionaria Correa iba a sostener las riendas de igual manera que lo hicieron líderes latinoamericanos como Allende, Chávez o Fidel Castro, porque en una revolución verdadera se triunfa o se muere. Si de revolución se habla, hay que ir hasta las últimas consecuencias.

            Paja es seguir discutiendo la traición de Moreno porque a estas alturas ya todo es evidente. Hacerle el juego a la derecha es sostener que Moreno es lo mismo que Correa. Moreno es una relegada ficha del neoliberalismo mundial, Correa un líder progresista opuesto a esos intereses.

            Paja es repetir el discurso purulento de la corrupción del régimen correista cuando el gobierno de Moreno se entregó a las mafias de la partidocracia en plena pandemia del coronavirus. ¿Puede algo ser más sucio y corrompido?

            Por todo esto y mucho más la tendencia progresista volverá a ganar en el 2021. Lo preocupante es que, a estas alturas, casi a las puertas de las elecciones, nadie en el correísmo ha sacudido la mata de los errores cometidos con una profunda autocritica y que su líder haya descalificado a un ciudadano que ha tenido la inteligencia de entender cuales son los errores del proceso de la Revolución Ciudadana. Si a estas alturas y frente a un posible nuevo triunfo del progresismo -con Correa o sin Correa-, seguimos cerrando los ojos ante los errores cometidos, perderemos toda esperanza y veremos atónitos como la derecha volverá al poder para seguir girando en el eterno circulo de latrocinio y corrupción. Ciudadanos como Marco Aníbal Navas Leiva y agrupaciones como Ñukanchik Socialismo veremos espantados como la rueda de la Historia gira hacia atrás, sabiendo que en nuestras mochilas cargamos toda la razón.

15-06.2020

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SOBRE EL TRABAJO

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EL SOCIALISMO ECUATORIANO

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EL OPTIMISMO PELIGROSO

        La cepa actual del coronavirus llamada COVID19 no es una perita en dulce. A pesar de no tener “patitas”, camina rápido. A su paso deja una estela de muerte y dolor, pero no sólo eso, tiene tanto poder que ha levantado el velo que cubría todas las miserias del capitalismo, si, del sistema en el que vive la humanidad desde poco más de dos siglos. El corrimiento del velo ha puesto, de un solo golpe, ante nuestros ojos la cara oculta del sistema, aquella parte oscura que la publicidad y la mentira política encubren de manera sistemática y científica.

        Hemos descubierto que el hambre de miles de millones de seres humanos no es una propaganda de subversivos locos y anarquistas, sino una realidad concreta que vive a la vuelta de la esquina de los Centros Comerciales y de las mansiones de la gente adinerada, de un solo golpe hemos tomado conciencia de que la salud es un privilegio de pocos y que las grandes mayorías están desprotegidas, nos hemos dado cuenta que la fiebre irracional del consumo nos hace diariamente cavar nuestra tumba y que la  competencia frenética entre nosotros nos conduce a la cárcel inexpugnable del individualismo, se nos ha materializado la oculta verdad de que la caridad lejos está de ser solidaridad, que valemos tanto como tenemos y que si nada tenemos no le importamos ni al prójimo ni a los poderes del Estado; el virus nos ha hecho ver que consumimos más de lo que necesitamos y que acumulamos debido a una atávica manía de escasez, nos ha hecho ver las heridas que provocamos en el cuerpo de la Madre Tierra y nos ha puesto frente al tenebroso rostro de la muerte.

¿Es esta una crisis de humanidad? No, definitivamente.  Es una crisis del sistema, esta vez cabalgando sobre las espaldas de un virus que no hace otra cosa que ponerle una mancha más al tigre de la pobreza planetaria que camina desde mucho antes de que él apareciera, desde la gran depresión de comienzos del siglo XX, de las crisis cíclicas que confluyeron todas en la crisis financiera de 2008, de un sistema caduco e inoperante que ha venido apuntalando su derruido edificio para que no se venga abajo, de un sistema que ya no puede satisfacer los niveles básicos de una humanidad que sobrepasa los ocho mil millones de habitantes.

¿Cómo, si no, explicar las advertencias hechas por la propia ONU del peligro de una hambruna planetaria que matará doscientos setenta millones de seres humanos en el lapso de los próximos tres meses? ¿Cómo entender que más de mil millones de personas están amenazadas de morir de hambre en el mundo? No es una crisis de la humanidad, sin duda, es una crisis del sistema capitalista. El virus ha servido para abrir los ojos de una parte de esa humanidad que hasta hoy ha vivido engañada por el espejismo de la sociedad de consumo.

Pero esa apertura positiva de la conciencia trae, lamentablemente, aparejado un peligro intangible que es el del optimismo. De otra forma el virus nos ha hecho descubrir la importancia de la solidaridad, nos ha hecho ver lo grave del aislamiento social, ver el crimen del ego sobrevalorado, la importancia de la hermandad humana, el crimen sin nombre de despreciar el trabajo manual y la producción de valores de uso, nos ha puesto frente a la imperiosa necesidad de volver a la tierra como fuente de vida y de cuidarla y preservarla, así como nos ha enseñado, con una terapia de shock, que el gasto superfluo es un suicidio lento de nuestra especie y que la “obsolescencia programada” de las industrias mundiales es la forma más perversa de llenar de basura el planeta.

La humanidad que se está dando cuenta de esta realidad es la esperanza de nuestra especie, porque está tomando conciencia de que no es por su culpa que hemos llegado a este punto, sino del sistema en el que vivimos. Es esa humanidad que desde el surgimiento de la sociedad de clases ha sido víctima, la humanidad irredenta, relegada e ignorada que ha crecido exponencialmente y ahora es la mayoría absoluta de la sociedad humana. Esa parte de la humanidad que ha creído en los valores de la democracia occidental, de todas las religiones, de la moral dominante, es la que ahora cree haberle llegado su hora. El virus, como un despiadado maestro que cree que la letra con sangre entra, se ha convertido en su aliado y le está enseñando que, con dolor, tiene que levantarse del lodo de la Historia. A carcajadas dramáticas le está enseñando que nada en lo que le enseñaron a creer vale la pena defender.

Esa humanidad buena ha vivido por milenios en el seno de una sociedad mala, cuya crueldad radica en su naturaleza. Genialmente Rousseau señaló que el ser humano era bueno, que era la sociedad la que lo corrompía, coincidiendo con Marx en que no era la conciencia la que determinaba el ser social, sino el ser social el que determinaba la conciencia. Una sociedad mala por naturaleza, sólo puede engendrar por excepción hombres buenos, cuyo primer rasgo distintivo sería su rebeldía contra el sistema que lo domina.

No hay maldad en la naturaleza del ser humano, como Maquiavelo pensaba. Un empresario es bueno dentro de la escala de valores que asimiló desde la cuna, defiende con pasión y da la vida, de ser necesario, por sus intereses. No se percata que su riqueza es la antípoda de la pobreza de sus trabajadores y de llegar a darse cuenta actúa conscientemente contra los intereses de la humanidad. Ese es el velo más importante que ha levantado el cruel maestro del virus. A golpe de muerte y sufrimiento nos está diciendo que tenemos que cambiar. Pero, ¿qué tenemos que cambiar?

Ayuda la actitud, es verdad, que puede ser el comienzo del cambio, pero no es suficiente. Los límites de las religiones están en que crean parcelas, “ciudades de Dios” en las que viven los que están predestinados a salvarse para después de muertos pasar al paraíso; igual sucede con los partidos políticos, con la diferencia de que su accionar es para defender un poder terrenal que sirve para organizar legalmente la explotación del hombre por el hombre. Aquello que ahora es un lugar común de que para cambiar el mundo primero tenemos que cambiar nosotros, no es sino una mentira con apariencia de verdad, un sofisma. Ese principio genera heroínas como la Madre Teresa de Calcuta que le apuestan a la caridad en un mundo comido por la lepra, pero que no es suficiente para acabar con la lepra. Para acabar con la lepra se necesita cambiar el mundo, que es igual a cambiar el sistema en el que vivimos.

En este punto es donde el optimismo se vuelve peligroso. Comienza a regarse por la conciencia de la humanidad irredenta como un bálsamo medicinal que promete cambiar la vida. Legiones de optimistas se van convirtiendo en una fuerza estéril que sólo servirá para humanizar el rostro descarnado del sistema. Mentes lúcidas como la de Zizek son presas de la calentura del optimismo estéril, al afirmar que el virus acabará con los nacionalismos y los populismos del mundo y que la solidaridad global no es sólo un idealismo sino un acto racional que nos salvará de la crisis, como si lo racional alguna vez ha sido respetado por las fuerzas oscuras que nos dominan. Los chamanes del mundo nuevo también baten palmas estimulando a sus seguidores a construir los “baptisterios” de la conciencia ampliada en medio de un mundo enfermo y decadente, ocultándoles, a propósito, esa elemental verdad de que sin política individual y colectiva no hay salvación para nada ni para nadie.

No puede haber cambio si no se cambia el sistema. A un sistema que intrínsecamente es injusto (malo en la visión religiosa) no se le puede pedir que de frutos buenos (en la visión filosófica). El ser humano, educado por el sistema, siempre tendrá más peso en la balanza que los que rompen el cerco del adoctrinamiento sistémico (estadísticamente uno de cada millón), lo que demuestra cuan inútil es el camino de la transformación individual.

Las fuerzas oscuras del mundo actúan con celeridad, tanto peor si consideramos que la tesis de que ellas mismas crean la enfermedad y nos suministran el remedio es cierta. No se puede negar la fuerza poderosa que tiene el argumento de que todo está pensado por el cerebro dinámico del capitalismo. ¿Cómo, si no, explicar que organismos mundiales como la ONU o la OMS han iniciado una campaña global para implantar un chip en cada habitante del planeta? El virus ha hecho posible que en las sociedades asiáticas se lleve a cabo este control electrónico, previa una campaña de adoctrinamiento que ha convencido al ciudadano asiático que es por su bien. Las fuerzas oscuras vuelan, mientras nosotros caminamos. Es por eso que hay que advertir de lo peligroso que resulta un optimismo pos endémico. Las fuerzas oscuras están normalizando las sociedades autoritarias, bajo el pretexto de que de otra forma no se puede controlar la expansión de la enfermedad, están reforzando el aislamiento estructural de la gente con la finalidad de evitar la fuerza de la unidad de los irredentos.

La expansión de la conciencia debe significar elevar nuestra espiritualidad con el propósito, individual y colectivo, de empujar el cambio, no de los individuos, sino del sistema. El cambio masivo de los individuos será un fenómeno lento en el tiempo que dará frutos sólo en la medida que podamos cambiar la naturaleza del sistema y será el resultado de la lucha permanente de lo viejo que se niega a morir y lo nuevo que está naciendo. No hacerlo es mantenernos en la “conciencia del rebaño” que marcha tras líderes políticos locuaces y corruptos, o de pastores religiosos que, en nombre de Dios, refuerzan la naturaleza perversa del sistema o chamanes de nuevo cuño que, a título de haber rescatado el pensamiento ancestral, estimulan el individualismo conciencial y ocultan la necesidad de la transformación del “capitalismo salvaje”.

El optimismo pos endémico, si quiere ser útil y fértil, tiene que estar encaminado a cambiar el sistema, porque el capitalismo sólo dejará de ser como resultado de la insurrección de las masas. Si no existe esa conciencia, el entusiasmo pos endémico será un peligro porque sólo servirá para cambiar el capitalismo salvaje por un capitalismo más “humano”, menos evidente que el que el coronavirus nos está mostrando ahora. Sólo mejorará su apariencia favorecido por la inconsciente ayuda de sus propias víctimas.

25-04-2020

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¿PARA QUE SIRVE EL MIEDO?

Dicen que el coronavirus es un virus creado en los laboratorios, dicen también que lleva dedicatoria para los viejos y dicen que los mismos creadores del virus ya tienen la vacuna que dicen, además, que la venderán al mundo entero. Todo es posible, nada es comprobable.

Lo único comprobable es que una ola de miedo ha recorrido la columna vertebral de la humanidad en este último mes, miedo tan poderoso, que ha logrado callar y paralizar la frenética actividad de la sociedad de consumo que es en la que vivimos inmersos. Se ha hecho el silencio y los miles de millones de seres humanos que viven apiñados en las grandes urbes, han vuelto a descubrir el canto de los pájaros y la limpia melodía del agua. Era tanta su enajenación, que dos cosas tan simples y naturales, les han parecido un milagro. Es algo similar a los postreros minutos de la vida, cuando frente a nuestros ojos se hace la luz, una luz tan pura que ya no queremos volver atrás.

Pero, ¡oh fatalidad! Como sociedad no nos está permitido seguir adelante, tenemos, fatalmente, que regresar, regresar a la frenética actividad de la sociedad de consumo en la que todo tiene un precio, hasta la dignidad y la honestidad, regresar al mundo de la feroz competencia, en la que triunfa el más fuerte o el más corrupto, regresar al cambalache brutal del que nos habla el viejo tango de Disépolo.

Ahora me pregunto, ¿hay lugar a un cambio cuando esto haya pasado? No, definitivamente, no. El mundo seguirá en manos de los poderosos de siempre que dominarán mejor porque habrá menos gente y por ende menos problemas, porque la conciencia social seguirá siendo la del hombre como lobo del hombre.

Todo lo que se dice del coronavirus es probable, pero no comprobable, como he dicho al principio, pero de algo estoy seguro, el miedo que se ha creado es tan comprobable como los océanos que existen, o las montañas o el latido de mi corazón.

La pregunta que se desprende, entonces es, ¿para que sirve el miedo? Yo respondo: para retrasar el cambio, para impedirnos volver a escuchar el canto de los pájaros y el rumor del agua, para obligarnos a seguir, sin protestar, en la infernal licuadora de la sociedad de consumo, que todo lo tritura y todo lo convierte en mierda.

Jorge Oviedo Rueda

1-4-2020

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¿A QUÉ LE TEME RAFAEL CORREA?

“…no admitan que nadie crea nada que no comprenda. Así se producen fanáticos, se desarrollan inteligencias místicas, dogmáticas, …Y cuando alguien no comprenda algo, no cesen de discutir con él hasta que comprenda, y si no comprende hoy, comprenderá mañana, comprenderá pasado, porque las verdades de la realidad histórica son tan claras, y son tan evidentes, y son tan palpables, que más tarde o más temprano toda inteligencia honrada las comprenderá”

Fidel Castro Ruz

            Sólo los odiadores de derecha e izquierda cierran los ojos ante la evidencia palpable de que el proceso político en el Ecuador tiene un antes y un   después de Rafael Correa Delgado. Las acusaciones de corrupción hechas a raíz de la traición de Lenin Moreno Garcés no pueden, ni podrán, negar el intento de “asaltar el cielo” hecho por Rafael Correa y la llamada Revolución Ciudadana. La prisión de Jorge Glass no simboliza la corrupción del régimen correista, por el contrario, simboliza la traición de un enano que se declaró incapaz de sostener el mundo en sus espaldas y decidió entregar el poder a sus enemigos. La corrupción sistémica salpicó, también al correísmo, qué duda cabe, pero la gangrena en este caso, no llega a la cabeza, que ahora está volviendo con fuerza. Las élites y sus sirvientes se niegan a aceptarlo, pero la política en el Ecuador, por lo menos en los próximos cincuenta años, no se podrá hacer sin Rafael Correa o lo que él representa. Como el peronismo en el Argentina, Lula en el Brasil o el chavismo en Venezuela.

            Lo hemos sostenido en más de una ocasión, el progresismo es la izquierda posible en los actuales momentos a nivel latinoamericano. Las FARC y el ELN en Colombia son la demostración de que la insurgencia guerrillera puede ser manejada a su antojo por la reacción interna y el poder mundial. El zapatismo en México sobrevive aislado, como una especie de Estado dentro del Estado, sin llegar a ser un peligro real. La única alternativa con futuro en la región es el Progresismo Latinoamericano. Contra él apuntan todas las armas del establishment, de la democracia liberal, del neoconservadurismo mundial.

QUE LES ASUSTA A LA ÉLITES Y AL PODER MUNDIAL QUE LAS DIRIJEN

            En primer lugar, les asusta que los procesos progresistas despierten la conciencia de las masas. No aceptan que pueda haber fisuras en el bloque de dominación. Se trata de preservar la creencia ciega de que las élites son sus benefactoras y no sus victimarios. De hecho, en el Ecuador, por ejemplo, después del correísmo un sector de las masas ya sabe que sujetos como Fidel Egas o Guillermo Lasso piensan más en sus negocios que en los intereses de la gente. Haber despertado la conciencia de una parte de las masas es uno de los más importantes logros del progresismo latinoamericano.

            Les asusta que esa porción ínfima de las masas entontecidas por el poder hegemónico comience a reclamar sus derechos, no como reivindicaciones sociales, culturales o de simples derechos humanos, sino como derechos políticos tendentes a participar en las decisiones del Estado. Eso no lo puede aceptar el poder tradicional, porque con ellos se apunta al corazón de sus intereses.

            Les asusta, entonces, que esas masas pongan en disputa el poder político, terreno q las élites han considerado inviolable desde siempre. Aceptan la disputa Inter oligárquica, pero jamás la disputa inter clasista.

            Les asusta ver que el poder progresista se aleja cada vez más de la Casa Blanca y se acerca a los enemigos del hegemonismo norteamericano y, por ende, se vuelve menos dependiente.

            Les asusta cualquier intento de mejorar la educación con proyección libertaria, esto es, con el fin de liberar a las masas de la ignorancia. Excelencia para la educación privada, mediocridad y mala calidad para la educación pública.

            Les asusta disminuir el desempleo porque, por esa vía, se eleva el valor de la fuerza de trabajo.

            Les asusta un plan de incrementos tributarios porque los sectores productivos prefieren asegurar sus ganancias en los paraísos fiscales a reinvertirlas en el país.

            Les asusta la existencia de una prensa libre, independiente y crítica que sea la voz de la ciudadanía y no la caja de resonancia de los intereses privados.

            Les asusta la existencia de una justicia desde el pueblo y para todos los ecuatorianos, sin clasificarlos en de primera, segunda y tercera categoría.

            Les asusta el desarrollo científico y tecnológico autónomo, con talento nacional y libre de dependencias.

            Les asusta los procesos de integración de los pueblos latinoamericanos.

            Les asusta la modernización y desarrollo del campo porque la malformación desarrollista es la garantía de sus negocios privados.

            Les asusta la democratización de las Fuerzas Armadas y la modernización de la Iglesia católica, apostólica y romana.

            Les asusta que se difundan y fortalezcan las culturas que en el Ecuador existen, manteniendo solapadamente la hegemonía de la estética y contenidos de la cultura blanco-mestiza y pro norteamericana.

            En fin, les asusta un cambio en las formas y los contenidos de la vida nacional.

Todo lo que atente a estas ideas hegemónicas ha sido combatido por las élites, habiéndose incrementado ese combate desde la llegada de Rafael Correa al poder, no tanto por su capacidad real de realización práctica, sino por su audacia de poner los temas fundamentales de la política y de la economía sobre el tapete de la discusión nacional.

LOS LIMITES DEL PROGRESISMO LATINOAMERICANO

            El Progresismo se enmarca en la era de la hegemonía del capitalfinanciero. El viejo imperialismo, entendido como “fase superior del capitalismo”, sigue siendo el mismo, pero actúa de otra manera.

El eje principal de su dominación es la deuda externa. Entre 2009 y 2018, según la CEPAL, la deuda externa de América Latina aumentó en 80% y la deuda externa de países como Argentina y Brasil sobrepasa el 80% del PIB, lo que demuestra que el desarrollo de nuestra región se mueve en el ámbito del mito y no de la realidad. Los intereses de los prestamistas sobrepasan lo económico y entran, de lleno, en los terrenos de la política. A estas obligaciones de hierro es que el progresismo latinoamericano tiene que enfrentar.

La contradicción está en que, para poder cumplir sus planes de atender a los sectores marginales de la sociedad, el progresismo se ve obligado a pactar con el capital financiero mundial y sus aliados locales y permitir la exportación de sus recursos naturales, con lo cual, de hecho, contribuye a fortalecer el régimen de dominación internacional que existe. La deuda, entonces, actúa como un condicionante poderoso equivalente a una camisa de fuerza.

La naturaleza del progresismo nos hace pensar, incluso, que es una estrategia del mismo capitalismo financiero mundial, lo cual no le quita su potencial fuerza transformadora, dado que el impulso que pueden tomar las masas podría desencadenar un auténtico proceso revolucionario, lo que dependería de la existencia de una vanguardia político-espiritual capaz de dar dirección revolucionaria a este proceso. Como en las artes marciales, sería posible usar la fuerza del mismo enemigo para alcanzar el triunfo.

El progresismo actúa como inversor del sector privado, bien sea mediante las asociaciones público-privadas o las concesiones de los activos públicos, lo que es funcional a la estrategia de reacomodar el capitalismo a las exigencias de la dominación corporativa mundial.

El progresismo necesita mantener contentos a los sectores menos favorecidos de la sociedad, motivo por el cual recurre a programas de asistencia social y mantiene fuertes rubros de subsidios que alivianan muy relativamente la grave situación de los desposeídos y sirven, a la vez, para crear grandes expectativas de mejoramiento personal y colectivo, convirtiéndoles a esos sectores en clientes electorales del proceso.

El progresismo tiene al “ciudadano” como sujeto histórico del cambio, lo que para nuestras sociedades no deja de ser una interesante novedad, pero que lejos está de ser un axioma político que no necesita demostración. De hecho, en el Ecuador, por ejemplo, en la experiencia del correísmo durante una década no puede decirse que la “ciudadanía” como categoría y concepto sirvió para empujar el carro de las transformaciones irreversibles que el sistema necesita. Más bien, la elevación del nivel de vida de algunos sectores bajos de la ciudadanía los convirtió en una precaria clase media que, pronto, olvidó su compromiso con el cambio. Esa limitación merece una profunda reflexión que puede aportar en la comprensión dialéctica de los cambios cualitativos que la “ciudadanía” puede ir sufriendo en la medida que el proceso de cambio avanza.

En fin, los límites del progresismo son estos y muchos más, que deben ser tomados en cuenta para avanzar en la marcha a las transformaciones profundas que países como el nuestro necesitan.

¿A QUÉ LE TEME RAFAEL CORREA?

            La razón por la que Rafael Correa inicia una nueva etapa de la política y cierra otra, es porque estaba prevalido de la necesidad de cambio que el Ecuador tenía. No era posible mantener el país de la partidocracia en el que los sectores dominantes actuaban como gerentes de una empresa capitalista, con todos los vicios de los empresarios inescrupulosos e insensibles. Correa vino con fuerza a tratar de cambiar esta realidad. Habiéndose dado el marco jurídico que necesitaba (Constitución de Montecristi) Correa inició la tarea. Se trataba de un proceso que debía ir de manos a más -menos radical en sus inicios, más radical en la medida que avanzaba-. Los trecientos años de duración se explicaban sólo en el marco de esta concepción. A lo que Correa le tuvo miedo fue, precisamente, a la radicalización de este proceso, a sobrepasar los límites que el progresismo latinoamericano como concepción tiene.

            El argumento que más se escucha para explicar esta situación es que no había condiciones para avanzar, pero suena más a excusa que a una explicación válida. Cuando se gana una elección con más del 70% de la voluntad popular hay que saber utilizar ese poder legal y legítimo para avanzar sin titubeos en el proceso de cambio. Rafael Correa y la Revolución Ciudadana hicieron el trabajo a medias, dejando truncas, o a medio hacer, casi todas las tareas de la compleja transformación.

Sucedió en la economía, en cuyo nivel no fue capaz, la revolución ciudadana, de superar el deficiente desarrollismo que por más de medio siglo no había dado resultados positivos. La heterodoxia económica no fue suficiente.

Rafael Correa tuvo miedo de avanzar a la realización de una verdadera reforma agraria que transformara radicalmente la estructura de la propiedad de la tierra en el Ecuador y rescatara el sector agrícola en el que está la verdadera vocación productiva de los ecuatorianos. La infraestructura construida fue importante, pero no suficiente. Las reivindicaciones del agro siguen siendo una deuda que el Estado tiene con los campesinos, los pequeños agricultores y hasta los medianos empresarios agrícolas.

Igual sucedió en el nivel educativo. Acabar con las universidades de garaje no fue suficiente, ni tan siquiera la creación de Yachay y tres universidades más. La transformación real del sistema educativo consiste en unificar la educación a nivel nacional, dándoles a las nuevas generaciones una educación nacional y unificada que haga ciudadanos comprometidos con los procesos de cambio y no ciudadanos de primera, segunda y hasta tercera categoría. La concepción misma de la Revolución Ciudadana sobre la educación nunca trascendió los límites de la excelencia académica para formar profesionales defensores del sistema, lejos se estuvo de sentar las bases para implementar una educación liberadora, que lleve a los jóvenes a tomar conciencia de la solidaridad y la conciencia social.

Poco puede decirse que Rafael Correa hizo por la cultura.  Tuvo temor de tomar ese toro por los cuernos, porque significaba avanzar en el proceso de crear un nuevo Estado, plurinacional y multicultural. Entró en conflicto con los diversos pueblos y nacionalidades del Ecuador, dejando entrever, en sus concepciones culturales, una sesgada preferencia por la hegemonía de la cultura blanco-mestiza.

Escandalizó sobre los privilegios dentro de las Fuerzas Armadas, pero su brazo no fue lo suficientemente fuerte para acabar con los mismos y crear unas Fuerzas Armadas del pueblo, con el pueblo y para el pueblo. Toda la enjundia represiva y reaccionaria de los militares quedó intacta, como ahora se demuestra con el gobierno traidor de Lenin Moreno.

En una década se pudo realmente transformar la matriz productiva, que fue, durante este tiempo, uno de sus más importantes caballos de batalla, pero no se avanzó más de un metro en ese propósito. Tuvo miedo a transformar la matriz productiva, se conformó con barnizarla. El nuevo Ecuador venía de la mano de la transformación que en este nivel se podía hacer. Correa prefirió la modernización del capitalismo ecuatoriano a entrar en conflicto con las fuerzas internas y externas que lo defienden y sostienen.

Esa falta de decisión le llevo a conflictuarse con los sectores populares de la ciudad y del campo. La modernización del capitalismo trajo como consecuencia la reacción de los sectores populares que exigían de un gobierno que hablaba en su nombre mayor atención a sus reivindicaciones históricas. Cuando Correa vio que el pueblo podía trascender su proyecto de creación del Estado Nacional y encaminarse a otro tipo de democracia, se detuvo y no quiso seguir adelante. Al finalizar la década del gobierno correista la fuerza transformadora de los inicios pasó a estar en manos del pueblo y no del gobierno que decía representarlo.

Antes del triunfo de Lenin Moreno, la Revolución Ciudadana de Rafael Correa había comenzado a volver al redil de los intereses corporativos del capitalismo financiero mundial. Lenin Moreno fue la continuación de la decadencia de la llamada Revolución Ciudadana, la demostración práctica de los límites de un proyecto que, sin dirección revolucionaria y con clara perspectiva de trascendencia del sistema capitalista, termina siendo una exitosa estrategia de recomposición del capitalismo, esta vez, con apoyo popular y cánticos revolucionarios.

            Han transcurrido catorce años del primer triunfo de Rafael Correa Delgado, se impone preguntarnos: ¿qué queda del proceso iniciado por él?

            Quedan los ideales del Progresismo Latinoamericano que se ha convertido, hoy por hoy, en la izquierda posible y queda el prestigio del líder que en el Ecuador lo representó. Toda la artillería de la CIA imperialista y el odio de las élites internas no han podido manchar todavía su figura. El apoyo popular a Rafael Correa Delgado crece de forma exponencial y, aunque la reacción interna logre sacarle de la próxima contienda electoral, no dudemos de que quién lo represente tiene amplias posibilidades de triunfar.

Hoy la garantía del triunfo de los ideales del progresismo es una alianza del correísmo con el movimiento indígena-popular y pequeños grupos de la izquierda revolucionaria como Ñukanchik Socialismo que, sin ser fuerzas electorales, pueden contribuir a la creación de esa dirección revolucionaria que le ha faltado al Progresismo Latinoamericano, en un nivel de honestidad diferente al que plegaron las fuerzas de la “izquierda histórica” en los años iniciales del proceso..

            El regreso de Rafael Correa no puede repetir los errores cometidos en la primera etapa de la transformación del Ecuador. Una segunda oportunidad debe ser para vencer o morir.

Mindo, 17-2-2020

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LA IMPERIOSA NECESIDAD DE DEFINIR LO INDIO

            Noam Chomski ha dicho, en alguna parte, que los pueblos aborígenes están llamados a salvar a la humanidad. Para que esta afirmación tenga valor político real, se tendrá primero que aceptar que, más allá de la filosofía occidental, existen otras filosofías, independientes, que han nacido y florecido fuera de los cánones gnoseológicos de las matrices griega, romana, hebrea o musulmana. Existen en Asia, África, en el Abya Yala, ahora América y otras partes del planeta. No “para-filosofía”, no “etno-filosofía”, no “cosmovisión” o “seudo-filosofía”, sino filosofía, entendida como “un conjunto de saberes” que organizan la comprensión de la realidad, así como el “sentido del obrar humano”, según definición de la Real Academia de la Lengua.

El haber negado la existencia de otras raíces gnoseológicas ha sido, a través del tiempo, la forma más eficaz de quitarle la voz “al otro”, al diferente, que equivale a haberlo, no sólo invisibilizado, sino negado en sus derechos culturales, políticos y económicos. La negación de la “alteridad” es, sin duda, la raíz de los fundamentalismos y se constituye en el germen nocivo de todas las formas de colonialismo que existen. Aceptar la existencia de otras filosofías comienza a ser, en la actualidad, un acto revolucionario además de justicia histórica, cuya comprensión y desarrollo será el punto de partida de la salvación a la que Chomski se refiere.  

            El haber negado la existencia de otras raíces gnoseológicas por parte de los colonialistas europeos fue un acto brutal de fuerza ejercido por ellos, sin excepción, para desconocer el pasado de los sometidos y borrar de su memoria todo mérito de su grandeza histórica. Durante quinientos años se ha ido elaborando, en todos los niveles, un edificio de silencio en torno a los pueblos originarios que ha sido imposible de desmontar porque, al no reconocer su episteme, no era posible demostrar su existencia.

Esta realidad ha comenzado a cambiar. Poco a poco vamos descubriendo que tenían otra forma de vida que, como es lógico, respondía a bases epistemológicas opuestas, en todos los sentidos, a las de Occidente. La cultura invasora no podía negarse a sí misma reconociendo méritos o valores en la cultura sometida, de ahí que su anulación es uno de los primeros actos de guerra que los colonialistas ejercen sobre los colonizados y que está simbolizado en la bárbara incineración que el cura inquisidor Diego de Landa hace de los códices Mayas y Aztecas en 1562. Con ello se pretendió borrar la memoria histórica de pueblos milenarios que habían aprendido a relacionarse con su entorno natural y cósmico y que habían organizado un sistema productivo que les permitía satisfacer sus necesidades materiales y espirituales.

Antes de preguntarnos si el colonialismo logró su objetivo, acerquémonos brevemente a aquellos aspectos que el colonizador pretendió destruir, primero, y ocultar, después

LA BASE PRODUCTIVA DE LAS SOCIEDADES PRECOLOMBINAS

            Las sociedades del Abya Yala, todas, sin excepción, no llegaron a superar el nivel de desarrollo de la Comunidad Primitiva. Se han encontrado vestigios que van desde sociedades nómadas y recolectoras hasta grandes imperios organizados en torno a un colectivismo agrario, sin que en ninguna de ellas haya surgido la propiedad individual de la tierra. Fueron sociedades jerárquicas y verticales en las que la disciplina del trabajo servía de argamasa para la cohesión social. Sus jefes, reyes o mandatarios -en los imperios que llegaron a organizarse-, no sólo eran representantes de la divinidad a la que adoraban, sino que eran la misma divinidad encarnada en sus personas, lo que las convertía en sociedades teocráticas en las que la conducta de sus individuos respondía, dualmente, al miedo y al amor, miedo a la autoridad indiscutible del rey-dios y amor a su divina sabiduría y bondad. Los grandes imperios del Abya Yala, Maya y Azteca en el norte e Inca en el sur, se construyeron sobre estos pilares.

            Las sociedades que encontraron los europeos no eran sociedades improvisadas. Por lo menos cincuenta mil años de historia les antecedían. En ese largo periodo de tiempo llegaron a dominar un conocimiento esencial de la naturaleza, la sociedad y el ser humano que les permitió vivir en armonía con la naturaleza y sus semejantes. Construyeron caminos sorprendentes, edificios y fortalezas aún más, ciudades portentosas, milagrosos complejos productivos, domesticaron plantas, conocieron el cielo en su infinita vastedad y fueron capaces de trabajar primorosamente el oro y otros metales. Crearon un tipo de ciencia que no necesitaba destruir la unidad para desentrañar su esencia, yendo del todo a las partes, respetando de esta forma el infinito sistema de procesos entrelazados que constituye, en esencia, la vida en todas sus manifestaciones. No inventaron la rueda porque no la necesitaron, ni usaron ningún animal de carga por la misma razón. Existen muchas fundadas razones para creer que conocían métodos físicos para mover grandes pesos sin utilizar maquinarias igual que para trasladarlos. Vestigios pétreos como la ciudad de Machu Picchu y fortalezas como las de Saccha Huamán, en el sur y monumentos urbanísticos como los de Teotihuacán en el norte, así lo demuestran.

            Las evidencias físicas de estas antiguas civilizaciones son elementos que sorprenden, pero hay otros aspectos que deben sorprendernos más todavía. Tenían un sentido de justicia social, por ejemplo, que se reflejaba de manera práctica en un sistema de repartición justa y equitativa de la tierra. Su sabiduría había llegado a determinar el tupo como unidad de repartición de la tierra siendo este la cantidad exacta que un hombre en plena capacidad productiva podía trabajarla y hacerla producir. En el ayllu, que era el núcleo familiar ampliado, se otorgaba un tupu por cada miembro varón y medio tupu por cada miembro mujer, la suma de lo cual constituía la unidad productiva familiar que, a su vez, era la base estructural de la producción general del imperio, organizada de forma escalonada desde la base hasta la cúspide. Tierras comunales como las del Sol en sur América o, en menor grado, las de la familia real, eran trabajadas de forma rotativa por una parte mínima de los miembros de cada ayllu. El fruto de todo el trabajo era centralizado para volver a sus productores en un acto justo de distribución de la riqueza social. Niños, viejos y enfermos eran considerados en la distribución siempre como una parte integrante del conjunto y nunca como una carga.

La funcionalidad de este sistema productivo dependía de la existencia de una especie de método de contabilidad que los incas llamaban quipus. Cuerdas de colores específicos que servían para registrar y contabilizar casi todos los aspectos de la vida social. Desde el crecimiento vegetativo de la población, hasta el movimiento natural de la distribución de la tierra estaba registrado en los quipus, permitiendo que los funcionarios del imperio llevaran un registro pormenorizado de todo lo que al poder real le interesaba.

Todo esto era posible porque, al momento de la llegada de los europeos, como hemos dicho, todavía no se había disuelto la Comunidad Primitiva. Eran sociedades en transición a sociedades clasistas, probablemente, cuyas características no podemos imaginar en razón de la “solución de continuidad” que significó la conquista europea, pero que al momento de suceder conservaban los fuertes rasgos del colectivismo primitivo. Caso todavía más admirable en razón de que en el incario, así como en el imperio azteca, no surgió la esclavitud individual, como si sucedió en Europa, lo cual condiciona la evolución general de las sociedades occidentales.

Las sociedades americanas eran naturalmente comunitarias, lo cual era una exigencia del bajo nivel del desarrollo tecnológico que en ellas existió, lo que forzaba a la colaboración comunitaria, no sólo para producir, sino para vivir. Lo admirable es que la comunidad humana de entonces, desde el ayllu común hasta el ayllu real, así lo entendieron e hicieron de ese rasgo el elemento esencial de la vida social. El individuo estaba subsumido en la comunidad a tal extremo que la comunidad era una especie de individuo múltiple.

 “Esclavitud generalizada” la llamó Marx, sin tomar en cuenta, en el caso de las sociedades pre colombinas, la cuota de amor y veneración que las masas pudieron tener por sus reyes y que los anarquistas modernos siguen analizando desde la gnoseología occidental[i], lo que les niega toda posibilidad de comprensión de la lógica interna que movía a esas sociedades. Desde la seudo izquierda latinoamericana y desde el revisionismo marxista actual se incomprende teóricamente el núcleo de un problema en cuyo interior se encuentra la salvación de la sociedad humana.

Sociedades como las precolombinas del Abya Yala eran sociedades rituales en las que el trabajo, como actividad de vida, ocupaba el primer lugar. No existía desocupación y la ociosidad era castigada con la exclusión del individuo por parte de la comunidad. Los rituales del Inti Raymi no eran sólo celebraciones de gratitud al Sol y a la Pachamama, sino actos de reconocimiento a la fuerza de trabajo, es decir, al mismo ser humano como fuente inagotable de prosperidad y vida. Trabajar no era una obligación, era un acto de vida tan lógico como respirar o alimentarse. Las manifestaciones espirituales de mayor relevancia estaban ligadas al trabajo y como eran sociedades agrícolas a la Pachamama y por su naturaleza cósmica al Sol. Todo giraba en torno a estos dos elementos constitutivos de su cosmovisión humana.

Se sabe que las sociedades más equilibradas son aquellas que tienen menor número de leyes, las sociedades precolombinas se regían más que por leyes por preceptos morales y éticos que normaban la conducta de sus integrantes, sin necesidad de cárceles o lugares de “rehabilitación social”. Era la comunidad la que castigaba o premiaba los méritos o deméritos de sus integrantes. Si alguien mentía, caía en desgracia, igual si robaba o se comprobaba su ociosidad. Excluidos de la comunidad estaban destinados al escarnio e inclusive la muerte. Los castigos por esos vicios podían llegar a ser extremos.

En estas sociedades “Los principios de correspondencia, reciprocidad, complementariedad y ciclicidad son aspectos que deduce el pensamiento teórico moderno al estudiar el Sumak Kawsay ancestral y son los que sirven para oponerse a los de individualismo, lucro, democracia, autoritarismo y totalitarismo que prevalecen en las sociedades actuales. Ese equilibrio dinámico que ahora se impone como necesario no es, según la nueva gnoseología en ciernes, un equilibrio eterno e inamovible, sino que se da en un ciclo de duración temporal (500 años o un Pachacutik) a cuyo final la sociedad dará un salto dialéctico hacia arriba y que, en su repetición eterna, va conformando la espiral perfecta de la Historia.”[ii]

Solamente sobre estas bases brevemente pergeñadas es posible acercarnos a definir “que es lo indio”, no tanto como categoría antropológica, sino como concepto sociológico.

QUÉ MISMO ES LO INDIO

            Dejemos claro que este concepto no ha sido ni inventado ni usado por los pueblos originarios quechuas que usaban el sustantivo runa para referirse al ser humano. El concepto indio fue introducido por los colonizadores para identificar erróneamente a los nativos del Abya Yala y, desde sus orígenes, tuvo una carga discriminatoria. Indio fue sinónimo de inferior, diferente y, por extensión. vago, sucio e ignorante. Ha sido un concepto racista impuesto a sangre y fuego que durante quinientos años fue reforzado por la conciencia vergonzante del mestizo que quiso identificarse con los sectores dominantes y no con los dominados. Detrás de esa denominación la sociedad blanca-mestiza enterró la grandeza de los pueblos originarios, razón por la cual, también es un sintagma político usado para desconocer a una parte integrante de la sociedad.

En razón de esto y, a pesar de esto, la palabra indio no ha podido ser tirada a la basura de la Historia y sigue siendo usada de forma indiscriminada para designar a aquello que es diferente de lo blanco-mestizo. Su obstinada permanencia ha hecho que la intelectualidad aborigen la use para resignificar su contenido y hacer de él una bandera de liberación. Y es en ese, exclusivamente en ese sentido, que en este trabajo tratamos de definir lo indio.

Lo indio son los remanentes vivos que quedan de las comunidades originarias. A nadie se le puede ocurrir que a estas alturas los diferentes pueblos de los Andes viven en estado puro la misma vida de sus lejanos antepasados, pero tampoco a nadie se le puede ocurrir que han renunciado a una forma específica de vida que les hace diferentes de la sociedad blanco-mestiza dominante. Ileana Almeida, citando al antropólogo peruano José Matos Mar dice que en las comunidades centro-andinas se conservan tres rasgos de su pasado histórico: “uno, la propiedad colectiva de un espacio rural que es usufructuado por sus miembros de manera individual y colectiva; dos, por una forma de organización social basada en la reciprocidad y en un particular sistema de participación de las bases; y tres por el mantenimiento de un patrón cultural singular que recoge elementos del mundo andino. En síntesis, la comunidad desciende de los antiguos ayllus andinos[iii]”. Esto es evidente y nadie lo puede negar, menos el Estado blanco-mestizo que tiene que repensar, en términos jurídicos, la problemática para acercarse más, en lo conceptual y práctico, a la definición constitucional de Plurinacionalidad y Multiculturalidad.

En resumen, para definir lo indio hay que estar claros de que sólo es posible si se acepta la idea de la existencia de una gnoseología diferente a la que ha definido la civilización occidental, esto quiere decir, otra forma de conocer, de adquirir conocimientos, cuyo núcleo central era la comprensión de que no es necesario desintegrar la unidad para develar su esencia. Esta actitud científica ante el conocimiento convertía al sistema en el cual existía en intrínsecamente justo (bueno) por lo cual todas sus manifestaciones contribuían, desde todos los ángulos y niveles, a crear la armonía necesaria para una vida plena y satisfactoria del ser humano dentro de la sociedad que es lo que ahora llamamos el Sumak Kawsay.

Tomando en cuenta lo que acabamos de decir se puede comprender por qué no es posible construir el Sumak Kawsay en el seno de la sociedad capitalista, porque este sistema, por su naturaleza (su epísteme) es injusto (malo) lo que hace que todas sus manifestaciones contribuyan, desde todos los ángulos y niveles, a crear el caos y la desarmonía. Es este mismo sistema el que fabrica, literalmente, sus defensores, en el nivel de la producción (los empresarios) y en todos los otros niveles de la superestructura (soldados, intelectuales, sacerdotes, juristas, etc, etc.,) que lo defienden sin tener conciencia de la maldad estructural del sistema. A esta forma de organización social se corresponde la noción aristotélica del Buen Vivir, cuya esencia es el consumo, el llegar a ser, que no el estar que es la esencia definidora del Sumak Kawsay.

QUINIENTOS AÑOS DESPUÉS

            Quinientos años han pasado desde la llegada de los europeos a tierras del Abya Yala. El pensamiento occidental ha construido otra civilización sobre las ruinas de las nuestras. Quinientos años les han tomado a los colonizadores construir lo que ahora tenemos. ¿Qué tenemos?

            Tenemos una sociedad polarizada que concentra en pocas manos la riqueza y distribuye “igualitariamente” la pobreza entre las grandes mayorías; que concentra en un extremo el conocimiento y en otro la ignorancia, que a unos pocos les ofrece oportunidades y a las inmensas mayorías las condena al fracaso, en la que el afán de lucro ha convertido en fieras a los seres humanos, en la que hasta los sueños se han convertido en mercancías, en la que la violencia de género ha convertido en víctima a la mujer, en la que matar por encargo es una práctica común, en la que se agrede sin compasión a la naturaleza a tal punto que la amenaza del cambio climático es una triste realidad, en la que se trafican órganos convirtiendo a los niños en sus víctimas inocentes, en la que producir droga para idiotizar a millones de personas es el negocio más lucrativo del mundo, en la que las naciones favorecidas tienen sus arsenales saturados de artefactos nucleares que en cualquier momento pueden hacer estallar el planeta, que llena de basura plástica los mares y contamina sin compasión las reservas de agua dulce, una sociedad que ha cambiado la espiritualidad por la religiosidad que es la forma de fanatizar a las masas, una sociedad sin ley y con dioses que parecen estar de acuerdo con el crimen y la desigualdad, en fin, una sociedad caótica y desordenada en la que es imposible el recogimiento espiritual y la elevación del pensamiento.

            Paradójicamente esta misma es una sociedad de increíble adelanto científico-tecnológico. Se ha comenzado a desentrañar los secretos del micro mundo cuántico, los ordenadores personales dominan el mundo, el internet es un océano infinito de información y conocimientos al alcance de todos, la biología está a punto de descubrir los secretos del genoma humano, se viaja a velocidades supersónicas con lo cual hemos llegado a ser una aldea global y, sobre todo, existen ya tecnologías capaces de elevar la productividad del trabajo a niveles suficientes para producir más de lo que la humanidad necesita para vivir. Una tecnología que, sin embargo, no está al servicio abierto de las necesidades del ser humano, sino de los intereses privados y del lucro. No de otra forma se explica que en este año 2019 más de mil millones de seres humanos estén amenazados de morir de hambre en el mundo y pueblos enteros carezcan de un vaso de agua potable para saciar su sed.

            Esta es la sociedad que tenemos que cambiar, de no hacerlo llegaremos a matarnos mutuamente a una escala global o, quizás, lo más probable, seremos víctimas de un holocausto nuclear. La pregunta que surge es: ¿qué tipo de sociedad puede sustituir a la actual?

            Una corriente “pachamamista” entusiasta, soñadora e históricamente intemporal cree que regresar a nuestras raíces ancestrales significa volver a construir las sociedades precolombinas, cosa que es históricamente imposible. En el Perú, autores como R. Reinaga, en Bolivia y en Ecuador muchos de ellos levantan la bandera del Tahuantinsuyo como símbolo de vida nueva y libertad, creando la falsa expectativa de que si es posible recrear la organización social de nuestros ancestros. Esta corriente entraña un revanchismo destructivo que, en la práctica, se traduce en un racismo al revés y que, lamentablemente, encuentra asidero entre la población aborigen menos favorecida de los pueblos andinos.

            El “pachamamismo” tiene que entender que no es posible reinventar las sociedades ancestrales por dos razones: 1) La teocracia que las hizo posibles ha desaparecido después de 500 años de colonialismo y 2) el actual desarrollo científico-técnico no se corresponde con el nivel de las fuerzas productivas de entonces, habiéndose creado ya las condiciones históricas para un cambio cualitativo del sistema.

            Por otro lado, están las posiciones pro sistema, aquellos actores sociales que, siendo fruto del capitalismo, son sus defensores. Hay dos niveles, los que tienen conciencia de lo que hacen (las grandes potencias del mundo) y los borregos seguidores de las ideas dominantes. Ellos defienden a capa y espada la sociedad cloacal que hemos descrito brevemente en líneas anteriores, es más, son sus creadores.

            Pero, si no es una ni otra la sociedad posible, entonces ¿qué es lo que debemos hacer?

EL PUNTO NODAL DE LA CONVERGENCIA HISTORICA

            El marxismo surge en el siglo XIX como una contra ideología al pensamiento burgués. Se constituye en la crítica más demoledora de todo el sistema capitalista desde su base económica hasta las más variadas manifestaciones super estructurales, pese a lo cual no trasciende la episteme occidental. Es un sistema de ideas que propone un nuevo tipo de sociedad, basada en la eliminación de la propiedad privada sobre los medios de producción y la desaparición gradual del Estado y las clases sociales. La construcción de una sociedad socialista es, para el marxismo, la superación de la ley de la acumulación capitalista para ser sustituida por una ley de acumulación social que, estando en manos del Estado, permite una distribución más equitativa de la riqueza social. Lo que Marx concibió como una teoría revolucionaria para enterrar al capitalismo, las sociedades pre colombinas lo hicieron naturalmente en el marco histórico de la Comunidad Primitiva, es decir, en un momento de bajísimo desarrollo de sus fuerzas productivas. Ese es el punto que imbrica, atemporalmente, al marxismo con las sociedades ancestrales del Abya Yala. Este es el núcleo teórico que puede hacer realidad la afirmación del sabio norteamericano Chomski de que las sociedades aborígenes salvarán a la humanidad, porque, el pensamiento de raíces ancestrales, sólo puede coincidir con lo más avanzado del pensamiento occidental, que es el marxismo.

            No hay lugar a reconstruir el sistema pre colombino de producción, como quieren los “pachamamistas”, pero tampoco es posible sostener el actual sistema capitalista que hace agua por los cuatro costados. La solución está en rescatar aquello que se demuestra positivo del sistema ancestral y lo que se puede rescatar del capitalismo actual.

Esos elementos nucleares son: 1) De los ancestros: la propiedad colectiva de la tierra, principalmente; también una forma de organización social basada en la reciprocidad, un particular sistema de participación de las bases (nueva democracia) y el rescate de un patrón cultural singular que recoja elementos del mundo andino[iv]. 2) Del capitalismo actual: la libre empresa individual, con límites en su crecimiento y control del Estado.

            La fusión de estos elementos en el marco de un significativo desarrollo científico-tecnológico hará posible la creación de una sociedad equilibrada en la cual será un delito la acumulación desmedida y la injusticia social. Desde nuestro punto de vista toda intención de mejorar el capitalismo es un esfuerzo inútil, porque en su estructura está la maldad del mismo. Quinientos años después comienzan a aflorar las virtudes de un sistema sabio que dio alimento y bienestar a millones de seres humanos y que ahora sus elementos esenciales vuelven para, en una fusión dialéctica con lo más dinámico del sistema traído por los colonizadores, salvar a la humanidad. Su triunfo será dar un salto dialéctico para ampliar la infinita espiral de la Historia, siempre hacia arriba, nunca hacia atrás.

 Esa es la dialéctica de la Historia, no otra.

03-12-2019,


[i] Véase: http://periodicoellibertario.blogspot.com/2019/08/opinion-y-debate-algunas.html?utm_source=feedburner&ut

[ii] Véase:  https://lalineadefuego.info/2019/04/02/la-historia-como-arma-por-jorge-oviedo-rueda/

[iii] Véase: https://lalineadefuego.info/2019/11/27/comunidades-indigenas-por-ileana-almeida/

[iv] Almeida, Ileana: : https://lalineadefuego.info/2019/11/27/comunidades-indigenas-por-ileana-almeida/

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LENIN MORENO O LA PARALISIS NACIONAL

La imagen de un país sentado en una silla de ruedas es la que mejor describe la actual situación del Ecuador. En tres años la paraplejia del mandatario se ha trasladado a la nación.

Las medidas del 1 de octubre no son, ni de lejos, el comienzo de la crisis política que ahora vivimos, la crisis comenzó hace dos años y medio, en el nivel económico, no precisamente político. Moreno debió haber dado continuidad al modelo que logró implantar su antecesor en los diez años precedentes. Los hechos, desde entonces, demuestran que Lenin Moreno no estaba capacitado para sostener sobre sus hombros esa responsabilidad histórica. Optó por traicionar al proyecto correista y entregarse al poder transnacional y a la derecha empresarial ecuatoriana.

La traición no es una mera arenga política, es un golpe artero contundente dado para matar el proyecto progresista que representa la figura de Rafael Correa. Su intención de fondo es darle vuelta al modelo de un Capitalismo de Estado que asume, entre sus responsabilidades, las de atender las necesidades sociales de los sectores menos favorecidos, obligando a los más favorecidos a democratizar sus ganancias vía la optimización de la recaudación fiscal y la ampliación de los beneficios laborales de los trabajadores. Un modelo que llevó a sostener a políticos neoliberales como Alberto Dahik que había que destruirlo si queríamos conservar la salud de la economía.

Todo el accionar económico y político de Lenin Moreno se inscribe en ese objetivo y en eso consiste su traición. 

EL GRAN “SALTO HACIA ATRÁS” DE LENIN MORENO

            Pese a su paraplejia el gobierno de Lenin Moreno logra dar un sorprendente “salto hacia atrás” en la economía nacional. Para poder hacerlo inicio un plan perfectamente meditado de desprestigio político del gobierno de la revolución ciudadana. El caballo de batalla utilizado fue el de la corrupción. Desde su silla ortopédica lanzó la impactante “chalaca” de un latrocinio de más de 70 mil millones de dólares por parte del correismo, lo que de inmediato convertía a su antecesor en el “gobierno más corrupto de la historia”. La cifra colosal, sin sustento real de ninguna clase, tenía como único objetivo comenzar a justificar el viraje del modelo económico-político armado hasta entonces por el gobierno correista. Se trataba de posesionar, en la opinión pública nacional, la idea de que había que cambiar de modelo. Tres años después ningún ente gubernamental, comenzando por la ridícula Secretaría Anticorrupción de la Presidencia de la Republica, ni la Asamblea Nacional, ni la Fiscalía han podido comprobar nada de semejante atraco a los intereses nacionales, pero, en cambio, al ciudadano común, que a duras penas se entera de lo que pasa en el país viendo la prensa “libre e independiente”, le han grabado en la mente la idea de que Correa y su gobierno fueron más corruptos que todos los de la partidocracia juntos. Ese era justamente el objetivo. Habiéndolo logrado, el camino estaba expedito para el gran viraje.

            Uno o dos ministros fusibles nada significaron en el desmontaje del andamiaje económico construido por el correismo. La fiesta comienza realmente con el nombramiento de Richard Martínez al ministerio de Economía y Finanzas, detrás del cual se van sumando genuinos representantes de las concepciones neoliberales, hasta que queda conformado un equipo económico capaz de enterrar definitivamente las concepciones progresistas de Correa. Equipo afin, por supuesto, con las teorías y concepciones fondomonetaristas. El nivel político representado en la falsa lucha contra la corrupción correista aterrizando en el cambio del modelo económico. No es fruto de la “genialidad” política del mandatario, sino resultado de las exigencias del modelo de dominación del capitalismo corporativo mundial, que les da empleo a políticos pusilánimes y corruptos como Lenin Moreno, Iván Duque o Sebastián Piñera.

LOS EJES DE LA RESTAURACIÓN NEOLIBERAL

            Los ejes que conforman el alma del modelo no son muchos ni tampoco innovadores o nuevos, son los mismo que han llenado los bolsillos de las élites y han empobrecido a los pueblos y que vienen aplicándose desde la época de Reagan y Margaret Thatcher, los mismos que mediante la fuerza fueron impuestos en el Chile pos socialista y los mismos que en la actualidad han hundido economías como la Argentina de Macri.

La línea estratégica de este modelo es la recuperación de los activos del Estado para beneficio de la empresa privada y, sus realizaciones tácticas más importantes son: la disminución de los impuestos para el sector privado y la flexibilización laboral para los trabajadores. La ausencia absoluta de inversión en la matriz productiva obliga al Estado a recurrir al endeudamiento externo para paliar la crisis estructural que el modelo implica, convirtiéndose la deuda externa en un mecanismo expansivo del cual es imposible salir y cuyo efecto real sobre la economía de nuestros países es la dependencia y el subdesarrollo.

Para llevar adelante un modelo de esta naturaleza hay que ser genéticamente pro capitalistas. Alberto Dahik, Guillermo Lasso, Richard Martínez, Pablo Arosemena, Alarcón, Nebot son parte consubstancial de este rebaño. Lenin Moreno es su instrumento político, como un piano, que suena sólo cuando le acarician las teclas.

El progresismo correista parte de la concepción ética de que la riqueza social debería ser mejor distribuida. No es una idea radical, ni nada tiene que ver con las concepciones del comunismo marxista, no llegan ni siquiera a rozar seriamente el socialismo como concepción teórica, se basa en la idea humanista de que  no es justo que a nivel global la riqueza se concentre en poco más del 2% de una población mundial que bordea los 8 mil millones de seres humanos, se basa en la lógica, entonces, más allá de la teoría o de las ideologías, aunque las ideologías contestatarias a esta realidad coincidan con ese infalible sentido común. Es a esta lógica que Lenin Moreno traicionó, convirtiéndose en su sepulturero cuando su obligación era darle continuidad y fortalecerla. Es en este nivel donde su traición alcanza dimensiones históricas.

¿QUÉ ES LO QUE LENIN MORENO ES INCAPAZ DE COMPRENDER DE LA REALIDAD ACTUAL?

            Personalidades como las de Lenin Moreno son patológicamente limitadas para comprender cuál es el sentido de la Historia. No pueden distinguir la delicada línea que separa una época de cambios de la de un cambio de época. Los fenómenos globales del desarrollo económico ligados a la transformación inverosímil de la ciencia y la tecnología nos están exigiendo nuevas comprensiones de la realidad, cuya esencia primordial es aceptar que el capitalismo ha preparado ya, ahora en el siglo XXI, las condiciones cualitativas para el cambio de sistema. Ese nuevo sistema es el socialismo que, por lógica histórica, se tiene que desenvolver sobre la base tecnológica y científica preparada por el capitalismo desde su nacimiento. Esa transición es la que vive la humanidad en los momentos actuales y lejos está de ser pacífica y ordenada, por el contrario, la violencia será una de sus más dramáticas características. Doble violencia, la que ejercerán los defensores del viejo sistema y la que desplegarán los aupadores del nuevo. Es el fin del capitalismo corporativo mundial que no resistirá el empuje del 98% de la población mundial, asediada por el hambre y las necesidades. Es el momento de la expropiación revolucionaria de las nuevas tecnologías capaces de producir por arriba de las necesidades del ser humano y que ahora son aprovechadas de forma privada por los dueños del capital. Sólo hay un argumento a favor de los defensores del “ancian regim” y es el de la fuerza atómica. Nada es imposible para los dueños del poder que no dudarán en hacer volar el planeta  si de defender sus privilegios se trata.

            Es en el marco de esta restauración neoliberal que se explican todas las medidas políticas y de economía política adoptadas por el gobierno de Lenin Moreno. Recortes en los presupuestos de educación que afectan a cerca de un cuarto de millón de niños, en salud pública, en vialidad, en infraestructura, en reforma del Estado, la reducción de aranceles que permite la fuga de dólares en una economía dolarizada y la supresión del impuesto a la renta que obliga al gobierno a endeudarse más sólo para cubrir el servicio de la deuda y hace imposible controlar el pago del impuesto a la renta. La ley Económica Urgente enviada a la Asamblea Nacional para su discusión, refleja de forma ordenada, los intereses de las élites nacionales y rubrica de forma agresiva la traición neoliberal de Lenin Moreno a los ideales del progresismo ecuatoriano. Es esta ley la que configura la imagen de un país sentado en una silla de ruedas, aquejado de apoplejía e incapaz de afrontar los retos que nos plantea el futuro.

            Lenin Moreno es un político ignorante que confunde la administración de una empresa con la conducción del Estado. Básicamente no entiende que desde el poder se tiene que trazar rutas, perfilar derroteros que permitan marchar a la nación a un futuro mejor. Defender las viejas fórmulas fondomonetaristas es insistir en el fracaso y cerrar los ojos a las nuevas realidades que están comenzando a nacer. Si sus decisiones le afectaran a él y a su familia, poco importaría, pero está jugando con la suerte de quince millones de ecuatorianos.

LOS EJES DE LA RESTAURACION PROGRESISTA

            Todo hace pensar que avanza una segunda ola del Progresismo a nivel latinoamericano. En Argentina la conciencia sembrada por el kischnerismo acaba de dar un golpe contundente al fondomonetarismo, en Chile se rompió el dique neoliberal impuesto por la dictadura pinochetista, en Ecuador el pueblo indignado salió a las calles a protestar contra su ignorante mandatario, Bolivia reafirmó su marcha indetenible a un nuevo tipo de socialismo reeligiendo a Evo Morales, Venezuela resiste, Haití eleva su voz, Uruguay se agita, en Puerto Rico crece la conciencia nacionalista, México mantiene firme el timón del progresismo renovador. La Historia como una fuerza que sube indetenible en la espiral evolucionista, nos está pidiendo el concurso de la inteligencia humana, porque sola no es suficiente. Esa inteligencia es la de los pueblos que han comenzado su marcha para rebozar con su contenido el continente caduco del “capitalismo salvaje”. Restaurar el Progresismo será el aporte que el pueblo ecuatoriano hará a la gran marcha de los pueblos, aliado con las fuerzas revolucionarias que saben que en el horizonte se perfila el socialismo renovador y profundo. Estas son las claves para avanzar en la lucha político-económica de restauración del progresismo en el Ecuador:

El progresismo, “de aquí en adelante, tiene que ser, sobre todo, un movimiento político-ideológico con una sólida estructura partidaria, capaz de dar dirección revolucionaria al movimiento. Sin esos elementos no se podría avanzar.

            La clave de la lucha política está en profundizar todas las iniciativas político-económicas implementadas por el correismo en la primera etapa. Profundizarlas significa radicalizarlas, pero, por otro lado, se necesita avanzar, ir más allá en la lucha contra la oligarquía. Para hacerlo se tiene que tener concepciones político-ideológicas sobre estos tres temas fundamentales:

  1. El poder
  2. La matriz productiva y
  3. La educación

            Sobre el primer punto. Se debe tener claro que toda lucha política gira en torno del poder del Estado que va, desde una Junta Parroquial hasta la Presidencia de la República. El poder no es poder si no tiene el respaldo del pueblo, entendido como la suma de todos los sectores populares, de los sectores medios pauperizados, minorías inconformes, profesionales progresistas, feministas, jóvenes, jubilados, ecologistas etc., etc., etc. Tampoco es poder efectivo si los sectores sociales no están en capacidad de movilizarse constantemente por sus aspiraciones. Es el partido el que se encarga de movilizar a su militancia y sus aliados. En el ámbito del poder hay que definir una política de alianzas bajo el principio de ir de la izquierda (el partido) hacia el centro, nunca al revés y siempre bajo un acuerdo programático.

                        Sobre la matriz productiva. Dar prioridad a la producción agrícola para desplazar paulatinamente al sector industrial a un segundo plano. El fin es producir más valores de uso, lo que tendería a una transformación profunda a mediano y largo plazo de nuestra forma de vida. La base de este proceso es la implementación de una Reforma Agraria que elimine, de forma definitiva, la gran propiedad terrateniente y el latifundio, acercándonos al ideal de un Sumak Kawsay actualizado que armonice la vida del ser humano con la naturaleza y mantenga el equilibrio dinámico de la economía.

            Y tres, la educación. Es en este sector donde comienza una verdadera revolución. Se debe implementar una educación nacional, igual para todos, sustentada en el principio básico del servicio y no del lucro, profundamente humana y solidaria”.[1]

            Este es el sentido de la Historia, aspecto sobre el cual nuestro mandatario no tiene ni la menor idea. La nación, al igual que él, se encuentra con apoplejía. La restauración progresista tiene que echarla a andar.

05-11-2019


[1] Véase: Oviedo Rueda, Jorge: Hablar claro y sin complejos: https://wordpress.com/block-editor/post/nucanchisocialismo.com/1111

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QUE SE VAYAN TODOS

El doctor Diego Delgado Jara plantea que el lei motiv de la presente protesta popular debe ser la exigencia de que se “vayan todos”, es decir, poder ejecutivo, poder judicial y poder legislativo bajo el argumento de que todos han sido elejidos con un fraude científico cocinado durante el régimen correista. No es imposible, pero al no ser capaces de demostrar jurídica, constitucional y políticamente tamaña afirmación, un elemental sentido común nos dice que no podemos actuar fuera de las reglas establecidas por el sistema. Si un político como el doctor Delgado ha aceptado esta legalidad, tiene que jugar con ellas.

Si no es así ¿qué plantea? ¿Una insurrección armada que barra con todo lo que existe? En el supuesto caso de que la presión popular llegara a mandar a todos ¿quiénes serían los reemplazantes? Parece que el doctor Diego no aprende que la honestidad es un cuento inventado por los burgueses para mantener la dominación sobre los humildes. ¿Su probada honestidad no se hizo trizas cuando pretendió postularse como fiscal? Hoy ese cargo ocupa un personaje incondicional a los intereses del sistema, no un hombre honesto como él.

Una visión revolucionarista como la del doctor Delgado hace más mal que bien a los intereses del socialismo. Esa corriente en el Ecuador no entiende que el progresismo latinoamericano es la izquierda posible en nuestros países. Si en el Ecuador el correismo no cumplió los objetivos del progresismo, es el correismo el que fracasa, no el progresismo. Quitarle un bocado a las élites dominantes no está mal, siempre y cuando junto a ese progresismo vaya una corriente revolucionaria con fuerte apoyo popular que obligue al reformismo a girar a la izquierda, cosa que en el caso del Ecuador nunca sucedió, porque posiciones revolucionaristas como las del doctor Delgado terminaron coincidiendo con la oposición clasista de la derecha.

Hoy la izquierda revolucionaria tiene que ser la estructura ósea del progresismo latinoamericano, hoy hay que plantear una alianza clasista que vaya de la izquierda al centro, aprovechando la fuerza que líderes progresistas como Rafael Correa tienen. El socialismo auténtico, ecuatoriano y creador no tiene miedo de plantear una alianza con el correismo, como única vía para salir de ese revolucionarismo estéril que se ha pasado cincuenta años diciendo que es la verdadera izquierda y nunca a podido ganar unas elecciones. Ñukanchik Socialismo es esa izquierda sin complejos que quiere darle una vualta más a la tuerca del progresismo correista.

Si hay corrupción en el correismo eso no invalida los ideales del progresismo latinoamericano, así como la corrupción dentro de la iglesia católica, apostólica y romana no invalida los ideales de paz y amor de Cristo.

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LA HISTORIA COMO ARMA DE LA VERDAD

TESTIMONIO DE UN SOCIALISTA REVOLUCIONARIO

        En los años setenta del siglo pasado yo era estudiante del colegio Montufar en Quito. La celebridad estudiantil que me dio la medalla de oro obtenida en el Concurso del Libro Leído que promovía ese maestro de juventudes que fue Luis Romo Dávila, hizo que los grupos de izquierda pusieran sus ojos en mí. El PCML que estaba despuntando, el partido comunista y el socialismo revolucionario. Un día, por alguna razón que no me acuerdo, fui a parar en la Federación de Trabajadores de Pichincha (FTP). Ahí conocí a un dirigente de terno y corbata que hablaba casi en silencio, echando el brazo sobre los hombros de su contertulio y diciendo cosas que invitaban a soñar. Se llamaba Telmo Hidalgo. Él, después de mi maestro de Historia Manuel Oña Silva, fue el primero que me habló del socialismo. Yo solía ir los martes a la FTP a una especie de audiencia que los dirigentes de la Federación tenían con sus afiliados, sindicatos, comités de empresa y otras formas de organización popular. Se me hizo familiar la figura de Telmo y terminó sugiriéndome que formara una célula del PSR. Tres compañeros del colegio y dos más terminamos conformando una célula de la Juventud Socialista Revolucionaria. Ese es mi origen en la política de izquierda. No había cumplido todavía los veinte años y, desde entonces, el activismo político contra Velasco Ibarra fue una constante.

Comencé a trabajar desde muy temprana edad para ayudar a mi madre. Uno de esos trabajos iniciales fue de reportero en el recién inaugurado Canal 8 de TV que se inició con una alianza empresarial del grupo de El Comercio con Xavier Alvarado Roca, de Guayaquil. Fui el primer reportero del noticiero de esa empresa y mi jefe fue un periodista de Radio Quito llamado Jorge Zaldumbide. Entre compañeros de ese trabajo recuerdo a Fredy Ehlers y al escritor Rodrigo Villacis Molina. En mi trabajo entrevisté, en dos ocasiones, al doctor Manuel Agustín Aguirre, entonces rector de la Universidad Central. La primera fue una entrevista de análisis coyuntural del gobierno de Velasco y la segunda después que explotó una bomba terrorista en la Editorial Universitaria. Yo protestaba en las calles a escondidas de mis jefes. El doctor Aguirre sabía de mi vinculación al PSR. Me concedió la entrevista y, entonces, todo se derrumbó. Nada de lo que me dijo salió al aire. Zaldumbide manipuló la entrevista y le hizo decir negro donde Aguirre había dicho rojo.  Aguirre sólo me perdonó diez años después, cuando regresé de Cuba. Lo hizo también porque ya se había publicado el libro de Felip Agge en el que cuenta que Zaldumbide trabajaba para la CIA. En toda esta febril actividad de militante jamás vi en la calle al doctor Enrique Ayala Mora, que ahora dice haber sido militante del socialismo desde las aulas colegiales.[i] En la católica había un núcleo democristiano que apoyaba a Hernán Malo Gonzáles, entre cuyos fervorosos integrantes estaba Ayala Mora ¿Socialista?

            Bueno, pero sigamos. Diez años estuve fuera del Ecuador, estudiando. A mi regreso, lo primero que se me ocurrió fue ir a la FTP. Como la primera vez, volví a encontrar al maestro de corbata y sombrerito chagra, Telmo Hidalgo. Me puse a sus órdenes y, de inmediato, comenzó mi militancia. El compañero Hidalgo me dijo que había que hacer algunos cambios en el partido, pero que por nada podíamos descuidar la construcción del Tercer Frente. Admirado le pregunté que qué cosa era. “El brazo armado del partido”, me dijo. Me fui feliz ese día a mi casa. Creí que la revolución en el Ecuador iba por buen camino.

            El mismo compañero Hidalgo días antes del XXXV Congreso del PSR habló conmigo y me dijo que se estaba pensando en el nombre de un compañero del Azuay para la dirección del PSRE. -¿En quién? -pregunté. -En el doctor Víctor Granda Aguilar -me respondió. -¿Le conoce? –me dijo -No, -le respondí. -Creo que es la mejor opción, por el momento –afirmó-. Tenemos que proyectarnos a la sociedad, compañero. Estamos muy enclaustrados en los gremios sindicales. -¿Cree usted que el compañero Granda garantiza la dirección revolucionaria del partido? –pregunté-. –Me parece que si –me dijo y yo le respondí: -Habrá que ver.

            Han pasado casi cuarenta años desde entonces. El PSRE ha desaparecido en su estructura y en sus concepciones. Ha prevalecido una corriente reformista, electoralista e inorgánica que nunca fue protagonista de nada importante en el plano político, siempre de furgón de cola del centro político y de figuras individuales que lejos estuvieron de representar la doctrina y el pensamiento del socialismo revolucionario. Veamos este proceso a grosso modo.

EL FRENTE SOCIALISTA

            Después del XXXV Congreso del PSRE una reflexión colectiva dentro del partido fue la reagrupación de la tendencia socialista en el Ecuador. Se hizo contacto con los dirigentes de todos los movimientos socialistas o cercanos al socialismo para explicarles la necesidad de la unidad socialista. Concurrieron la Izquierda Cristiana en su versión de la Tendencia Socialista, cuyos dirigentes principales eran, en ese tiempo, Pablo Suarez y Gerardo Venegas, se habló con la fracción del MIR dirigida por Patricio Icaza, con José Chávez de la CEOLS y otras expresiones sindicales que estaban cerca del socialismo. La iniciativa del PSRE tuvo buena acogida y la corriente socialista tendía a unificarse.

En ese proceso apareció una figura del viejo PSE que para entonces ostentaba la dirección del mismo. Se trataba de Alberto Cabeza de Vaca quién planteó la conveniencia de volver a la legalidad al PSE. Sin previo aviso, ni antecedentes conocidos, en el preciso momento que surgió la posibilidad de legalizar el PSE, apareció la figura de Enrique Ayala Mora, convirtiéndose, con Víctor Granda, Hernán Rivadeneira, Manuel Salgado y otras figuras en los entusiastas promotores de la integración del PSRE al PSE. La militancia de Azuay, Imbabura, Loja y Guayas encabezada por Jorge Reinols, advertimos, en sucesivos Comités Centrales del Partido, lo peligroso de la propuesta dado que el PSRE podía ser subsumido por el viejo PSE y desaparecer. Desde entonces se configuraron dos posiciones al interior del socialismo: una que defendía la existencia del PSRE como una estructura selectiva, de centralismo democrático, concebida bajo los principios del marxismo-leninismo y la otra que abogaba por un partido abierto de masas al que había que prepararlo para la confrontación electoral.[ii]

El triunfo de Edelberto Bonilla a la diputación por Chimborazo anuló toda polémica en torno a la naturaleza del partido. La corriente revolucionaria, que sintetizaba toda la tradición de lucha del socialismo desde su fundación, incluida su ruptura ideológica en el año 63, fue de inmediato anulada por los dirigentes agrupados alrededor de la secretaría de Víctor Granda, siendo uno de los que mayor peso tenía el doctor Ayala Mora. Con la acusación de infantilismo de izquierda y con la tesis de “avanzar sin discutir” impusieron la línea electorera en el socialismo ecuatoriano. Granda Aguilar, Ayala Mora, Rivadeneira y, posteriormente, Germán Rodas y otras figuras, ahogaron al socialismo revolucionario en aras de una participación electoral que, según ellos, terminaría llevando al socialismo al poder. Diego Delgado en el Azuay, Jorge Reinols en el Guayas, yo en Pichincha y muchos otros compañeros en todo el país, dimos la batalla por preservar las concepciones revolucionarias del PSRE y su estructura orgánica. Entre 1984 y 1995 produje muchos documentos que así lo demuestran.[iii]

            En 1984 el PSE candidatizó a Manuel Salgado Tamayo a la presidencia de la república con lo cual estuvo de acuerdo la militancia del socialismo revolucionario, porque era una oportunidad de proyectar, a nivel nacional, la imagen y las tesis del socialismo, que la corriente revolucionaria pensó siempre serían las suyas. Nada de eso sucedió. Ayala Mora y la camarilla socialdemócrata que se había tomado la dirección del partido anularon lo que ellos llamaban infantilismo de izquierda y dieron rienda suelta al entusiasmo electoral. Dos años después de la candidatura de Salgado Tamayo el socialismo llevó ocho diputados al Congreso Nacional. Figuras como la de Fernando Guerrero, el propio Ayala Mora, Segundo Serrano, Diego Delgado, Raúl Patiño y otros aparecían como una muestra palpable del triunfo de la corriente electoralista. El socialismo revolucionario quiso sacar provecho del éxito electoral momentáneo y planteó un agresivo plan de organización partidaria y educación política a su militancia. Yo era su Secretario Nacional de Organización.[iv]

AYALA MORA CANDIDATO A LA VICEPRESIDENCIA

            En 1988 esta corriente electoralista, a la que nada le importaba la preparación ideológica de la militancia ni su estructura orgánica, hizo un pacto con el APRE del General Frank Vargas Pasos para presentarse a las elecciones presidenciales, siendo el militar el candidato a la presidencia y Ayala Mora a la Vicepresidencia. El fracaso fue rotundo, pero, después de esta triste aventura electoral, Ayala Mora se convirtió en entusiasta partidario de fusionar al socialismo ecuatoriano con el APRE, demostrando con ello, no sólo desprecio por la teoría revolucionaria, sino una descarada conducta electorera. Los socialistas revolucionarios nos opusimos, como puede verse en este documento que yo hice circular entre la militancia nacional[v]. La posición liquidacionista de Ayala Mora hacía mayoría en el Comité Central del partido, pese a lo cual, la militancia histórica del PSRE no permitió su liquidación.

EL TRIUNFO DE DIEGO DELGADO A LA SECRETARÍA GENERAL DEL PSE

            El triunfo de Diego Delgado a la Secretaría General del Partido Socialista Ecuatoriano en el año 1991 fue el triunfo de la corriente revolucionaria. Lastimosamente, a nivel de dirección, el doctor Delgado estuvo secuestrado por la corriente electoralista que seguía haciendo mayoría en el Comité Ejecutivo y el CC del partido. Una muestra de esto fue que ese Comité Central resolvió la candidatura de León Roldós Aguilera para las elecciones presidenciales de 1992. La corriente de izquierda logró que se aceptara como binomio de Roldós el nombre de Santiago Pérez Romolerux. Roldós no estuvo de acuerdo y, en un Comité Central realizado en Quito, impuso, con amenazas de renuncia a la candidatura, el nombre de Alejandro Carrión Pérez. Yo era el Secretario Administrativo del CEN, había sido nombrado secretario ad hoc de ese Comité Central y también coordinador nacional de la campaña electoral. Tenía derecho a voz en ese Comité Central pero cuando quise intervenir para protestar por el proceder grosero y autoritario de Roldós el doctor Granda, por pedido de Ayala, me lo impidió, aduciendo mi condición de empleado del partido. Nunca antes se habían violado de forma tan flagrante los derechos de un militante histórico y destacado. Ayala Mora lo hizo, con lo cual le estaba quitando la voz a la militancia revolucionaria que nunca estuvo de acuerdo con la candidatura de León Roldós Aguilera.

En esa misma línea estos dirigentes se aliaron a Sociedad Patriótica y apoyaron la candidatura del Lucio Gutierrez en 1996, dejando de lado todo desarrollo teórico y de formación política de la militancia para aprovecharse de las ventajas que da una diputación y mover influencias para sacar provecho personal como fue la creación de la Universidad Andina que, en el colmo de la ironía, Ayala Mora dijo, en algún momento, sería la escuela de cuadros del partido. Los sueldos y las prebendas personales obtenidas, así como haberse convertido en el refugio pagado de todos sus aduladores, demuestran las santas intenciones del “brillante académico” Ayala Mora.  Roldós se comportó como un capataz en esa campaña[vi] y el socialismo “patiamarillo” que lo apoyó quedó apaleado por el fracasó electoral. La militancia histórica de izquierda decidió reagrupar sus fuerzas. Desde la Secretaría Provincial de Pichincha, Fernando Maldonado y yo, tratamos de hacerlo.

EL XXXIV CONGRESO DEL PSE

            La gestión de Diego Delgado Jara en la dirección nacional del PSE no permitió tampoco avanzar en el proceso de construcción partidaria. El mismo doctor Delgado parecía no tener mucha conciencia de la importancia de consolidar orgánica e ideológicamente el partido, pero su gestión como diputado socialista en el Congreso Nacional ubicaba su figura como uno de los más destacados dirigentes de la izquierda nacional. El intento de asesinato que el régimen febrescorderista hizo con él, le había convertido en un referente de honestidad y consecuencia del pensamiento socialista. Al final de su período la corriente revolucionaria trató de mantener la dirección del partido lanzando mi candidatura a la Secretaria General. Hice una campaña nacional, recorriendo provincia por provincia, incentivando a los compañeros a dar la batalla por conservar el pensamiento socialista y combatir la corriente electoralista.  En cada provincia de costa, sierra y oriente encontré núcleos de compañeros revolucionarios dispuestos a dar la batalla. Al fin se realizó el Congreso.

Diego Delgado confió la conformación de las delegaciones a Rubén Andrade, quién para entonces fungía de Secretario de Organización del PSE. El resultado fue que en casi todas las provincias se inflaron las delegaciones con nombres, muchas veces ni siquiera militantes, partidarios de Granda y Ayala Mora. A tal nivel de descaro llevaron las cosas que a mí me negaron el derecho de ser delegado por Pichincha, donde había militado y luchado por más de treinta años. Las delegaciones de Pichincha, Manabí y Esmeraldas fueron descaradamente manipuladas por Andrade para favorecer la candidatura de Víctor Granda Aguilar que era mi contrincante. Pese a todo, Granda ganó esas elecciones con apenas cuarenta votos por arriba de mi candidatura, como puede verse en el acta de escrutinios que estoy adjuntando.[vii]

            A partir de este Congreso el Partido Socialista Ecuatoriano quedó en manos de la corriente electoralista. Granda Aguilar promovió mi expulsión del partido valiéndose de Tartufos como Eduardo Paredes, Jorge Granda o Germán Rodas. Por salud mental y corporal decidí alejarme de la militancia partidista, convencido de que una vez más la corriente “patiamarilla”, presente en el socialismo desde su sesión fundacional en 1926, se había blindado en la dirección del partido por otro largo período.

LA IRRUPCION DEL PROGRESISMO LATINOAMERICANO EN EL ECUADOR

            A comienzos del presente siglo la ola del progresismo se extendía por todo el continente. El chavismo en Venezuela, el krishnerismo en Argentina, el PT en Brasil, el MAS en Bolivia, en Uruguay, Paraguay. El Ecuador estaba asfixiado por los gases tóxicos de casi dos décadas de partidocracia. Habíamos sufrido el duro golpe del feriado bancario, la corrupción reinaba en el sector público y privado, la inestabilidad política nos había hecho padecer siete presidentes en menos de una década y, en fin, el Ecuador estaba comido por la deuda externa y al borde de la disolución.

El nombre de Rafael Correa Delgado comienza a oírse como propuesta para sacar las castañas del fuego. Su discurso, prestado a la izquierda revolucionaria, llamó pronto la atención. Todos los sectores, políticos y sociales, del centro a la izquierda, le brindaron su apoyo, incluido el FADI-Socialismo que no era otra cosa que la fusión orgánica e ideológica del Partido Socialista Ecuatoriano con el Partido Comunista. Lo que no había sucedido en más de 90 años, Ayala Mora y su camarilla, juntándose con el reformismo comunista, lo habían logrado. “Es la unidad natural de la izquierda” declaraba el académico. La reflexión de esa izquierda, a la que yo he denominado boba, era que, estando adentro, ellos tenían “gobierno propio”. Correa les resultó blando por fuera, duro por dentro. “Los que vinieron con agenda propia” –les advirtió en su primer discurso-, “pueden tomar el camino y regresar por donde vinieron”.

Parece que Correa no consideró el nombre de Ayala Mora para un ministerio o la cancillería y, desde entonces, comenzaron a combatirlo, por odio, ahora con el insólito argumento de que ellos representaban la corriente revolucionaria dentro del Fadi-Socialismo. Ellos que tenían una agenda reformista coincidente con las del comunismo tradicional y ahora con el correismo, se amparaban en el membrete del PSRE al que habían hecho desaparecer y combatido de forma inmisericorde por “infantil y radical”. Los sepultureros del SR ahora se proclamaban sus salvadores. ¡Jamás se ha visto un nivel de desvergüenza política como la que tienen Ayala Mora y su camarilla! La fracción comunista, encabezada por Rafael Quintero, se quedó dentro del correismo, sumisa al caudillo y siendo corresponsable de la actual situación que tiene el Ecuador. El socialismo ““patiamarillo”” ha tomado distancia del correismo amparándose en el membrete del Socialismo Revolucionario, pero sin aportar ni una sola idea de cambio y enriquecimiento de la teoría revolucionaria, suscribiendo las mismas tesis del correismo pero advirtiendo que, para que sean válidas, tienen que estar dirigidas por ellos, es decir, con otro estilo, mas laigh y rosadito, con chaleco y leontina, importados desde Inglaterra, probablemente. Una forma de fraude ideológico que tiene engañadas a las nuevas generaciones de socialistas.

            Casi medio siglo de historia de la izquierda socialista en el Ecuador culmina ahora con la elección inducida a la Secretaría General del PSE -que ahora ellos reivindican Revolucionario-, del académico Enrique Ayala Mora al que no se cansa de echar flores y mieles ese estentóreo político socialista llamado Manuel Salgado al que en nuestra época llamábamos “Trucutú” por ser muy ruidoso y no hacer nada. Esa es la historia. Veamos ahora sus consecuencias.

¿PUEDE EL SOCIALISMO “PATIAMARILLO” SER LA IZQUIERDA EN EL ECUADOR?

            La izquierda boba que nació con el pecado original de ser de clase media y de clara tendencia arribista nunca pudo, ni puede ahora, ni podrá mañana, definirse como la izquierda auténtica del Ecuador. Para hacerlo tendría que demostrar estar a la izquierda de Correa. Pero eso es imposible por dos razones:

            1.- Su historia les condena. Telmo Hidalgo, Laura Almeida, Manuel Agustín Aguirre, que son los referentes del Socialismo Revolucionario, deben revolcarse en sus tumbas cada vez que los actuales dirigentes “patiamarillos” reivindican sus nombres. Esos dirigentes sepultaron el Socialismo Revolucionario y han definido, por cerca de cuarenta años, una línea política socialdemócrata, reformista, claramente de centro, coincidente, en lo esencial de lo teórico, con el pensamiento de líderes reformistas como Rafael Correa al cual denostan y combaten únicamente por animadversión personal. Una especie de envidia histórica porque ven en su figura lo que ellos jamás podrán ser ni hacer. Dirigentes como Ayala Mora demuestran menos honestidad que dirigentes como Rafael Quintero que se identificó de manera abierta con el correismo en la equivocada idea que, desde adentro, ellos podrían llevar adelante el proceso con más éxito y menos ex abruptos que Correa. Ayala vuelve a cometer un crimen político al membretarse Socialista Revolucionario para diferenciarse de Correa y el correismo a sabiendas de que nunca, en estos últimos cuarenta años, ha aportado con una línea de definición teórica para hacer avanzar la teoría revolucionaria. Y es esa, precisamente, la segunda razón por la cual el socialismo “patiamarillo” de Ayala Mora, Granda y compañía, jamás llegará a ser la izquierda auténtica en el Ecuador.

            2.- En la línea “patiamarilla” del socialismo ecuatoriano todo es falso. Que tienen una línea propia y creadora del socialismo en el Ecuador, en ellos sólo es una fraseología vacía. Ninguno de estos dirigentes se ha acercado siquiera al arduo trabajo teórico de conceptualizar una posición propia del pensamiento socialista. Tienen el descaro de definirse marxistas y, muchos de ellos, leninistas, cuando en su práctica política desprecian esa teoría y apenas llegan a la socialdemocracia.

            Por estas dos razones, jamás esta izquierda boba y “patiamarilla” llegará a ser la izquierda auténtica del Ecuador

¿DONDE ESTA ESA IZQUIERDA AUTÉNTICA?

            La línea mariateguista de peruanizar al Perú, define la corriente revolucionaria del socialismo ecuatoriano. Belisario Quevedo nos enseñó a pensar en lo nuestro. Nombres como el de Manuel Agustín Aguirre nos recordaron siempre la importancia de ser fieles a los instrumentos teóricos del marxismo y dirigentes como Telmo Hidalgo nos han servido de ejemplo para mantenernos junto al pueblo.

La irrupción de Rafael Correa en el ámbito político nacional no es un hecho intrascendente como la izquierda boba nos quiere hacer creer. Correa y el correismo marcan un antes y un después en la política nacional. La acción de Correa abarcó dos niveles, el material y el ideológico.

En lo material su accionar se ve en la construcción de una red vial sin precedentes, en la generación eléctrica, en la construcción de puentes, multi propósitos, aeropuertos, puertos, una reforma del Estado, de la educación y del sector de la salud que nunca fueron tocados por el poder de la partidocracia, dando con ello término a la trunca revolución alfarista y consolidando la creación del Estado-nación.

En el nivel ideológico Correa se ocupó de elevar el nivel político del pueblo a través de sus discursos y las comparecencias de alcance nacional que cada sábado hacía. Tampoco es un mérito menor su defensa de la soberanía nacional y su enfrentamiento con los organismos internacionales de crédito y el poder norteamericano. Su defensa de bloques económicos y políticos como UNASUR y su acercamiento a procesos revolucionarios como el venezolano son, qué duda cabe, méritos de este líder que, sin ser revolucionario, hizo lo que nunca los dirigentes de izquierda llegaron a hacer. Lástima que Correa no tuvo una oposición de izquierda que con respaldo popular le obligara a radicalizar paulatinamente el proceso. Ahora está claro que el progresismo sin dirección revolucionaria sólo sirve para fortalecer el desarrollo y modernización del capitalismo. En las condiciones económico-sociales en que se desenvuelven los pueblos latinoamericanos, entre ellos Ecuador, ya no es suficiente sacar de la pobreza a unos cuantos millones de seres humanos, sino que va siendo necesaria una verdadera transformación revolucionaria.

Ayala Mora, Rafael Quintero y toda esa izquierda oficial jamás comprendieron la necesidad de construir una oposición pro activa desde afuera, capaz de obligar al correismo a depurarse sobre la marcha y radicalizar, cada vez más, sus acciones, pero si fueron capaces de sumarse a la campaña de odio orquestada por la derecha con lo cual se convirtieron en responsables directos del fracaso de un proyecto que, de haber sido llevado con sabiduría, podía haber llegado a ser irreversible.

Si podemos interpretar correctamente la Historia, es posible avanzar. La dialéctica marxista lo hace posible. El abandono de las concepciones revolucionarias y la obstinada negación que la corriente “patiamarilla” hizo de la discusión teórica, obligó a la corriente revolucionaria a replegarse sobre sus propias concepciones como único recurso para conservarlas y desarrollarlas.

Una concepción socialista, enraizada en el pensamiento ancestral y la forma de vida de los pueblos y nacionalidades aborígenes que comprende la importancia del aporte marxista en la teoría de la lucha social de los pueblos, está en proceso de formación. Esa corriente se esfuerza por integrar una nueva visión epistemológica de la realidad y asume, con frontalidad, los errores cometidos por el socialismo del siglo XX para superarlos y avanzar al cambio. Son justamente esas concepciones las que ubican a esta corriente de pensamiento a la izquierda de procesos reformistas como los que representa Rafael Correa Delgado y cuyos contenidos le dan pleno derecho para reclamarse parte integrante de la verdadera izquierda revolucionaria en el Ecuador y América Latina.[viii]

Ñukanchik Socialismo es la expresión de la corriente revolucionaria que nació en 1926 en el seno del PSE y durante noventa años ha sido asfixiada por el socialismo “patiamarillo” en todas sus versiones. Recoge, en sus concepciones, el acumulado histórico de la teoría y la lucha del socialismo revolucionario; plantea, como una necesidad histórica, una alianza político-programática que vaya de la izquierda al centro con el progresismo correista, con independencia absoluta y libertad para aportar, criticar y conducir el proceso de cambio revolucionario que el Ecuador necesita.

05-09-2019


[i] El mismo cuenta, en una nota en la que detalla sus méritos, haber sido miembro del club “Domingo Sabio”.

[ii] Entonces, como un aporte a la discusión teórica yo puse a consideración de la militancia del partido un Documento titulado: Nuestro partido de cuadros es nuestro partido de masas que fue leído con interés por la militancia nacional e ignorado olímpicamente por la camarilla patiamarilla de Granda, Ayala y companía.

[iii] Véase: La teoría leninista del partido, mimeo, agosto de 1985; Socialismo revolucionario, mimeo, Quito, octubre 1986; Partido Socialista Ecuatoriano, proceso y construcción, mimeo, Quito, junio 1988 y muchos otros documentos coyunturales sobre la construcción del Partido, que reposan en mi archivo.

[iv] Véase: El carácter y los objetivos del PSE, documento de discusión, mimeo, Quito, abril de 1989; Sobre la construcción partidaria, mimeo, Quito, noviembre de 1992 y mucho más material que demuestra el afán que el socialismo revolucionario tenía de discutir cuestiones teóricas de vital importancia.

[v] Oviedo Rueda, Jorge: Defendamos nuestro partido! Digámosle no a la fusión con el APRE, mimeo, Quito, marzo de 1995.

[vi] En carta dirigida al doctor Delgado Jara para renunciar a mi cargo de Coordinador Nacional de la Campaña electoral, entre otras cosas decía: “Y por último (renuncio), porque todavía creo en la dignidad. No soy de aquellos que piensan que la dignidad se la puede guardar en un cajón para usarla sólo cuando el peligro haya pasado. Me es imposible trabajar con y para un hombre que es incapaz de distinguir la diferencia que hay entre los términos compañero y sirviente. Si Roldós no acepta ser nuestro compañero, mal haríamos nosotros en aceptar ser sus sirvientes.”

[vii] Archivo JOR.

[viii] Véase otros documentos como: Proyecto Ecuador, una propuesta socialista, mimeo, Quito, 1993-documentos sobre la discusión teórica necesaria para levantar una propuesta socialista ligada a nuestras raíces ancestrales, pueden verse en mi blog: nucanchisocialismo.com

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