MIEDO A LOS POBRES

 

La propaganda oficial despliega una ofensiva permanente para convencernos a los ingenuos ciudadanos de esta ínsula de que se están haciendo bien las cosas. Yo no soy de aquellos que siempre le están buscando una quinta pata al gato o que dicen que hay que pensar mal para acertar. No. Con mucho el gobierno de Correa es uno de los mejores de nuestra Historia.

Pero que así sea no quiere decir que sea un gobierno revolucionario. La lógica del poder oficial es la de un capitalismo de Estado que, en el caso del Ecuador, se mueve dentro del marco de la construcción del Estado-nación que la ciega oligarquía ecuatoriana postergó desde el asesinato de Alfaro. Era tal la postración económica-social del Ecuador que la construcción de vías, por ejemplo, postergada desde el siglo XIX, aparece como una obra revolucionaria. Lo mismo se puede decir de la educación, de la cultura, del agro, de la justicia, etc., etc., etc.

Lo que hace de bueno el gobierno de Correa no lo hace por el pueblo, sino por miedo al pueblo. Es un gobierno oligárquico inteligente que sabe tiene que neutralizar el descontento de las masas como un requisito indispensable para impedir la revolución popular. Toda la acción del gobierno se inscribe en esa lógica, desde el bono de la pobreza hasta el nuevo código monetario, pasando por las nuevas leyes, la reforma del Estado, la justicia, le educación, todo. Correa está barnizando la fachada del derruido edificio del capitalismo fortaleciendo a la clase media en la lógica del Estado del bienestar general.

La revolución es otro proceso, señores. En ella no se hacen las cosas por miedo al pueblo, sino con el pueblo y para el pueblo. Ella hunde sus raíces en la lógica civilizatoria del Sumak Kawsay revolucionario.

JORGE OVIEDO RUEDA

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La Hora, 23/julio/2014, Quito

 

 

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ESTADO SIONISTA

 

Cuando estudiaba la historia de la Segunda Guerra Mundial me impresionó mucho el capítulo dedicado al holocausto. Solía pensar que las causas de semejante crimen no debíamos buscarlas en la economía, la geopolítica, las razas o los intereses políticos, sino en alguna zona oculta del subconsciente humano, quizás en una herencia atávica que nos liga al mal y a la muerte. Mientras más busqué en esa dirección, menos convincentes eran los argumentos. Terminé por comprender que nada está en el infierno ni en el cielo, que todo sucede aquí, en la tierra, frente a nuestros propios ojos.

Cuando en 1947 la ONU decidió crear el Estado de Israel en medio del territorio palestino, a nadie en el mundo se le ocurrió oponerse; pero el mismo acto de fundación del Estado judío ya escondía una injusticia: se le otorgaba el 53% del territorio palestino. En estos últimos cincuenta años Israel ha obligado a Palestina a vivir en apenas el 8% de lo que fue su territorio, ha impuesto un régimen de apartheid y, con el apoyo de sus aliados, comete un genocidio más brutal que el de Hitler.

Es el Estado sionista, que por definición es racista, puesto que dentro de él se discrimina a todo lo que no es judío. Los sionistas ven a los palestinos como a una raza inferior a la que hay que eliminar. Como si peruanos o colombianos ocuparan militarmente nuestro territorio y, por medio de la fuerza, nos obligaran a vivir en una parte mínima de nuestro territorio.

¿Son todos los judíos sionistas? No. Más del 50% de judíos no han regresado a Israel, precisamente por no compartir esa doctrina. El sionismo es la alianza de los judíos racistas con el poder norteamericano, sus aliados y el capitalismo corporativo mundial, es decir, el eje del mal al que hay que derrotar.

JORGE OVIEDO RUEDA

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La Hora, 16/julio/2014, Quito

 

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EL MUNDIAL

Antes de Cristo estuvieron los juegos olímpicos griegos que fueron concebidos como un gran espectáculo de masas. Lo organizaban las élites patricias para consumo de los esclavos. Después de Cristo, en Roma, el circo era el espectáculo preferido. Desde el siglo I de nuestra era, cuando el coliseo de Roma se construyó, el espectáculo se volvió brutal. Los emperadores usaron la lucha y la muerte como la forma más persuasiva de advertir a los esclavos cual iba a ser su suerte si renegaban de su condición. No los mataban por cristianos, sino porque su libertad ponía en peligro el sistema esclavista.

Durante el medioevo las competiciones entre caballeros sirvieron también para condicionar a la plebe al ejercicio de la guerra, esta vez en nombre del Dios al que antes se había denostado y perseguido. El espectáculo siempre como un elemento dinámico de la dominación.

Las olimpiadas modernas son ahora un evento que involucra a todo el planeta, pero sobre todo a los grandes intereses económicos mundiales. Lejos quedó el ideal de competir por el honor.

No es eso lo que puede desprenderse de un mega espectáculo deportivo como es el mundial de futbol, en el que la meta principal es el lucro. Ganan ofensivamente los futbolistas, los entrenadores, las multinacionales y, sobretodo, la FIFA, en cuyas interioridades se esconden los secretos más bien guardados de nuestra época. El futbol como circo, como espectáculo cimero cuyo fin último es anestesiar el dolor de la pobreza, ocultar los malos olores de la desigualdad social, ponerle aceite a la colosal maquinaria de la dominación capitalista. En el coliseo romano entraban cincuenta mil esclavos, hoy la televisión embrutece, frente al aparato, a más de mil millones de personas. Es la imagen moderna de la dominación.

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La Hora, 9/julio/2014, Quito

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EL ESTADO Y LA REVOLUCIÓN… CIUDADANA

 

JORGE OVIEDO RUEDA

Cuando de política se trata hay temas que no se pueden eludir. Uno de ellos es el del Estado. Un político revolucionario sabe que el Estado es un instrumento, un medio, no un fin, que un gobierno usa para ejercer el poder político. Siendo un instrumento, todas las fuerzas políticas de una sociedad luchan entre si por conquistarlo, lo hacen atendiendo a las reglas establecidas por el sistema vigente, sin que esto excluya el derecho a la violencia revolucionaria que se vuelve necesaria cuando las reglas establecidas se han vuelto trabas de la democracia y del desarrollo económico.

Si una fuerza política considera que las “reglas establecidas” configuran el sistema vigente y no pueden ser cambiadas, por principio se define como una fuerza política conservadora que ve en la defensa del sistema su razón de ser; por el contrario, si una fuerza política contempla en sus concepciones la necesidad del cambio de las “reglas establecidas” se define como una fuerza revolucionaria cuya razón de ser es la transformación del sistema vigente.

La lógica revolucionaria sabe que el cambio se aproxima cuando el orden establecido sólo se puede sostener por medio de la violencia represiva que obliga a los de abajo a responder con la violencia subversiva. Este es un momento de quiebre en la sociedad que hace posible el salto dialéctico, la misma evolución social. Un político que no ve en la violencia revolucionaria una necesidad de la Historia actúa con los ojos cerrados, como un instrumento ciego de las fuerzas del sistema.

ALIANZA PAIS Y LA REVOLUCIÓN

En el año 2006 se cierra un ciclo político en el Ecuador. Lo inicia Hurtado, después de la muerte de Roldós. La fuerza hegemónica de este periodo es el socialcristianismo, con un intermedio frustrante de la socialdemocracia y una decepcionante participación del populismo. La izquierda dividida y sin propuestas propias estaba agazapada en el seno de las fuerzas progresistas del centro, convencida de que si entraba disfrazada en el juego del poder, en cualquier momento un golpe de timón le permitiría ejercerlo. Todas estas fuerzas, incluidas las izquierdas, terminaron por conformar la partidocracia.

El factor en disputa era la protesta popular, cuya fuerza, desde la década de los años ochenta, impedía el dominio total del neoliberalismo. De las fuerzas populares el de mayor peso seguía siendo el movimiento indígena. El movimiento obrero había perdido protagonismo y otras expresiones populares como las de los maestros, pequeños comerciantes, jóvenes, mujeres, grupos alternativos y demás mantenían una actitud contestataria al régimen. La crisis de 1999, el feriado bancario, la dolarización y el espectáculo grotesco de la partidocracia en general convertía cada vez más a la protesta popular en una alternativa posible.

En esa coyuntura apareció la propuesta de Alianza País y la figura de Rafael Correa. Una propuesta meramente reivindicativa adornada con la promesa de un cambio constitucional que sentaría las bases de un nuevo Ecuador, sirvió para llevarlos al triunfo electoral de 2006. Los cinco ejes de la Revolución Ciudadana topaban los temas de la salud, la corrupción, la soberanía, la reforma constitucional y la educación me parece. Nada serio se decía sobre tres aspectos que una revolución no puede dejar de lado: el poder, el Estado y el régimen de propiedad y de producción, es decir, la economía profunda. La extrema derecha coincidió con la izquierda oportunista en que estaban frente a un auténtico revolucionario. La derecha oligárquica podía tener razón en ver parte de sus ancestrales privilegios amenazados; pero que la izquierda haya creído que el reformismo correista era la revolución le convierte en una fuerza reaccionaria. No hay cabida para la inocencia política.

LA CONSTITUCIÓN DE MONTECRISTI

La perla más brillante de la corona correista es, sin duda alguna, la Constitución de Montecristi. Tiene el mérito de limitar, no eliminar, los afanes privatizadores de la constitución socialcristiana de 1998 e introducir los llamados derechos de la naturaleza en su articulado, con lo cual se aumentan las garantías más allá del ser humano, pero no se subvierten las “reglas de juego” de la democracia burguesa. Crea el marco jurídico para una rearticulación de la economía nacional a las fuerzas económicas del capitalismo corporativista, lo que le convierte en una obra maestra del neoliberalismo mundial y de la moderna derecha nacional.

Todo esto hecho bajo el manto del discurso socialista o de izquierda. La Constitución de Montecristi es el último límite del reformismo correista. Más allá de ese marco está la revolución socialista. Correa es el líder que en el Ecuador tiene la misión de llevar a cabo las tareas democrático-burguesas que la revolución alfarista dejó inconclusas. Ese es su alcance y su límite histórico.

Toda la obra del correismo cabe dentro de la definición de un Estado capitalista moderno, que mezcla en si las virtudes del Estado liberal, del Estado socialy del Estado del bienestar pero que no llega a ser un Estado popular y revolucionario. La reforma de Correa se está haciendo entre dos extremos: uno, la oposición de la derecha dinosáurica, incapaz de comprender que la propuesta de Correa no las elimina y dos, la presión popular, ansiosa de ver que cambie su suerte. Lo que no comprende la derecha es que el autoritarismo que Correa demuestra y para el cual es proclive, no es necesario para limitar sus privilegios, sino para impedir que el pueblo avance en su lucha a la conquista de sus derechos. Sólo en este marco es posible comprender la naturaleza del Estado actual, capitalista y moderno.

EL ESTADO Y LA REVOLUCION… CIUDADANA

¿Qué significa para los sectores populares los llamados logros de la revolución ciudadana? Vistos en perspectiva histórica, casi nada. Las mejoras viales eran una aspiración nacional desde García Moreno, la lucha contra los abusos de la prensa una necesidad desde la época de Alfaro, el enfrentamiento con la banca corrupta un imperativo desde el feriado bancario, la lucha contra la corrupción una obligación moral de toda nuestra vida republicana, nada de lo que el régimen correista ha hecho de bueno se enmarca en una acción revolucionaria, lo ha hecho con la resistencia de los banqueros, de los corruptos, de los empresarios de la información, con el visto bueno del pueblo, por supuesto, pero nada de eso significa esencialmente la reivindicación real de los derechos populares.

Frente a las exigencias del pueblo, Correa se arma de la autoridad burguesa del Estado. Esa es la razón por la cual se ampara en el marco jurídico constitucional, buscando, por todos los medios, el fortalecimiento del poder ejecutivo. No es como dice el trasnochado demócrata-cristiano de Osvaldo Hurtado para coartar los derechos establecidos de la oligarquía, sino para frenar la lucha democrática del pueblo, en su avance indetenible a la revolución.

¿Cómo, si no, explicar la represión en Dayuma, el control de las radios comunitarias, la criminalización de la protesta social, la persecución a los líderes populares, la acusación de terrorismo a la juventud, la aplicación de la ley de seguridad nacional, la violación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que reprima la protesta social y descalifique ideológicamente a todos aquellos que se atreven a cuestionar su autoridad?

Por otro lado ¿cómo explicar el crecimiento espectacular de los sectores empresariales, principalmente los corporativos?, ¿su obstinado apoyo al extractivismo minero?, ¿su falta de voluntad para resolver el problema agrario que es una herencia colonial?, ¿su lucha virulenta contra los ecologistas y ahora su combate visceral a la izquierda que antes le apoyó?

El Estado de Correa es el Estado capitalista moderno que necesita ser fortalecido para afrontar con éxito la arremetida popular. Su arrogancia es parte de su personalidad intolerante, pero es una necesidad de su proyecto reformista. Mientras mayor sea la protesta popular, mayor será su autoritarismo y mientras mayor sea la capacidad organizativa del pueblo, Correa no dudará en convertir su Estado represivo en un Estado fascista, al estilo de Pinochet o de las fatídicas dictaduras del cono sur. Sus límites de clase le impiden ver que un Estado que no está al servicio del pueblo es un estado que está al servicio de las clases dominantes. Todo político debe tomar partido frente a este problema y a estas alturas está claro que Correa tomó partido por el Estado capitalista, defensor de los intereses de una derecha modernizante que ve con optimismo como la acción correista le garantiza un futuro de dominación y privilegios.

Desgraciadamente de esta lamentable situación la responsable directa es una izquierda miope, que nunca supo leer entre líneas y que inventó la estúpida teoría del “gobierno en disputa”. La derecha está feliz, porque supo encontrar el ariete perfecto para perpetuar sus planes de dominación. No hay como acusarla por hacer bien su tarea. Si ha tenido que usar a la izquierda para alcanzar sus fines, ¿quién puede criticarla por su astucia?

Escrito para Línea de fuego, 13/Nov./2012, Quito

 

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LA CARTA

 

 

Seis años después de la aprobación de la Constitución de Montecristi mucha agua ha corrido debajo del puente. Más allá de que los compadres se hayan peleado, está el hecho objetivo de que la fracción que se quedó con el poder, ahora necesita de reformas.

Acosta, Vega y Darquea firman una carta dirigida a los ex Asambleístas constituyentes en la que se les recuerda los ideales originales de la Revolución Ciudadana. Fue un acto de vida, dicen, que debía durar trescientos años. Ese proyecto ha sido traicionado por Alianza País y el presidente Correa.

¿Es realmente así? Creo que no. Correa es el político más consecuente con su programa original. Su tendencia al autoritarismo es una necesidad objetiva dentro de la lógica de reformar el viejo poder oligárquico que todavía no comprende que la propuesta de Correa no entraña ninguna revolución. Aún para la reforma se necesita la fuerza.

Pero es una lástima que la ética patriótica de los ex asambleístas firmantes no comprenda que a la izquierda de Correa sólo puede estar una posición revolucionaria, que conciba un nuevo programa continente de otra economía y otra democracia. Parecen no darse cuenta que reclamar derechos sobre el programa original, a estas alturas del proceso, es como decir “quítate tú para ponerme yo, porque tú no sabes cómo hacer la reforma, nosotros sí.”

La mayoría de edad en política está dada por la decisión que se tiene para oponer al poder oligárquico el poder revolucionario, cosa que no puede hacer ni Correa ni tampoco podrán los ex asambleístas, desde el momento que dicen defender el mismo programa reformista que Correa defiende. Una Constitución del pueblo será una Constitución radical y entonces si podrá durar trescientos años, porque tirará a la basura la trampa de la democracia burguesa.

Jorge Oviedo Rueda

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La Hora, 2/julio/2014, Quito

 

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LA REELECCION

Este asunto de la reelección indefinida tiene alborotado al cotarro ecuatoriano. Sin excepción, voces de todas las facturas políticas se han levantado para condenarla.

Me sumo desde otra perspectiva. Los revolucionarios franceses de 1789 se caerían de espaldas si llegaran a saber que en pleno siglo XXI hay “revolucionarios” que piensan con cabeza monárquica. Su triunfo fue el triunfo histórico de un sistema político que acomodaba el Estado y la sociedad a la irrupción victoriosa del capital.

Locke en Inglaterra, Montesquieu y Rousseau en Francia, son los padres de la democracia burguesa. Su aporte a la teoría política consiste en haber establecido que la democracia se fundamenta en la voluntad popular y no en el “derecho divino”. La democracia iba a ser más perfecta mientras más perfectos se hicieran los mecanismos de la consulta. A más de doscientos años esa democracia ha topado su límite.

Al parecer en el Ecuador nadie defiende otro tipo de democracia. No se han dado cuenta de que en todo este tiempo la democracia representativa devino en la dictadura del capital sobre el trabajo, motivo por el cual se ha vuelto históricamente necesario irrumpir contra esa dominación, como en el siglo dieciocho fue necesario irrumpir contra el absolutismo monárquico.

Pero para hacerlo se necesitan por lo menos dos condiciones: 1) nueva teoría que, naciendo de la realidad, proyecte al futuro la sociedad que queremos y 2) pueblo, masas cansadas de la explotación que aceleren la marcha de la Historia.

He oído a Rafael Correa condenar la democracia burguesa. Yo me pregunto: ¿dónde está la teoría?, ¿dónde están las masas? No hay nada, todo es un espejismo.

Si no es desde una perspectiva revolucionaria, la reelección equivale a monarquía.

Publicado en:

La Hora, 25/junio/2014, Quito.

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NEO-REVOLUCIONARIOS

 

 

En el 2007 Rafael Correa se dio el lujo de expulsar del país al representante del Banco Mundial, un brasileño de apellido Somenssato. A la izquierda “boba” no le cabía la alegría en el cuerpo. Juraba sobre la Biblia que había encontrado a su Mesías salvador.

Entonces era Ministro de Gobierno Ricardo Patiño. A boca llena le dijo al brasileño que no era persona grata a los intereses del Ecuador y que debía irse. Como meses antes el Estado había cancelado toda la deuda con el FMI, la fiesta para la izquierda “boba” era completa. Entonces el Mashi sostenía que el BM y el FMI habían sido instituciones nefastas para el país.

Pero cuando los representantes de esos organismo, antes de Correa, venían al Ecuador a asegurar sus préstamos, había en el Ministerio de Finanzas ciertos funcionarios que los recibían y tenían el encargo de garantizar que el país aceptaría sus condiciones y pagaría sus deudas. Patricio Rivera y Fausto Herrera eran esos “jóvenes y brillantes” funcionarios que ahora manejan la Economía. Estos son los “cuadros” con los que Correa dice estar haciendo la revolución.

La audacia del presidente consiste en volver a depender de la anaconda bicéfala del Banco Mundial y el FMI. Dice que sin pedírselo el BM ha duplicado su oferta de crédito, con intereses regalados y tiempos de gracia increíbles. Se nos entrega la anaconda como una virgen a su amado.

¿Será posible tanta belleza? Correa junto a sus “jóvenes y brillantes” muchachos tienen ahora la misión de volver a convencer a la anaconda de que cumpliremos las condiciones que se nos imponga. No me cabe la menor duda de que lo lograrán, total, estos neo revolucionarios tienen una larga experiencia en el arte de la genuflexión, sólo que ahora irán a nombre de la Revolución Ciudadana.

JORGE OVIEDO RUEDA

Publicado en

La Hora, 18/junio/2014, Quito

 

 

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AGUA BENDITA

Llamar revolución a la reforma es la audacia más atrevida que un movimiento político haya inventado en la historia del Ecuador. El centro y la derecha supieron identificarse siempre; el reformismo correista ahora se oculta tras el discurso revolucionario.

Pero las fuerzas revolucionarias auténticas, por principio, no tienen por qué oponerse a las reformas. Son, en esencia, concesiones que la oligarquía hace a los derechos postergados del pueblo. Correa lo hace en el marco de la construcción del Estado-nación que es el proyecto conjunto de la nueva derecha ecuatoriana.

Toda la reforma correista es un cambio cosmético que nada cambia. No es cierta la afirmación de que ahora el poder está en manos del pueblo. Esa es la parte más audaz del engaño. El poder sigue en manos de grupos económicos como La Favorita, NIRSA, bancos, financieras y etc., etc., etc. No habrá revolución mientras el poder no pase de la oligarquía al pueblo. La RC no es el poder popular, es sólo un régimen reformista que miente por cada diente.

Hoy la Asamblea Nacional, con mayoría correista, se aprestar a dar otro golpe maestro. Se trata de la aprobación de la Ley de Aguas. Como dicen sus voceros, estamos de acuerdo en “casi” todo lo que han planteado los pueblos indios y movimientos sociales y campesinos, pero es ese “casi” el que no están dispuestos a ceder. Ese “casi” es el control que el poder oligárquico debe mantener del uso del agua a través del Estado. Correa está dispuesto a ceder en todo, menos en el poder. Igual sucede con la educación, con la matriz productiva, con la cultura, con la reforma agraria, etc., etc.

Las fuerzas revolucionarias harán saltar en añicos el “casi” correista. Llevarán el proceso hasta el cambio definitivo. Estoy seguro.

Publicado en

La Hora, 11/junio/2014, Quito

 

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MUJERES DE LUNA

 

Por esas cosas de la vida a mis manos ha llegado un documento que describe los propósitos que un grupo de mujeres se han hecho para reconocer su identidad y valorarse como nativas de esta tierra.

Nada tienen que ver con esa visión folklórica y superficial que la “pelucolandia progresista” de esta época anda difundiendo por ahí bajo el membrete del Buen Vivir. Hay en ellas una actitud auténtica que les vincula a la esencia del pensamiento ancestral.

Lo curioso es que Mujeres de Luna no es un movimiento indigenista, ni nada tiene que ver con ese “pachamamismo” absurdo que plantea regresar a los orígenes. Son mujeres mestizas que sienten la urgencia de buscar su centro.

Reconocen la importancia de la herencia americana que, en un proceso continuo de generaciones sucesivas, ha devenido en una nueva realidad, la realidad mestiza. Declaran su admiración y respeto por los pueblos y nacionalidades indígenas y señalan que en la unidad está inmersa la diversidad.

Demuestran concebir un feminismo equilibrado que condena al patriarcalismo y rescata el justo papel de la mujer en la historia de la humanidad. Queremos honrar a las abuelas, dicen, a las madres, a las hijas y a las nietas portadoras de vida y del poder femenino.

Su método de despertar la memoria es el canto. Dicen haber recopilado más de cuatrocientos a la luna, a la tierra, al agua, al fuego, al poder, cantos maravillosos de nuestros ancestros americanos y europeos que configuran nuestra esencia mestiza.

No las conozco, ni sé quiénes son, pero se que están en lo correcto. Sus concepciones las ligan al auténtico Sumak Kawsay. Cantando me parece que van construyendo el futuro:

Desde el centro de este fuego

Yo les llamo, yo les pido a mis abuelas

Que traigan el agua sagrada

Que cura el dolor y la pena…

 

Publicado en

La Hora, Quitro,4/junio/2014

 

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LA RESTAURACIÓN

Más de una vez, en su informe a la nación, el presidente de la república se refirió a la amenaza de una restauración conservadora a nivel mundial, entendiéndola peligrosa sobre todo para los países de A. Latina.

Creo que ese peligro hay que entenderlo desde la lógica del desarrollo del capital. Cuando la crisis de 1929, el entusiasmo de la izquierda supuso que había llegado el fin del sistema, pero no fue así. Las fórmulas keynesianas hicieron el milagro de restaurar la dominación conservadora. Después de la segunda guerra mundial el capitalismo se amparó en las ventajas del capital especulativo (financiero) para polarizar su hegemonía en grados superlativos.

Esa capacidad inverosímil de restauración del capital exige de las fuerzas revolucionarias extrema claridad teórica. En primer lugar, es evidente que al capitalismo no se lo puede combatir con más capitalismo. El discurso de la reforma es falso, atentatorio a los intereses de las masas y favorable al proceso de restauración conservadora.

Al capitalismo hay que combatirlo con el socialismo, ahora enriquecido con las concepciones del Sumak Kawsay Revolucionario. La restauración conservadora viene de mano de la nueva división internacional del trabajo.

¿Será que podemos combatir la ciencia del capital recreándola en nuestras universidades?, ¿podremos ayudarle a morir al capital abriéndoles las puertas a las transnacionales mineras? Los recursos de los organismos internacionales de crédito ¿servirán para acortar la vida del capitalismo corporativo mundial?

No es lo mismo ser reformista que ser revolucionario. La reforma concibe cambios epidérmicos; la revolución profundos. Ahora la nueva hegemonía capitalista viste el traje del “progresismo revolucionario”.

¿Tiene la revolución ciudadana conciencia de esta realidad?

Publicado en

La Hora, Quito, 28/mayo/2014

 

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