UN CANDIDATO DE TODO EL PUEBLO

Recordemos un poco los últimos acontecimientos de la vida política de nuestro país. La quiebra bancaria de fines de los años ochenta, de indiscutible naturaleza fraudulenta, provocó la caída de Jamil Mahuad, cuando la misma Banca se dio cuenta de que Mahuad buscaba protegerse del diluvio que se le venía encima. Fue entonces cuando uno de los banqueros contribuyentes a su campaña política hizo pública la exhibición de un cheque por una suma importante y que se constituyó en el detonante definitivo. La toma de los bienes del país se había venido programando desde largo tiempo atrás – desde las administraciones de Febres Cordero y Borja – y había alcanzado la maduración del proyecto desde la llegada al poder del binomio Durán Ballén y Dahik. El tiro era – y sigue siendo – adquirir los bienes del Estado (telecomunicaciones, petróleo, empresas de aviación, ingenios azucareros, fábricas de abonos, etc.) por parte de los banqueros con el dinero de los depositantes. El grupo de Febres Cordero fue sorprendido por la victoria de Abdala Buracam y la razón sustancial de su expulsión del poder fue la de evitar que fuera la pandilla bucaramista la que lograra vender los bienes del Estado de manera jugosa en su propio beneficio. Cuando lo botaron, los avisos publicados en la prensa daban reveladora cuenta de que las subastas estaban a pocos días de ejecutarse. Ante el descrédito de Mahuad, los mismos demócratas cristianos estimaron que lo más conveniente era deshacerse de él y reemplazarlo por Noboa, obsecuente servidor. Algún día sabremos el verdadero papel que jugó Gutiérrez en todo este proyecto atracador. Algo lograron bajo el régimen de Noboa, como el negocio del OCP y la entrega de los aeropuertos, pero lo más gordo, el petróleo y las minas, no pudieron llegar a feliz término. En ello es que radica la expulsión de Gutiérrez, quien parece ser que en algún momento le crecieron alas propias y quiso desembarazarse del socio patrón mayor, León Febres Cordero. Palacio no daba la talla para la culminación de los negocios y hete aquí que el viejo adagio popular tomó cuerpo: nadie sabe para quién trabaja. El gobierno de Correa ha ajustado la maquinaria y la ha puesto a punto. Ya se vendieron las telefónicas, se reemplazaron los contratos petroleros y los mineros están al borde de ser ejecutados. No sé qué otras cosas estarán en lista de subasta, pero lo que sí sé es una cosa: el gobierno de Rafael Correa puede ser ideológicamente definido de cualquier manera, menos de la que él se empeña en hacerlo. De socialista no tiene un pelo, igual que el del Comandante Chávez. Son, eso sí, proyectos autoritarios, peligrosamente autoritarios, quizás como no se ha visto en nuestra patria desde las tiranías de García Moreno y Vintimilla. El copar de manera total las instituciones del Estado y ponerlas bajo su absoluto control es ya prácticamente un hecho consumado. Dictar una ley de comunicación que sancione severamente cualquier discrepancia y arremeter contra medios de comunicación sin establecer diferencias, es instaurar un estado de facto, aunque las apariencias le permitan definirse de otra manera.
Advertí ya que derrotar electoralmente a Rafael Correa no es imposible, aunque sí difícil. Claro que primero se necesita que tengamos una seguridad plena de que las elecciones serán limpias y reflejarán el resultado de la auténtica voluntad popular. Con un Consejo Nacional Electoral íntegramente en manos de partidarios del gobierno, con ausencia total de organismos de control que ejecuten lo que deben hacer y con el señor José Miguel Insulza por segunda vez de padrino del bautizo, las cosas serán difíciles. Mucho más difícil sería encontrar un candidato de unidad. Yo no voy a votar jamás a favor de una persona que provenga del pasado nauseabundo de nuestra política, porque sería negar la historia y ésta solo puede caminar para adelante. Ni lo haré tampoco por ningún banquero, no solo por el recuerdo del noventa y ocho sino que por definición ya lo dijo Manolito, el sabio personaje que brotó del ingenio inconmensurable del caricaturista Quino: cuando los niños quieren jugar a los piratas imaginan ser todos directores de la junta directiva de algún banco. Tampoco lo voy a hacer por ninguno de los seudo revolucionarios que encumbraron a Correa y que solo se dieron cuenta de que estaban equivocados cuando los patearon de los cargos. De no haber sido por ello hasta ahora estuvieran en algún ministerio, con la cabeza gacha y la boca bien callada. Así no se hace la revolución. Cuando uno siente que el gobierno en el que se encuentra no cuadra con sus pensamientos, la dignidad obliga a decir me voy como lo hice yo en su oportunidad, del único cargo público que he desempeñado en mi vida.

Enrique Gallegos Arends

Quito DM, 13 de diciembre de 2011

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