¡HOLA SIMON!

Viejo amigo, uno de los primeros que conocí en mí vida. Por mucho que leo y releo lo que has escrito, nunca he dejado de admirarte, por el contrario, cada día crece más mi admiración y respeto por ti.

¡Viejo amigo! Cuando yo era un inquieto estudiante del Vicente Rocafuerte en Guayaquil, un revoltoso compañero de estudio, más leído e instruido que yo, un día nos presentó en la desierta sala de la biblioteca colegial. ¿Te acuerdas? Este es Simón, me dijo, poniendo en mis manos un poema de tu autoría, que aparte de impactarme, desde entonces me puso a soñar con la libertad de nuestros pueblos:

Yo venía envuelto en el manto de Iris,

desde donde paga su tributo el caudaloso Orinoco

al Dios de las aguas… quise subir al atalaya del Universo.

Busqué las huellas de La Condamine y de Humboldt;

seguílas audaz, nada me detuvo; llegué a la región glacial…

Ninguna planta humana había hollado la corona diamantina

que pusieron las manos de la Eternidad

sobre las sienes excelsas del dominador de los Andes.

¿Te acuerdas, Simón? Siempre consideré que por arriba de cualquier otra cosa tu eras poeta, porque nadie que no lo fuera se podía plantear las empresas que tu te planteaste. Después de leer tu poema a mi se me ocurrió la loca idea de escribir también un poema, pero esta vez ya no como un delirio, ni como un diálogo entre tu y el tiempo, como se le ocurrió después a un amigo mío al que tu no conociste. Yo, pequeño principiante de las letras, escribí un poema inspirado en tus versos y en los de Medardo que comenzaba así:

Girones de neblina cubríanle los flancos

Al majestuoso monte de los cabellos blancos…

en el que imaginaba un diálogo entre tu y el Chimborazo y que se me ha perdido en la vorágine de la vida, sin otro testimonio que la mala memoria de un familiar al que le di a conocer llevado por la emoción de haberlo podido escribir. Quizás tu lo recuerdes allá en la lejana región de las estrellas.

¡Cuánto tiempo ha pasado desde tu delirio, amigo! Tu pequeño cuerpo doblegó el rigor de los Andes, fuiste más grande que Aníbal, Alejandro Magno y Napoleón, les diste la libertad a cinco naciones y amaste a mujeres únicas como Manuela. Yo que soy del alfabeto la letra x, la más desconocida, nunca he dejado de estar a tu lado y seguir tus enseñanzas. Pocos en América te han hecho caso, pero todos han hecho Historia.

Grande por donde se te mire, Simón; pero de todas tus grandezas la que más admiro es la de tu poesía y ensoñación. Sólo tu podías ver el futuro, como un atalaya parado sobre los hombros de la humanidad, como todo poeta que tiene incorporado en su sangre los genes de la intuición, porque sólo así se es capaz de ver doscientos años después.

La poesía te inspiró el Congreso Anfictiónico de Panamá en el que no querías que estuvieran los Estados Unidos de Norteamérica porque “son los peores y los más fuertes al mismo tiempo” y porque parecían “destinados por la Providencia para plagar la América de miseria a nombre de la libertad.” Lo que tu soñaste, Simón, todavía no se cumple. Por eso sigues presente y sigo pensando que un día vendrás y que te estaré esperando para celebrar la segunda victoria de América, del Nuevo Mundo, como te gustaba llamarla.

Hoy en las cinco naciones que liberó tu espada muchas madres les han puesto a sus hijos tu nombre. Yo, si hubiera tenido uno, también se lo hubiera puesto. Unos lo llevan con honor, otros lo pisotean en el fango.

Así es la vida, viejo amigo. Aquí te sigo esperando.

Jorge Oviedo Rueda

22-08-2022.

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