EL SUMAK KAWSAY REVOLUCIONARIO (SKR) Y LA EDUCACION

LA EDUCACIÓN ES LA CLAVE DE LA DOMINACIÓN

Si hay una verdad como una catedral es que la educación ha sido siempre la clave de la dominación. Pocos quieren ahora recordar ese libro clásico del pensamiento marxista latinoamericano titulado Educación y lucha de clases del argentino Aníbal Ponce. Lo recuerdo al inicio de esta reflexión porque esas ideas ya pertenecen al acervo cultural de la humanidad y no necesitan demostración. Educar ha sido siempre tarea de las clases dominantes para conservar el sistema de dominación.

La historia de la educación comienza con los chamanes de la comunidad primitiva. Mientras más cerrado ha sido el bloque de la educación, mayor solidez ha tenido el sistema. El pensamiento platónico y aristotélico coincide con la época del esplendor griego, esto es, con la curva más alta de su civilización. A ninguno de los filósofos de esta época se le pudo ocurrir que el esclavo era sujeto de derechos. Hacerlo hubiera equivalido a crear una fisura en el bloque de la dominación patricia. Los griegos educaban en el principio inamovible de que los sabios estaban destinados a gobernar, los militares a ampliar por las armas la esclavitud y los esclavos a trabajar para sostener la sociedad. Nada podía alterar esta estructura y la educación en Grecia y Roma, giraba alrededor de esta verdad inamovible. Se educaba al dueño de esclavos, pero también al esclavo, a quién no se le podía hacer dudar de que esa era su condición “natural”. De que el esclavo no tomara conciencia de su miserable condición, dependía que el sistema se perpetuara. La esclavitud comienza a declinar porque, al no ser un sistema intensivo, tenía que crecer extensivamente para sostenerse. Los imperios esclavistas de la antigüedad clásica (Grecia y Roma) abarcaron todo el mundo conocido de entonces. No pudieron ir más allá porque la esclavitud había agotado sus posibilidades productivas y los pueblos “bárbaros” traían ya otra forma de producción.

Pero en el seno del sistema esclavista surgió la idea de su destrucción. Eso sucedió cuando el cristianismo le hace ver al esclavo que en el mundo debe reinar la paz y el amor y que todos somos hermanos. Yo traigo un nuevo mandamiento, dijo Cristo, ese es “ama a tu prójimo como a ti mismo”. En medio de la violencia esclavista estas sencillas ideas de amor y paz produjeron una violenta conmoción. Los esclavos comenzaron a huir de los esclavistas, dejando los campos vacíos de mano de obra. Los césares los persiguen, no por cristianos, sino porque habían comprendido la importancia de la libertad. Se había roto el bloque de la dominación mental y ya nada podía detener este avance histórico. Tres siglos más tarde, cuando ya la realidad se había impuesto a los intereses de los patricios esclavistas, un emperador, Constantino, cree conveniente y necesario unirse al enemigo y proclama al cristianismo como religión oficial del decadente imperio romano. Para entonces, las formas “bárbaras” de producción se habían extendido a casi todos los pueblos de la Europa central y mediterránea. La fuerza de los “bárbaros” traía consigo el feudalismo.

Más de mil años dura la educación feudal. La Iglesia asume la tarea. Patriarcas como San Agustín elaboran la teoría, primero; luego, en la alta edad media, Santo Tomás de Aquino. Se le enseña al siervo que las miserias de la vida terrenal tienen su recompensa en el cielo y que aquellos que se nieguen a vivir en la Ciudad de Dios (la Iglesia), irán a pagar sus culpas en el infierno. Se negaban las verdades racionales, sólo existía la verdad revelada que estaba en la Biblia y que sólo podía ser conocida e interpretada por los sacerdotes, agentes de la iglesia católica, apostólica y romana. Aliada con el poder monárquico la Iglesia dominó la educación durante todo el medioevo. En el siglo XV, cuando la fe de los pueblos comienza a tambalearse, se funda el Tribunal de la Santa Inquisición Española para combatir la herejía y el desacato a Dios. Fueron largos siglos de dogmatismo, en la que la Iglesia impuso, en todo el sistema educativo, el pensamiento escolástico, basado en la fe y no en la razón.

LA REVOLUCIÓN CIENTÍFICA DEL SIGLO XVII Y LA MODERNIDAD

Renato Descartes es el filósofo que, a comienzos del siglo XVII, sintetiza la ruptura con el pensamiento escolástico. La visión científica de hombres como Copérnico, Kepler o Galileo se sistematiza en el método cartesiano que convierte al método matemático en su base gnoseológica. Desde entonces la ciencia se identifica con el método cartesiano. Con el método cartesiano se inicia la noción de modernidad que se complementará con la física mecánica de Newton y el imparable desarrollo de todas las ciencias durante el siglo XVIII y XIX.

La gnoseología cartesiana supera las concepciones aristotélicas precisamente en el método. Tanto la una como la otra parten de entender al sujeto cognoscente fuera del objeto por conocer. Si Aristóteles supone que los sentidos son los vehículos transmisores de las cualidades del objeto, Descartes propone una forma sistemática de acercarse, también por medio de los sentidos, a él, pero esta vez a su esencia. Esa “forma sistemática” es el método científico. Consiste en desagregar la unidad, esto es, en analizar sus partes componentes. Analizar es igual a desmenuzar, separar, descomponer, descoyuntar, ver cada parte por separado y cada parte reducirla a su mínima expresión. Sólo entonces el sujeto está en condiciones de saber cómo es el fenómeno, fin último que el sujeto (científico) lo consigue por medio de la inducción, la deducción y la síntesis.

Desde hace más de cuatro siglos la ciencia procede de esta forma. La civilización actual es fruto de este proceder científico. La física mecánica de Newton, las corrientes filosóficas del siglo XVIII, la democracia representativa, el modo de producción capitalista, el portentoso desarrollo tecnológico, son su resultado. Si somos capaces de viajar en el espacio interestelar, si hemos descifrado los secretos de la naturaleza, si construimos enorme represas, si viajamos a velocidades superiores a las del sonido, si disfrutamos de miles de inventos que hacen nuestra vida cotidiana más fácil y agradable, así como si hemos inventado y construido máquinas inverosímiles, todo, sin excepción, es resultado de la aplicación práctica del método cartesiano. Pero si esta es la una cara de la medalla, la otra arroja un resultado negativo.

Hemos sacado los combustibles fósiles de las entrañas de la tierra para convertirlos en gases contaminantes en la atmósfera, hemos deforestado las selvas, contaminado las aguas, deshielado los polos, acabado con especies animales y vegetales, convertido al planeta en un inmenso basurero y el ser humano mismo se ha convertido en un monstruo de egoísmo. Nadie se atreve seriamente a dudar de que hemos llegado al borde del abismo. No quedan casi esperanzas -si continúa esta inconciencia de identificar el método científico cartesiano con el progreso y la civilización-, de legar a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos un lugar sano donde puedan vivir en paz y armonía con su conciencia y con su entorno.

Es que el método civilizatorio inventado por Descartes y aceptado por la ciencia occidental es por su naturaleza inhumano. No contempla en sus supuestos gnoseológicos la consideración de que en las partes de un todo está a la vez el todo y que la separación de un componente lo destruye a él y al todo al que pertenece. No comprende que el aletear de una mariposa tiene que ver con la marcha de las constelaciones.

Ese proceder sólo se explica porque se sigue educando en la idea de que ese es el proceder científico correcto. Esta sencilla idea catastrófica es la que sirve de base a la educación actual a nivel mundial. Las élites científicas, vinculadas a las élites políticas y económicas, siguen educando a las nuevas generaciones en esta idea, elevando cada vez más los niveles de excelencia y eficacia en los procesos de enseñanza-aprendizaje. Es decir, acelerando la catástrofe.

EL SUMAK KAWSAY REVOLUCIONARIO (SKR) PROPONE UNA NUEVA EDUCACION

El gobierno de la revolución ciudadana usa de manera irresponsable algunos términos propios de la filosofía ancestral. Cuando no se tiene la determinación de unir los conceptos a la acción, se entra en el nivel de la charlatanería. Este gobierno sabe que cada vez se agotan más los discursos clásicos del desarrollo y que los pueblos cada vez creen menos en ellos, sabe que en el pensamiento ancestral hay una cantera real de alternativas y ha decidido entrar en ellas para explotarlas, no para transformar la realidad, sino para prolongar la explotación. No de otra forma se explica el uso fatuo y ligero de concepciones civilizatorias ancestrales como las del Sumak Kawsay o, en el terreno de la educación, del Yachay.

La palabra Yachay en la filosofía precolombina andina es equivalente a conocimiento, pero ella misma grafica el concepto. Yachay se puede leer de izquierda a derecha y viceversa, simboliza que la unión se da entre sujeto y sujeto, no importa si el otro es animal, vegetal o mineral, no entre sujeto y objeto. El conocimiento es un proceso en el que las dos partes se contienen mutuamente, nunca un proceso unilateral en el que el uno “chupa” conocimientos del otro hasta dejarlo vacío. La base gnoseológica del conocimiento ancestral es cualitativamente distinta de la filosofía de occidente.

Este principio supera el método cartesiano. Al no haber yuxtaposición entre sujeto y objeto no es necesaria la descomposición del fenómeno para su “análisis”. Si el agua que corre en la naturaleza es la misma que corre por las venas de los seres humanos, lo natural es que nuestra inteligencia se preocupe de cuidarla porque de llegar a contaminarse se contaminará también el cuerpo humano; si las plantas limpian el aire que respiramos y si el aire que respiramos sirve para metabolizar la energía corporal que consumimos, no se nos puede ocurrir matar las plantas para que se envenene el aire; si para obtener oro tenemos que violentar el entorno con todo lo que él contiene, la lógica nos dice que es mejor que el oro se quede donde ha estado millones de años; si quemar combustibles fósiles produce el calentamiento global, es mejor no quemarlos; si liberar la energía atómica puede poner fin a la vida del planeta, es mejor mantenerla cautiva; si consumir sin límites convierte a nuestro mundo en un colosal basurero, debemos poner límites al consumo irracional; si para alimentarnos tenemos que asesinar a otras especies, debemos considerar otras formas de alimentación; si para vivir en paz tenemos que declarar la guerra, debemos revisar seriamente nuestra psiquis.

¿Por qué no somos capaces de aplicar esta lógica elemental y hacemos exactamente lo contrario? ¿Dónde está la raíz de esta lógica destructiva? Sin duda en la educación cartesiana que se sigue impartiendo en el mundo occidental como sinónimo de ciencia.

Después de la Revolución Francesa, cierto que la educación se democratizó, porque el nuevo Estado liberal tuvo que extender la educación al “estado llano”; pero siguió siendo una educación marcadamente elitista. Pasa a manos de los nuevos dueños del poder, cuyo objetivo final será mantener el control político de la sociedad y los privilegios económico-sociales adquiridos con el triunfo revolucionario. No se hace otra cosa que cambiar las formas, preservando, con mucha sutileza, la esencia conservadora de la educación tradicional. Ha llegado la época de reproducir un sistema que, se dice, está llamado a ser eterno.

Los fines políticos del nuevo sistema encuentran en la ciencia cartesiana el vehículo más idóneo. Se educa en dos principios inamovibles: el individualismo y el lucro, valores consubstanciales a la economía de mercado. Son más de doscientos años que el sistema educativo ha ido perfeccionando la pedagogía del desastre.

La época de la globalización lleva esa perfección a extremos inimaginables. La universalidad es ahora la uniformidad de los saberes en el marco de la defensa de los intereses del capital. A más excelencia mayor nivel de inconciencia existe en los profesionales, científicos, maestros, en fin, agentes del sistema, con respecto a la imperiosa necesidad de enfocar la producción necesaria para el ser humano desde una óptica de responsabilidad civilizatoria. No es suficiente el discurso ecológico, se ha vuelto imperativo el compromiso ambiental, la acción práctica en defensa de la vida del ser humano y su entorno.

Eso es posible sólo si se cambian las bases gnoseológicas del conocimiento y por consiguiente los fundamentos pedagógicos del proceso de enseñanza-aprendizaje.

La educación se mide por los fines que persigue. El SKR propone educar a las nuevas generaciones en base a los presupuestos gnoseológicos del Sumak Kawsay.

El motor propulsor del conocimiento debe ser la relación entre sujeto y sujeto. No importa si la parte contraria es animal, vegetal o mineral. Ambos están en condiciones de asimilar y proporcionar conocimientos en un proceso dialéctico de intercambio o transmisión. Lo que uno es, se refleja en lo que el otro es y viceversa. Este método implica el respeto al otro, no importa si es diferente. Si se sigue educando en la idea de que el ser humano es el rey de la creación, seguiremos destruyendo al otro, hasta que la soledad nos aniquile.

Se debe educar en la idea del estar, no en la del llegar a ser. Estar feliz es cualitativamente diferente a querer ser feliz. Se está feliz porque se tiene conciencia de que somos una parte del todo y a la vez somos el todo. El yo entiende el mundo porque se sabe parte del todo y el mundo entiende al yo porque sin él el mundo no está completo. La educación cartesiana ha eliminado los vasos comunicantes que existen entre los sujetos del conocimiento convirtiendo a cada uno en una isla. No se resuelve esta mutilación ontológica pidiéndole al ser que tome conciencia de la misma, mientras se refuerza la educación deshumanizada. Se resuelve humanizando la educación y educando a las nuevas generaciones en sus principios, de tal manera que obtengamos como resultado una práctica humana.

El SKR propone una educación multidiversa que permita al individuo percibir las diversas dimensiones en que se desarrolla la vida. La educación cartesiana ha mutilado la intuición como un sentido más de nuestra percepción y resulta imperativo desplegar estrategias pedagógicas que tiendan a recuperarla. Yachay, la ciudad del conocimiento -si quiere aportar a la transformación del mundo-, debe dedicarse a investigar este tipo de problemas y surtir al sistema educativo nacional sus logros.

La investigación debe encaminarse a la invención, creación y aplicación de una ciencia capaz de accionar armónicamente con la naturaleza, la sociedad y el ser humano, recuperando la capacidad del ser para crear una nueva ciencia y junto con ella sus aplicaciones tecnológicas prácticas. Esto no significa que se debe comenzar de cero. El SKR cree que se debe hacer un inventario científico para establecer cuáles son los logros que la ciencia cartesiana ha hecho al progreso de la humanidad, rescatarlos y usarlos responsablemente en el marco del respeto y conservación de la naturaleza.

Cuentan los cronistas que cuando Cortez llegó a México, Moctezuma hizo que uno de sus hombres sabios volara sobre sus cabezas sentado en una fina lámina de oro. Dicen que para hacerla volar el hombre usó una especie de palillos de vidrio con los cuáles golpeó la lámina. Si en ese tiempo la ciencia hacía prodigios de esa naturaleza, no vemos por qué ahora tenemos que destruir la naturaleza para sobrevivir. La imaginación científica moderna ha hecho posible contener la luz solar en una simple botella de plástico, lo que da la luz equivalente a una bombilla de 80 watios, prodigio que ahora los habitantes pobres de los suburbios filipinos lo usan a discreción para no pagar el consumo de luz eléctrica. Esa es la ciencia que propugna el SKR.

¿Será que el Buen Vivir ciudadano está pensando en este tipo de educación? No hay tal propósito. Creo que hay un nivel inaudito de irresponsabilidad histórica en el uso de las nociones del Sumak Kawsay. Este concepto es la base conceptual de una nueva civilización y para poder llevarlo a la práctica se necesita educar a las nuevas generaciones en estas concepciones. La revolución ciudadana cree que las nuevas generaciones deben educarse en la excelencia cartesiana, lo que significa seguir haciendo lo mismo que durante siglos ha hecho la educación occidental, perfeccionando el método del desastre que nos seguirá acercando, de forma segura, al abismo.

 

JORGE OVIEDO RUEDA

Para Línea de fuego, Quito

Quito, 5 de julio de 2013.

 

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