MARCOLA

 

¿Ha oído ese nombre, amigo lector? Marcola es el alias de Marcos Camacho, capo brasileño que dirige, desde la cárcel, una organización criminal llamada Primer Comando de la capital (PCC), en Sao Paulo.

Un amigo brasileño me decía. “En el Brasil hemos llegado a tal extremo que, dolorosamente, tenemos que darle la razón a Marcola.”

Sólo ahora que me ha enviado una entrevista que la cadena O Globo realiza al capo, puedo entender la que quería decirme. Lo que dice es válido para la civilización capitalista.

Con una fría y descomunal inteligencia Marcola sostiene que la indiferencia de las autoridades del Estado terminó por crear el ahora impenetrable mundo de las Villa-miseria en el que vive una nueva especie de seres. “No hay proletarios” dice, “infelices, o explotados. Hay una tercera cosa creciendo allí afuera, cultivada en el barro, educándose en el más absoluto analfabetismo, diplomándose en las cárceles, como un monstruo Alien escondido en los rincones de la ciudad. Estamos delante de una especie de post miseria.” “La post miseria genera una nueva cultura asesina, ayudada por la tecnología, satélites, celulares, Internet, armas modernas. Es la mierda con chips, con megabytes.”

Opina Marcola que por los canales “normales” no hay solución posible. “Ustedes son el Estado manejado por incompetentes”, dice con una pasmosa lucidez. “Estamos todos en el centro de lo insoluble. Sólo que nosotros vivimos de él y ustedes no tienen salida. Nosotros ya trabajamos dentro de ella. Entiéndame, hermano, no hay solución. ¿Saben por qué? Porque ustedes no entienden ni la extensión del problema.”

¡Increible! Marcola se erige como un profeta de la destrucción. El alacrán del capitalismo envenenándose con su propia ponzoña.

 

JORGE OVIEDO RUEDA

Publicado en

La Hora, 9/ocgtubre/2013, Quito

 

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CALOR GLOBAL

El calentamiento global amenaza a la humanidad, pero nadie crea conciencia sobre este problema crucial y la naciones responsables de esta amenaza no están dispuestos a eliminarlo. No es que no quieren, es que ya no pueden.

El desarrollo del capitalismo a estas alturas ha vuelto inevitable la maldición histórica de que el ser humano se destruye mientras se desarrolla. Más progreso significa acercarnos más al abismo, sentirnos más amenazados por la destrucción y la muerte. Los que tenemos conciencia de esta realidad, vemos con angustia como la humanidad camina con los ojos cerrados a su destrucción.

“El cambio climático en el mundo avanza más rápido y más fuerte de lo que se esperaba”, dice una funcionaria de Naciones Unidas encargada a nivel mundial de estos estudios. Esos informes dejan poco espacio a la esperanza, pero, lo lamentable, es que son publicados apenas como una “advertencia” sin que tengan ninguna capacidad para detenerlo.

Se entiende que los gobiernos de las naciones responsables deben tomar medidas inmediatas para resolver el problema, pero es inútil. Nadie puede pedirle al monstruo del capitalismo que deje de alimentarse.

La única solución es cambiar las bases civilizatorias de la actual sociedad. Sin exagerar, la solución está en los fundamentos del pensamiento ancestral andino. Será de esta región de dónde volverá a volar la esperanza. Por eso indigna tanto que Correa, con el pretexto de combatir la pobreza, se haya tomado el nombre del Sumak Kawsay para hacerle el juego al calentamiento global permitiendo que miles de millones de toneladas de Co2 salgan del Yasuní a contaminar la atmósfera. No hay conciencia ecológica ni en los amos, ni en los vasallos.

JORGE OVIEDO RUEDA

Publicado en

La Hora, 2/octubre/2013, Quito.

 

 

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NUESTRO SCOUT

Uno de los temas más difíciles y, a la vez, más inquietantes de la teoría de la conciencia es determinar cómo se forma. Platón creía que había que viajar hacia adentro de uno para ver la luz. Marx, en el siglo XIX, sostuvo que no era la conciencia social la que determinaba el ser, sino al revés, el ser social el que determinaba la conciencia social.

Hoy creo que nadie puede negar el carácter determinante del medio en la formación de la conciencia. Sin que sea absoluto, pero resulta lógico que la conciencia de un individuo que nace en medio de la riqueza no es igual a la del que nace en medio de la pobreza. No piensa igual el hijo del rey que el hijo del mendigo.

Es la realidad la que establece la confrontación, no la voluntad de nadie. Los individuos chocan entre sí en tanto son parte de una clase social. El hijo del rey se confronta con el hijo del mendigo, no porque son intrínsecamente malos, sino porque su ubicación social les obliga. Como individuos pueden conciliar sus posiciones, nunca como miembros de una clase social.

Nuestro Scout mayor parece cerrar los ojos a esta parte de la realidad. Cree que la justicia es posible en medio de la desigualdad. Como buen Boy Scout anda esparciendo por el mundo las semillas de sus buenas intenciones, sin darse cuenta que desde hace miles de años han caído en tierra infértil. Los límites de su moral no le permiten ver, desde el poder, que la justicia no es posible en un mundo dividido por los intereses económicos. No hay revolución, ni hay revolucionario, si sólo se pretende hacer “un poco mejor” a este mundo imperfecto, cuando se trata de hacer otro mundo, otra civilización. Nuestro Scout mayor condena a los jóvenes que quieren otro mundo, pero apoya a aquellos que sólo quieren barnizar el actual.

Publicado en

La Hora, 25/septiembre/2013, Quito

 


 

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AL DESNUDO

Poner al desnudo a alguien es un acto que tiene muchas connotaciones, una de ellas es poner al descubierto a ese alguien para que el resto lo conozca tal como es. Ir hasta el fondo, conocer su alma.

Esa parece haber sido la intención de un gigantesco libro publicado con el nombre de El correismo al desnudo. Volumen que tiene un prólogo de Alberto Acosta y trae artículos de conocidos analistas de nuestro medio. Después de leerlo, la morosa aspiración de conocer el alma del correismo quedó insatisfecha.

Está escrito desde la nostalgia de lo que en otra publicación Alberto Acosta llama “el país que queríamos”. Se sigue alimentando la idea de que Rafael Correa les robó “su proyecto” sin comprender que “ese proyecto” es el problema. Decir que Correa es un agente modernizador del capitalismo ecuatoriano (casi todos los artículos abundan en esta idea) no es aportar con nada nuevo y resulta contraproducente querer disputarle a Correa ese proyecto para hacerlo mejor. No, yo creo que Correa es el líder indiscutible de la construcción del Estado-nación en el Ecuador. Lo que no se puede hacer es probar si otro liderazgo puede mejorar el accionar político de Correa. No se trata de competir para mejorar el proyecto político de creación del Estado-nación en el Ecuador, se trata de levantar la alternativa de construcción del Estado-plurinacional, antípoda del capitalismo y base de una nueva civilización.

De eso no trae nada el gigantón, lo que limita su intención de desnudar el correismo. Una valiente denuncia sobre las intenciones del correismo en el terreno de la educación (Villavicencio y Oviedo) me parece es lo que más desviste a Correa y un trabajo por demás interesante sobre la negación del sujeto indígena en el correismo. El resto sólo es más de lo mismo.

JORGE OVIEDO RUEDA

Publicado en

La Hora, 18/septiembre/2013, Quito.

 

 

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¿Y LA CONCIENCIA?

 

Estamos los ecuatorianos como atontados de tanto que se ha dicho sobre el Yasuní. Unos a favor, otros en contra. Que el gobierno encuentre argumentos para su explotación, no me admira. Es su obligación. ¿A quién se le ocurre pedirle al ratón que no se coma el queso?

Más me admira que la izquierda ecologista desafíe a Correa con la consulta popular. Es un desafío imprudente, que contradice la esencia del ecologismo. Las reservas mundiales de la biodiversidad no pueden estar sujetas a la voluntad de los hambrientos. Esa ha sido la lógica sempiterna del capital. La naturaleza vista como una esclava, a la que hay que sacarle el jugo hasta más allá de la vida a título del progreso y del Buen vivir. Si no hubiera sido así, no estaríamos al borde del abismo. Responder que están de acuerdo con la explotación es algo que está en los genes de la sociedad capitalista.

¿Y la conciencia?, me dirán. No existe, respondo, cuando el hambre social nos amenaza. Hay conciencia individual, sí, pero no colectiva. Si se confunden estos dos aspectos, puede deberse a una dosis aplastante de ingenuidad (infantilismo, diría el que sabemos), o a una pérfida manipulación de los intereses populares a favor de los intereses del capital corporativo. Una consulta popular a favor de la explotación, deja sin culpa a los agentes de la muerte y vuelve culpable al pueblo a nombre de la democracia.

Hoy el argumento a derrotar es el de que se va a explotar el Yasuní de forma responsable. ¿Cómo creerlo si viene de un gobierno manchado por la corrupción y la autosuficiencia? Quienes van a explotar el Yasuní no tienen conciencia ecológica, tienen conciencia mercantilista. Usted, lector, ¿cree que operarán con pulcritud? Que el Yasuní se ahogue en el oro negro, sólo es cuestión de tiempo.

JORGE OVIEDO RUEDA

Escrito para

La Hora, Quito, 11/septiembre/2013.

 

 

 

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¡NO ES INDIO!

 

Los integrantes de mi generación aprendimos el abecé de la política leyendo libros de autores como el Che, Fanon o Sartre. La política revolucionaria, digo, no la convencional, esa que se aprende leyendo la vida de los santos o los principios de los Boy Scouts. Eran las suyas palabras duras, para desentrañar una todavía más dura realidad.

Fanon, sobre todo. En él los “condenados de la tierra” comenzamos a descubrirnos, a comprendernos, a saber que “los de arriba” nos habían negado hasta el derecho de existir como seres humanos. Él nos hizo comprender que “los de abajo” debíamos acabar con la explotación y el dominio colonial.

Fanon explicó, con lucidez sobrehumana, que esto sólo era posible dentro de un nuevo humanismo que habíamos de construir desde abajo, luchando. En este punto engarzaba con la acción luminosa del Che y con las reflexiones de Sartre.

La visión civilizadora de la doctrina liberal se arroga la prerrogativa de otorgarle derechos “al otro”, porque parte de suponer que es inferior. El escultismo es un humanismo liberal que defiende la civilización del capital. Ese humanismo es el que le lleva a suponer al presidente Correa que si un blanco dirige a los indios está mal.

No, señor presidente. Usted cree que si un blanco dirige a los indios, los indios son un rebaño. No es así. Los de abajo, que somos “el otro”, desde Fanon sabemos que tenemos que ir juntos para construir el Estado plurinacional que queremos. Los indios entenderán perfectamente que les dirija un blanco, o los blancos y los indios, que sea un negro, o los mestizos y los negros que sea un montubio, en ese Estado plurinacional que usted jamás podrá construir con los principios del escultismo, porque para eso se necesita un auténtico pensamiento revolucionario, como el de Fanon.

Escrito para

La Hora, 4/septiembre/2013, Quito

 

 

 

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ECOSIDIO, 2° C

Un informe de la Agencia Internacional de Energía (AIE) advierte que para el 2020 será demasiado tarde ocuparnos de remediar la amenaza del calentamiento global y recomienda al mundo industrializado disminuir las emisiones a un ritmo del 5% anual si queremos no sobrepasar el límite de 2° C de temperatura promedio a nivel planetario. El informe advierte que los acuerdos de Doha en el 2012 serán inútiles en el 2020. Recomienda, sobre todo, quitar los subsidios al consumo de combustibles fósiles.

El calentamiento global significa la muerte del mundo que conocemos, es decir, de nuestro entorno natural. La mayor evaporación del agua producirá lluvias torrenciales acompañadas de ciclones y huracanes nunca vistos, se multiplicarán las enfermedades tropicales, se contaminarán las aguas superficiales y subterráneas y comenzaremos a morir de sed, se secarán los ríos y, debido a la violenta evaporación de las aguas, el planeta se convertirá en desierto. En las regiones costaneras el aumento del nivel del mar hará imposible la vida humana. Veremos desparecer nuestras fuentes naturales de producción; morirán los pueblos pobres; sobre sus cadáveres, los pueblos poderosos intentarán prolongar su existencia.

Hay en el gobierno de Correa plena conciencia de esta realidad y también mucha erudición y sabiduría. Hay mujeres guapas y hombres sabios a los que les aplasta el conocimiento, pero demuestran no tener ni un gramo de conciencia. La contribución del Yasuní al calentamiento global puede ser definitiva para superar el promedio de 2°C mundial. No dentro de un siglo, dentro de una década.

¿Cómo llamarles a los responsables de esta catástrofe? ¿Ecosidas?, ¿criminales? Prefiero sabios irresponsables. El poder y el conocimiento sin conciencia sólo sirven para la vanidad.

Jorge Oviedo Rueda

Publicado en

La Hora, 28/agosto/2013, Quito.


 

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¡ES UN ERROR!

La CONAIE y los Movimientos Sociales anunciaron que la forma más efectiva de aponerse al plan B del gobierno era la convocatoria a una consulta popular. De inmediato la derecha (Lasso y pelucolandia atrás) se sumó a la iniciativa.

El primer golpe de efecto puede ser favorable. Si en una consulta el pueblo dice no, el gobierno estará arrinconado. Si, no cabe duda, pero en este momento histórico no se trata de arrinconar al gobierno, sino de ir creando los fundamentos político-económicos de su futura derrota, garantizando que la derecha no se aproveche del empuje popular.

La vanguardia del pensamiento popular corre el riesgo de perder la consulta porque Correa tiene la sartén por el mango. Correa maneja el Estado y el poderoso argumento de que no podemos seguir siendo “mendigos sentados en una saco de oro”. Si la CONAIE y los Movimientos Sociales creen que el pueblo está maduro para trascender esa lógica, se equivocan y están a punto de cometer un error. Correa, que es un político audaz, preguntará si el pueblo quiere pan ahora o mañana y ganará.

El pueblo debe olvidarse de la consulta y organizar jornadas de lucha por la vida. A quienes más les conviene la consulta son al gobierno y a la derecha. La CONAIE y los Movimientos Sociales no pueden ser “burro pie” de sus intereses. La lucha por la conservación del Yasuní es de todos, cierto, a excepción de los entreguistas, pero hay que visualizar que la decisión de explotar el Yasuní, adoptada por Correa, divide en dos bandos a los ecuatorianos: el de los “vendepatria” mercantilistas y el de los defensores de la vida y el futuro de nuestros hijos.

Esta lucha debe servir para elevar la conciencia del pueblo y para preparar el cambio del proyecto correista por el del Estado Plurinacional y popular.

JORGE OVIEDO RUEDA

Escrito para

La Hora 21/agosto/2013, Quito

 

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EL SUMAK KAWSAY REVOLUCIONARIO (SKR), EL ESTADO LIBERAL-BURGUÉS Y LA PLURINACIONALIDAD

 

LA INDEPENDENCIA COMO PUNTO DE PARTIDA

Ningún autor deja de referirse a la “herencia colonial” cuando se trata de comprender los orígenes de nuestra nación. Pocos, sin embargo, aciertan en precisar cuál es el núcleo principal de esa “herencia”. El poder político, el Estado, la cultura, las clases sociales, las razas, son algunos de los aspectos que se consideran, todos los cuales dan lugar a interpretaciones que resultan interesantes, pero alejadas de la realidad. La matriz interpretativa de los orígenes de nuestra nación tiene que ser, necesariamente, la de la producción.

La economía colonial estuvo, más que en manos de los españoles, en manos de los criollos. La producción agrícola, los obrajes, la minería, el comercio estaban en manos de los chapetones, si, pero principalmente de los criollos. La propiedad agrícola se erigió en base a tres mecanismos: la violencia, la razón jurídica y el respaldo monárquico, formas todas que configuraron el despojo brutal de la tierra a los pueblos originarios. Es evidente que durante la colonia el poder metropolitano español fue consolidando la gran propiedad terrateniente criolla haciendo de este sector su principal aliado; pero la propiedad terrateniente nada significaba si junto a ella no se garantizaba la mano de obra, aspecto en el cual también el poder metropolitano favoreció a los terratenientes americanos por medio de las encomiendas y el concertaje de indios. Estos dos aspectos vitales de la economía colonial convertían a los criollos en un apéndice del poder colonial, cuya única diferencia se ubicaba en el nivel político.

El siglo XVIII es el siglo de la libertad. Es la libertad del capital, de la libre empresa y del mercado; es también el siglo de la democracia burguesa y del Estado-nación como forma sintética del liberalismo naciente, desde entonces fórmula centrípeta que, cual un hoyo negro, lo concentra y lo devora todo, hasta convertirse en un sistema universal, sinónimo de modernidad y paradigma civilizatorio.

A comienzos del siglo XIX la expansión de las relaciones capitalistas de producción se iban tomando progresivamente los espacios hasta hace poco ocupados por el antiguo régimen colonial-feudal. En América rompe sus amarras en la economía norteamericana y encuentra maduras las condiciones en el vasto mundo hispanoamericano. Así lo entendió Bolívar. La independencia del imperio colonial español sólo tenía sentido si sobre esas ruinas se iban a levantar las naciones modernas, acorde con la tendencia que venía con fuerza desde Europa. En Norteamérica se concretó esa tendencia, no así en el mundo hispanoamericano. Al final de su vida, odiado e incomprendido, Bolívar rubricó su fracaso con esta estremecedora frase: “He arado en el mar.”

Los terratenientes impidieron que se hicieran realidad los ideales de Bolívar. Las raíces del poder colonial eran demasiado profundas como para haber muerto con el proceso independentista. Los terratenientes lucharon contra el poder político colonial, si, pero a condición de que su poder económico se mantuviera intacto y la base de ese poder era la gran propiedad de la tierra y la explotación servil del indio.

Con estas raíces se fundó la república del Ecuador en mayo de 1830. El régimen constitucional que entonces se inaugura encubre, tras formas aparentemente modernas, un proyecto colonial-terrateniente, consciente y definido, de contenido platónico en el que los terratenientes aliados a la iglesia católica, apostólica y romana estaban para dirigir la nación y, los indios, negros y mestizos para sostenerla con su trabajo. Ese proyecto anacrónico es llevado sistemáticamente a la práctica durante el siglo XIX , hasta cuando el machete liberal lo corta de un tajo en la persona de Gabriel García Moreno, su más conspicuo representante.

La estrecha visión conservadora cerró la economía ecuatoriana al desarrollo capitalista en su anacrónico interés clasista de no cambiar la condición servil del indio. El sistema hacendario, herencia estructural de la colonia, sólo podía mantenerse si el indio seguía siendo siervo. El fanatismo ahistórico de la clase terrateniente logra aislar la economía ecuatoriana de la tendencia liberal mundial que avanza vigorosamente, en nuestro continente sobre todo en los Estados Unidos. Ya para mediados del siglo XIX Estados Unidos igualará el nivel económico de su ex metrópoli y para comienzos del siglo XX lo superará, entrando, para esta época, en su fase de desarrollo monopólico y convirtiéndose, tendencialmente, en la nación de mayor desarrollo económico en el mundo. No sólo en Europa, en Norteamérica, el siglo XIX es el siglo del vertiginoso desarrollo capitalista.

Frente a esta realidad mundial el Ecuador del siglo XIX sigue anclado a la colonia decimonónica, a una economía pre capitalista y arcaica; brutalmente atrasado, carente de caminos, escuelas, comercio, industria, cultura, negocios; embrutecido por el fanatismo religioso y la ignorancia el Ecuador vegeta en medio de sus abundantes recursos humanos y naturales. Los terratenientes creían que esa era la forma de preservar las costumbres, los “eternos valores de la tradición de sus mayores”. Era el discurso que ocultaba sus intereses de clase. Para afianzar su dominio y sentirse seguros, cercaron al indio, al negro y al mestizo tras un muro de silencio, como seres invisibles que no reclamaban ni tenían derechos, a lo sumo la suerte de una piadosa bendición.

Esta era la condición del Ecuador a finales del siglo XIX. Después de la independencia los terratenientes habían prolongado la colonia y dominado, pero ya no podían seguir dominando. La Historia exigía un cambio. Con un siglo de atraso el liberalismo golpea las puertas del Ecuador.

EL ESTADO LIBERAL-BURGUÉS

No hay Estado-nación en el Ecuador del siglo XIX. Ninguna de las premisas históricas que surgen en Europa existen en la América hispanohablante. La vanguardia intelectual que representa el pensamiento del Libertador no fue suficiente. Pudieron más los intereses económicos de los terratenientes. En nuestro caso, la temprana matanza de los liberales de El Quiteño Libre fue la advertencia brutal de esa clase de estar dispuesta a construir una nación acorde a sus intereses económicos. Así fue. Ni Flores, ni Rocafuerte, peor García Moreno, cedieron un milímetro en sus intenciones. Las raíces coloniales de la economía, con el sello aristocrático de los chapetones marcado en el alma de los terratenientes criollos -en lugar de ser extirpadas como la Historia reclamaba-, fueron regadas y alimentadas por esta clase que asaltó el poder político en el proceso independentista. Tuvo que ser derrotada militarmente, hazaña que le correspondió al General Eloy Alfaro en 1895, cuando mantener el régimen colonial no sólo que era un anacronismo, sino un crimen de lesa patria.

Pero el “alfarismo machetero” murió en 1912 con su líder. Su proyecto era forjar un sector empresarial (industria, comercio, servicios) con una base amplia de pequeños empresarios que encarnaran la democratización del capital. Alfaro había afinado la concepción liberal de Bolívar y estaba convencido de que esa era la forma de hacer un Ecuador para todos. De haberse hecho realidad su proyecto habría surgido el Estado-nación en el Ecuador, con una burguesía industrial y un sector comercial y de servicios que hubieran impulsado nuestro desarrollo de forma similar al proceso económico colombiano o de otros países de la región. A ese proyecto histórico trunco es a lo que Rafael Correa llama “revolución ciudadana”.

Pero el liberalismo plutocrático, de raíces coloniales también, creía que este proyecto del “indio Alfaro” era una locura, razón por la cual conspiraron explícita e implícitamente con los terratenientes de viejo cuño para llevar a Alfaro al sacrificio. Después de su asesinato, el Estado quedó en manos de la plutocracia liberal que se inaugura con Leonidas Plaza. Se construye, desde entonces, un Estado oligárquico de concepción liberal excluyente, que al igual que el Estado terrateniente del siglo XIX sigue ignorando a los indios y aceptando a regañadientes las conquistas que la constitución liberal de 1906 había logrado. Estado liberal, en nuestro caso, no es igual a Estado-nación. El Estado liberal nada hizo por cambiar la suerte del indio, con lo cual, en la realidad concreta, mantuvo la colonia en el sector más importante de nuestra economía, como era el de la agricultura. Nadie ignora que a mediados del siglo XX se seguían vendiendo haciendas con “indios propios” y que el sector agrícola vivía la más profunda crisis de todos los tiempos.

Pero a esta realidad hay que añadir la tragedia de la dependencia económica que se inicia precisamente con la revolución liberal. El nuevo Estado identifica a la modernidad con la actividad comercial orientada a las exportaciones. Será por este mecanismo que nuestra economía quede enganchada al esquema de la economía del capitalismo norteamericano, a estas alturas monstruo voraz necesitado de consumir todo lo que las antiguas colonias españolas éramos capaces de producir. La miopía de los terratenientes se traslada a la visión de los modernos liberales. A ninguno se le ocurre que para tener éxito hay que tener autonomía, independencia y soberanía. La historia del Estado liberal es una cadena ininterrumpida de fracasos, claudicaciones, entreguismo, falta de iniciativas, sustentada en la ausencia real de un proyecto histórico de creación y construcción de una nación para todos. El gobierno “liberal” de Galo Plaza Lasso ejemplifica, en pleno siglo XX, el nivel de dependencia y entreguismo a la economía norteamericana, con el novedoso ingrediente de que este gobierno “descubre” al indio como parte integrante de nuestra realidad, como un sector “capaz”, decía la propaganda oficial, de integrarse al mundo y a la civilización. Para la oligarquía liberal el sector indígena seguía siendo un apéndice colonial, más como un lastre que como un actor dinámico de la economía, al que había que “culturizar” para su integración.

Pero si bien es cierto que la revolución liberal cambió el Estado terrateniente por el Estado liberal oligárquico, no hay como perder de vista que trajo consigo el aparecimiento formal de los trabajadores asalariados tanto en el campo como en las ciudades. Al peón libre de la costa se va uniendo, desde la sierra, el jornalero indígena que por esta vía comienza a liberarse de la estructura hacendaria, no de forma inmediata, sino en un largo proceso que jamás fue estimulado por el Estado. La fuerza de las circunstancias obliga a un gran porcentaje del campesinado indígena a desarraigarse de sus comunidades para ir a engrosar las filas de los asalariados agrícolas y citadinos, sobre todo en la costa, pero también en la serranía. Los terratenientes se apoyan ahora en el Estado liberal para mantener atado al indio a la estructura hacendaria, que a mediados del siglo XX se mantiene en la economía nacional como un tumor maligno. El sector indígena en el Ecuador fue tratado como un apéndice colonial aún después de la primera reforma agraria promulgada por el gobierno militar de 1963.

La revolución liberal también promocionó nuevas ideas y formas de pensar. A comienzos del siglo XX los trabajadores van saliendo de formas de agremiación católicas y mutuales a organizaciones sindicales anarquistas y de concepción socialista. El indigenado como sector social de derechos será visibilizado a la conciencia nacional por el pensamiento socialista, dejando atrás la visión romántica de los escritores conservadores y liberales del siglo XIX. El Estado liberal no hace nada por este sector, a lo mucho lo consigna, señalando que algo se debe hacer por él. Las rebeliones de indios en las haciendas de la serranía durante el siglo xx, hasta la década de los años ochenta, fueron reprimidas por el Estado liberal con la misma fuerza y brutalidad con que el Estado terrateniente lo hizo durante el siglo XIX.

Este fue el proyecto de dominación nacional, con raíces coloniales, esencia terrateniente y voracidad oligárquica que ha prevalecido en el Ecuador desde la fundación de la república. El proyecto alfarista quedó trunco y es en este contexto que se debe entender los alcances del proyecto correista. Correa está convencido de estar llamado a culminar la obra de Alfaro y yo, en lo personal, le doy la razón. Puede ser el político que funde en el Ecuador un verdadero Estado-nación, con instituciones fuertes, democracia representativa, burguesía nacional incluida, superando de esa forma el Estado oligárquico que desde la revolución liberal ha prevalecido y reajustando, de esta forma, el sistema de dominación oligárquico que nos domina desde la fundación de la república; pero jamás será el fundador de un Estado popular y plurinacional como es la aspiración del movimiento indígena consciente aliado con los trabajadores asalariados del campo y la ciudad, la intelectualidad revolucionaria y los sectores sociales emergentes que luchan por la libertad verdadera y el SKR.

EL SUMAK KAWSAY REVOLUCIONARIO (SKR) Y EL ESTADO PLURINACIONAL

A la izquierda ecuatoriana se le comenzó a ver las costuras cuando aparece Correa y su proyecto. Camuflada en la absurda teoría del “gobierno en disputa”, supuso que una fanesca ideológica como la de Alianza País podía ser fácilmente dirigida desde adentro por sus cuadros “ideológicamente” mejor preparados. No era la primera vez que cometía este error. La izquierda en el Ecuador nunca tuvo un proyecto propio, a lo sumo un listado de aspiraciones, razón por la cual, ideológicamente, se sumó a los proyectos “progresistas” que venían del centro o de la matriz socialdemócrata. Cuando Correa propuso un plan de gobierno, toda la izquierda oficial ecuatoriana (MPD, Socialistas, Pachakutik, miristas, comunistas y hasta ex guerrilleros del AVC), creyeron que había llegado su oportunidad. “Estando adentro”, reflexionaron todos, sin excepción, “llegaremos al poder”. Esta típica reflexión oportunista no contaba con la astucia fríamente calculada de los sectores modernizantes de la oligarquía ecuatoriana encarnada en el liderazgo indiscutible de Rafael Correa.

Correa ha demostrado estar en contra del Estado-oligárquico y eso le hace aparecer como revolucionario, pero su práctica política lo descubre como un reformista cuya proyección histórica topa límite en la sustitución del Estado-oligárquico por el Estado-nación que fue el proyecto trunco, no del liberalismo, sino del liberal Alfaro. Toda la obra correista apunta a ese objetivo: la construcción de caminos, la reforma del Estado, la tributación, las reformas educativas, el control de las Fuerzas Armadas, de la Policía Nacional, la apertura al extractivismo, la economía social y solidaria y ahora las intenciones de reformar la Constitución de Montecristi para quitarse de arriba muchas camisas de fuerza que obstaculizan la marcha a su objetivo final. Este proyecto histórico, que contó con apoyo popular en sus inicios, se torna cada vez más elitista, excluyente y represivo. En la medida que los sectores populares organicen su resistencia, desembocará en el fascismo.

Organizar la resistencia significa luchar por el Estado Plurinacional. Esta lucha se inició en la década de los años ochenta teniendo en el movimiento indígena a su baluarte principal. Ni Roldós, ni Hurtado, ni Borja aceptaron incluir los derechos de los pueblos indígenas por su voluntad, sino como consecuencia de la lucha indígena con apoyo popular. Cuando la CONAIE logra que en la constitución de Montecristi se declare al Estado ecuatoriano como Plurinacional e intercultural culminaba una lucha popular cuyo objetivo final era la construcción de un Ecuador para todos. Lo que no supo entender el movimiento indígena y sus aliados fue que Correa no podía ir con ellos hasta el final.

El proyecto del Estado Plurinacional trasciende los límites del Estado-nación que Correa está empeñado en construir y se debe entender que es imposible construirlo en los límites de las concepciones liberales, aunque estas sean tan avanzadas como las del “Viejo luchador”. El Estado plurinacional es un planteamiento alternativo de desarrollo que sólo puede llevarse a cabo en el marco de las concepciones del Sumak Kawsay Revolucionario, esto es, en el marco de otros paradigmas civilizatorios.

El sector indígena, junto a sus aliados, no es, en el Estado plurinacional, un sector pasivo al que se debe ayudar, sino el principio activo de la transformación y de la construcción de la nueva sociedad; es su Estado, no el Estado que les da cabida. Siendo Plurinacional no está en manos de un sector, como sucede en el Estado-nación, sino de todos, en todos los niveles del poder.

Para hacer realidad el Estado plurinacional hay que luchar contra las desviaciones que se dicen propietarias de esta concepción. La plurinacionalidad es una doctrina integradora que, desde lo popular, define la unidad nacional, haciendo de cada sector una parte indivisible del todo. No puede haber proyecto de blancos por un lado, de negros, de indios, de mestizos, por otro. Un Estado plurinacional es eso, la integración de lo diverso, en igualdad de condiciones y en uso y ejercicio pleno de los derechos humanos.

El Estado-nación de Correa, siguiendo la tradición oligárquica, pretende irradiar su verdad civilizatoria a los demás sectores de la nación; por el contrario, el Estado Plurinacional está, existe como es, preocupándose de mantener el flujo armónico de todos los elementos sociales para garantizar el equilibrio fecundo de la vida. Eso se logra sólo cuando se es capaz de respetar al otro, considerándolo igual.

La izquierda ecuatoriana jamás fue capaz de asumir esta verdad, porque nunca fue realmente una izquierda revolucionaria. Figuras prestigiosas de las distintas corrientes de la izquierda (Saad y Quintero en el comunismo, Moncada y Ayala en el socialismo, Echeverría y Hurtado en el MPD, más casi todos los dirigentes de las corrientes que de estas matrices históricas surgen, incluidos los guerrilleros del AVC), se han movido dentro de la lógica liberal de izquierda, convencidos de que era necesario completar el proyecto alfarista, no de otra forma se explica el apoyo inicial que dieron al proyecto correista y a todo proyecto “progresista” que surgió en el Ecuador desde la famosa “revolución gloriosa” de 1944, aunque ahora pretendan negarlo con el deleznable argumento de que se equivocaron. El Sumak Kawsay Revolucionario (SKR), supera esta discusión, definiendo su posición anticapitalista, de enfrentamiento al Estado-nación correista y a sus engañosas concepciones económico-político-sociales.

No puede haber sociedad del Buen Vivir si antes no se cambia la matriz productiva. El SKR propone invertir la importancia de la propiedad en el Ecuador, colocando en primer lugar la propiedad comunitaria en todos los sectores y dando impulso prioritario a la producción agrícola. Esta tarea no es de unos, es de todos y será la base sólida de la construcción real del Estado Plurinacional e intercultural. El SKR supera la falsa discusión de si esto será postcapitalismo o socialismo. Será el estado Plurinacional, con todos y para bien de todos, como quería Martí. Nuestro Estado, nuestra sociedad, nuestra vida, nuestro futuro, la sociedad del Sumak Kawsay que recupera la memoria y rompe con las raíces de la dominación colonial y neocolonial. Otra realidad, otra civilización.

 

Jorge Oviedo Rueda

Escrito para: Lalínea de fuego, 17/agosto/2013, Quito

 

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MODELO EXTRACTIVISTA

Continúa la propaganda oficial lavándonos el cerebro con la repetida cantaleta de que está cambiando la matriz productiva. Lo dice el Mishu presidente en las sabatinas, lo repite el ingeniero Glas, lo reproducen, como un eco, todos los cuadros medios del gobierno: estamos cambiando la matriz productiva, como un eco, eco, eco…

Cambiar el gas por la electricidad no es cambiar la matriz productiva, así como usar cianuro en lugar de mercurio no es no contaminar. Lenin decía que el socialismo era la electricidad más el poder popular. En el Ecuador, ya tenemos la electricidad, pero nos falta el poder popular.

¿Cómo puede el gobierno seguir sosteniendo que se está cambiando la matriz productiva, si está a punto de explotar el Yasuní? Después de miles de kilómetros de viaje la señora Baki no ha logrado nada, perdón, si ha logrado evidenciar que al mundo desarrollado le importa un “pepino” el ecosidio y, lo que es peor, que si los países pequeños como el nuestro no se someten a sus designios nada lograremos jamás. Por eso el gobierno de la “revolución ciudadana” ahora habla, de dientes para afuera, de cambio de la matriz productiva pero, en la práctica, perfecciona el modelo extractivista, funcional a los intereses del capital mundial y atentatorio a los derechos de los ecuatorianos y de la naturaleza, quizás el más importante logro constitucional obtenido por la resistencia popular en nuestro país.

Cambiar la matriz productiva es producir de otra manera, no como un reflejo del desarrollo occidental. Es ir más allá de la matriz desarrollista.

Correa no puede ser el vocero del capital transnacional mundial, debe ser vocero de los intereses del pueblo ecuatoriano. Sólo así dejaremos de escuchar el soso y cansino discurso del eco…eco…eco…

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La Hora, 14/agosto/2013, Quito

 

 

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