EL DISCURSO DEL ODIO

EL DISCURSO DEL ODIO 

Señorita Hilda, le decíamos, a pesar de que los tres años que fue nuestra maestra en la escuela primaria, siempre la vimos embarazada. Dulce como una espumilla de guayaba era la señorita Hilda, con una paciencia que le daba tres vueltas al planeta tierra. Todavía recuerdo su voz, nítida como una cajita de música, siempre que las inevitables penas de la vida dicen presente. Mi dulce y lejana profesora de primaria. Fue a ella, una mañana ya muy lejana, a la que le oí por primera vez en mi vida, hablar del odio. No hay que odiar ni a los enemigos, nos dijo al grupo de curiosos niños que nos sentábamos a su alrededor para escucharla. Odiar es como viajar al infierno. El único que se alegra del odio es el diablo. 

Es el pueblo el que tiene la reazón

Quisiera escribir esas palabras en un enorme cartelón y que un Zepelín gigante lo paseara por todo el Ecuador. La lección de mi dulce maestra debería servirnos para reflexionar, hoy que el odio nos tiene atrapados casi sin remedio. 

La única etapa histórica que exhibe un odio irracional como el que vivimos actualmente, probablemente sea la de fines del siglo XIX, en la que la confrontación liberal-conservadora tiñó de sangre las calles y los campos del Ecuador.  La diferencia con nuestro tiempo es que la confrontación hoy no se dirime en los campos de batalla, sino en los de la moral y la reputación de los contendientes. Las balas de papel, hoy son tanto o más eficaces que las de plomo. 

Otra época de odio galopante fue la administración de Febres Cordero. Un gobierno antipopular, represivo, cuyo símbolo nefasto fue la desaparición y muerte de los hermanos Restrepo. El coletazo final del febrescorderismo fue arrasar con todo para que su sucesor tuviera que reinventar el Ecuador. Aun así, en esa época de triste recordación, la sociedad ecuatoriana no estuvo corroída por el odio, como está ahora.  

Una palabra define el largo período de la partidocracia: corrupción. Todas las funciones del Estado estaban podridas. El Ecuador estaba en manos de la delincuencia organizada en el Estado. Las élites corruptas lejos estaban de pensar en los intereses de las mayorías. Pese al saqueo y la impunidad no se respiraba un aire de odio como el que ahora respiramos. A decir verdad, la gran prensa, que funciona como la voz nacional, callaba y barnizaba la podredumbre con un tranquilizante color rosa, como si todo marchara sobre ruedas. 

En el 2006 comenzaron a soplar aires de cambio. Apareció un líder que parecía venido del futuro. Unió al pensamiento la acción y comenzó una labor de transformación de nuestra triste realidad nacional. Definió como el eje central de su proyecto al ser humano y dejó en un segundo plano al capital. Este simple enunciado -que venía de un líder reformista y no de un revolucionario-, exorcizó las fuerzas oscuras de la reacción local e internacional.  

Un plan de desprestigio al proyecto progresista comenzó a orquestarse desde las altas esferas del poder mundial y local. Las viejas estrategias del peor macartismo anticomunista se comenzaron a aplicar contra un líder que nunca dijo ser comunista ni revolucionario, a lo mucho partidario de un socialismo tipo nórdico enmarcado teóricamente en la socialdemocracia del Estado de bienestar general. Dejó siempre en claro que su intención era ir hacia un socialismo de mercado y, en una fase posterior, desembocar en lo que él llamó un bio-socialismo. Esa línea de conducta política desató el odio militante de la derecha cavernícola y de todos sus aliados y sostenedores. Las fuerzas de la reacción fueron convirtiendo a Rafael Correa, poco a poco, en una criatura despreciable, enemiga de la democracia y de la civilización. 

El pecado de Rafael Correa fue tener la decisión y valentía para enfrentarse a las más oscuras fuerzas tradicionales del poder local. Los toques superficiales que su bisturí comenzó a dar sobre la piel de la inamovible tradición política causaron, en el seno de la derecha, el efecto de una bomba atómica. Reaccionó con la misma virulencia y exageración que Febres Cordero tuvo para eliminar una insignificante fuerza subversiva que pudo ser neutralizada con el diálogo y no con la sangre. Reacción que sólo demuestra el pánico histórico que la derecha tiene a perder mínimamente sus privilegios. Y explicables, por cierto, si se las trata de comprender en el marco de una cruenta e inevitable confrontación de clases.  

Rafael Correa ha sido criticado, desde su irrupción en la política, por haber hecho lo que ningún gobernante hiciera después de la revolución liberal, esto es, crear las condiciones materiales para encaminar al Ecuador por la senda de la modernización capitalista, tarea que, en lugar de ser combatida por las fuerzas tradicionales, debió ser aplaudida y apoyada. La generación de energía eléctrica, por ejemplo, la construcción de carreteras de primer orden, los multipropósitos en la costa, el impulso a la educación de calidad en todos los niveles, la modernización del ejército y la policía y proyectos monumentales como el de Yachay en Imbabura y la refinería de El Aromo en Manabí, entre otros tan importantes como la modernización de los servicios públicos, la recuperación de la dignidad nacional y la defensa de nuestra soberanía, nada tenían que ver con un proceso revolucionario, eran tareas pendientes que la derecha las había relegado al olvido, razón por la cual el Ecuador agonizaba en medio del atraso y el abandono. Correa, sin ser un líder de izquierda revolucionaria, sino uno reformista y modernizante, hizo, en diez años, lo que la oligarquía no lo había hecho en casi dos siglos de vida republicana. La derecha dinosáurica invento el mito de un Correa socialista con la pérfida intención de remover el miedo serval que subyace en la conciencia tradicional del pueblo ecuatoriano a las ideas de izquierda, destruir el avance logrado por el progresismo correista y cauterizar, de forma radical, cualquier brote de transformación verdaderamente revolucionaria, objetivos que la derecha logra alcanzar montada en el lomo del traidor Lenin Moreno. 

En el juego político esa conducta de la derecha es legítima. No es admisible que un boxeador se queje de la fuerza de los golpes de su adversario. Hoy la derecha se ha vuelto a encaramar en el poder y tiene programado quedarse por todo un siglo. Lo criticable es que no haya oposición de izquierda en el Ecuador, que no haya izquierda, ni programa de izquierda ni nada ni nadie que alce la voz para defender los intereses populares. No es cierto que la izquierda auténtica se encuentra replegada, acumulando fuerzas para en un futuro cercano irrumpir arrolladoramente. No siquiera es un mito, es simplemente una mentira.  La “izquierda auténtica” de Yaku Pérez es el Caballo de Troya que tiene el poder mundial para neutralizar la insurgencia popular que ellos saben inevitable, dadas las precarias condiciones generales en que vive la sociedad humana.  

¿Cuál izquierda en el Ecuador? ¿La histórica?, ¿la boba?, ¿la químicamente pura?, ¿la guerrillera?, ¿la mega, ultra, hiper revolucionaria?, ¿la de cafetín?, ¿la marxóloga?, ¿la inglesa de chaleco y leontina?, ¿la cristiana? ¿Cuál izquierda en el Ecuador? Todas juntas hacen la izquierda imposible, que no gana ni la presidencia de un condominio, peor unas elecciones presidenciales. 

Es hora de quitarnos la careta, dejar a un lado el discurso de las buenas intenciones, pensar honestamente en la patria y las necesidades de su pueblo, dejar a un lado esa manía de grandeza que hace de cada militante de izquierda un Che Guevara o un Fidel Castro, tener la humildad de ver y comprender que la política real, hoy por hoy, se la cocina en las urnas y aceptar que el progresismo es la izquierda posible, el único que está en capacidad de competir con éxito jugando con las reglas dictadas por el enemigo.  

Pero esta verdad tan sólida como una catedral, no sólo que es ignorada por esa izquierda, sino que es combatida por ella con más fuerza e irracionalidad que la misma derecha, o, dicho de otro modo, consciente o inconscientemente amplían el discurso de la derecha a niveles ensordecedores, convirtiéndose en mero furgón de cola de la reacción neoconservadora. Asombra su diletantismo, su verborrea ampulosa, su teoricismo barato e ignorantón que no va más allá de los lugares comunes que difunde la gran prensa en contra del proyecto progresista. En realidad no es nada nuevo, se trata de esa misma izquierda que siempre ha privilegiado el verbo y despreciado la práctica y que tiene la marca horrenda del oportunismo tatuada en la piel, esa izquierda que ha demostrado tener excelente olfato para vivir de la política y no para la política.  

Esta es la izquierda que odia al progresismo, la que con la derecha conforma el coro de los odiadores, la que propone asaltar el cielo sin haberse ocupado jamás de construir el vehículo que lo haga posible, la que es más papista que el Papa y más sabia que Marx sin haber abierto nunca uno de sus libros, la que vive hablando de cambiar la sociedad capitalista y no tiene ni idea con que piensa sustituirla, la izquierda que se ha negado sistemáticamente a aprender de la ya larga historia del socialismo mundial y latinoamericano, esa izquierda que se dice martiana y nunca se ocupó de conocer las raíces de Nuestra América, la izquierda que no come ni deja comer, la que se ha instalado cómodamente en la utopía porque no es capaz de vivir en la realidad, la que privilegia los adoquines a la vida humana, esa izquierda es la que odia a Correa. Lo odia porque es la única forma de disimular su enanismo, su conciencia culpable de haber saturado los anales de la historia con discursos vacíos y casi ninguna realización práctica, lo odia porque Correa, con su mismo discurso, estuvo en el poder por más de una década y se dio con la piedra en los dientes cuando pretendió aprovecharse de su triunfo. Por eso lo odia. 

La campaña de descorreización en la política iniciada en el período del traidor Moreno surtió a esa izquierda del más letal argumento que la derecha usa ahora contra los líderes populares, el de la corrupción. Lo grave de esta acusación es que es relativamente cierta porque el correismo en particular y el progresismo en general, en sus diez años de hegemonía, demostró muchas de sus debilidades, una de ellas la falta de moral revolucionaria en sus cuadros y militantes. Un refrán popular nos advierte que en arca abierta el justo peca y eso explica los casos de corrupción, pero destripar al progresismo por esta debilidad, en el caso de la izquierda, es estar podridos de odio irracional y en el de la derecha aprovecharse de los errores cometidos por un proyecto político, que como ya hemos dicho, en proyección amenaza sus privilegios. De donde es fácil deducir que la mejor aliada de las élites retardatarias y atrasa pueblos, ha sido precisamente esa izquierda.  

Una izquierda auténtica tenía la obligación de luchar dentro del progresismo para corregir los errores y empujar el carro de la transformación estructural que es la meta final de todo revolucionario. Pero no, esa izquierda ha sido cómplice de la derecha y. junto con ella. responsable de la triste situación que vive el pueblo ecuatoriano. 

No sirve el argumento de que la izquierda acompañó a Correa desde sus inicios. Fue esa izquierda oportunista la que lo hizo por cargos y prebendas, más no porque tenía un proyecto de cambio y transformación. Su infinita vanidad pretendía quitar a Rafael Correa para ponerse ella, porque para ella era una cuestión de “estilo”. La indudable superioridad de la visión política de Correa le llevó a tensar la cuerda de la lucha de clases, lo que nunca hubiera sucedido de haber sido la protagonista del proceso esa izquierda. Su servilismo y falta de personalidad histórica habría hecho diluir el proceso. Correa dejó sembrado vientos de cambio que una auténtica izquierda revolucionaria debe saber aprovechar.  

Y eso es lo que viene haciendo Ñukanchik Socialismo desde cuando el mismo Rafael Correa ejercía la presidencia. Entonces el correismo se sentía agredido por nuestra radicalidad, pero sabíamos que la nuestra era una posición política de cara a la Historia. Después de tanta agua que ha corrido debajo del puente, seguimos planteando lo mismo: la conformación de un Frente Nacional de las fuerzas progresistas y revolucionarias, que vaya de la izquierda hacia el centro, no al revés.  

De cara al futuro, aceptamos la propuesta del mismo Rafael Correa que coincide con la nuestra. Ñucanchik Socialismo pide ser parte de esa alianza, sin temores ni complejos. Tenemos una propuesta revolucionaria, engarzada en nuestra tradición de lucha y hundida en nuestras tradiciones ancestrales. Sabemos que el progresismo y Correa en el Ecuador y a nivel latinoamericano, es el eslabón necesario para cumplir la meta histórica de transformar nuestra deplorable realidad. Si se nos aplica la ley del hielo y no se nos toma en cuenta, seguiremos adelante. Con Gandhi creemos que cuando se defiende la razón y la verdad no importa estar solos. Un día esa verdad surgirá como un sol, cubriéndonos a todos, sin egoísmos.  

Si la izquierda histórica, la miope, la ultra revolucionaria, la marxóloga, la de cafetín, la de chaleco y leontina, la químicamente pura, la romántica y hasta la boba hubieran comprendido esta verdad, no estaríamos navegando en este mar de odio que amenaza con ahogarnos. En las paredes podríamos escribir las inolvidables palabras de mi maestra de primaria: “No hay que odiar ni a los enemigos. Odiar es como viajar al infierno. El único que se alegra con el odio, es el diablo”. 

Jorge Oviedo Rueda 

27-03-2022 

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3 respuestas a EL DISCURSO DEL ODIO

  1. Jose dijo:

    Ud. esta obsoleto, la nueva lucha es a nivel mundial por un lado los globalistas liderados por los mega millonarios tech que pretenden llevarnos ( y lo estan logrando) a una horrible distopia mezcla de capitalismo, socialismo y fascismo descrito en los documentos del Greal Reset (que se puede investigar en cualquier busqueda de Google porque es publico) y que incluyen algunas recetas de la izquierda incluso marxista (y otras recetas de derecha) y que quieren quedarse con todo y los antiglobalistas entre los cuales me incluyo pero son muy pocos y muy debiles para luchar. Pero por lo menos informese.

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    • modesjor dijo:

      Cuál será su erudicción que no se ha dado cuenta de algo tan elemental que para ser universales primero hay que ser de alguna parte. ¿No cree, señor erudito?

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      • Jose dijo:

        Pero es obvio y los politicos de «alguna parte» es decir Ecuador como su amado lider Rafael Correa no han hecho otra cosa que seguir el libreto del «Great Reset» y no solo eso sino pretendieron construir una nueva oligarquia delincuencial para mantenerse en el poder indefinidamente, es decir eso facilita la dominacion por parte de la elite mundial porque el unico interlocutor local seria Rafael Correa, ademas es el mas proclive a seguir sus recetas. Respondido Maestro.

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