ECUADOR MESTIZO

 

Nueve meses después de la llegada de Colón a tierras americanas, se oyó en el aire el grito del primer niño mestizo. Desde entonces el mestizaje en América ha tenido que inventar estrategias para poder vivir. Es que nunca fue fácil. Aprisionado entre lo indio y lo blanco le ha costado mucho trabajo tomar conciencia de su propia identidad.

El indio se vio obligado a aceptar su opresión. Asimiló el golpe y se refugió en la espera como estrategia. Sabía que el Pachacutik tenía que llegar. Los Heraldos de la Historia están anunciando su tiempo.

Para el mestizo, en cambio, la lucha por la vida se saturó de angustias. Nunca supo a dónde pertenecía. Si se acercaba a lo indio, tenía que aceptar la opresión; si a lo blanco, resignarse a la humillación. Peinadillos les decían los blancos colonialistas a los mestizos que se querían parecer a los blancos para evadir los tributos; cholos les dicen los blancos actuales para alejarlos de su pureza racial. Poco es lo que ha cambiado de la colonia a nuestros días.

Pero el mestizo confundido ha visto, siglo tras siglo, crecer su estrato. El blanco desprecia al indio, pero somete a sus mujeres. Crece sin pausa el mestizaje; igual sucede con el negro. A comienzos del siglo XIX, indios, negros y mestizos lucharon por la independencia llevados de la mano de los blancos que les había humillado y ofendido durante siglos. El mestizo comienza a preguntarse qué es y cuál es su destino.

Eugenio de Santa Cruz y Espejo siente en sus venas el mestizaje como una fuerza creadora que se proyecta al futuro. Con americanos como Espejo se inaugura la marcha por la conquista de nuestra verdadera libertad e independencia.

El siglo XIX es el siglo de la miscegenación racial en América. El siglo XX es el del pleno mestizaje. Hoy por hoy, somos un continente mestizo, pero tenemos un pensamiento blanqueado; las sombras de la colonia nos siguen asustando. Ha llegado la hora de recordar quiénes somos.

“Éramos una máscara, con los calzones de Inglaterra, el chaleco parisiense, el chaquetón de Norteamérica y la montera de España. El indio, mudo, nos daba vueltas alrededor, y se iba al monte, a la cumbre del monte a bautizar a sus hijos. El negro, oteado, cantaba en la noche la música de su corazón, solo y desconocido, entre las olas y las fieras. El campesino, el creador, se revolvía, ciego de indignación, contra la ciudad desdeñosa, contra su criatura. Éramos charreteras y togas, en países que venían al mundo con la alpargata en los pies y la vincha en la cabeza.”

Hoy ha llegado la hora, como Martí quería, de hermanar la alpargata y la toga, desestancando al indio y dándole un lugar al negro, no desde la cumbre de la blanquitud arrogante, sino desde la inmensa planicie del mestizaje americano para luchar juntos por nuestra definitiva liberación social y económica.

Somos un continente mestizo y tenemos que aprender a pensar como tal. Mestizo es nuestro presente porque sus raíces son mestizas y mestizo será nuestro futuro porque nuestro presente también lo es.

Nunca alcanzaremos nuestro destino mientras permitamos la invasión indiscriminada de formas de vida ajenas a nuestra realidad, como actualmente sucede. “Injértese en nuestras repúblicas el mundo, pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas”, decía sabiamente Martí.

Ñucanchi Socialismo es esa alternativa.

 

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