TRES NOTAS PARA LA POLÉMICA

            Después de la muerte de los creadores del Socialismo Científico, el mejor negocio de sus enemigos ha sido interpretar a Marx. El negocio de la interpretación es más lucrativo mientras más prestigiosas y altas son las instituciones o las personalidades que lo hacen. La táctica de la interpretación a los textos de Marx dio sus primeros resultados a finales del siglo XIX con el revisionismo de Bernstein, cuya labor teórica terminó convirtiéndose en la matriz angular de la socialdemocracia mundial; luego vino la interpretación estaliniana del marxismo que devino en dogma religioso y razón de Estado; el neomarxismo de posguerra que, a pesar de hacer un correcto diagnóstico del subdesarrollo, no ha podido atinar con las soluciones y, ahora, en nuestros días, ha surgido una nueva interpretación (moda dice Gudynas) de Marx que pretende ser la nueva matriz angular para justificar y explicar la acción política de los llamados “gobiernos progresistas” de América Latina.

            Esta última no es una afirmación al azar, está fundamentada en el hecho real de que sus animadores, todos los que hasta ahora conozco, reciben sueldos y canonjías de los gobiernos “progresistas” y de prestigiosas universidades nacionales y extranjeras. Les pagan para pensar, eso es lo concreto.

            De este hecho objetivo se desprenden tres conclusiones importantes: 1) resulta imposible que el beneficiario de un sueldo escupa la mano de su empleador, 2) hay que hacer méritos para conservar el empleo y 3) mientras más alta sea la investidura académica más fácil será desprestigiar las posiciones políticas que se combaten. Todo envuelto en la salsa, siempre apetitosa, de una supuesta correcta interpretación de las ideas de Marx.

PRIMERA. LA “ACUMULACIÓN POR DESPOSESIÓN”

            La “moda Harvey” de la “acumulación por desposesión” se basa en la reinvención de una verdad histórica, teórica y política cuyo autor es Marx. En el capítulo XXIV del libro primero de El Capital se describe el proceso histórico de lo que Marx llamó la Acumulación Originaria del Capital (AOC). Consiste en la desposesión efectiva de la tierra y los medios de producción al campesino siervo hasta que se convierte en el trabajador asalariado del industrialismo. Un proceso violento que se da a lo largo de tres siglos. Todas las formas de “desposesión” están contempladas en este estudio histórico genial de Marx, incluido un análisis proyectivo sobre la “tendencia histórica de la acumulación capitalista” y el proceso de colonización.

            El marxista Harvey y sus defensores deberían saber que en ese mismo capítulo de El Capital Marx señala que, en los países colonizados, todavía no se ha dado el proceso de AOC, proceso que necesariamente tendrá que darse dada la tendencia general de la acumulación capitalista. Para América Latina, desde los siglos coloniales hasta nuestros días, esta predicción de Marx se ha cumplido al pie de la letra. Los chorros de sangre, sudor y lágrimas que corrieron en el proceso de AOC en Europa, corrieron también en las colonias españolas y portuguesas de América Latina. Y hacer uso de la categoría de AOC, ahora escondida detrás del concepto de “acumulación por desposesión”, sin siquiera regresar a ver a su autor verdadero, no es ni simpático ni honesto.

            Decir que en América Latina no hay una tradición de pensamiento ceñido al legado teórico de Marx, es una falacia peluda que sólo pretende ocultar una verdad teórica comprometida y comprometedora, para sobreponer otra, más light, menos conflictiva, que ayude a eludir las verdaderas contradicciones del capitalismo dependiente.

SEGUNDA. LA “DESPOSESIÓN” EN EL CAPITALISMO DEPENDIENTE.

            En América Latina la “desposesión” comienza con la llegada de los europeos. La tierra de los pueblos originarios fue repartida entre los conquistadores, con lo cual se destruyó el sistema productivo de los mismos y se les sometió por hambre y necesidad. Durante los siglos coloniales las coronas europeas, aliadas con los criollos americanos, instauran un régimen latifundiario que deriva, a lo largo del tiempo y con ritmos desiguales, en economías capitalistas, las mismas que, después de la ola liberal que recorre América a finales del siglo XIX, quedan ligadas a la economía norteamericana, cuando ésta había entrado ya en su fase monopólica.

            En este punto es imposible eludir el concepto político de neocolonialismo si se quiere comprender cómo se da la “desposesión” de nuestros recursos a partir de la primera guerra mundial. No es el Estado, sino a través del Estado, que la lógica de la acumulación del capital mundial saquea nuestras riquezas, dando lugar a esa bárbara asimetría del desarrollo del norte y del subdesarrollo del sur. Esta verdad no está sometida a discusión, salvo si se quiere justificar el accionar de un nuevo tipo de Estado que ahora, en América Latina, pretende apropiarse de “un porcentaje más amplio de la renta/capital. Es decir, de la renta, no como pago, sino como plusvalía”[i], como parece ser el caso del “marxista” Harvey y de sus defensores.

            Si así es, entonces esta concepción nada tiene que ver con el marxismo. Estamos frente a un nuevo recurso del revisionismo mundial que inventa un ingenioso giro teórico para despojar al marxismo de su carga revolucionaria. Que Harvey se ubique por arriba del bien y del mal o, como dice Gudynas, que sus tesis ofrezcan “un valioso instrumental para entender el capitalismo global”, no quiere decir que Harvey está llenando un vacío teórico en el marxismo. Si Harvey y sus acólitos algo supieran de la tradición marxista en América Latina, se habrían enterado que Agustín Cueva utilizó esas categorías generales del marxismo para explicar el desarrollo del capitalismo dependiente latinoamericano y sus contradicciones internas. Y no sólo Cueva.

            Ergo, la lucha ideológica contra Marx continúa, esta vez encarnada en un academicismo “respetable”, “serio” y, pretendidamente, “contundente” que, viniendo del norte, oculta la elemental verdad de la necesidad de la revolución socialista en América Latina. Cierto es que gobiernos como el de Rafael Correa o Evo Morales nunca se plantearon la “transformación de las relaciones de producción”, apenas si “una necesaria y justa redistribución de la renta capitalista y de la ganancia”[ii], lo que, de ser tomado en cuenta, ubicaría la polémica entre desarrollistas de signo idéntico que, para actuar en la academia y la política, sólo tienen “estilos” diferentes; pero ese no es el caso, la suerte de nuestros pueblos se juega entre dos alternativas: la reforma o la revolución.

            Para los marxistas del siglo XXI hay un solo camino: la revolución. Veamos.

TERCERA. ESE ASUNTO DEL PENSAMIENTO PROPIO.

            Los planteamientos del pos-extractivismo (pienso sobre todo en A. Acosta y Escobar), han devenido, al cabo del tiempo -al igual que el marxismo estratosférico de Harvey-, en un mero ejercicio académico, cuya limitación principal radica en que se sigue pensando en soluciones pro sistema o al interior del sistema. Si Harvey polemiza con Gudynas y Gudynas con el colectivo del IAEN y éste con Acosta y Acosta con Ramírez, y así, no pasa nada, la polémica se convierte en un certamen de talentos para saber quién es el mejor, ganando, qué duda cabe, aquel que más se acerque a las soluciones antisistema, pero con freno, hasta llegar a un límite que se niegan a transgredir. La Academia da para eso y mucho más, al menos cuando se tiene un sueldo asegurado.

            Pero, lo que si se han dado cuenta académicos como Harvey, todo su equipo, Lucía Gallardo y el propio Gudynas, (que en esta polémica resulta más marxista que muchos a pesar de que, en opinión de Joan Martínez Alier, “no procede de una tradición marxista”) y no quieren afrontarlo es que las soluciones a nuestros graves problemas estructurales están en el terreno de la política y no de la Academia. Todos ellos hacen incompatible la Academia con la política convirtiéndolas en compartimentos estancos sin comunicación entre sí. No conciben que se puede tener nivel académico y hacer política. Ahí radica su diferencia con Marx. ¿O no?

            Para salir de ese círculo vicioso es necesario tener un pensamiento propio, planteamiento que si bien no es un descubrimiento de Gudynas, sí es un mérito habérnoslo recordado. Pensamiento propio que, a estas alturas, nada tiene que ver con distanciarnos del estalinismo, del trotskismo, de la idea Zhuche o el maoísmo que ya se encuentran sepultados en los mausoleos de la Historia, pensamiento propio que es creación heroica, como quería Mariátegui, invención genuina enraizada en nuestros ancestros y sustentada en lo mejor del pensamiento revolucionario de Occidente.

            En un trabajo anterior señalaba la necesidad de un nuevo pensamiento en estos términos: “A estas alturas, no basta condenar la barbarie, se impone la tarea de rescatar la filosofía ancestral de los pueblos andinos, sin caer en la trampa de pararnos a discutir si tiene o no esa jerarquía. Sí la tiene y, no reconocerla, significa mantener, desde adentro, las cadenas mentales que nos consideran inferiores a la filosofía occidental, lo que no quiere decir que no se reconozca su valía. La “alteridad” debe considerarse en igualdad de condiciones a cualquier concepción filosófica del mundo, condición intrínseca para encontrar las soluciones[iii].

            Pero, ¿podemos cerrar la página de la dominación y comenzar desde cero? No es posible. Quinientos años de agresión es tiempo suficiente para haber cimentado un ser social cargado con las ideas dominantes del sistema y haberlo convertido en su soldado defensor. La irrupción del pensamiento ancestral andino se convierte, así, en el acto revolucionario más importante de comienzos del siglo XXI porque, al tener a los pueblos originarios de protagonistas, la filosofía del “otro” se eleva a un nivel transformador, punto en el cual se fusiona con lo mejor del pensamiento revolucionario de occidente que es, precisamente, el marxismo. El “pachamamismo” ciego confunde a los pueblos con una idílica propuesta de regresar a los tiempos precolombinos y, los otros, con negarle validez a la “alteridad”.

            Ñucanchic Socialismo, nuestro socialismo, sabe que la “alteridad”, a un nivel filosófico, es la lógica del oprimido, su concepción del mundo, su ética y su estética, rasgos que, habiendo estado sojuzgados durante cinco siglos, ahora emergen para servir de base a una nueva sociedad y a una nueva civilización[iv].

            Esa lógica, la de los pueblos originarios, tiene su piedra angular, no en la armonía del ser con la naturaleza, sino en la noción del equilibrio[v]. Ese equilibrio, que se perdió en América con la llegada de los europeos, hay que recuperarlo como condición intrínseca para volver a la armonía. Se trata de un equilibrio estructural.

            Pero no se puede recuperar el equilibrio si antes el poder político no pasa a manos de una vanguardia político-espiritual que encarne la filosofía de la “alteridad”. Esa vanguardia es, por primera vez, diferente a las vanguardias políticas que han existido hasta hoy y la diferencia está en haber llegado a recuperar la memoria de que estamos hechos de los cuatro elementos, fuego, tierra, agua y aire y que, si no somos capaces de cuidarlos y preservarlos, no hay futuro para la humanidad. No es una vanguardia proletaria, como pensaba Marx, tampoco una élite en el sentido liberal y, mucho menos, una casta aristocrática, es una vanguardia político-espiritual conformada por todos los que han abrazado la filosofía de la “alteridad”.

            Ese equilibrio estructural del que hemos hablado se inicia después de la toma del poder por parte de la vanguardia político-espiritual que representa los intereses de la humanidad, sólo entonces es posible iniciar el proceso de construcción de la sociedad del Sumak Kawsay, lo que sólo será posible si se implanta un nuevo régimen de propiedad.”[vi]

            Esta es la polémica verdadera, la que ubicándose en el terreno político, sin hipocresías, plantea soluciones válidas a los graves problemas que tiene el capitalismo global y local, sin dorar la píldora con un lenguaje académico que oculta y no descubre, que posterga y no resuelve. Razón tiene Gudynas en afirmar que académicos como Harvey son buscados por los llamados gobiernos “progresistas” para defender su gestión política desde la Academia.

Harvey no plantea la lucha como solución, apenas dice que los seres humanos no alienados hoy emergen equipados con un sentido nuevo y, como resultado de la experiencia de relaciones sociales contraídas libremente y de la empatía con las diferentes formas de vida y producción, emergerá un mundo donde todos merecerán dignidad y respeto. Ese mundo social evolucionará continuamente gracias a “las revoluciones permanentes y en marcha de las capacidades y potencialidades humanas”, lo que evidencia ese gradualismo postizo e imposible que sólo sirve para fortalecer el capital.[vii]

Es muy probable que un pensamiento propio deba integrar las cuatro condiciones que Eduardo Gudynas plantea[viii], pero para Ñucanchic Socialismo, Nuestro Socialismo, la primera condición es la lucha contra el capitalismo criollo y, desde allí, contra el capitalismo global. Sabemos que es una lucha a muerte, que demandará ingentes sacrificios del pueblo, que será un largo proceso, pero nos negamos, en nombre del futuro, a seguir alimentando al capitalismo criminal, por el contrario, creemos que es nuestro deber ético y político, acelerar su agonía.

Quito, 30 de noviembre de 2015.

[i] Gallardo, Lucía: ¿Puede Gudynas salvarse del colonialismo simpático?, véase: La línea de fuego: http: //entitleblog.or/2015/11/05puede-gudynas-salvarse-del-colonialismo-simpático/

[ii] Ídem.

[iii] Dussel, Enrique: Filosofía de la liberación, s/edit, Bogotá, 1980.

[iv] Roig, Arturo Andrés: Caminos de la filosofía latinoamericana, Universidad de Zulia, Venezuela, 2001.

[v] Oviedo Rueda, Jorge: Del Estado, la izquierda y la revolución en el Ecuador, Letramía Editorial, Quito, 2015, pg. 90 y ss.

[vi] Véase: Oviedo Rueda, Jorge: https://nucanchisocialismo.com/2015/10/26/reformismo-neomarxismo-y-pensamiento-ancestral/

[vii] Véase: Oviedo Rueda, Jorge: https://nucanchisocialismo.com/2015/11/01/484/

[viii] Gudynas, Eduardo: http://accionyreaccion.com/?p=923

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HOY ES ARGENTINA

            Triunfó la derecha en Argentina, no de mano de un político, sino de un empresario. ¿Eso es malo o bueno? Los ecuatorianos lo sabemos. Cuando a una nación se la maneja con criterio empresarial, se restringen las libertades, se ahorca al pueblo y se roba sin medida. ¿No fue eso lo que pasó cuando Febres Cordero era el capo mayor?

            Ese es el caso de Macri el empresaurio. La culpa no la tiene la derecha, la tiene esa seudo izquierda que actúa a nombre del pueblo y hace todo para fortalecer a la derecha: krisnerismo, lulismo, correismo en Ecuador. La derecha no hace otra cosa que cosechar lo que le dan sembrando. ¿Podemos reclamarle por eso? No, señor, en el juego político todo vale y hay que aplaudir al triunfador y criticar al perdedor, porque los aciertos del primero son los errores del segundo.

            La democracia es la voluntad del pueblo, sí, eso es exacto, pero si los regímenes “progresistas” fomentan la ignorancia política de las masas, entonces, no sólo de qué se quejan, sino ¿qué esperan?, ¿qué baje el Espíritu Santo a iluminar al pueblo? Los llamados gobiernos “progresistas” lo hacen todo mal porque no son revolucionarios, no crean, se les ocurre fórmulas tan perniciosas como sostener que para llegar al socialismo hay que fortalecer más el capitalismo.

            Son agentes del reacomodo capitalista a nivel regional y mundial. Rafael Correa es el más sapo de todos. Tiene la audacia de creerse imprescindible y, aprovechando la borregada de la Asamblea, dejar preparada la alfombra roja de su regreso en el 2021.

            Quizás para entonces su audacia infinita no vuelva a engatusar a los sectores populares.

Hoy es Argentina, viene Venezuela, luego Ecuador. ¿Y la revolución? La quieren ahogar en la cuna, pero está bien, creciendo en el seno del pueblo.

La Hora, 25-11-2015

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COMPLETA FALSEDAD

            El alto mando militar se presenta en el primer juicio de Lesa Humanidad que se realiza en el Ecuador. ¿A qué obedece su presencia? En este mundo desequilibrado sólo hay dos respuestas: una, a que respaldan los derechos humanos, y, dos, a que están en contra de los mismos.

            Nadie que tenga un gramo de honestidad histórica duda del carácter represivo que tuvo el régimen febrescorderista. Desde el horrible crimen de los hermanos Restrepo hasta el ajusticiamiento de Arturo Jarrín, pasando por la masacre del comandante Cerezo y su compañera, fueron crímenes de lesa humanidad que no necesitan demostración y que han estado, y estarán, grabados en la conciencia nacional por siempre.

            Lo que convierte a Febres Cordero en un tirano aborrecible es la desproporción de su respuesta ante un enemigo que practicaba la guerra con fusiles de palo. Una “democracia” pudo haberlos sometido dentro de la ley, porque su peligrosidad no era como Febres Cordero la pintó. Los mandos militares de entonces prefirieron obedecer ciegamente a su León y, ese es su crimen.

            Pero Rafael Correa ha dicho que las fuerzas armadas tenían que cambiar, que no podían ser instrumentos de represión. La Comisión de la Verdad, por él instrumentada, debía ir al fondo del asunto y zanjar esa herida. Los familiares de las víctimas impulsan el Juicio con justa razón y ahora el alto mando sale en defensa de qué, ¿de los derechos humanos o del derecho a la represión?

            Rafael Correa en su laberinto, calla y se somete a la institución que ayer reprimió brutalmente. ¿No dice qué es revolucionario? ¿Comandante en Jefe? La defensa de este orden prostituido, esa es la razón verdadera, no importa sobre cuantos cadáveres y silencios se la tenga que hacer.

¡Revolución de pacotilla!

La Hora, 18-11-2015

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CIERTO ES, RENÉ TIENE RAZÓN…

El 23 de octubre de este año, en diario El Telégrafo, René Ramírez Gallegos, funsionario del gobierno de la Revolución Ciudadana, publicó un artículo que es base del presente comentario.

 

            René Ramírez Gallegos, Secretario Nacional de Educación Superior, Ciencia y Tecnología, no sé si PhD, pero con algunos posgrados a su haber, varios libros publicados y otras muchas hierbas honoríficas que me resultan difíciles de rastrear, ha sido, también -como lo demuestra en un artículo publicado en diario El Telégrafo este 23 de octubre-, ideólogo (no sé si inventor o fundador) de la “socio-ecología política del vivir bien”.

            En esa calidad, como quién no quiere la cosa, escribe esas líneas mientras piensa “en la cumbre mundial sobre cambio climático a realizarse en París este año…” “Un acuerdo universal sobre el clima” –señala-, “no es otra cosa que un acuerdo universal para recuperar la esencia del valor…más allá del valor de cambio y valor de uso”. “Sólo una mirada más amplia y generosa” –continúa-, “que contemple el valor intrínseco de la vida nos permitirá superar los límites del racionalismo para abarcar los derechos de la naturaleza como parte de la vida buena.”

            Tiene razón el ideólogo de la socio-ecología y Secretario Nacional de Educación Superior, Ciencia, Tecnología e Innovación (recién me acuerdo), muchísima razón, porque a estas alturas estamos asistiendo a la debacle de la civilización burguesa y si no hacemos la revolución o no hay “un acuerdo universal” nos vamos todos al carajo, incluida la rana René y los siete enanitos de Blanca Nieves.

            Lo que pasa es que los ideólogos (o el ideólogo) de la socio-ecología pretenden salvar al mundo traicionando a Marx y sobreponiendo a sus ideas una seudo teoría que dicen está más allá del marxismo, del capitalismo, del valor de uso y del valor de cambio, es decir, más allá de todo lo conocido, de todo lo pensado, de todo lo construido, que se ubica en una etérea región donde los simples mortales no podemos llegar, reservada para los ángeles de Alianza País y que, además, lleven debajo del brazo un título de PhD.

            No es para tanto, señor Ramírez, la herencia de Marx es más simple de lo que usted imagina. Se la explico.

            El valor -se sabe desde Smith hasta Stiglitz, pasando por Marx-, tiene un soporte material que es la mercancía, cuya esencia es el trabajo; pero la mercancía es elaborada por el ser humano bajo las normativas de un contrato. El dueño de la fábrica, amparado en las leyes, le paga al trabajador, en el mejor de los casos, sólo por el tiempo de trabajo necesario (TTN) para su sobrevivencia y la de su familia y se apropia del trabajo excedentario (TTE). Esta verdad, descubierta y explicada por Marx, se ha movido (en razón del desarrollo científico y tecnológico en esta época de la telemática, cibernética, nanotecnología, robótica y demás) sólo para favorecer al propietario y perjudicar al trabajador que ha terminado convirtiéndose, casi, en un actor innecesario para la reproducción y ampliación del capital.

Esta es la raíz del mal de la civilización burguesa y, permítame adelantarle, hay que eliminarla si queremos salvar a la humanidad.

La “pregunta del millón” que le preocupa a usted “desde una perspectiva marxista” no esconde ningún misterio, porque el marxismo entiende que cada mercancía está cargada de una parte del “trabajo socialmente necesario” lo que, en el mercado, se convierte en valor de cambio. Así, para Marx, valor de uso y valor de cambio están pegados como las dos caras de una misma moneda y jamás se los podrá separar si antes no se cambian las relaciones capitalistas de producción, que son las que las producen. No es tan difícil, señor.

Pero estamos hablando de las mercancías, de las que son fruto del trabajo, objetos cargados de energía física y mental trasmitida por el trabajador, que nos sirven para navegar o para volar, para cortar un pan o para cometer un crimen. En ellas no se empozan las intenciones de nadie, simplemente se concentra el trabajo del obrero. Esa es la esencia del valor y sí explica “el sentido del sistema capitalista” porque mientras mayor es el valor de una mercancía, mayor es la explotación y, por ende, la plusvalía.

Pero los ideólogos (o el ideólogo) de la socio-ecología se pavonean de haber “descubierto” un bien que está más allá del valor de uso y del valor de cambio y que no es otro que la vida “dado que siempre tiene valor en sí misma”. Claro, señor, pero, primero, no son ustedes los descubridores de tan grande verdad. El campesino, el obrero, el trabajador, el desocupado, el niño, todos, sin necesidad de ningún título universitario ni de dilucidar sobre la “distinción normativa entre valor de uso-valor de cambio” lo han descubierto antes que ustedes. Y, segundo, saben, por simple intuición, que se encuentra gravemente amenazada. El valor de la vida le da sentido a la lucha que los explotados del mundo libran por la vida. Esto no es ninguna novedad.

La vida, señor, no es una mercancía, ni es un bien, es un estado biogenético que se viene reproduciendo en la Tierra desde hace millones de años. La reproducción sexual, que es la de los animales, incluido el ser humano -no sé si usted se ha dado cuenta-, no se hace en una fábrica, sino en una cama, interviene el amor y no las materias primas, la pareja y no un trabajador. El fruto de esa relación tiene valor intrínseco porque porta vida, pero no tiene valor de uso ni de cambio. Es la vida, esa vida, la que está amenazada por el capitalismo, por lo tanto, con ella no hay nada qué hacer, lo que hay que hacer es cambiar las condiciones históricas para que se desenvuelva en armonía.

En las universidades que usted estudió le deben haber enseñado esto que escribe: “el marxismo olvidó que existe algo más simple e importante que todo: la vida misma” o esto: el marxismo “no resulta una alternativa, sino una teoría que no sale del marco de análisis naturaleza-producción-circulación-consumo, dinero-mercancía-dinero-mercancía” (sic), (dinero incrementado, habrá querido decir), pero aunque no le hayan enseñado, un estudiante inteligente que se sale de los moldes, puede darse cuenta que, si Marx creía en la revolución era porque no creía en las fórmulas que usted repite. Iba más allá, iba a la vida, lo cual no es un descubrimiento de la socio-ecología, sino de Marx.

La “lógica productivista” estará pegada al género humano hasta cuando este desaparezca, señor, incluso si triunfa una revolución socialista; lo cual convierte en un crimen teórico acusar a Marx de “hacerle el juego al mismo capitalismo”. Usted demuestra que ni siquiera conoce superficialmente el marxismo.

Pero sí, señor Secretario Nacional de Educación Superior, Ciencia, Tecnología y otras hierbas, usted tiene razón, la humanidad está amenazada, pero para los marxistas del siglo veintiuno, herederos del pensamiento dialéctico de Marx, desde una “perspectiva marxista”, como usted dice, la verdadera pregunta del millón no es “cuanto valor de cambio se requiere para procurarnos los usos de un bien” sino, qué hacemos frente a esa amenaza de destrucción. Y en la respuesta a esta pregunta es donde fracasan estrepitosamente los ideólogos (o el ideólogo) de la socio-ecología.

Usted, como todo un gentleman, prefiere los salones de la élite mundial para buscar las soluciones. En ellos, ideólogos como usted, pueden lucirse manejando conceptos que de puro elementales parecen novedosos si se los vende envueltos en una “crítica” a sus propios creadores. Esa mirada “amplia y generosa” que usted reclama ha sido sistemáticamente ignorada por los dueños del banquete al que usted asistirá como comensal. Ellos nos han llevado al abismo y, ahora, cuando puede ser demasiado tarde, quieren “hacer algo”.

Otros, como yo, creemos en un nuevo pensamiento y no en las buenas intenciones de nadie, peor de los “popes” del capitalismo mundial que harán todo, hasta ceder parte de sus privilegios, para conservar el sistema que les da riqueza y poder. Otros preferimos la lucha, sin renunciar a nuestros principios, enriqueciéndolos ahora con la filosofía andina del Sumak Kawsay, forma de vida de nuestros pueblos ancestrales, con la filosofía del “otro” o de la “alteridad”, la que los amos del mundo ni siquiera saben que existe. Los que pensamos desde Ñucanchic Socialismo, desde nuestro socialismo, señor, no queremos salvar esta civilización de la mercancía y del valor de cambio, porque dentro de ella ya no hay lugar ni para la esperanza; lo que queremos los revolucionarios de hoy es destruir su raíz y, después de eso, construir una nueva civilización, más humana, más justa, más equilibrada, en la que la mayor parte de lo que consumamos sean valores de uso, elaborados con amor y dedicación para preservar la vida, ese bien que usted ha descubierto “incuantificable” e “inmensurable” .

Si, usted tiene razón, hay un bien que está más allá de todo y es la vida, pero el régimen que usted representa se vanagloria de mandar a nuestros jóvenes a formarse en las “mejores universidades del mundo” para que regresen a seguir lucrando del capital y defendiendo este sistema que destruye la vida, se enorgullece de concesionar nuestra minería y explotación petrolera a ese capitalismo corporativo mundial que diariamente destruye la vida que usted considera invalorable; de fomentar a diario una forma de vida que no tiene respeto por la vida.

David Harvey, ese autor que usted cree que es “uno de los mayores exponentes del marxismo en la actualidad” no plantea, tal como usted, la lucha como solución, apenas dice que los seres humanos no alienados hoy emergen equipados con un sentido nuevo y, como resultado de la experiencia de relaciones sociales contraídas libremente y de la empatía con las diferentes formas de vida y producción, emergerá un mundo donde todos merecerán dignidad y respeto.

Ese mundo social evolucionará continuamente gracias a “las revoluciones permanentes y en marcha de las capacidades y potencialidades humanas”, sin embargo de lo cual, dice, ninguna de las luchas dentro del capitalismo “debería trascender o sustituir a la guerra contra el capital”, de donde se deduce que, para ir más allá del valor de uso y de cambio hay primero que ir más allá del capitalismo. Ustedes, señor Secretario Nacional de Ciencia y otras hierbas, los de Alianza País, son partidarios de la explotación de nuestros recursos naturales para evitar, de esa forma, ser “mendigos sentados en un saco de oro”, dentro del mismo régimen del capital. No son partidarios de la guerra contra el capital, sino de “las revoluciones permanentes y en marcha de las capacidades y potencialidades humanas”, lo cual significa que, para trascender las formas de valor y el capitalismo, tendremos que sentarnos a la vera del camino a esperar que pase, primero, la sociedad “pos neoliberal”, después el “socialismo de mercado”, luego el “bio socialismo”, para, sólo entonces, ver pasar el cadáver del enemigo, ¿o no es así, señor Secretario Nacional de Ciencias y otras hierbas?

Quito, 30 de octubre de 2015.

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REFORMISMO, NEOMARXISMO Y PENSAMIENTO ANCESTRAL

        Desde su surgimiento, en la mitad del siglo XIX, nada ha sido tan combatida como la ideología marxista, entendida como un conjunto sistemático de ideas que explican los fenómenos de la naturaleza, la sociedad y el pensamiento (el ser humano). A pesar del embate furioso de las fuerzas ideológicas opuestas, el marxismo se mantiene en pie, lo que no quita que muchos de sus aspectos se hayan desactualizado en virtud de la evolución lógica de la sociedad, pero las columnas que sostienen el edificio permanecen de pie, imposible de ser derrumbadas por una oposición científico-política incapaz de crear para superarla. Todas son variaciones de un mismo pensamiento, el de la burguesía, que sigue fungiendo como ideología dominante.

            En lo económico, ni los enemigos del marxismo pueden negar la vigencia de la ley de la acumulación y ampliación del capital, sin la cual, cualquier interpretación de la realidad actual, carece de seriedad científica[i]. La ley del valor, implícita en la de la acumulación, es la única que explica cual es el origen de la desigualdad social. Actuar en contra de ellas o, cerrar los ojos a sus efectos, se convierte en un acto político consiente que va en contra de los intereses de la humanidad. La acumulación sin control sólo puede devenir en catástrofe y quizás, a estas alturas, haya comenzado a ser demasiado tarde.

            En lo político, la lucha de clases sólo ha variado el escenario local por el de la “aldea global”, en el cual se tensan ahora las fuerzas del capital y el trabajo, ya no como la lucha entre obreros y burgueses, sino entre una humanidad al borde de la muerte y el poder mundial de un reducido grupo de capitalistas. La propia naturaleza del capital va preparando el escenario de su destrucción. La “democracia occidental” terminará convirtiéndose en el agente destructor y, a la vez, la tumba del sistema.

            Los marxistas del siglo XXI no estamos preocupados por estas verdades evidentes que fueron incorporadas a la cultura humana desde el siglo XIX -así como las leyes de la física mecánica fueron incorporadas al acerbo científico de la humanidad desde finales del siglo XVII-, la principal preocupación para nosotros gira en torno a rescatar el instrumento de análisis más valioso que heredamos del Marx verdadero, me refiero al método materialista dialéctico raigalmente alejado del hegelianismo y que se constituye, no en una doctrina, sino en un método de investigación y una guía de acción, no sólo científica sino, y sobre todo, política[ii].

            Todas las corrientes de pensamiento contrarias a Marx han ignorado este aspecto del marxismo, lo han ocultado o, simplemente, lo han negado, con lo cual han convertido al marxismo revolucionario en un constructo teórico inofensivo, despojado de su inmenso poder revolucionario. Igualmente las corrientes revisionistas que han actuado desde adentro, han tratado de corroer el marxismo. Veamos.

LA SOCIALDEMOCRACIA

            En el siglo XIX el marxismo como ideología se desarrolla en medio de una lucha frontal contra sus enemigos de clase, pero también en contra de aquellos sectores que se decían socialistas. Las corrientes positivistas atacan de frente al marxismo, pero las posturas seudo socialistas tratan de minarlo revisando sus más importantes postulados.

Después de haber saldado cuentas con el “hegelianismo de izquierda”, Marx y Engels tuvieron que luchar contra el proudhonismo, para luego afrontar la lucha contra el anarquismo de Bakunin que culminó con su expulsión de la Segunda Internacional; luego tuvieron que lidiar con filosofías seudo científicas como la de Dürihng. En la década de los años ochenta del siglo XIX el marxismo había llegado a ser el pensamiento dominante del movimiento obrero europeo[iii]. Se iba constituyendo en una fuerza incontrolable para el capital y, por lo tanto, en su mayor enemigo. Después de la Comuna de París, en 1871, para el capital era imprescindible encontrar un dique que contuviera la fuerza del proletariado europeo. Del seno del propio marxismo surgió el remedio en la figura y las tesis del revisionista Eduardo Bernstein[iv].

            El revisionismo de Bernstein no surge por generación espontánea. Después de la Comuna de París el eje de la lucha proletaria se trasladó a Alemania y para 1896 la socialdemocracia alemana ya se había unificado sin tomar en cuenta las tesis insurreccionales planteadas por Marx y Engels en El Manifiesto Comunista y priorizando la visión legalista de la lucha parlamentaria y electoral. El nervio político central de la socialdemocracia alemana fue considerar que se podía hacer la revolución si se tenía mayoría en las urnas. Si así sucedía se tendría mayoría en el parlamento y se podría decretar la abolición del capitalismo e iniciar la construcción del socialismo.

            El revisionismo de Bernstein partía de considerar erróneas algunas de las tesis de Marx, sobre todo en lo relacionado a su pronóstico de que el capitalismo estaba a punto de derrumbarse. Bernstein creía que eso no era posible porque la sociedad estaba evolucionando y, de manera inevitable, la sociedad capitalista terminaría convirtiéndose en socialista. La ideología de la clase obrera estaba para garantizar ese fin.

            Las ideas de Bernstein recibieron la réplica de Kautski, primero y, luego, de Rosa Luxemburgo[v], en una polémica que no se ha zanjado hasta hoy. El revisionismo socialdemócrata de ayer se encarna ahora en el reformismo latinoamericano que ha lanzado la escalofriante tesis de que, para hacer la revolución socialista, primero es necesario fortalecer el capitalismo. La postura teórica de Rosa Luxemburgo fue suficiente, entonces, para rebatir a Bernstein y, sigue siéndolo, para desenmascarar el reformismo contemporáneo.

            La revolución bolchevique de octubre fue la deriva práctica de las tesis revolucionarias de Marx que se enriquecen con el pensamiento de Lenin, desgraciadamente el peso del reformismo alemán dividió al movimiento proletario internacional y permitió la represión brutal del mismo. Ya en el seno de la revolución rusa comenzaba a despuntar la polémica de si era posible el socialismo en un solo país o tenía que internacionalizarse. El reciente capital monopólico de comienzos del siglo XX mandó al matadero a millones de obreros europeos y aprovechó para reprimir la lucha proletaria internacional. Lenin tuvo que encapsular la revolución de Octubre para impedir que muriera en la cuna y León Trotski se fue convirtiendo en el profeta de un internacionalismo proletario que no acababa de llegar.

            Así, pues, el reformismo socialdemócrata de Bernstein tuvo su epílogo en la masacre brutal de la Primera Guerra mundial. La tesis reformista de la evolución inevitable del capitalismo hacia el socialismo se demostró falsa por los cuatro costados. Quedaban en pie las tesis revolucionarias tal como Marx las había planteado en El Manifiesto Comunista[vi] y como Lenin las había demostrado en la práctica: la toma del poder, cuando se agotan los recursos “democráticos”, sólo es posible por medio de la violencia revolucionaria.

            En 1929 el capitalismo monopólico sufrió la primera crisis de sobreproducción de su historia. Todo el sistema se convulsionó con estertores de muerte. Las potencias europeas y los Estados Unidos alimentaron el capital alemán que encontró en Hitler a su brazo ejecutor. El cálculo era destruir la Unión Soviética por su intermedio. La realidad demuestra que la Unión Soviética tuvo que sacrificar más de veinte millones de sus hijos para evitar que la demencia del Fuhrer se los tragara a todos. El innecesario holocausto de Hiroshima y Nagasaki inauguró la era de la guerra fría y, en medio de ella, el escenario de la lucha revolucionaria contra el capitalismo se trasladó al sur. Primero China, Vietnam y Corea, luego Cuba en América Latina, llenaban de esperanza a la humanidad irredenta.

            En la Unión Soviética reinaba el pensamiento único del partido y su líder, habiéndose llegado al extremo de cosificar la ideología marxista y convertirla en razón de Estado, con lo cual Stalin y el partido pretendieron meter la realidad en un molde inventado por ellos, ignorando el método materialista. Menos de un siglo duró el formidable salto histórico que se inició con Lenin. El estalinismo desfiguró el marxismo y oculto las ideas verdaderas de Marx tras los moldes inventados por su dogmatismo. De todas las corrientes que surgieron con la intención de “rescatar” a Marx, merece atención especial la del Neomarxismo de posguerra, sobre todo por la interpretación que en él se hace de los problemas del llamado “tercer mundo”. Veamos

EL NEOMARXISMO

Monthly Review fue el órgano periodístico de difusión del neo marxismo en el Continente Americano. Marcuse, Paul Baran y Sweezi sus principales animadores. Junto a la llamada escuela de Frankfurt en Europa (Pollock, Horkheimer, Adorno), se propusieron, no sólo rescatar el marxismo del dogmatismo estalinista, sino enriquecerlo considerando los problemas del llamado “tercer mundo” o mundo subdesarrollado.

            No es en el diagnóstico donde están las limitaciones del neo marxismo, puesto que en ese aspecto logran hacer una acertada exposición de los problemas del subdesarrollo y demuestran, creativamente, la imposibilidad de que el “tercer mundo” llegue a desprenderse de la cadena mundial de explotación imperialista, considerando, sobre todo, los límites de los mercados nacionales, la baja productividad de esos países y la competencia desigual del capitalismo central que obliga a la periferia a vender materias primas baratas y comprar productos industrializados caros.

            Para los neo marxistas (sobre todo para el egipcio Samir Amin)[vii], la única solución es propiciar una alianza de las burguesías nacionales con el imperialismo, supeditando, en esa alianza, a los trabajadores a la burguesía nacional, mientras se alcance fortalecer el sistema tanto económico (por medio de la transferencia de tecnología que de otra forma sería imposible), como político, suponiendo que la clase política desarrollará la claridad ideológica suficiente para tomar distancia de los explotadores internacionales y luchar por la liberación nacional.

            Ninguna de estas propuestas de los neo marxistas se han hecho realidad a lo largo de estos últimos cincuenta años. El nacionalismo de Nasser en Egipto, por ejemplo, sólo fortaleció la dominación, igual el populismo latinoamericano. Hoy las tesis del neo marxismo se encarnan en el “progresismo” latinoamericano, recurriendo a tesis de Samir Amin, sobre todo.

            Amin plantea como alternativa a las limitaciones de los mercados internos la unión en bloques de los países del tercer mundo, es decir, la integración económica. Si este proceso llegara a consolidarse se produciría, lo que él llama, la “desconexión” de los países atrasados del capitalismo central, con lo cual se alcanzaría autonomía en el desarrollo y, por lo tanto, la anhelada “liberación nacional” de los países dependientes.

            En el fondo, y sólo con variaciones formales y de aplicación en el tiempo, son las mismas fórmulas teóricas del reformismo decimonónico asumidas por el “progresismo” latinoamericano bajo la consigna irresponsable de que, para llegar al socialismo, hay que fortalecer, primero, el régimen capitalista.

NUCANCHIC SOCIALISMO PLANTEA UNA NUEVA SOLUCIÓN

            Quinientos años después de la llegada de los europeos al continente del Abya-Yala los habitantes de estas latitudes todavía tenemos que lidiar con la visión eurocentrista de que somos pueblos salvajes e inferiores. La polémica sostenida en el siglo XVI entre el Bartolomé de las Casas y fray Ginés de Sepúlveda[viii], se mantiene, la única diferencia es que los herederos de Sepúlveda hoy no pueden actuar tan libremente en razón del avance de la lucha por los derechos humanos y civiles del ser humano, pero siguen actuando desde el poder político y económico que han conservado desde entonces. Ese poder, para sentirse seguro, considera que tiene que “blanquear” al otro, asimilarlo, convertirlo en igual, en el mejor de los casos; o, simplemente, mantenerlo segregado y controlado. Ninguna solución económica, política o social, será válida si se parte de esa concepción.

            No han sido válidas las fórmulas de desarrollo planteadas por ese poder político desde la independencia, en el caso de América Latina. Ni el poder terrateniente, ni las variaciones del poder liberal, ni el socialismo clásico, ni el reformismo socialdemócrata, hasta la actualidad, han resuelto los problemas del desarrollo y, no lo han podido hacer, por ese colonialismo genético que el poder dominante lleva en la sangre. Ñucanchic Socialismo, nuestro socialismo, invierte los términos en la comprensión del problema del poder y plantea soluciones posibles.

            Si usamos como método de análisis el materialismo dialéctico heredado de Marx estaremos en capacidad de comprender la invalorable riqueza de la “alteridad”, del ”diferente” que, durante más de quinientos años, ha sido invisibilizada por el poder político dominante. Esa sabiduría, que está recogida en fuentes como los pocos códices que se salvaron del fuego colonialista, en los testimonios de los mismos conquistadores, en las ruinas arqueológicas y en la presencia viva de los pueblos aborígenes sobrevivientes, es la que puede romper el círculo vicioso de las fórmulas del desarrollo occidental[ix]. Ignorar esta realidad es seguirle haciendo el juego al colonialismo dominante.

            A estas alturas, no basta condenar la barbarie, se impone la tarea de rescatar la filosofía ancestral de los pueblos andinos, sin caer en la trampa de pararnos a discutir si tiene o no esa jerarquía. Sí la tiene y, no reconocerla, significa mantener, desde adentro, las cadenas mentales que nos consideran inferiores a la filosofía occidental, lo que no quiere decir que no se reconozca su valía. La “alteridad” debe considerarse en igualdad de condiciones a cualquier concepción filosófica del mundo, condición intrínseca para encontrar las soluciones[x].

            Pero, ¿podemos cerrar la página de la dominación y comenzar desde cero? No es posible. Quinientos años de agresión es tiempo suficiente para haber cimentado un ser social cargado con las ideas dominantes del sistema y haberlo convertido en su soldado defensor. La irrupción del pensamiento ancestral andino se convierte, así, en el acto revolucionario más importante de comienzos del siglo XXI porque, al tener a los pueblos originarios de protagonistas, la filosofía del “otro” se eleva a un nivel transformador, punto en el cual se fusiona con lo mejor del pensamiento revolucionario de occidente que es, precisamente, el marxismo. El “pachamamismo” ciego confunde a los pueblos con una idílica propuesta de regresar a los tiempos precolombinos y, los otros, con negarle validez a la “alteridad”.

            Ñucanchic Socialismo, nuestro socialismo, sabe que la “alteridad”, a un nivel filosófico, es la lógica del oprimido, su concepción del mundo, su ética y su estética, rasgos que, habiendo estado sojuzgados durante cinco siglos, ahora emergen para servir de base a una nueva sociedad y a una nueva civilización[xi].

            Esa lógica, la de los pueblos originarios, tiene su piedra angular, no en la armonía del ser con la naturaleza, sino en la noción del equilibrio[xii]. Ese equilibrio, que se perdió en América con la llegada de los europeos, hay que recuperarlo como condición intrínseca para volver a la armonía. Se trata de un equilibrio estructural.

            Pero no se puede recuperar el equilibrio si antes el poder político no pasa a manos de una vanguardia político-espiritual que encarne la filosofía de la “alteridad”. Esa vanguardia es, por primera vez, diferente a las vanguardias políticas que han existido hasta hoy y la diferencia está en haber llegado a recuperar la memoria de que estamos hechos de los cuatro elementos, fuego, tierra, agua y aire y que, si no somos capaces de cuidarlos y preservarlos, no hay futuro para la humanidad. No es una vanguardia proletaria, como pensaba Marx, tampoco una élite en el sentido liberal y, mucho menos, una casta aristocrática, es una vanguardia político-espiritual conformada por todos los que han abrazado la filosofía de la “alteridad”.

            Como ya dijimos en otro documento: “El último acto de la democracia burguesa será, precisamente, permitir, por ley, la participación de las masas organizadas en la disputa electoral, representadas por una vanguardia político-espiritual que, luchando junto a ellas, sintetice sus aspiraciones. Ñucanchic Socialismo, nuestro socialismo, se está construyendo como esa vanguardia, no de forma clandestina, sino abierta, prevalido del derecho que la democracia burguesa le da. Para nuestro socialismo una democracia dinámica significa la movilización permanente de las masas, antes para alcanzar el poder y, después, para construir la nueva sociedad.”[xiii] Si el poder establecido impidiera el triunfo de esta vanguardia, entonces se justificarían otras formas de lucha para alcanzar el poder, que, siendo insurgentes, serían absolutamente legítimas.

            Ese equilibrio estructural del que hemos hablado se inicia después de la toma del poder por parte de la vanguardia político-espiritual que representa los intereses de la humanidad, sólo entonces es posible iniciar el proceso de construcción de la sociedad del Sumak Kawsay, lo que sólo será posible si se implanta un nuevo régimen de propiedad.

Las sociedades pre colombinas se construyeron sobre la base de la propiedad comunitaria de la tierra que, para Ñucanchic Socialismo, significa la verdadera transformación de la matriz productiva. Somos partidarios de un socialismo agrario que, en la práctica, significa romper el círculo vicioso del desarrollo burgués. La “desconexión” de la que nos habla Samir Amin si es posible, siempre y cuando rompamos la estructura productiva del capital. Marx entendió “que la humanidad debía volver al régimen de propiedad comunitaria en un momento superior del desarrollo de las fuerzas productivas, lo que engarza dialécticamente con los fundamentos civilizatorios de las sociedades del Sumak Kawsay Revolucionario.”[xiv]

            Un régimen de propiedad comunitaria de los medios de producción no significa el monopolio de la propiedad por parte del Estado, lo que generaría un nuevo desequilibrio. Ni el emprendimiento individual, ni la mediana y pequeña propiedad, pueden ser eliminadas por decreto, porque desde el advenimiento de las sociedades clasistas se han arraigado profundamente en la conciencia humana; pero si pueden coexistir con las formas de propiedad comunitaria, todas las cuales pueden, perfectamente, ser controladas por el Estado hasta el fin del nuevo siclo, después de lo cual, en un nivel superior (un nuevo Pachacutik), se volverá a reajustar esa estructura, en un proceso cíclico infinito.

            Como se puede ver, este es el análisis y planteamiento de Ñucanchic Socialismo, nuestro socialismo, que nada tiene que ver con la fraseología barata de los “demócratas” defensores del sistema que creen que el mérito está en escupir el rostro del mandatario de turno para aconsejarle cómo debe proceder, en un cacofónico discurso que ha terminado convirtiéndose en tribuna del ego y la vanidad; peor con la izquierda ortodoxa, incapaz de salirse de los moldes estalinistas, menos con la izquierda “arrepentida” que, habiendo sido durante décadas una izquierda reformista ahora se autocalifica de revolucionaria y, mucho menos, con la “izquierda” correista, embustera y mentirosa que sigue usando el poder para mantener la dominación burguesa y colonialista.

            Ñucanchi Socialismo, nuestro socialismo, el de Nuestra América, el de la “alteridad”, el de la filosofía de nuestros ancestros fusionado con lo mejor del pensamiento revolucionario de occidente, invita a todos los ecuatorianos al gran “temazcal” de la Patria en el cual iremos forjando la vanguardia político-espiritual que, desde el pueblo, construirá un nuevo Ecuador y aportará con su ejemplo para salvar a la Humanidad.

Quito, 24 de octubre de 2015    

[i] Hedz, Sebastian y Deytha, Alan: El capitalismo y la economía científica, versión electrónica, cap. I.

[ii] Weil, Simone: Reflexiones sobre las causas de la libertad y de la opresión social, Ediciones Godot, Buenos Aires, 2014.

[iii] Véase Lenin: Marxismo y revisionismo, Obras Escogidas, Edit Progreso, Moscú, s/f, T. I.

[iv]: Eduard, Bernstein: Socialismo evolucionista, Introducción de Rafael Argullol, Edit. Fontamara, s/f.

[v] Luxemburg, Rosa: Reforma social o revolución, en: Escritos políticos, Grijalbo, Barcelona, 1970.

[vi] Marx y Engels: El Manifiesto Comunista

[vii] Amin, Samir. Geopolítica del imperialismo contemporáneo, en libro: Nueva Hegemonía Mundial. Alternativas de cambio y movimientos sociales. Atilio A. Boron (compilador). CLACSO, Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, Buenos Aires, Argentina. 2004, p. 208.

[viii] Ginés de Sepúlveda sostenía que los nativos americanos no tenían alma, motivo por el cual no eran propiamente humanos.

[ix] Oviedo Rueda, Jorge: Véase: https://nucanchisocialismo.com/2013/06/04/el-sumaw-kawsay-revolucionario-skr-base-conceptual-de-una-nueva-civilizacion/

[x] Véase Dussel, Enrique: Filosofía de la liberación, s/edit, Bogotá, 1980.

[xi] Véase Roig, Arturo Andrés: Caminos de la filosofía latinoamericana, Universidad de Zulia, Venezuela, 2001.

[xii] Véase: Oviedo Rueda, Jorge: Del Estado, la izquierda y la revolución en el Ecuador, Letramía Editorial, Quito, 2015, pg. 90 y ss.

[xiii] Oviedo Rueda, Jorge: Véase: https://nucanchisocialismo.com/2015/09/05/la-democracia-autoritaria-del-correismo-vs-la-democracia-dinamica-del-movimiento-popular-2/

[xiv] Oviedo Rueda, Jorge: Del Estado, la izquierda y la revolución en el Ecuador, Letramía Editorial, Quito, 2015, pg. 94.

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LA GRAN PELEA

                        ¿Sabía usted que uno de cada cuatro niños en el Ecuador sufre de desnutrición, que de ese porcentaje la inmensa mayoría son niños campesinos o suburbanos; que el índice de desempleo supera el 10% de la PEA, lo que quiere decir que más de cuatrocientos mil ecuatorianos no tienen qué comer; que la informalidad se acerca al 50% de la población; qué la productividad agrícola es una de las más bajas del mundo; qué la concentración del capital hace felices a unas pocas familias y desgraciadas a la mayoría; qué persiste el analfabetismo y que la comprensión lectora (los que saben leer pero no comprenden lo que leen) es alarmante; qué deforestamos a ritmos galopantes; qué contaminamos el agua, qué erosionamos la tierra fértil, qué la inseguridad crece, que la prostitución igual, qué somos supersticiosos y fanáticos, que tenemos la peor TV del mundo, qué la cultura se define en las élites, que importamos casi el 100% de lo que consumimos, qué no aprovechamos el turismo, qué nuestra economía está cayendo en manos de los narcotraficantes, qué la droga mata a nuestros jóvenes, qué el cambio de la matriz productiva es una farsa, qué el aceite de la corrupción se extiende por todo el gobierno, qué hemos duplicado la deuda externa, qué crece el déficit presupuestario, que mandamos a nuestros jóvenes a las “mejores universidades del mundo” para que al volver sigan actuando en el egoísmo empresarial y la defensa del sistema, qué estamos olvidando nuestra Historia, qué nos invade la cultura norteamericana, qué somos racistas, en fin, qué somos un saco enorme de problemas a los que nadie enfrenta?

            La gran pelea del siglo es contra estos males, no entre un bocón de barrio y otro dispuesto a ganar notoriedad.

La Hora, 21-10-2015

           

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SIN CARETA

            La imagen de Nebot estrechando la mano de Correa puede ser un punto de llegada y, al mismo tiempo, de partida. Se acabó la farsa revolucionaria y queda allanado el camino para la consolidación del Estado-nación burgués.

            El proyecto de construcción del Estado-nación se cocinó en los salones de las clases dominantes, incluidas la Iglesia católica, las Fuerzas Armadas, la Policía Nacional y demás instituciones del establishment. Era la respuesta secreta al empuje de las masas explotadas por el neoliberalismo. La derecha tenía clara su visión de futuro, la izquierda estaba más ciega que un topo.

            Movido por un remordimiento de conciencia Mashi Rafael, en cada sabatina, dice que los millones del petróleo no han sido gastados sino invertidos en la infraestructura necesaria para el “buen vivir”, pero no dice que toda esa obra es una exigencia del capitalismo corporativo mundial para hacer a nuestro país más funcional a sus intereses, no dice que toda esa obra bien pudo haber esperado mientras la riqueza se invertía en cambiar de verdad la matriz productiva y crear las fuentes de trabajo que hacen la felicidad real del pueblo. Ahora tenemos una casa confortable, pero en nuestra mesa de comer ya no tenemos ni esperanzas.

            Los “revolucionarios” de AP se han sacado la careta. Al abrir las puertas a la inversión empresarial están aceptando que la revolución productiva les importa un pepino. Los trabajadores seguirán en manos de los empresarios.

            Desde una perspectiva revolucionaria queda claro el reencuentro de la vieja oligarquía con la nueva. Desde hoy Nebot vigilará que el sistema se conserve y Correa, como un servicial peón, se encargará de hacer los cambios cosméticos necesarios a los que seguirá llamando “revolucionarios”.

            ¡Basta de farsas!

La Hora, 14-10-2015

 

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LA GUERRA, ESE MONSTRUO

            El imperio más grande de la modernidad nunca ha librado una guerra en su territorio. El cuestionado ataque terrorista a las Torres Gemelas fue apenas un pinchazo hipodérmico comparado con las masacres brutales de las dos guerras mundiales. Sin embargo, el imperio norteamericano tiene tachonado el planeta con sus bases militares y libra, fuera de su territorio, guerras absurdas.

            Durante la guerra fría los yanquis inventaron el concepto de “guerra limitada”. Decían que con conflictos focalizados en distintos puntos del planeta se podría evitar la guerra total. Creían que su superioridad bélica les hacía invencibles en el mundo. En Vietnam se dieron con la piedra en los dientes.

            ¿Lo hacen por qué son los adalides de la libertad o por qué son los defensores de la democracia? Nada de eso, la única razón que existe es que el ejército norteamericano está concebido como una descomunal empresa de fabricación de armas, cuyo objetivo final es matar gente con bajos costos y altos beneficios. La empresa criminal más grande del mundo.

            A los yanquis, la concepción empresarial de la guerra les impide ver la dignidad de los pueblos. No pudieron en Vietnam, tampoco en Iraq ni en Afganistán, ni podrán jamás en Palestina. Su diabólica política creó el Estado islámico que ahora amenaza con devorarles por una pata. Putin ha decidido intervenir a favor de los intereses de Siria, los yanquis no pueden bombardear a los yihadistas, Europa tendrá que apoyar a los yanquis, la “guerra limitada”, como concepción, se derrumba. El negocio de la guerra está triunfando, sólo que ahora, en una “guerra total”, la eficacia de las máquinas de matar es cinco mil veces superior a las bombas de Hiroshima y Nagasaki.

            ¡Madre mía! Sólo nos queda decir ¡amén!

La Hora, 7-10-2015

 

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EN LA ONU

            Hace unos días, en mi cuenta de tiwter, escribí que Correa diría en la ONU que en el Ecuador todo marcha bien, pero que no diría que los ecuatorianos estamos nerviosos, con miedo al futuro y un/a diligente partidaria del Mashi (@aledelsalto1) me ha contestado “que no tenga miedo, que abra los ojos, que la ONU ya ha reconocido el avance del Ecuador y por eso le han invitado a la mesa directiva.”

De lo que dijo Correa en esa tribuna mundial copio unas pocas perlas: “Es necesario caminar a una declaración universal de los derechos de la naturaleza.» “Si no protegemos el único planeta que tenemos, podría empezar el entierro de nuestra civilización.” “Las empresas transnacionales deben terminar los abusos ante los estados del sur.”

¿Cuánta sinceridad hay en estas palabras?, ¿cuánta honestidad? Cuando el Che estuvo en la ONU las fuerzas de la reacción mundial tuvieron que ponerse en movimiento para contener la marea popular continental. Había detrás de sus palabras la dinamita de la razón de los desamparados, la voluntad de luchar hasta vencer o morir. Nunca en la ONU sonó con tanta fuerza la voz del pueblo.

Ahora las palabras de Correa suenan huecas, aunque lleven razón. Se han convertido en el oropel que adorna la personalidad de los líderes del “progresismo” latinoamericano que van por el mundo sosteniendo que, para hacer la revolución, hay que fortalecer el capitalismo para lo cual abren las puertas a los abusos de las transnacionales extractivistas, ponen luz verde a la agricultura transgénica, agreden “técnicamente” a la naturaleza y bajan la cabeza ante el amo.

Claro @aledelsalto1, así ¿cómo no va a tener el Mashi el honor de sentarse en la misma mesa de los dueños del mundo? Ellos nunca le hubieran extendido la misma invitación al Che, no lo dude.

La Hora, 30-09-2015

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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HUELE MAL

            Un escándalo mal oliente se ha cocinado en el seno del Municipio Metropolitano de Quito. Dos concejales, un “macho” y una MUJER, son los protagonistas.

            Ella le ha puesto una demanda al “macho” por atentar a su honra después de que él colgó en las redes un video en el que la caracteriza como una “ofrecida”, sexualmente, se entiende. La carne débil del “macho” contra la carne pecadora de la “hembra”. La concejal dice estar dispuesta a pasar la vergüenza pública para denunciar uno de los peores males que nos aquejan, como es el machismo.

            Bien por ella, bien por sus intenciones, bien por sus objetivos, pero el tema va más allá del escándalo, tiene que ver con el tipo de sociedad que queremos y con los objetivos nacionales que el Estado se plantee sobre este y otros problemas de interés. En lo que al machismo se refiere es un problema que tiene raíces profundas que se hunden en una conciencia heredada desde épocas coloniales y que los ecuatorianos no hemos podido superar.

            Tiene que ver con la familia, entendida como el “núcleo fundamental” de la sociedad. ¿Qué tipo de familia? En la familia patriarcal, que se sustenta en el espíritu católico, apostólico y romano se reproduce el machismo como elemento natural de la vida cuotidiana y en la familia burguesa, signada por la preeminencia de las relaciones económicas, de igual manera. De tal forma que, estructuralmente, no podremos cambiar mientras no tengamos una visión crítica de la familia tradicional ecuatoriana.

            La relación con libertad de la pareja, sin condiciones, ni subordinación, con autonomía intelectual y soberanía sexual, es una aspiración que, estando en la base de una verdadera revolución, cambiaría de verdad el ambiente “municipal y espeso” de estas batallas ético-morales que huelen tan mal.

La Hora, 23-09-2015

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