UNA VANGUARDIA

            La Historia nos enseña que las sociedades humanas se han estructurado siempre alrededor de élites. La aspiración de que no sea así no es real porque todavía no están creadas las condiciones históricas para que sea posible.

            Sociedades despóticas como las mesopotámicas o las precolombinas en América, o en Asia o en Egipto se construyeron alrededor de élites que se decían designadas por Dios para gobernar; igual las sociedades clásicas de occidente. Durante el medioevo se perfeccionó la doctrina del “derecho divino” y las élites monárquicas dominaron el mundo.

La revolución francesa guillotina ese derecho y siembra, con profundas raíces, el derecho de las élites burguesas a gobernar la sociedad. A doscientos años de esa siembra la élite burguesa está en decadencia.

            El Socialismo del siglo XX fracasó porque a la élite “proletaria” le faltó la espiritualidad que hace falta para conducir a las masas. No se puede construir sólo un mundo material, sin que su estructura no sea amasada también con la espiritualidad inherente al ser humano.

            Hoy es necesario el surgimiento de una vanguardia político-espiritual que conjugue ambos elementos.

            Si es política tiene que encaminar su acción a satisfacer las necesidades materiales de las masas irredentas y no los privilegios de nadie.

            Si es espiritual tiene que saber que el ser humano tiene la misión histórica de acercarse al conocimiento, no como individuo, sino como colectivo.

            A través de la Historia han surgido vanguardias políticas, o bien materiales o bien espirituales.

            El pensamiento ancestral andino, fusionado con lo mejor de la teoría revolucionaria de Occidente, dará lugar al surgimiento de esa nueva y necesaria vanguardia político-espiritual que cambiará la cloaca actual en que vivimos.

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LA HORA DEL SUPERTIÑO

Una mezcla de compasión y rabia me ha producido la noticia de que la Revolución Ciudadana llama a Ricardo Patiño para “fortalecer de nuevo” las bases de Alianza País. Compasión porque hace nueve años estos seudo revolucionarios no dan pie con bola y rabia porque, a nombre de la revolución socialista, destruyen el futuro del pueblo.

El que menos sabe está enterado de que una revolución verdadera es una guerra que se libra, no con balas de algodón, sino con municiones verdaderas. Una guerra entre el peso del pasado persistente y el tierno futuro que reclama la vida; entre los intereses de los que todo lo tienen y los que carecen hasta del aire para respirar; una guerra civil, en la que unos ecuatorianos tendrán que verse con otros.

En el Ecuador de la revolución ciudadana se ignora esta verdad de parte y parte. La derecha y todos sus disfraces (centro, populismo, izquierda reformista) se esmeran en disputar a la neo derecha (correismo y sus aliados oportunistas) el derecho a hacer lo mismo pero con “otro estilo”, con lo cual ubican en un terreno falso el verdadero conflicto político. Todas las “caricias” que estos angelitos se hacen son falsas, se trata de una rencilla entre capos de barrio por el control de una cuadra.

En nueve años la propaganda correista no ha podido sepultar a sus adversarios, ni sus adversarios han podido noquear a la revolución ciudadana, lo que demuestra que están bailoteando en el ring sin intención de hacerse daño; pero al cabo de este tiempo Rafael Correa siente que la oposición se está fortaleciendo y, para evitar la catástrofe, se ve obligado a tomar medidas. Una de ellas es llamar al Supermán del proceso, al talla única de la revolución, el super canciller Ricardo Patiño, al que ahora el pueblo llama el Supertiño, para que “fortalezca de nuevo” las bases de Alianza País.

Lo conozco personalmente. Mientras los socialistas revolucionarios luchábamos teórica y prácticamente por el pueblo, él crecía bajo el ala de León Roldós Aguilera. Mientras nosotros creíamos que era necesario construir un partido ideológico, sólidamente orgánico, capaz de enfrentar, junto a las masas, al enemigo de clase, él pensaba que eso era infantilismo. Rafael Correa confía en este hombre. No podía ser de otra manera, rodeado de cafiches oportunistas que desde antes de él vivían chupándole la teta al Estado, Patiño aparece como un super revolucionario, lo que evidencia cuán endeble y caricaturesca es esta revolución.

El que menos sabe está enterado de que en una revolución verdadera se triunfa o se muere, pero sabe también que no hay que dejarse matar impunemente. Para que la muerte no sea inútil hay que estar con las masas, porque desde comienzos del siglo pasado toda revolución la han hecho las masas. Una revolución no se la hace pidiéndoles a los super héroes que la vengan a salvar, se la hace porque las masas empujan el proceso desde abajo. Correa le pide a Patiño que salve “su” revolución, aquella que hasta hoy no ha hecho otra cosa que desarrollar el Estado-nación y pagar la deuda social que desde la colonia los terratenientes y la oligarquía se han negado a hacerlo, es decir, le pide que defienda, con su propia vida, la dominación.

Tiene derecho a morir por “su” revolución, pero ya es demasiado tarde para buscar el apoyo de las masas. Yo creo que la Revolución Ciudadana se quitó la máscara después de aprobar la Constitución de Montecristi. Estos nueve años de “práctica ciudadana” dejan en claro que Rafael Correa no empuja un proceso popular. Algunos creen que esta verdad hay que demostrarla, yo creo que es mejor combatirla. La Revolución Ciudadana no tiene un partido ideológico que sea capaz de lanzar consignas en los momentos históricos oportunos. Si Patiño sale a las calles a defender su revolución, es un asunto suyo, pero las masas revolucionarias en el Ecuador van por otro lado.

El que menos sabe está enterado que en una revolución verdadera los conflictos de clase sólo se pueden resolver por la fuerza, pero la fuerza emergente tiene que ser la de las masas, una fuerza revolucionaria. La gresca política que libran las pandillas de la Revolución Ciudadana y de la oposición romperá algunos huesos, dejará algunos contusos, inclusive podrá matar alguna gente, pero dejará las cosas como están. No se puede caer en esta trampa. El barniz de socialismo que cubre la personalidad de Ricardo Patiño no puede engañar al pueblo. Hay que darle luz verde para que defienda “su” revolución, pero la revolución del pueblo es otra, está a la izquierda de Correa.

¿Quién dice que las reformas de Correa no son válidas? Claro que lo son y sólo un izquierdismo, este si infantil, puede negarlo. El Ecuador necesitaba carreteras, nueva Constitución, reforma del Estado, mejor educación, salud, pero todos esos logros de la RC son tibios ante el empuje de la revolución popular. Sólo los ciegos no pueden ver que el correismo ha sido, y con mucho, uno de los mejores gobiernos burgueses que el Ecuador ha tenido, pero que es apenas un juego de niños ante las tareas de una verdadera revolución.

El que menos sabe está enterado que el cambio revolucionario se construye con el triunfo en pequeñas batallas. Con el impulso de la revolución ciudadana -así como el luchador marcial aprovecha la fuerza del contrincante-, la revolución popular vencerá al correismo para hacer el cambio revolucionario.

Los Superhéroes como Patiño sólo pueden hacer milagros en mentes afiebradas como las de Rafael Correa. Son héroes de mojiganga, marionetas feroces de un teatrino artificial en el que un guionista malévolo les ha puesto a actuar para burla de la Historia.

Yo reconocí como un mérito el triunfo electoral de Alianza País en el 2006. Se lo dije personalmente a Patiño y le recordé que su jefe había dicho en alguna parte que este proceso se debía hacer con los mejores hombres. Le dije, modestia aparte, que yo era un soldado de la revolución socialista. Llámame si necesitan gente honesta. Al despedirnos me tocó el hombro y me preguntó: ¿no crees que debe ser al revés, qué tú me llames a mi? Nada le contesté y me fui. Por supuesto que nunca le he llamado.

A los nueve años me permito responderle al ahora Supertiño, al “salvador” de la Revolución Ciudadana: no es el poder el que tiene la razón, es la Historia y yo estoy con ella, no con el poder.

 

 

 

 

 

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¿DIALOGO O DISCUSION?

Creo, amigo lector, que usted estará de acuerdo conmigo en que dialogar no es lo mismo que discutir. Se dialoga entre quienes están de acuerdo, entre quienes tienen una misma visión de los problemas y de sus soluciones, entre los miembros de un mismo gremio que, a pesar de sus discrepancias de estilo, al final ceden sus posiciones para que prevalezca el objetivo final, la meta común que persiguen los partícipes del diálogo.

La discusión se da entre grupos de intereses antagónicos y no por ser tal es indeseable. Es tan válida como el dialogo y sus resultados siempre son positivos para la sociedad en su conjunto, porque suponen la superación de las diferencias represadas a través del tiempo. Ñucanchi Socialismo, Nuestro Socialismo, cree más en la discusión que en el dialogo. Veamos por qué.

“El país que queremos” es el tema general propuesto por el gobierno. Su sola formulación anuncia ya que se ubica en el nivel del dialogo y no de la discusión. Es una pregunta del siguiente tenor: ¿quiere usted que haya pobreza o no?, ¿desearía que se acabe la corrupción?, ¿está de acuerdo con eliminar el desempleo?, ¿deben los seres humanos ser felices? Nadie opinaría que quiere un país de mierda.

Dialogar en torno a preguntas como estas es cuestión de amigos, de colegas dispuestos a demostrar cuán grande es su ingenio e imaginación. Siempre habrá uno que destaque de los demás, pero todas las soluciones serán válidas, unas más atrevidas que otras. Entonces los amigos escogen una para llevarla a la práctica, con lo cual los fines del diálogo se habrán cumplido, pero fuera del recinto, los problemas seguirán igual, o un poquito menos, pero iguales en su raíz: seguiremos teniendo un país desgraciado, se mantendrá la pobreza, la corrupción seguirá rampante, el desempleo aumentará, a los seres humanos les seguirá siendo esquiva la felicidad. Los medios masivos de comunicación, más todos los aparatos ideológicos del sistema reforzarán los resultados del diálogo hasta que no quede la menor duda de su validez, se trata de borrar de la memoria colectiva cualquier duda: el diálogo es el mecanismo idóneo para alcanzar el país que queremos.

La discusión ubica los problemas en el nivel de la honestidad, pone frente a frente a aquellos sectores o individuos que saben no pueden conciliar sus intereses con los del contrario. León Febres Cordero estaba claro para los oligarcas. Se sentía orgulloso de serlo. Se creía benefactor de los pobres y había, inclusive, un rasgo mesiánico en su mensaje de pan, techo y empleo. No lo ocultaba, estaba convencido de que ese era el orden natural de la organización social para cuya defensa se amparaba en las instituciones que tradicionalmente han defendido el orden: las Fuerzas Armadas, la Iglesia y el Estado.

Hasta ahora no surge en el Ecuador un líder que asuma la defensa franca de las posiciones contrarias. La izquierda se ha negado sistemáticamente ese papel, convencida de la tesis oportunista de ser “racional” y “prudente” ante la injusticia y la explotación y Alianza País y Rafael Correa han inventado ahora la teoría de la “vaselina revolucionaria”, según la cual, poquito a poco, se llega a la felicidad.

Correa plantea el diálogo porque sabe que se trata de una conversación entre amigos que no reviste peligro alguno y no una discusión entre rivales que exige soluciones. Cabe preguntarnos, entonces: ¿por cuánto tiempo más, la izquierda tradicional y Rafael Correa, podrán eludir la discusión de fondo?

Ñucanchi Socialismo, Nuestro Socialismo, es partidario de la discusión con resultados, porque es necesario superar definitivamente las inequidades económicas, políticas y sociales. Queremos un país en el que “no haya hombres que sean capaces de comprar a otros ni tampoco quienes se vendan”. Para alcanzar ese objetivo hay que discutir los siguientes diez temas fundamentales:

  1. Un país construido en el principio ancestral del equilibrio. Los nueve años de la Revolución Ciudadana no han podido instaurar ese equilibrio porque Alianza País fomenta y no estrangula el capitalismo.
  2. El cambio de la matriz productiva sólo será real cuando se principalice la propiedad comunitaria sobre los medios de producción, dándole más importancia al agro que a la industria.
  3. Para que sean posibles los dos puntos anteriores hay que tomar el poder del Estado. La restauración política es el acto consciente de los individuos en medio de sus circunstancias históricas. Luego de esta ruptura con el orden heredado, entonces se inicia –pero sólo entonces, la transición hacia el pleno equilibrio de las fuerzas productivas y sociales en el cual nada, ni nadie, estarán excluidos.
  4. Todos los que tenemos conciencia de que la humanidad está al borde de la destrucción, somos el sujeto de la transformación. La crisis actual no es sólo la crisis del sistema capitalista sino la de su civilización. De entre todos los que viajamos en esta nave sideral que se llama Tierra se junta una vanguardia político-espiritual dispuesta a asimilar la esencia del Sumak Kawsay Revolucionario. Esa vanguardia se prepara acercándose al poder de las hierbas sagradas, interpretando las fuentes, vestigios materiales y espirituales de las sociedades ancestrales y estudiando las ideas auténticas del pensamiento revolucionario de occidente.
  5. No hay fórmulas ideológicas para construir el equilibrio, sólo el método dialéctico fusionado, ahora, con la herencia del pensamiento ancestral americano. Si en algo nos pueden servir las experiencias históricas del llamado “socialismo real” y la propia historia del capitalismo, será para evitar los errores cometidos. La construcción de la nueva sociedad del Sumak Kawsay es una experiencia inédita que cuenta sólo con la sabiduría humana acumulada durante milenios y el desarrollo espiritual alcanzado hasta nuestros días. Una sociedad de exclusivo desarrollo material sólo puede terminar en la destrucción; así como es imposible una de exclusivo desarrollo espiritual. La conjunción de ambos es la nueva Utopía.
  6. Si una vanguardia político-espiritual llega a controlar el Estado se produce un cambio cualitativo en su naturaleza: deja de representar los intereses de una clase y pasa a representar los de toda la sociedad. Las reglas del juego político del viejo régimen se vuelven obsoletas, se construyen, sobre la marcha, otras, que representan las nuevas relaciones de producción y de poder. Otra economía, otro sistema jurídico, otro sistema educativo, otro tipo de democracia. No existen fórmulas, todo depende de la dialéctica sustentada en el equilibrio estructural. La sociedad en su conjunto inicia un proceso heroico de creación de lo nuevo.
  7. Toda forma de lucha contra el régimen establecido es válida, sólo que en las actuales circunstancias históricas se debe priorizar la contienda electoral. El accionar político del correismo ha permitido que los actores políticos pongan sobre la mesa todas sus cartas, motivo por el cual, la izquierda revolucionaria, Ñucanchi Socialismo -que es la nueva izquierda en el Ecuador-, tiene la oportunidad “democrática” de ser radical sin que eso signifique levantarse en armas, sino llevar, sin tregua ni descanso, una lucha ideológica frontal dentro de las normas de la “democracia real” que ahora existe. Tenemos derecho a demostrar que estamos a la izquierda del proyecto correista y a competir con él y con el resto de fuerzas. La democracia burguesa, para ser tal, tiene que aceptar la existencia de una fuerza política anti sistema. De no hacerlo se evidenciaría su naturaleza excluyente y autoritaria, es decir, antidemocrática y quedarían abiertas las puertas para otras formas de lucha.
  8. La tierra será el sustento de la nueva vida. Podemos prescindir de los bienes industriales; de los que nos da la tierra, no. Un sistema de producción agrícola en el que la industria sea complementaria a las necesidades básicas del ser humano, es posible. Ñucanchi Socialismo luchará por eso, hasta ver al Ecuador convertido en un hermoso emporio agrícola.
  9. A la par de la transformación de la matriz productiva se debe iniciar el cambio del sistema educativo, sin lo cual, será imposible consolidar el triunfo político. Nueva educación significa nueva ciencia necesaria para hacer realidad la armonía de las necesidades del ser humano con la naturaleza. Hay que enseñar a las nuevas generaciones a respetar su entorno, fin que nunca se logrará si se las sigue educando en la ciencia burguesa. Depurar la tecnología para ponerla a nuestro servicio y no, como es ahora, el ser humano al servicio de la tecnología.
  10. Ñucanchi Socialismo es ahora un movimiento, no dice ser dueño de la verdad ni que es el partido de la revolución, dice que quiere serlo. Amparado en sus derechos propone la discusión, convencido de que la polémica leal y honesta es el mejor camino para llegar al corazón del pueblo. Rechaza el silencio cómplice, la tesis criminal de “avanzar sin discutir”, la falta de interés en la autocrítica como instrumento de depuración de nuestras filas; condena la indiferencia política y rechaza la injerencia de la nueva derecha en el debate que la izquierda revolucionaria libra contra el correismo. Considera que las líneas generales de la discusión están planteadas entre el reformismo, con todas sus variantes, y la nueva teoría revolucionaria, aquella que se ubica a la izquierda del proyecto político de Alianza País y de su caudillo Rafael Correa Delgado.

Estos son los temas de la discusión, los temas del dialogo son otros, más espectaculares por más superficiales, los que le gusta a la nueva derecha y a sus voceros. No es lo mismo discutir si de verdad cambiamos la matriz productiva que si Correa atenta a la libertad de prensa o es autoritario, si implantamos otra educación o sólo mejoramos la actual. A partir de esa discusión se deben superar dialécticamente los problemas. La Historia no ha inventado todavía un analgésico que elimine el dolor del parto revolucionario. El equilibrio de la nueva época vendrá en medio de radicales convulsiones.

            Si no se toman en cuenta estas consideraciones, todo será un dialogo entre amigos, para ver cómo es posible neutralizar la insurgencia indetenible de las masas populares; pero por mucho que se prolongue el parto, llegará el momento de la confrontación auténtica, entonces, el dialogo circunstancial cederá a la necesaria discusión histórica.

 

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EL SENTIDO DE LA HISTORIA, LA REVOLUCION CIUDADANA Y LA OPOSICIÓN POLÍTICA EN EL ECUADOR

EL SENTIDO DE LA HISTORIA

            Comencemos haciéndonos una pregunta de reflexión que exige, de quién la responda, el más alto grado de honestidad. Honestidad que debería estar más allá de las ideologías o las banderías políticas, inclusive de la preparación académica o el nivel cultural de los interrogados, pues de la respuesta que demos depende el futuro. Es una pregunta que el ser humano se ha hecho cada cierto tiempo y que en Ecuador la puso de moda el actual presidente de la república: ¿vive la humanidad una época de cambios o un cambio de época?

            En la cultura occidental Sócrates es el primer mártir de la razón por haber sostenido que en su tiempo se estaba viviendo un cambio de época y no sólo una época de cambios. Bebió la cicuta para refrendar sus convicciones. Platón y Aristóteles creyeron que estaba equivocado. Ellos pensaban que lo sensato y racional era apoyar los cambios posibles dentro de la época que les había tocado vivir, haciendo de su filosofía política la matriz universal de las concepciones conservadoras. Ningún filósofo, a lo largo del tiempo, tuvo tanto miedo al futuro como los dos griegos. Jamás pudieron columbrar una sociedad sin la fuerza laboral de los esclavos. La democracia y la libertad ungían sólo a los patricios, a los Arcontes, a los dueños de esclavos.

            Cinco siglos más tarde Jesús de Nazaret cree que le ha tocado vivir un cambio de época y su honestidad consecuente le lleva a morir en una cruz. Su mensaje de paz y amor les hizo comprender a los esclavos que se había iniciado un cambio de época en la cual ellos iban a dejar de ser objetos para comenzar a ser seres humanos. Los asesinos de Jesús de Nazaret también pensaban que sí se podían hacer algunos cambios para eternizar la época de privilegios que les había tocado vivir.

            Maquiavelo en el siglo XV, Erasmo de Rotterdam, Tomás Moro y Martín Lutero, anuncian el cambio de época y se topan con la ciega incomprensión de quienes creen que nada debe cambiar porque el mundo, la sociedad y el ser humano están hechos por un Dios perfectísimo, incapaz de equivocarse. Esas fuerzas crearon el Tribunal de la Santa Inquisición para oponerse al cambio de época que se anunciaba. Hoy la Iglesia ha tenido que arrepentirse y pedir perdón a la humanidad por esos crímenes sin nombre.

            Los enciclopedistas en el siglo XVIII no dudan en afirmar que están viviendo un cambio de época, dejando la otra respuesta para los monarcas y sus cortesanos parásitos que, como Platón, tenían pánico de los cambios. Adam Smith, desde Inglaterra, anuncia que en el futuro la humanidad ya no vivirá de la tierra, sino de la industria, con lo cual grafica magistralmente el cambio de época.

            Así como el fin del esclavismo viene acompañado de grandes rebeliones de esclavos, el fin del feudalismo está envuelto en la violencia revolucionaria, esta vez de una burguesía ilustrada y económicamente poderosa que hecha al tacho de la Historia la testa de la monarquía.

                Lenin, a comienzos del siglo XX, dotado ya de un instrumento ideológico para la acción política, percibe lúcidamente el cambio de época. Con él se inicia la más grande aventura jamás intentada por el ser humano de construir una sociedad igualitaria, sin clases sociales, ni propiedad privada sobre los medios de producción. La aventura terminó en fracaso, pero la percepción del cambio de época sigue siendo correcta. Lo dice la crisis generalizada del capitalismo y su civilización que, a estas alturas, lleva a la Iglesia católica, apostólica y romana a considerar crimen y pecado mortal atentar contra la naturaleza, con lo cual está señalando al capitalismo corporativo y transnacional como culpable.

            Fidel Castro y el Che Guevara en América Latina, Mao en China, Ho Chi Min en el Lejano Oriente -desde las sociedades sub desarrolladas-, perciben el cambio de época como la línea correcta que marca la Historia, en contraposición a la apreciación anti dialéctica de los colonialistas, imperialistas y capitalistas que asumen la época de cambios como el telón de fondo de su conducta, de su filosofía, de su acción y de su proyección histórica.

            Dos formas de entender la Historia, dos formas de asumir la realidad, de las cuales se desprenden conductas diferentes. Ni los pueblos más primitivos vivieron sin una imagen del futuro. Los griegos concebían la historia como una rueda circular en la cual los pueblos surgían, se desarrollaban, llegaban a su fin y volvían a comenzar; los hebreos imaginaban la Historia como una línea recta que terminaba en el fin de los tiempos y los pueblos ancestrales de América creían que la Historia no tenía fin en un viaje que iba de lo más elemental a lo más complejo en una espiral eterna, de dónde podemos concluir que el sentido de la Historia es un elemento consubstancial a la filosofía política, sin el cual es imposible entender la civilización humana.

EL FRAUDE HISTÓRICO DE LA REVOLUCIÓN CIUDADANA

            Cuando en el 2006 Alianza País propone su plan de acción política y presenta al líder que habría de llevarlo adelante, el Ecuador se encontraba postrado como resultado del saqueo inmisericorde que la oligarquía, por medio de la partidocracia, había hecho de todos sus recursos. En realidad de verdad, a comienzos del nuevo milenio ninguna propuesta de desarrollo proveniente de la oligarquía inspiraba confianza en los sectores populares, es más, se tenía la impresión que el mismo concepto de desarrollo había caído en un descredito total.

            Rafael Correa percibe correctamente el sentido de la Historia al iniciar su carrera política. Sabía, no solo que en el Ecuador un modelo de acumulación estaba agonizando, sino que la civilización capitalista, a nivel mundial, estaba sacudida por una crisis terminal en todas sus estructuras.

Es en este punto donde la izquierda “racional” y oportunista, que nunca pudo levantar una propuesta alternativa de desarrollo ni preparar en sus propias filas la figura de un líder, le entregó su discurso y sus símbolos. Sobre una conciencia liberal, fuertemente matizada por la moral tradicional y las ideas sociales de la iglesia católica, Rafael Correa ha usado, desde entonces hasta la actualidad, el discurso y los símbolos revolucionarios latinoamericanos, poniéndose de esa forma a tono con el sentido de la Historia. Ha tenido a su favor la tendencia continental de los llamados “gobiernos progresistas” cuya tónica general es mejorar el capitalismo y no ayudarlo a morir.

            La izquierda “boba”, primero y, “arrepentida”, después, descubrió más tarde que temprano que Rafael Correa no era otra cosa que un agente de la modernización capitalista en el Ecuador, como él mismo -ya con la sartén por el mango-, lo proclama ahora a voz en cuello y a los cuatro vientos. Su objetivo histórico es dar término al proyecto trunco de Alfaro de construir el Estado-nación en el Ecuador, democratizando el capital en el marco del desarrollismo planteado por la CEPAL desde hace más de medio siglo. Dicen los ideólogos de este proyecto que, después de superado ese nivel –la sociedad pos-neoliberal-, vendrá lo que ellos llaman un “socialismo de mercado” y posteriormente un “bio-socialismo” que no se parece a nada de lo que teóricamente existe y que sólo ellos entienden.

            Ese es el proyecto histórico de la Revolución Ciudadana, muy lejos de parecerse siquiera a una revolución socialista, como así lo demuestran todas las evidencias que se desprenden de la heterodoxia económica aplicada por Correa en estos nueve años de gobierno, mero continuismo económico envuelto en el discurso socialista. La izquierda “arrepentida” sigue lloviendo sobre lo mojado, abundando con datos y estadísticas para demostrar esta evidente verdad. Me parece que esta verdad ha dejado de ser un punto de llegada para convertirse en el punto de partida de la lucha revolucionaria.

            Sí, porque todo lo que se ubique a la izquierda de Correa estará sintonizado con el “sentido de la Historia” y estará respondiendo que el Ecuador y la humanidad están viviendo un cambio de época y todo lo que esté a su derecha solamente una época de cambios. La poca y superficial obra de la Revolución Ciudadana era necesaria en el Ecuador y le tocó en suerte a un reformista disfrazado de revolucionario llevarla adelante, pero nadie, salvo que quiera ser tachado de idiota, podrá negar que hemos avanzado unos pasos.

Que vayamos más allá, que vayamos a la construcción de un verdadero Estado Plurinacional, que hagamos una profunda transformación agraria, que revolucionemos la estructura propietaria, que construyamos otro tipo de democracia, que luchemos junto al pueblo y no por el pueblo, depende de que sepamos construir una vanguardia político-espiritual con firmeza ideológica y sólida estructura orgánica. Los “socialistas arrepentidos” hablan de refundar el país llamando a una nueva Asamblea Constituyente. Una vez más demuestran su bronco sentido de la Historia. No es posible detener el impulso que Correa le ha dado al proceso, hay que acelerarlo. Eso sólo puede hacerlo una fuerza revolucionaria, ´porque Correa tocó fondo.

            Ñucanchi Socialismo, Nuestro Socialismo, no dice que es esa fuerza, dice que quiere serlo, porque se siente heredero de nuestra tradición de lucha, porque cree tener un planteamiento alternativo al proyecto correista y porque está aprendiendo a encontrar las coincidencias entre el pensamiento ancestral andino y lo mejor del pensamiento revolucionario de occidente.

            Se aproximan tiempos de revolución en el Ecuador, tiempos en que la obra revolucionaria cimentada en la voluntad popular, hará ver cuán pequeños han sido “los logros” de la Revolución Ciudadana, a los que el pueblo sabrá llamar por su verdadero nombre: fraude histórico.

LA OPOSICIÓN

            A estas alturas la gestión gubernamental genera reacciones en los dos extremos de la estructura social ecuatoriana: los sectores populares, por un lado y, los grupos de poder político y económico, por otro.

            Este efecto obedece, básicamente, a la heterodoxia económica del gobierno que anuncia leyes tibias como las de la herencia y la plusvalía y produce una reacción feroz de la oligarquía, pero también una presión popular por radicalizar el proceso de cambio. Es en este punto donde a la Revolución Ciudadana le asalta un ataque de pánico que le obliga a recular en sus intenciones, cediendo a los intereses dominantes y reprimiendo la reacción popular.

            La oposición de la izquierda “arrepentida” se da en el marco de las ideas tradicionales de la izquierda, lo que la convierte en un fósil incapaz de incidir en la realidad. Su última “innovación” es plantear la realización de una “nueva Constituyente” como camino para salir del correismo. Esta tesis demuestra cuán alejada está “esa” izquierda de la realidad nacional y, por consiguiente, cuan postizas son sus propuestas ya que parten del deseo subjetivo de sus “brillantes” líderes y no de sintonizar correctamente el “sentido de la Historia” que está en marcha, es la irresponsable postura de quienes siguen creyendo en las prácticas políticas estalinistas del todo o nada.

Plantearse la realización de una nueva Asamblea Constituyente es desconocer el proceso vivido en el Ecuador desde el triunfo de la Revolución Ciudadana y querer inventar el agua tibia como solución a los graves problemas estructurales de nuestro país; una nueva Asamblea Constituyente significa menospreciar la lucha popular que desembocó en la Constitución de Montecristi y no comprender que una nueva realidad jurídica-constitucional se alcanzará a partir de la carta Magna del 2008 y no en contra de ella. Las reformas que haga el pueblo a la Constitución del 2008 serán resultado de la elevación cualitativa de su conciencia revolucionaria con lo cual estará superando los límites demo burgueses del correismo y avanzando a la implantación de un nuevo tipo de sociedad. Eso es lo dialéctico, eso es lo históricamente correcto.

            Los líderes de “esa” izquierda engatusan solemnemente a sus militancias haciéndoles creer que la Constitución del 2008 es un saco de imperfecciones y que la única solución es enterrarla y promulgar otra. Eso, aparte de ser una tesis coincidente con las de la derecha, es un discurso falso. La Constitución del 2008 debe ser reformada por el pueblo, no por Correa, en un sentido revolucionario. Eso sería aprovechar la fuerza acumulada y, a su vez, acumular más fuerza en la marcha indetenible de la revolución socialista.

            Por otro lado está la oposición de la derecha dinosáurica que hace aparecer a Correa como un líder revolucionario y pro comunista. Pocas son las razones que tienen para pensar de esa manera, pero suficientes para mantener al Ecuador en alerta roja constante. El nerviosismo de los sectores tradicionales de la oligarquía obedece a su incapacidad de comprender que el proyecto correista es duro por fuera (en el discurso) y blando por dentro (en los hechos) y a su negativa obtusa de adaptarse a la modernización general del capitalismo que es, precisamente, lo que Correa está haciendo. Esa oligarquía tradicional no quiere perder el país que tenía antes de la llegada de Alianza País al poder, le parece inadmisible cambiar la nación de corte aristocrático y platónico heredada de la colonia por el Estado-nación moderno que propone la Revolución Ciudadana. Esa oligarquía recalcitrante y racista, todavía respira en el Ecuador, como lo demostró el discurso incendiario de Nebot el 25 de este mes en Guayaquil ante centenares de miles de sus propias víctimas.

            La neoderecha en el Ecuador conforma otro sector de la oposición a Correa. Estando de acuerdo con su proyecto no soporta el aire altanero que la personalidad de Correa tiene, porque les llena de desconfianza. No aceptan que la modernización del capitalismo galope sobre un discurso revolucionario porque creen que se puede volver incontrolable. Voceros de la neoderecha que expresan sus ideas a través del periodismo (Hernández, R. Aguilar, entre otros) libran una batalla sin cuartel contra la figura de Correa, condenando su autoritarismo y reclamando por una democracia que, dicen, está perdida.

            Todo ese escándalo no tiene razón de ser, porque el proyecto correista, en lo medular, satisface las aspiraciones de este sector. Sólo es una cuestión de “estilo”. Por mucho que escarbemos en sus planteamientos no encontraremos ninguna propuesta política de superación del correismo, sólo los postulados sacrosantos del discurso liberal, llevados a su máxima expresión en esta época del capital financiero y la globalización que, en el fondo, son las mismas tesis de la Revolución Ciudadana. Lo que no les gusta es el director de orquesta. Una retórica sin ninguna propuesta que no sea la defensa a ultranza de la anoréxica democracia burguesa. Por eso, personajes de la izquierda reformista también coinciden con la neoderecha y dirigentes de centro, como Villavicencio, Jiménez, Carrasco, Tibán y muchos otros no sólo que coinciden con ellos, sino que inclusive, está dispuestos a formar un frente nacional que incluya hasta la derecha tradicional para quitarse a Correa de encima y hacer las cosas a su manera, es decir, lo mismo, pero con otro “estilo”.

            A los voceros de la neo-derecha les gusta victimizarse, sentirse perseguidos, ser el objetivo principal de la coerción del régimen, poner el grito en el cielo cuando la SUPERCOM les multa o les llama la atención por algo que han publicado. No se puede negar que el autoritarismo del régimen alcanza también para ellos, pero hay que ser ciegos para no ver que ese autoritarismo está dirigido, principalmente, contra los dirigentes populares y los movimientos sociales, nivel en el cual se juega la verdadera suerte del Ecuador.

            Uno de esos voceros, Roberto Aguilar, sostiene que sólo faltan 101 sabatinas para recuperar el país que perdimos. ¿Hasta qué punto es acertada esta afirmación? Correa es experto en poner sobre la mesa los temas del debate nacional, su mérito es haberlos hecho visibles y, con sólo eso, ha contribuido poderosamente a cambiar la ´realidad “municipal y espesa” que nos ha caracterizado. El Ecuador de hoy, de ahora, ya no es el mismo de ayer o de antes de ayer, pero eso no quiere decir que es el que queremos. No podemos volver a un Ecuador vertical, de oligarcas disfrazados de demócratas, de economía concentrada en manos de unos pocos, de élites perpetuadas en el poder. Cierto que nada de esto ha cambiado todavía, pero, repito, Correa ha tenido el valor de visibilizar los problemas nacionales y ponerlos sobre el tapete de la discusión.

            Por eso está surgiendo una nueva oposición, más auténtica y más centrada. Una oposición ideológica que no pierde tiempo en demostrar que Correa es el artífice de la modernización capitalista en el Ecuador porque el resultado de su acción durante estos últimos nueve años está a la vista, ni tampoco abriga ninguna esperanza de que pueda ir del reformismo consubstancial a su formación a una postura revolucionaria. Una posición ideológica que se ubica a la izquierda de Correa y que está destinada a ir al fondo de todos los problemas nacionales que Correa sólo los planteó.

            Esta nueva oposición no lucha por el pueblo, sino junto al pueblo, rescata el pensamiento ancestral andino y lo fusiona con lo mejor del pensamiento revolucionario de occidente y cree que, con esas armas, será capaz de cambiar el Ecuador, avanzando dialécticamente del reformismo correista a la revolución verdadera. No puede el Ecuador dar un salto hacia atrás permitiendo el triunfo de la derecha, porque el “sentido de la Historia” nos dice que tenemos que avanzar. Al régimen correista le pedirá cuentas un gobierno revolucionario y no una coalición de centro-derecha que vendrá a imponer venganza y no a implantar la justicia revolucionaria.

 

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¿NUEVA CONSTITUYENTE?

A un dirigente socialista se le ha ocurrido la “brillante” idea de que la mejor solución para salir del correismo es instalar una nueva Asamblea Constituyente que se encargue de promulgar una nueva Constitución.

La oposición de la izquierda “arrepentida” se da en el marco de las ideas tradicionales de la izquierda. La tesis de una nueva Constitución demuestra cuan alejada está “esa” izquierda de la realidad nacional y, por consiguiente, cuan postizas son sus propuestas que parten del deseo subjetivo de sus “brillantes” líderes y no de sintonizar correctamente el “sentido de la Historia” que está en marcha, es la irresponsable postura de quienes siguen creyendo en las prácticas políticas estalinistas del todo o nada.

Plantearse la realización de una nueva Constituyente es desconocer el proceso vivido en el Ecuador en los últimos años; significa menospreciar la lucha popular que desembocó en la Constitución de Montecristi y no comprender que una nueva realidad jurídica-constitucional surgirá a partir de la carta Magna del 2008 y no en contra de ella. Las reformas que haga el pueblo a la Constitución del 2008 serán resultado de la elevación cualitativa de su conciencia revolucionaria con lo cual estará superando los límites demo-burgueses del correismo. Eso es lo dialéctico, lo históricamente correcto.

            Los líderes de “esa” izquierda engatusan solemnemente a sus militancias haciéndoles creer que la Constitución del 2008 es un saco de imperfecciones. Eso, a más de coincidir con la derecha, es un discurso falso. La Constitución del 2008 debe ser reformada por el pueblo, no por Correa, en un sentido revolucionario. Eso sería aprovechar la fuerza acumulada y, a su vez, acumular más fuerza en la marcha indetenible de la revolución socialista.

 

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DISENSO

            Suele suceder que no siempre es posible ponerse de acuerdo. Sucede en el campo personal, filosófico, económico.

            Si aparece alguien que profesa un credo racista, por ejemplo, y se encuentra con alguien que no lo es, la convivencia pacífica resulta imposible. Los racistas inventan el sutil discurso del consenso. A los afectados sólo les quedan dos caminos: aceptar ese discurso o usar el disenso que les permite defender sus derechos.

            Igual sucede en lo económico. Si un individuo ha llegado a amasar una enorme fortuna y se encuentra con otro que no, por mucho que la ley proteja a los dos, no son iguales. Los privilegios del primero dependen del consenso; la dignidad y la vida del segundo, del disenso. ¿Por qué? Porque la naturaleza humana se hizo sobre la igualdad, siendo la desigualdad un asunto artificial.

            Es por esta razón que hay que determinar la causa por la que unos son ricos y otros no. Los partidarios del consenso afirman que unos son vagos y otros trabajadores; los del disenso, no están de acuerdo.

En términos generales son las masas las que trabajan y las élites las que dirigen el trabajo, con lo cual este sistema produce un efecto mágico: los trabajadores se quedan pobres y las élites se enriquecen. ¿Cómo así?

Sólo un pensador ha explicado científicamente ese misterio: Marx. Lo resumió en la fórmula de la plusvalía. Salario equivale a tiempo de trabajo necesario, el resto es plusvalía. Si un trabajador trabaja ocho horas, el dueño le paga cuatro, apropiándose del resto.

Los economistas no marxista le llaman plusvalía a la revalorización de un bien, con lo cual tapan la esencia del concepto. El gobierno tiene miedo de llamarle al pan, pan y, al vino, vino.

¿Podrá, en el caso de la plusvalía (entendida como es), haber consenso?

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EL ECUADOR QUE QUEREMOS

EL ECUADOR QUE QUEREMOS. APORTES PARA LA DISCUSIÓN

El gobierno de Rafael Correa ha lanzado la iniciativa de un diálogo nacional para que, conjuntamente, identifiquemos el país que queremos. Ñucanchi Socialismo cree que es una iniciativa válida, siempre y cuando se escuchen todas las voces, incluida aquellas que, como la nuestra, son radicales porque son antisistema. Ñucanchi Socialismo parte del principio de que hay que ayudar a morir al capitalismo y no suministrarle oxígeno para que siga viviendo. Respetamos las opiniones de la extrema derecha, de la nueva derecha, de la socialdemocracia, del centro, del populismo, de la izquierda estalinista, de los ecologistas, de todos, pero consideramos que la discusión honesta está entre aquellos que queremos cambiar el sistema y aquellos que sólo quieren barnizarlo.

Otro Ecuador es posible, sí. Para ello Ñucanchi Socialismo profesa una nueva ideología que hunde sus raíces en los eternos principios del pensamiento ancestral andino y los fusiona con lo mejor del pensamiento revolucionario de occidente. Sabe que el punto de partida es la restitución del equilibrio económico- social perdido en Nuestra América hace más de quinientos años.

Ñucanchi Socialismo también sabe que el consenso sólo es posible a posteriori de la restitución del equilibrio, que el consenso no es posible entre fuerzas antagónicas, porque cualquier acuerdo sólo favorece a las fuerzas del orden, es decir, a las que mantienen el desequilibrio.

Ñucanchi Socialismo considera que la humanidad está viviendo un cambio de época y que para hacerlo realidad es necesario el concurso consiente de una vanguardia político-espiritual que acelere y conduzca el cambio. Es contrario al gradualismo o reformismo político que es la fórmula inventada por las fuerzas del sistema para ayudarle a seguir viviendo.

Por estas razones ponemos sobre el tapete de la discusión los siguientes diez principios para construir una nueva sociedad.

LOS DIEZ PRINCIPIOS DE UNA NUEVA SOCIEDAD. EL ECUADOR QUE QUEREMOS

  1. El equilibrio.- La piedra angular del pensamiento ancestral es el equilibrio. Debe existir equilibrio en la producción, en la distribución, en el consumo, en la relación del ser humano con la naturaleza. La falta de equilibrio altera el flujo normal de energías entre los múltiples sistemas que conforman el sistema general de la vida. Un sistema económico-social pierde el equilibrio cuando se ha permitido la acumulación de la riqueza en pocas manos. Desde el régimen colonial se perdió el equilibrio en la sociedad americana. Quinientos años después se hace necesario restaurar ese equilibrio.
  2. Sistema de propiedad comunitaria de los medios de producción.– La sociedad del Sumak Kawsay Revolucionario no eliminará el derecho a la propiedad individual, pero principalizará la propiedad comunitaria sobre los medios de producción, la misma que, apuntalada en la noción angular del equilibrio, hará posible la diferenciación de la propiedad entre propietarios individuales y el Estado y, entre ellos mismo, impidiendo, por medio de un proceso permanente de control a cargo del Estado, que se rompa el equilibrio estructural.
  3. La fuerza necesaria.- Pero el equilibrio cíclico no es solamente el resultado del accionar de los “factores” de la historia, sino su conjunción con la voluntad del ser humano. La restauración es el acto consciente de los individuos en medio de sus circunstancias históricas. Luego de esta ruptura con el orden heredado, entonces se inicia -pero sólo entonces-, la transición hacia el pleno equilibrio de las fuerzas productivas y sociales en el cual nada, ni nadie, estarán excluidos.
  4. El sujeto revolucionario.– La crisis actual no es sólo la crisis del sistema capitalista sino la de su civilización. El desajuste entre el ser humano y la naturaleza es de tal magnitud que la humanidad está amenazada de muerte. De entre todos los que viajamos en esta nave sideral que se llama Tierra se junta una vanguardia político-espiritual dispuesta a asimilar la esencia del Sumak Kawsay Revolucionario. Esa vanguardia se prepara acercándose al poder de las hierbas sagradas, interpretando las fuentes, vestigios materiales y espirituales de las sociedades ancestrales y estudiando las ideas auténticas del pensamiento revolucionario de occidente.
  5. La ideología.– No hay fórmulas ideológicas para construir el equilibrio, sólo el método dialéctico legado por Marx fusionado, ahora, con la herencia del pensamiento ancestral americano. Si en algo nos pueden servir las experiencias históricas del llamado “socialismo real” y la propia historia del capitalismo, será para evitar los errores cometidos. La construcción de la nueva sociedad del Sumak Kawsay es una experiencia inédita que cuenta sólo con la sabiduría humana acumulada durante milenios y el desarrollo espiritual alcanzado hasta nuestros días. Una sociedad de exclusivo desarrollo material sólo puede terminar en la destrucción; así como es imposible una de exclusivo desarrollo espiritual. La conjunción de ambos es la nueva Utopía.
  6. Un Estado en manos de la vanguardia político-espiritual es necesario.- Si una vanguardia político-espiritual llega a controlar el Estado se produce un cambio cualitativo en su naturaleza: deja de representar los intereses de una clase y pasa a representar los de toda la sociedad. Las reglas del juego político del viejo régimen se vuelven obsoletas, se construyen, sobre la marcha, otras, que representan las nuevas relaciones de producción y de poder. Otra economía, otro sistema jurídico, otro sistema educativo, otro tipo de democracia. No existen fórmulas, todo depende de la dialéctica sustentada en el equilibrio estructural. La sociedad en su conjunto inicia un proceso heroico de creación de lo nuevo.
  7. Las formas de lucha.– Toda forma de lucha contra el régimen establecido es válida, sólo que en las actuales circunstancias históricas se debe priorizar la contienda electoral. El accionar político del correismo ha permitido que los actores políticos pongan sobre la mesa todas sus cartas, motivo por el cual, Ñucanchi Socialismo -que es la nueva izquierda en el Ecuador-, tiene la oportunidad “democrática” de ser radical sin que eso signifique levantarse en armas, sino llevar, sin tregua ni descanso, una lucha ideológica frontal dentro de las normas de la “democracia real” que ahora existe. Tenemos derecho a demostrar que estamos a la izquierda del proyecto correista y a competir con él y con el resto de fuerzas. La democracia burguesa, para ser tal, tiene que aceptar la existencia de una fuerza política anti sistema. De no hacerlo se evidenciaría su naturaleza excluyente y autoritaria, es decir, antidemocrática y quedarían abiertas las puertas para otras formas de lucha.
  8. La tierra como sustento de la vida.- La tierra será el sustento de la nueva vida. Podemos prescindir de los bienes industriales; de los que nos da la tierra, no. Un sistema de producción agrícola en el que la industria sea complementaria a las necesidades básicas del ser humano, es posible. Ñucanchi Socialismo luchará por eso, hasta ver al Ecuador convertido en un hermoso emporio agrícola.
  9. Otra educación para refrendar el cambio.- A la par de la transformación de la matriz productiva se debe iniciar el cambio del sistema educativo, sin lo cual, será imposible consolidar el triunfo político. Nueva educación significa nueva ciencia necesaria para hacer realidad la armonía de las necesidades del ser humano con la naturaleza. Hay que enseñar a las nuevas generaciones a respetar su entorno, fin que nunca se logrará si se las sigue educando en la ciencia burguesa. Depurar la tecnología para ponerla a nuestro servicio y no, como es ahora, el ser humano al servicio de la tecnología.
  10. Crear el instrumento para la transformación.- Para ir a la luna necesitamos un vehículo, para hacer la revolución, igual; para la luna una nave espacial, para la revolución, un partido político. Ñucanchi Socialismo es ahora un movimiento, no dice ser dueño de la verdad ni que es el partido de la revolución, dice que quiere serlo. Amparado en sus derechos propone el debate, convencido de que la polémica leal y honesta es el mejor camino para llegar al corazón del pueblo. Rechaza el silencio cómplice, la tesis criminal de “avanzar sin discutir”, la falta de interés en la autocrítica como instrumento de depuración de nuestras filas; condena la indiferencia política y rechaza la injerencia de la nueva derecha en el debate que la izquierda revolucionaria libra contra el correismo[1]. Considera que las líneas generales del debate están planteadas entre el reformismo, con todas sus variantes, y la nueva teoría revolucionaria, aquella que se ubica a la izquierda del proyecto político de Alianza País y de su caudillo Rafael Correa Delgado.

 

[1] Véanse todas las cartas que el periodista José Hernández ha dirigido a personalidades de nuestro ámbito político como Rafael Correa y Alberto Acosta. Su crítica “democrática” con los argumentos de la izquierda revolucionaria suena falsa, porque detrás de ello no existe propuesta política, sólo la puja por aclarar quién está mejor capacitado para llevar adelante el mismo proyecto reformista. Para los voceros de la neo derecha   sólo se trata de una cuestión de “estilo”.

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¡YA VOLVIMOS!

No sé si se dio cuenta, amigo lector, que mientras el Mashi estuvo por las Europas y las calles del Ecuador se comenzaron a calentar con la protesta de la oposición, ninguna figura del régimen correista fue capaz de tranquilizar a la nación. Pues bien, esa es la tragedia de todo régimen caudillista: el caudillo como alfa y omega del proceso.

            En las circunstancias actuales ha quedado claro que podría ser más fácil controlar las trepidaciones del Cotopaxi que las causadas por la ausencia del líder. Sin el caudillo la nación entra en un tremedal de incertidumbre, como que nadie sabe qué hacer, qué decir, cómo reaccionar. Claro, cuando el régimen se ha atrevido a pulsar uno de los nervios más sensibles de esta sociedad tradicional y conservadora.

            Es que los falsos revolucionarios del régimen deberían comprender que en todo es posible la reforma, menos en tres aspectos: la tradición, la familia y la propiedad. Para entrar en esos terrenos hay que ser verdaderamente revolucionarios.

            Resulta ridículo retirar de la Asamblea Nacional los proyectos de ley arguyendo la próxima visita del Papa porque eso sólo demuestra cuán endebles son las convicciones “revolucionarias” del caudillo, demuestra que la Revolución Ciudadana tiene atrás suyo sólo a una clientela encandilada por el brillo de su héroe y no a un pueblo ideológicamente preparado para ponerle el pecho a la tormenta.

            Hoy por hoy la izquierda revolucionaria tiene que construir una alternativa para impedir que del caos político que se aproxima la derecha tradicional, o la nueva derecha, hundan en la nada los avances hechos por el correismo. A la izquierda del caudillo -que tiene que volver del extranjero para impedir que se hunda su obra-, sólo puede estar la revolución socialista.

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A FAVOR Y EN CONTRA

¿Quién dice que la lucha de clases no existe?, ¿que los cambios vienen solos?, ¿que en el Ecuador sólo es posible la evolución y no la revolución? Seguir leyendo

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AMOS Y ESCLAVOS

Hay en la izquierda latinoamericana una posición que bien puede ser caracterizada como “infantil”. Se trata de aquella que todavía cree que hay que recurrir a las armas para transformar la sociedad. Seguir leyendo

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