DEL ESTADO LIBERAL AL ESTADO DEL BIENESTAR

UN POCO DE HISTORIA

En la teoría política pocos temas son tan polémicos como el del Estado. Se puede estar con él o contra él y también se puede hacer equilibrio entre las dos posiciones; pero jamás se lo puede ignorar.

Dice Rousseau que el Estado surgió cuando a alguien se le ocurrió inventar las palabras tuyo y mío, lo que quiere decir cuando se crearon ciertas condiciones históricas como, por ejemplo, la existencia de un excedente económico, la noción de la propiedad privada y, como consecuencia, la diferenciación de clases. La apropiación del excedente económico colectivo por parte de los funcionarios privados, delegados por la misma colectividad, da lugar, al cabo del tiempo, al surgimiento de la sociedad clasista, cuya primera expresión histórica fue la de la esclavitud individual. El Estado defendido por Platón y Aristóteles fue el Estado esclavista en cuya cúpula debían estar los sabios, seguidos de los militares que debían conquistar más territorios para la esclavitud y, en la base, los esclavos, que debían trabajar para sostener a toda la sociedad. Grecia y Roma perfeccionaron el Estado esclavista y construyeron grandes imperios. El cristianismo marca el punto de inflexión de la esclavitud como sistema, viendo la humanidad, al cabo de dicho proceso, surgir otra forma de producción, esta vez basada ya no en el trabajo de los esclavos, sino del siervo de la gleba. Después de que el emperador Constantino proclamara al cristianismo como la religión oficial del imperio romano de occidente, San Agustín sentó las bases del pensamiento escolástico que, en lo atinente al Estado, estableció el derecho divino de los reyes a gobernar la sociedad. Nace de esta teoría el Estado monárquico que estará en vigencia hasta el siglo XVIII, cuando el pensamiento racionalista socavará las bases del Estado aristócrático-feudal y dará lugar al nacimiento de otro tipo de Estado, el que desde entonces representa los intereses del capital.

EL ESTADO LIBERAL

A mediados del siglo XVIII, en su famosa obra, Adam Smith sostiene que la riqueza de las naciones, por primera vez en la Historia, ya no depende de la tierra sino de la industria, que en su tiempo apenas estaba naciendo. Años más tarde, en 1789, la revolución francesa pone fin al dominio monárquico y da inicio al régimen liberal o de la nueva democracia. Toda la ciencia política del iluminismo se reduce, en esencia, a demostrar que la base del derecho político no era la Divina Providencia sino la gente común, el estado llano o los ciudadanos, se decía. Desde Locke hasta Rousseau, pasando por Montesquieu, se creía, con razón, que en este principio estaba la piedra angular del nuevo sistema.

La convulsión revolucionaria de 1789 terminó en la corona monárquica de Napoleón Bonaparte, pero ya la rueda de la historia no podía girar para atrás. Napoleón mismo se encargó de extender por toda Europa el nuevo régimen; detrás de la monarquía napoleónica estaba el capital burgués. Esta etapa nos enseña que la Historia no tiene manuales de procedimiento. Cuando nace una nueva forma de producción, el ser humano tiene que saber crear para adaptarse a la Historia, no al revés. Por eso Tocqueville, después de observar la entonces pujante sociedad norteamericana, escribió que el peor peligro del nuevo sistema era la amenaza evidente de una próxima “dictadura de las mayorías”. La burguesía decimonónica se encargó de tranquilizar las aguas de la agitación aristocrática. No, señaló, nada de eso sucederá mientras ustedes nos ayuden a mantener el control del Estado. Y sucedió exactamente así. La democracia sirvió para legalizar la dictadura de la burguesía que, desde entonces, adopta la forma del Estado liberal y cuyo secreto es haberse ido perfeccionando hasta nuestros días, creando siempre el espejismo de que este Estado, al ser perfectible, es el mejor.

En sus orígenes el Estado liberal vio con impavidez criminal el sacrificio de los trabajadores. Legisló en su contra y a favor del capital. Se auto limitó a permitir el libre juego de las fuerzas del mercado, es decir, vigilar que la iniciativa empresarial tuviera éxito, también a construir la infraestructura necesaria (carreteras, edificios, energía, etc.) para que la burguesía pudiera hacer sus negocios sin problemas y a crear el marco jurídico que la favoreciera. En términos sencillos, el Estado funcionaba como una sociedad anónima cuyos beneficiarios eran los señores empresarios. Mientras tanto la clase trabajadora agonizaba en la pobreza y las necesidades.

El régimen económico que este Estado defiende por su naturaleza genera desigualdades. Concentra la riqueza en un extremo y en otro la pobreza. Las naciones europeas, sobre todo después de la Comuna de París, 1871, llegan a la conclusión de que no pueden quedarse con toda la riqueza porque al hacerlo estaban aumentando la presión social. La burguesía europea de fines del siglo XIX cree que aliviar un tanto la pobreza social no era ni empobrecerse ni destruir la maquinaria de su negocio y decide, vía del Estado, trasladar algo de su riqueza a las masas pauperizadas. Surge, entonces, la noción del Estado social. En Europa el Estado social se preocupa de crear condiciones para mejorar las condiciones de vida de la sociedad en su conjunto. Desde entonces los suburbios tiene alcantarillado, luz eléctrica, servicios y, paulatinamente, se va introduciendo la seguridad social como ayuda y asistencia a ciertas necesidades básicas del ser humano.

A nivel estructural la economía pre monopólica va cediendo a la concentración del capital y de la producción en los países centrales de Europa y de los Estados Unidos. La edad de oro del capitalismo mundial había llegado a su máxima expresión. A comienzos del siglo XX Estados Unidos sobrepasa ya los niveles de desarrollo de Inglaterra y comienza a proyectarse como una de las principales potencias del mundo. La primera guerra mundial dispara la capacidad productiva del capitalismo, norteamericano, sobre todo, y la economía mundial entra sin trabas en su etapa monopólica.

Los grandes truts y carteles capitalistas producen alegre y despreocupadamente convencidos de que el crecimiento del capital es ilimitado. La crisis de 1929 les despierta de este dorado sueño. Abrieron los ojos a una realidad apocalíptica cuya peor amenaza era la del régimen socialista ruso que había triunfado al mando de Lenin en 1917. Todo hacía suponer que el fin de la civilización del capital había llegado. Los locos años veinte no eran sino un nostálgico recuerdo de los años de prosperidad.

En los años treinta la figura de Keynes se convierte en la del profeta salvador del capitalismo con su teoría del empleo, el interés y el dinero, pero sobre todo con su original y renovadora visión del Estado. A sus ideas le debe el capitalismo su recuperación. Después de la segunda guerra mundial las ideas de Keynes surgirán bajo la forma del Estado empresarial que, en su forma social, dará lugar al del Estado del bienestar, mezcla maestra del Estado liberal, del Estado Social y del Estado empresarial.

En el marco de estas premisas es que hay que entender que pasó en el caso ecuatoriano. Tema que abordaremos en una próxima reflexión.

JORGE OVIEDO RUEDA

Publicado en Línea de Fuego

23/Nov./2012, Quito

 

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