HISTORIA Y ACTUALIDAD DE LA IZQUIERDA EN EL ECUADOR

 

Después de la caída del llamado “socialismo real” el discurso de la dominación mundial inventó la tesis de que había dejado de existir la izquierda y la derecha como nociones políticas. Antes de la revolución francesa, las nociones de izquierda y derecha ya existían. En realidad existen como una necesidad del discurso político desde el surgimiento de la sociedad clasista, con Platón, Aristóteles, Maquiavelo,Marx, Weber, Pooper, Hayak, Fukuyama, y con el falso discurso del Socialismo del Siglo XXI. Aceptar la desaparición de las nociones de izquierda y derecha es dejar sin voz a los de abajo por la elemental lógica de que en una sociedad dividida en clases, los que manejan los instrumentos ideológicos son los de arriba. Izquierda es sinónimo político de pueblo, lo ha sido en el pasado y lo seguirá siendo mientras en la sociedad existan intereses de clase.

LA IZQUIERDA HISTÓRICA Y SUS CONFLICTOS

La izquierda en el Ecuador surgió en la década de los años veinte del siglo pasado. El triunfo bolchevique de 1917 había puesto los pelos de punta al capital internacional e, internamente, la matanza del 15 de Noviembre de 1922 dejó claro que el bipartidismo liberal-conservador no era suficiente para representar la nueva realidad nacional. La modernización liberal del Estado ecuatoriano había promovido al trabajador asalariado como un nuevo protagonista social que necesitaba de un instrumento político para luchar por sus intereses de clase. En 1926 se funda el Partido Socialista Ecuatoriano (PSE). Convergen en su fundación sectores medios, intelectuales, trabajadores de la ciudad y del campo y figuras individuales del liberalismo alfarista que en 1895 había hecho la revolución. Se define ideológicamente como un partido de los trabajadores cuyo objetivo final era cambiar la sociedad capitalista y construir el socialismo. Desde su fundación el PSE se caracterizó como un partido de raíz nacional, heredero de las tradiciones de lucha del pueblo ecuatoriano.

En 1932 se fundó el Partido Comunista Ecuatoriano como una escisión del PSE. Esa fracción nació adscrita a la Tercera Internacional Comunista y sostuvo, desde sus orígenes, la tesis de que en el Ecuador la revolución se tenía que hacer por etapas. Fue un partido consular, obediente a su matriz internacional, en el que quedaba poco espacio para las fórmulas imaginativas y creadoras.

Estas dos entidades políticas de la izquierda, desde entonces, han reclamado para si la verdad de sus concepciones y se han disputado el favor de los trabajadores en el Ecuador.

Sin embargo, el favor de las masas no fue precisamente para ellas. El proceso político-social en el Ecuador tomó un giro inesperado desde comienzos de los años treinta con el surgimiento del caudillismo velasquista. Las consecuencias de la revolución liberal, el reordenamiento institucional del Ecuador de los años veinte, la crisis capitalista de 1929 y el avance del socialismo en la ex Unión Soviética, configuraron un marco histórico en el que los fenómenos políticos no podían dejar de lado a las masas trabajadoras. En el Ecuador, ni el partido liberal, ni el conservador eran capaces de capitalizar su apoyo. La oligarquía vio en Velasco Ibarra la figura que bien podía neutralizar el ascenso de las masas y preservar sus privilegios. Con un discurso anti oligárquico y de adulación a las masas insurgentes Velasco se convierte en la pieza necesaria del dominio oligárquico y de la articulación capitalista en el Ecuador. La izquierda “boba” creyó, no una, sino cinco veces, que Velasco Ibarra podía convertirse en la punta de lanza de sus aspiraciones transformadoras. Un Velasco que iniciaba sus campañas con el “corazón a la izquierda”, terminaba, invariablemente, entregado en cuerpo y alma a la oligarquía. Toda la izquierda repitió una y otra vez el error, hasta que se convirtió, sin querer queriendo, en cómplice de la estabilidad oligárquica.

Las dos alas tradicionales de la izquierda ecuatoriana sostuvieron, casi por medio siglo, tesis irreconciliables: el PSE la necesidad de un socialismo nacional, vinculado a nuestras tradiciones de lucha, imaginativo y creador que busque soluciones propias a nuestros problemas; el PCE, conectado a las corrientes internacionales del comunismo mundial, atento a la aplicación de fórmulas políticas que las consideraban de valor universal. Tanto en el PSE como en el PCE surgieron corrientes divergentes que terminaron fraccionándoles.

En el seno del PSE, después de la ruptura con el ala comunista, a lo largo de su historia y durante diferentes etapas, ha existido una corriente colaboracionista que puso de lado los intereses populares. Privilegió las figuras individuales y nunca se ocupó de dotar al partido de un instrumento programático que propusiera un nuevo modelo de sociedad. Esta corriente “patiamarilla”, ilustrada, que tuvo en sus manos la dirección oficial del socialismo colaboró, por medio de sus figuras, con gobiernos de la oligarquía y contribuyó, de esa forma, a su dominio. En los años cincuenta el PSE era un partido más del espectro político nacional, sin que su presencia constituyera ningún peligro para el sistema.

Cosa similar pasaba con el PCE que, sin embargo, dada su vinculación con el PCUSS, aparecía como más agresivo y peligroso; pero uno y otro partido se habían convertido en fichas del tinglado político en el Ecuador cuya presencia no significaba ningún peligro para la estabilidad del sistema.

Dos acontecimientos internacionales removerán las aguas pacíficas de la izquierda ecuatoriana al finalizar la década de los años cincuenta: por un lado el sisma chino-soviético y por otro el triunfo de la revolución cubana. Ambos actualizaron, a nivel mundial, la discusión sobre el carácter de la revolución. Surgió en el seno de la matriz comunista el Partido Comunista Marxista Leninista (PCMLE) y en la socialista el Partido Socialista Revolucionario (PSRE).

El PCMLE cerró sus filas para convertirse en un aparato clandestino destinado a darle dirección política a todas sus expresiones de masas. Desde entonces la UNE, la FEUE, el Movimiento sindical, campesino etc. son la fachada pública de las mismas tesis demo-burguesas del PCE. En la corriente socialista el PSRE planteó la necesidad de recuperar las tradiciones de la lucha popular para impulsar la lucha por el socialismo.

En realidad de verdad, jamás las diferencias ideológicas entre socialistas y comunistas fueron superadas. Cada uno en sus cuarteles mantuvo sus tesis, llegando a sectorizar sus influencias en el seno de las masas. La unidad de la izquierda siempre fue una aspiración, nunca una realidad.

Era la época de la guerra fría, el mundo estaba dividido por dos sistemas antagónicos que esperaban el primer descuido de su rival para sobreponerse. Ese antagonismo marcó la vida del planeta después de la segunda guerra mundial y dio origen a la peor tragedia vivida por la humanidad que fue la carrera armamentística. A los países del tercer mundo, la lucha anticolonialista del África y la revolución cubana, les abrieron nuevas perspectivas. Se comenzó a considerar la posibilidad de actuar de inmediato por conquistar las metas de la liberación y el socialismo.

Este ciclo, que en el Ecuador se inicia a comienzos de la década de los años sesenta, termina veinte años más tarde, al finalizar los gobiernos militares de Rodríguez Lara y Poveda Burbano.

¿Qué discutía la izquierda ecuatoriana? La discusión giraba en torno al carácter de la revolución: revolución socialista vs. transformación demo-burguesa como paso previo al socialismo. En otras palabras, revolución o reforma.

Ninguna de las dos posiciones triunfó. La izquierda socialista se fue atomizando hasta quedar aislada de las masas, la izquierda comunista se entregó en cuerpo y alma a los proyectos “progresistas” del centro, incapaces, en ambos casos, de levantar, o bien un proyecto revolucionario o bien una propuesta reformista coherente. Toda la izquierda comenzó a agonizar carente de iniciativas y de propuestas.

LA IZQUIERDA “BOBA” Y EL NEOLIBERALISMO

La muerte de Jaime Roldós puso fin a toda expectativa de cambio. Con su vicepresidente, el demócrata-cristiano Osvaldo Hurtado Larrea, se inicia la “negra y larga noche neoliberal” en el Ecuador. Los trabajadores organizados iniciaron la resistencia contra el neoliberalismo que tomó fuerza después del hundimiento de la Unión Soviética. El gobierno autoritario de León Febres Cordero tuvo que enfrentar la débil pero heroica oposición armada del grupo Alfaro Vive Carajo que, junto al estallido de la resistencia indígena sirvió para frenar las intenciones neoliberales de la derecha ecuatoriana. La izquierda asumió la lucha contra el neoliberalismo, sí, pero nunca investida de personalidad propia, siempre amparada en las propuestas y las figuras más progresistas del centro y del populismo. Nombres como el de León Roldós Aguilera, Frank Vargas Pazos e inclusive el del propio Lucio Gutiérrez, sirvieron para frentear la lucha contra la ya conformada partidocracia. Ante una crisis total, que no era sólo económica, sino política, ética, social, etc., la izquierda seguía pensando en cómo ir de la mano de líderes que le dieran diciendo y haciendo lo que a ella le correspondía. Estaba afectada de una bobería política que le impedía aprender de las lecciones de la historia y no le capacitaba para asumir sus retos.

Las sucesivas crisis políticas que llevaron al Ecuador a tener siete presidentes en el lapso de una década habían creado condiciones para una conducción revolucionaria de las masas, lo que implicaba la definición de un programa democrático, anticapitalista y revolucionario que nunca fue considerado siquiera por la izquierda ecuatoriana, a estas alturas ya demasiado corroída por las posiciones oportunistas y electoralistas que en su seno habían anidado. Esa izquierda, al final de la etapa, definió un programa marcadamente reformista y lo confiaron, sin condiciones, a una figura nueva que ellos juraron les llevaría, como una locomotora, al cambio revolucionario. Todo lo apostaron a la tesis de que en este proceso había un “gobierno en disputa” y que de esa batalla saldrían triunfadores. Correa no era más que una circunstancia, detrás de él estaba, decían, el colectivo, que daría dirección correcta al proceso.

Correa les resultó suave por fuera y duro por dentro. Todos los cálculos de la izquierda “boba” han naufragado en un caudillismo prepotente que, a nombre del socialismo, está rearticulando el capitalismo dependiente ecuatoriano a las necesidades de la acumulación del capitalismo corporativo mundial.

Salvo el velasquismo del siglo pasado nada puede ser tan perfecto como el actual correismo para frustrar las aspiraciones populares. Esa izquierda es responsable de haber cedido al reformismo el impulso histórico del cambio y el discurso socialista.

EL FRENTE PLURINACIONAL DE LAS IZQUIERDAS

En un contexto internacional favorable a los gobiernos progresistas triunfó Rafael Correa en el 2007. Su marco conceptual y definición ideológica ha sido el ambivalente discurso del socialismo del siglo XXI que anuncia mucho, pero no define nada. Lejos de los modelos revolucionarios del pasado siglo, el llamado Socialismo del Siglo XXI actúa en un marco de convivencia con el capitalismo contemporáneo. Apuesta al fortalecimiento del Estado por medio del gasto público y sostiene que la redistribución de la riqueza social se la puede hacer por medio del asistencialismo y la reforma tributaria. Tiende a olvidar problemas vitales para toda política de izquierda como son los del poder, del Estado y de la economía profunda, sobre los cuales no es capaz de trascender más allá de las concepciones clásicas del liberalismo. Su acción política apunta a terminar la obra trunca del liberalismo alfarista cuyo objetivo final fue la creación de un capitalismo democrático, dice Correa, de amplia base popular. Teóricamente se supone que el gobierno correista encarna la etapa pos-neoliberal, que tendrá que evolucionar a un socialismo de mercado o capitalismo popular para desembocar en lo que ellos llaman el bio-socialismo republicano. Todo un proyecto evolutivo que no se sabe en cuanto tiempo se podrá llevar a cabo, pero que se supone los mantendrá ocupados por lo menos el próximo siglo.

Para enfrentar a este proyecto de esencia socialdemócrata se ha juntado la izquierda ecuatoriana en un frente al que han denominado Frente Plurinacional de las Izquierdas.

Las izquierdas en el Ecuador tienen mayoritariamente una matriz común que es el stalinismo. El socialismo revolucionario ecuatoriano (PSRE) que era la única fuerza que escapaba a esa matriz, fue ahogado sin contemplaciones durante la década de los ochenta por la última fracción “patiamarilla” del socialismo encabezada por figuras como las de Enrique Ayala o Víctor Granda. Trotskistas, maoístas, micro fracciones miristas, restos de la izquierda cristiana y otros se han juntado alrededor de la prestigiosa figura de Alberto Acosta, autor confeso, junto a otras ex figuras del correismo, del programa que sustenta la acción política de su ex aliado.

Muchas inquietudes despierta esta nueva experiencia de la izquierda ecuatoriana, comenzando por si realmente se está actuando sobre una base programática diferente que supere el reformismo de Correa o si sólo se parte de una necesidad electoral de derrotar su figura. Poco se dice al respecto.

Lo que resulta más preocupante es que la llamada Izquierda Plurinacional no demuestra ninguna inquietud por la autocrítica. Cree que lo de Correa fue una traición y no un error, con lo cual todo lo reduce a un asunto individual. “Nos equivocamos con Rafael Correa” es la frase más frecuente en las cabezas visibles de sus ex colaboradores, lo que se puede comprobar en que en el programa pos correista propuesto por la Izquierda Plurinacional sólo hay cambios de forma y no realmente de fondo. No parecen comprender que a la izquierda de Correa sólo puede estar un programa revolucionario, anticapitalista y proyectado al socialismo. Defender la Constitución de Montecristi entrampa la acción de una izquierda revolucionaria a la defensa del proyecto reformista de Correa, lo que puede resultar inútil si se considera que Correa es el político reformista mejor dotado de todos los tiempo y a él, sólo a él, le corresponde llevar adelante la reforma histórica que el Ecuador necesita. No parece ser esa la conciencia de la Izquierda Plurinacional. Parece sentirse frustrada porque un “sapo” como Correa le birló su derecho a transitar por el camino de la reforma. Así lo dicen sus orígenes stalinistas.

Una triste verdad se puede esconder detrás del apoyo que la izquierda stalinista, representada en el MPD, brindan a Alberto Acosta: esta es la nueva locomotora, con él nos haremos del poder, parecen decir, detrás de él nosotros le daremos dirección revolucionaria al proyecto. Con lo cual estarían repitiendo por enésima vez el mismo error que ha vestido a la izquierda de bobería, convirtiéndola en un invitado de piedra o, mejor, en un “santo mocarro” inofensivo, para gusto y satisfacción de las fuerzas de la dominación internas e internacionales.

El capitalismo actual enfrenta a la izquierda a nuevos retos. El stalinismo remanente es a estas alturas una aberración. Se cae a pedazos la civilización del capital. Una elemental ética revolucionaria nos aconseja que debemos ayudarle a morir y no a reforzar sus carcomidas estructuras. La Nueva Izquierda está avocada a plantear y luchar por otras bases civilizatorias que tendrán que levantarse, necesariamente, sobre las ruinas de la civilización del capital.

Ese es un tema al que me referiré en una próxima reflexión.

 

JORGE OVIEDO RUEDA

Escrito para Línea de Fuego

1 de enero de 2013, Quito.

 

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