EL SUMAK KAWSAY REVOLUCIONARIO (SKR), EL ESTADO LIBERAL-BURGUÉS Y LA PLURINACIONALIDAD

 

LA INDEPENDENCIA COMO PUNTO DE PARTIDA

Ningún autor deja de referirse a la “herencia colonial” cuando se trata de comprender los orígenes de nuestra nación. Pocos, sin embargo, aciertan en precisar cuál es el núcleo principal de esa “herencia”. El poder político, el Estado, la cultura, las clases sociales, las razas, son algunos de los aspectos que se consideran, todos los cuales dan lugar a interpretaciones que resultan interesantes, pero alejadas de la realidad. La matriz interpretativa de los orígenes de nuestra nación tiene que ser, necesariamente, la de la producción.

La economía colonial estuvo, más que en manos de los españoles, en manos de los criollos. La producción agrícola, los obrajes, la minería, el comercio estaban en manos de los chapetones, si, pero principalmente de los criollos. La propiedad agrícola se erigió en base a tres mecanismos: la violencia, la razón jurídica y el respaldo monárquico, formas todas que configuraron el despojo brutal de la tierra a los pueblos originarios. Es evidente que durante la colonia el poder metropolitano español fue consolidando la gran propiedad terrateniente criolla haciendo de este sector su principal aliado; pero la propiedad terrateniente nada significaba si junto a ella no se garantizaba la mano de obra, aspecto en el cual también el poder metropolitano favoreció a los terratenientes americanos por medio de las encomiendas y el concertaje de indios. Estos dos aspectos vitales de la economía colonial convertían a los criollos en un apéndice del poder colonial, cuya única diferencia se ubicaba en el nivel político.

El siglo XVIII es el siglo de la libertad. Es la libertad del capital, de la libre empresa y del mercado; es también el siglo de la democracia burguesa y del Estado-nación como forma sintética del liberalismo naciente, desde entonces fórmula centrípeta que, cual un hoyo negro, lo concentra y lo devora todo, hasta convertirse en un sistema universal, sinónimo de modernidad y paradigma civilizatorio.

A comienzos del siglo XIX la expansión de las relaciones capitalistas de producción se iban tomando progresivamente los espacios hasta hace poco ocupados por el antiguo régimen colonial-feudal. En América rompe sus amarras en la economía norteamericana y encuentra maduras las condiciones en el vasto mundo hispanoamericano. Así lo entendió Bolívar. La independencia del imperio colonial español sólo tenía sentido si sobre esas ruinas se iban a levantar las naciones modernas, acorde con la tendencia que venía con fuerza desde Europa. En Norteamérica se concretó esa tendencia, no así en el mundo hispanoamericano. Al final de su vida, odiado e incomprendido, Bolívar rubricó su fracaso con esta estremecedora frase: “He arado en el mar.”

Los terratenientes impidieron que se hicieran realidad los ideales de Bolívar. Las raíces del poder colonial eran demasiado profundas como para haber muerto con el proceso independentista. Los terratenientes lucharon contra el poder político colonial, si, pero a condición de que su poder económico se mantuviera intacto y la base de ese poder era la gran propiedad de la tierra y la explotación servil del indio.

Con estas raíces se fundó la república del Ecuador en mayo de 1830. El régimen constitucional que entonces se inaugura encubre, tras formas aparentemente modernas, un proyecto colonial-terrateniente, consciente y definido, de contenido platónico en el que los terratenientes aliados a la iglesia católica, apostólica y romana estaban para dirigir la nación y, los indios, negros y mestizos para sostenerla con su trabajo. Ese proyecto anacrónico es llevado sistemáticamente a la práctica durante el siglo XIX , hasta cuando el machete liberal lo corta de un tajo en la persona de Gabriel García Moreno, su más conspicuo representante.

La estrecha visión conservadora cerró la economía ecuatoriana al desarrollo capitalista en su anacrónico interés clasista de no cambiar la condición servil del indio. El sistema hacendario, herencia estructural de la colonia, sólo podía mantenerse si el indio seguía siendo siervo. El fanatismo ahistórico de la clase terrateniente logra aislar la economía ecuatoriana de la tendencia liberal mundial que avanza vigorosamente, en nuestro continente sobre todo en los Estados Unidos. Ya para mediados del siglo XIX Estados Unidos igualará el nivel económico de su ex metrópoli y para comienzos del siglo XX lo superará, entrando, para esta época, en su fase de desarrollo monopólico y convirtiéndose, tendencialmente, en la nación de mayor desarrollo económico en el mundo. No sólo en Europa, en Norteamérica, el siglo XIX es el siglo del vertiginoso desarrollo capitalista.

Frente a esta realidad mundial el Ecuador del siglo XIX sigue anclado a la colonia decimonónica, a una economía pre capitalista y arcaica; brutalmente atrasado, carente de caminos, escuelas, comercio, industria, cultura, negocios; embrutecido por el fanatismo religioso y la ignorancia el Ecuador vegeta en medio de sus abundantes recursos humanos y naturales. Los terratenientes creían que esa era la forma de preservar las costumbres, los “eternos valores de la tradición de sus mayores”. Era el discurso que ocultaba sus intereses de clase. Para afianzar su dominio y sentirse seguros, cercaron al indio, al negro y al mestizo tras un muro de silencio, como seres invisibles que no reclamaban ni tenían derechos, a lo sumo la suerte de una piadosa bendición.

Esta era la condición del Ecuador a finales del siglo XIX. Después de la independencia los terratenientes habían prolongado la colonia y dominado, pero ya no podían seguir dominando. La Historia exigía un cambio. Con un siglo de atraso el liberalismo golpea las puertas del Ecuador.

EL ESTADO LIBERAL-BURGUÉS

No hay Estado-nación en el Ecuador del siglo XIX. Ninguna de las premisas históricas que surgen en Europa existen en la América hispanohablante. La vanguardia intelectual que representa el pensamiento del Libertador no fue suficiente. Pudieron más los intereses económicos de los terratenientes. En nuestro caso, la temprana matanza de los liberales de El Quiteño Libre fue la advertencia brutal de esa clase de estar dispuesta a construir una nación acorde a sus intereses económicos. Así fue. Ni Flores, ni Rocafuerte, peor García Moreno, cedieron un milímetro en sus intenciones. Las raíces coloniales de la economía, con el sello aristocrático de los chapetones marcado en el alma de los terratenientes criollos -en lugar de ser extirpadas como la Historia reclamaba-, fueron regadas y alimentadas por esta clase que asaltó el poder político en el proceso independentista. Tuvo que ser derrotada militarmente, hazaña que le correspondió al General Eloy Alfaro en 1895, cuando mantener el régimen colonial no sólo que era un anacronismo, sino un crimen de lesa patria.

Pero el “alfarismo machetero” murió en 1912 con su líder. Su proyecto era forjar un sector empresarial (industria, comercio, servicios) con una base amplia de pequeños empresarios que encarnaran la democratización del capital. Alfaro había afinado la concepción liberal de Bolívar y estaba convencido de que esa era la forma de hacer un Ecuador para todos. De haberse hecho realidad su proyecto habría surgido el Estado-nación en el Ecuador, con una burguesía industrial y un sector comercial y de servicios que hubieran impulsado nuestro desarrollo de forma similar al proceso económico colombiano o de otros países de la región. A ese proyecto histórico trunco es a lo que Rafael Correa llama “revolución ciudadana”.

Pero el liberalismo plutocrático, de raíces coloniales también, creía que este proyecto del “indio Alfaro” era una locura, razón por la cual conspiraron explícita e implícitamente con los terratenientes de viejo cuño para llevar a Alfaro al sacrificio. Después de su asesinato, el Estado quedó en manos de la plutocracia liberal que se inaugura con Leonidas Plaza. Se construye, desde entonces, un Estado oligárquico de concepción liberal excluyente, que al igual que el Estado terrateniente del siglo XIX sigue ignorando a los indios y aceptando a regañadientes las conquistas que la constitución liberal de 1906 había logrado. Estado liberal, en nuestro caso, no es igual a Estado-nación. El Estado liberal nada hizo por cambiar la suerte del indio, con lo cual, en la realidad concreta, mantuvo la colonia en el sector más importante de nuestra economía, como era el de la agricultura. Nadie ignora que a mediados del siglo XX se seguían vendiendo haciendas con “indios propios” y que el sector agrícola vivía la más profunda crisis de todos los tiempos.

Pero a esta realidad hay que añadir la tragedia de la dependencia económica que se inicia precisamente con la revolución liberal. El nuevo Estado identifica a la modernidad con la actividad comercial orientada a las exportaciones. Será por este mecanismo que nuestra economía quede enganchada al esquema de la economía del capitalismo norteamericano, a estas alturas monstruo voraz necesitado de consumir todo lo que las antiguas colonias españolas éramos capaces de producir. La miopía de los terratenientes se traslada a la visión de los modernos liberales. A ninguno se le ocurre que para tener éxito hay que tener autonomía, independencia y soberanía. La historia del Estado liberal es una cadena ininterrumpida de fracasos, claudicaciones, entreguismo, falta de iniciativas, sustentada en la ausencia real de un proyecto histórico de creación y construcción de una nación para todos. El gobierno “liberal” de Galo Plaza Lasso ejemplifica, en pleno siglo XX, el nivel de dependencia y entreguismo a la economía norteamericana, con el novedoso ingrediente de que este gobierno “descubre” al indio como parte integrante de nuestra realidad, como un sector “capaz”, decía la propaganda oficial, de integrarse al mundo y a la civilización. Para la oligarquía liberal el sector indígena seguía siendo un apéndice colonial, más como un lastre que como un actor dinámico de la economía, al que había que “culturizar” para su integración.

Pero si bien es cierto que la revolución liberal cambió el Estado terrateniente por el Estado liberal oligárquico, no hay como perder de vista que trajo consigo el aparecimiento formal de los trabajadores asalariados tanto en el campo como en las ciudades. Al peón libre de la costa se va uniendo, desde la sierra, el jornalero indígena que por esta vía comienza a liberarse de la estructura hacendaria, no de forma inmediata, sino en un largo proceso que jamás fue estimulado por el Estado. La fuerza de las circunstancias obliga a un gran porcentaje del campesinado indígena a desarraigarse de sus comunidades para ir a engrosar las filas de los asalariados agrícolas y citadinos, sobre todo en la costa, pero también en la serranía. Los terratenientes se apoyan ahora en el Estado liberal para mantener atado al indio a la estructura hacendaria, que a mediados del siglo XX se mantiene en la economía nacional como un tumor maligno. El sector indígena en el Ecuador fue tratado como un apéndice colonial aún después de la primera reforma agraria promulgada por el gobierno militar de 1963.

La revolución liberal también promocionó nuevas ideas y formas de pensar. A comienzos del siglo XX los trabajadores van saliendo de formas de agremiación católicas y mutuales a organizaciones sindicales anarquistas y de concepción socialista. El indigenado como sector social de derechos será visibilizado a la conciencia nacional por el pensamiento socialista, dejando atrás la visión romántica de los escritores conservadores y liberales del siglo XIX. El Estado liberal no hace nada por este sector, a lo mucho lo consigna, señalando que algo se debe hacer por él. Las rebeliones de indios en las haciendas de la serranía durante el siglo xx, hasta la década de los años ochenta, fueron reprimidas por el Estado liberal con la misma fuerza y brutalidad con que el Estado terrateniente lo hizo durante el siglo XIX.

Este fue el proyecto de dominación nacional, con raíces coloniales, esencia terrateniente y voracidad oligárquica que ha prevalecido en el Ecuador desde la fundación de la república. El proyecto alfarista quedó trunco y es en este contexto que se debe entender los alcances del proyecto correista. Correa está convencido de estar llamado a culminar la obra de Alfaro y yo, en lo personal, le doy la razón. Puede ser el político que funde en el Ecuador un verdadero Estado-nación, con instituciones fuertes, democracia representativa, burguesía nacional incluida, superando de esa forma el Estado oligárquico que desde la revolución liberal ha prevalecido y reajustando, de esta forma, el sistema de dominación oligárquico que nos domina desde la fundación de la república; pero jamás será el fundador de un Estado popular y plurinacional como es la aspiración del movimiento indígena consciente aliado con los trabajadores asalariados del campo y la ciudad, la intelectualidad revolucionaria y los sectores sociales emergentes que luchan por la libertad verdadera y el SKR.

EL SUMAK KAWSAY REVOLUCIONARIO (SKR) Y EL ESTADO PLURINACIONAL

A la izquierda ecuatoriana se le comenzó a ver las costuras cuando aparece Correa y su proyecto. Camuflada en la absurda teoría del “gobierno en disputa”, supuso que una fanesca ideológica como la de Alianza País podía ser fácilmente dirigida desde adentro por sus cuadros “ideológicamente” mejor preparados. No era la primera vez que cometía este error. La izquierda en el Ecuador nunca tuvo un proyecto propio, a lo sumo un listado de aspiraciones, razón por la cual, ideológicamente, se sumó a los proyectos “progresistas” que venían del centro o de la matriz socialdemócrata. Cuando Correa propuso un plan de gobierno, toda la izquierda oficial ecuatoriana (MPD, Socialistas, Pachakutik, miristas, comunistas y hasta ex guerrilleros del AVC), creyeron que había llegado su oportunidad. “Estando adentro”, reflexionaron todos, sin excepción, “llegaremos al poder”. Esta típica reflexión oportunista no contaba con la astucia fríamente calculada de los sectores modernizantes de la oligarquía ecuatoriana encarnada en el liderazgo indiscutible de Rafael Correa.

Correa ha demostrado estar en contra del Estado-oligárquico y eso le hace aparecer como revolucionario, pero su práctica política lo descubre como un reformista cuya proyección histórica topa límite en la sustitución del Estado-oligárquico por el Estado-nación que fue el proyecto trunco, no del liberalismo, sino del liberal Alfaro. Toda la obra correista apunta a ese objetivo: la construcción de caminos, la reforma del Estado, la tributación, las reformas educativas, el control de las Fuerzas Armadas, de la Policía Nacional, la apertura al extractivismo, la economía social y solidaria y ahora las intenciones de reformar la Constitución de Montecristi para quitarse de arriba muchas camisas de fuerza que obstaculizan la marcha a su objetivo final. Este proyecto histórico, que contó con apoyo popular en sus inicios, se torna cada vez más elitista, excluyente y represivo. En la medida que los sectores populares organicen su resistencia, desembocará en el fascismo.

Organizar la resistencia significa luchar por el Estado Plurinacional. Esta lucha se inició en la década de los años ochenta teniendo en el movimiento indígena a su baluarte principal. Ni Roldós, ni Hurtado, ni Borja aceptaron incluir los derechos de los pueblos indígenas por su voluntad, sino como consecuencia de la lucha indígena con apoyo popular. Cuando la CONAIE logra que en la constitución de Montecristi se declare al Estado ecuatoriano como Plurinacional e intercultural culminaba una lucha popular cuyo objetivo final era la construcción de un Ecuador para todos. Lo que no supo entender el movimiento indígena y sus aliados fue que Correa no podía ir con ellos hasta el final.

El proyecto del Estado Plurinacional trasciende los límites del Estado-nación que Correa está empeñado en construir y se debe entender que es imposible construirlo en los límites de las concepciones liberales, aunque estas sean tan avanzadas como las del “Viejo luchador”. El Estado plurinacional es un planteamiento alternativo de desarrollo que sólo puede llevarse a cabo en el marco de las concepciones del Sumak Kawsay Revolucionario, esto es, en el marco de otros paradigmas civilizatorios.

El sector indígena, junto a sus aliados, no es, en el Estado plurinacional, un sector pasivo al que se debe ayudar, sino el principio activo de la transformación y de la construcción de la nueva sociedad; es su Estado, no el Estado que les da cabida. Siendo Plurinacional no está en manos de un sector, como sucede en el Estado-nación, sino de todos, en todos los niveles del poder.

Para hacer realidad el Estado plurinacional hay que luchar contra las desviaciones que se dicen propietarias de esta concepción. La plurinacionalidad es una doctrina integradora que, desde lo popular, define la unidad nacional, haciendo de cada sector una parte indivisible del todo. No puede haber proyecto de blancos por un lado, de negros, de indios, de mestizos, por otro. Un Estado plurinacional es eso, la integración de lo diverso, en igualdad de condiciones y en uso y ejercicio pleno de los derechos humanos.

El Estado-nación de Correa, siguiendo la tradición oligárquica, pretende irradiar su verdad civilizatoria a los demás sectores de la nación; por el contrario, el Estado Plurinacional está, existe como es, preocupándose de mantener el flujo armónico de todos los elementos sociales para garantizar el equilibrio fecundo de la vida. Eso se logra sólo cuando se es capaz de respetar al otro, considerándolo igual.

La izquierda ecuatoriana jamás fue capaz de asumir esta verdad, porque nunca fue realmente una izquierda revolucionaria. Figuras prestigiosas de las distintas corrientes de la izquierda (Saad y Quintero en el comunismo, Moncada y Ayala en el socialismo, Echeverría y Hurtado en el MPD, más casi todos los dirigentes de las corrientes que de estas matrices históricas surgen, incluidos los guerrilleros del AVC), se han movido dentro de la lógica liberal de izquierda, convencidos de que era necesario completar el proyecto alfarista, no de otra forma se explica el apoyo inicial que dieron al proyecto correista y a todo proyecto “progresista” que surgió en el Ecuador desde la famosa “revolución gloriosa” de 1944, aunque ahora pretendan negarlo con el deleznable argumento de que se equivocaron. El Sumak Kawsay Revolucionario (SKR), supera esta discusión, definiendo su posición anticapitalista, de enfrentamiento al Estado-nación correista y a sus engañosas concepciones económico-político-sociales.

No puede haber sociedad del Buen Vivir si antes no se cambia la matriz productiva. El SKR propone invertir la importancia de la propiedad en el Ecuador, colocando en primer lugar la propiedad comunitaria en todos los sectores y dando impulso prioritario a la producción agrícola. Esta tarea no es de unos, es de todos y será la base sólida de la construcción real del Estado Plurinacional e intercultural. El SKR supera la falsa discusión de si esto será postcapitalismo o socialismo. Será el estado Plurinacional, con todos y para bien de todos, como quería Martí. Nuestro Estado, nuestra sociedad, nuestra vida, nuestro futuro, la sociedad del Sumak Kawsay que recupera la memoria y rompe con las raíces de la dominación colonial y neocolonial. Otra realidad, otra civilización.

 

Jorge Oviedo Rueda

Escrito para: Lalínea de fuego, 17/agosto/2013, Quito

 

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