POR QUÉ ES NECESARIO UNA NUEVA IZQUIERDA EN EL ECUADOR

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Tres razones explican esta necesidad:

1. La izquierda en el Ecuador ha fracasado sistemáticamente

2. Correa enterró a “esa izquierda”.

3. Es necesaria una nueva teoría para soñar una nueva realidad.

Analicemos cada uno de ellos.

1. LA IZQUIERDA EN EL ECUADOR HA FRACASADO SISTEMÁTICAMENTE.

Hace ochenta y ocho años se fundó el Partido Socialista Ecuatoriano (PSE). En su fundación convergieron intelectuales de prestigio, sectores medios y trabajadores. Los que tomaron las riendas de la dirección política e ideológica del nuevo partido fueron los intelectuales. El primer documento programático aprobado en la jornada fundacional dejó sin definición categórica el importante tema de la abolición de la propiedad privada sobre los medios de producción, pese a haberse definido marxista.

Intelectuales como Jorge Carrera Andrade, terratenientes como el coronel Juan Manuel Lasso o miembros de la bancocracia como Luis Napoleón Dillon mal podían entender el marxismo como una guía para la acción revolucionaria, apenas lo entendieron como una doctrina ética que debía disputar, en el marco de la legalidad, el favor de los sectores populares emergentes. Este pecado original la izquierda ecuatoriana (PSE y PC) lo arrastró hasta el advenimiento del régimen reformista de Rafael Correa, como veremos.

Después de su fundación el PSE se enfrascó más en la disputa interna con la corriente comunista que en la reflexión y elaboración de planteamientos programáticos verdaderamente creadores que lo distinguieran de la izquierda mundial y latinoamericana, en un momento en que Mariátegui, en el Perú, comenzaba a pensar con cabeza propia. Se ha dicho que la razón principal de la división del PSE fue la existencia de un ala filo comunista; cierto que esto influyó, pero este enfoque desmerece la existencia de un sector de raigambre nacional que trataba de afianzarse en la identificación y solución de nuestros problemas. Ese socialismo nacional y revolucionario ha sido, desde entonces, atacado por el comunismo y ahogado, sin contemplaciones, por todos los matices del socialismo “patiamarillo” surgidos en los últimos ochenta y ocho años.

La izquierda ecuatoriana, desde la década de los años treinta, viene participando en los procesos electorales. En cerca de un siglo nunca puso en peligro la legalidad burguesa, jamás triunfó electoralmente. Sí fue objeto mostrenco en regímenes oligárquicos como el de Galo Plaza Lasso y el del mismo Velasco Ibarra y, como negarlo, tuvo destacada participación parlamentaria en varios períodos, así como figuras individuales del arte y la cultura que le dieron lustre; pero la lucha política por el poder, siempre la perdió.

La disputa electoral por el apoyo popular nunca la ganó, jamás descifró con éxito su rivalidad con el caudillismo velasquista, por ejemplo. Las masas que apoyaron el velasquismo fueron consideradas, por esa izquierda, de segundo orden, casi un subproducto del capitalismo dependiente, en la errónea idea de que en países como el nuestro el sujeto revolucionario era el proletariado. Sentados a la vera del camino vociferaban contra el sistema, sin darse cuenta que la “chusma” velasquista estaba siendo manipulada por la oligarquía para reafirmar su dominación.

Esa izquierda era experta en justificar “teóricamente” su fracaso. Plagada de figuras notables, intelectuales destacados, doctores y sabelotodo, copaba el escenario intelectual y político y relegaba, a planos secundarios, las posiciones de raigambre nacional y revolucionaria que en él existían. El stalinismo absorbente, pese a que actuaba sobre las estructuras comunistas, terminó contaminando también al socialismo ecuatoriano, con lo cual, casi se anularon en sus filas los arrestos “heroicos y creadores” de esa mínima fracción nacionalista.

¿Por qué la izquierda ecuatoriana actuaba de esa manera?

La extracción clasista de sus dirigentes es una de las principales razones, el doctrinarismo rampante es otra y, como consecuencia, la incapacidad crónica de elaborar un programa representativo de los intereses del pueblo. Esa izquierda se conformó con adscribirse a las posiciones “progresistas” más avanzadas, nunca de definir una posición programática anticapitalista y revolucionaria, como le correspondía. Fue una izquierda conceptualmente reformista cuyo accionar se circunscribía a un nivel ético-político, confrontativo en el discurso con las distintas fracciones de la derecha oligárquica. Nunca sus propuestas pusieron en peligro el poder de las clases dominantes y, cuando el pueblo presionó para hacerlo, no supo responder con eficacia revolucionaria, como sucedió en la llamada “revolución gloriosa” del 44, o en el período de la “partidocracia” o de la revolución ciudadana.

En lo que al PSE se refiere, en la década de los años sesenta (1963), se fundó el Partido Socialista Revolucionario, de la mano del doctor Manuel Agustín Aguirre. Treinta y siete años después de su fundación, el ala del socialismo nacional y revolucionario se constituía orgánica y políticamente como un partido diferenciado de la corriente electoralista y legal. Se definió como marxista-leninista, de profunda raíz nacional y opuesto a la concepción comunista de la revolución democrático-burguesa. Sostuvo que la revolución en el Ecuador tenía que ser socialista o no había revolución.

Soplaban los vientos de la revolución cubana y el pensamiento de Fidel Castro y el Che Guevara caía en la tierra fértil del pueblo explotado. “El deber de todo revolucionario es hacer la revolución” decían los barbudos guerrilleros de Sierra Maestra. El SRE trató de estar a la altura de las circunstancias histórica, pero, a pesar de sus heroicos esfuerzos, nada concreto pudo hacer.

En 1978 el PSRE se integró al FADI en un esfuerzo desesperado por salir del aislamiento político en el que había caído. En el FADI el Socialismo Revolucionario hacía esfuerzos para coexistir con el comunismo reformista, pero nunca se consolidó esa alianza. Dentro de la izquierda era una unión contra natura que sólo llegaría a hacerse realidad años más tarde, cuando la fracción reformista del Partido Socialista liquidó, textualmente, al socialismo revolucionario. Entonces se planteó, no sólo una unidad, sino la fusión de las estructuras.

La participación electoral de la “izquierda unida” en el FADI volvió a fracasar. El regreso a la democracia fue consolidando las posiciones reformistas al interior de la izquierda ecuatoriana que ahora, libre de las dictaduras militares de la década de los setenta, consideraba en serio su participación electoral en la política nacional.

El FADI, por su cuenta, y el PSE, ya legalizado, participaron en las elecciones de 1984. El PSE candidatizó a Manuel Salgado Tamayo. El resultado fue un nuevo fracaso electoral que la veta reformista y electoralista -que ya actuaba nuevamente al interior del PSE- hace ver a Enrique Ayala con marcado entusiasmo. “Desde entonces” –dice- “quedó planteada la alternativa…” (electoral. N.A.) Dos años después llevó ocho legisladores al parlamento. La corriente reformista no cabía de dicha, como el mismo Ayala lo demuestra: “este es, sin duda” –dice- “un triunfo electoral enorme y significativo.”[i]

Prevalidos de que la contienda electoral lo era todo en el accionar político de la izquierda, en 1988 el PSE hizo un pacto con el APRE para candidatizar a Frank Vargas Pasos en binomio con Enrique Ayala Mora. Los resultados fueron, una vez más, catastróficos; pero en estos antecedentes están las raíces del liquidacionismo impulsado por esos dirigentes socialistas. Ellos resumirán, en sus posiciones, todo el acumulado histórico del amarillismo socialista al haber liquidado, orgánica e ideológicamente, al socialismo revolucionario.[ii]

En 1988 el electoralismo “patiamarillo” dentro del PSE y de la izquierda ecuatoriana en general, ignoraba la presión que un pequeño grupo de socialistas revolucionarios hacía en su interior para recordar cuales eran las tesis originarias del socialismo nacional y revolucionario (aguirrista) que no apostaba todo a la carta electoral, sino que planteaba la necesidad de construir un partido ideológico, semi clandestino y revolucionario que se fuera adaptando orgánica y políticamente a las exigencias de la lucha social. Eran tesis válidas para toda la izquierda frente a la concepción del “partido de masas” y al desbordante entusiasmo electoral que le había inundado.[iii]

En 1990 la izquierda vuelve al Congreso nacional

En 1990 la izquierda vuelve al Congreso nacional, esta vez el PSE con seis diputados provinciales. No es cierto que el “éxito” se fundamentaba en una reconstitución orgánica del PSE, como dice el “historiador” ad hoc de la corriente amarilla Germán Rodas Chávez, sino en el prestigio personal de figuras locales que aprovecharon el evidente descontento popular que había en el país por el alto grado de descomposición ética y política. Toda la izquierda parlamentaria, incluido el MPD, durante los años noventa, fue parte de la más profunda corrupción alcanzada por el parlamento burgués en toda su historia. Tan radical había sido el cambio de mentalidad en las filas de la izquierda ecuatoriana que hasta hoy, figuras como las de Ayala Mora o Salgado Tamayo, incluyen, con orgullo, en sus currículos, las dignidades que ocuparon en las cloacas del poder burgués. En manos de esos dirigentes socialistas estaba la conducción del partido y la formación ideológica de su militancia.

El electoralismo “izquierdoso” en 1992 se presentó por separado a las elecciones presidenciales. Dentro del PSE la corriente liquidacionista y electorera encabezada por Granda y Ayala -que hacían mayoría en el seno del Comité Ejecutivo-, impuso la candidatura de León Roldós Aguilera, pese a que para entonces había sido nombrado secretario General del Partido Diego Delgado Jara que siempre defendió su condición de socialista revolucionario.[iv] Los resultados volvieron a ser decepcionantes.

Fracaso tras fracaso, desde los años treinta, nunca un performance peligroso para los poderes establecidos. Hasta la candidatura del seudo socialista León Roldós Aguilera, la izquierda ecuatoriana seguía siendo víctima de su pecado original: tendencia legal-electoralista y ausencia de un programa de raigambre nacional y revolucionario.

La búsqueda de instancias competitivas en el tinglado electoral ecuatoriano llevó a la corriente reformista de la izquierda a la fusión orgánico-política del PSE con el PC. “Dicha fusión constituyó el reencuentro de las raíces históricas de la izquierda…” anota Rodas.[v] Claro, el reencuentro histórico de la corriente electoralista que había prevalecido desde el surgimiento de la izquierda en 1926, de espaldas a la izquierda nacional, revolucionaria y socialista, añado yo.

En el gobierno de Mahuad se produjo el feriado bancario. La corrupción institucional se desbordaba por todo lado, la partidocracia se repartía la nación a su antojo, teniendo en sus manos el férreo control de todas las funciones del Estado. Con la caída de Mahuad se inicia en el Ecuador uno de los períodos de mayor inestabilidad política de su Historia y se precipita la más profunda crisis institucional jamás conocida. El país fue víctima de las políticas de reajuste estructural dictadas por los organismos internacionales de crédito en contubernio con la partidocracia nacional.

En medio de esta crisis generalizada y con la presión de un pueblo que estaba dispuesto a luchar hasta las últimas consecuencias por sus derechos, la izquierda reformista y electorera, en lugar de tomar la iniciativa y proponer soluciones políticas y económicas inspiradas en las necesidades transformadoras del pueblo, se sentó en la orilla del camino a esperar que llegara el Mesías prometido y, como era de esperarse, la Divina Providencias les envió el Redentor en la persona de Rafael Correa Delgado.

La izquierda ecuatoriana, sin excepción, se embarcó en la nave del nuevo timonel. Así es como la izquierda volvió a poner su “granito de arena” para que se consumara el acto más importante de todo proceso político, cual es, el triunfo electoral y la posesión del Estado, acto que se llevó a cabo el 10 de Agosto de 2007, teniendo a Correa como el Rey de esta creación de la, desde ahora, “izquierda boba” más oportunista del continente. Por primera vez la izquierda, unida al proyecto reformista de Correa, triunfaba apoteósicamente en una contienda electoral. Había “jugado como nunca, pero perdido como siempre”.

¿Por qué digo que Correa enterró definitivamente a la izquierda oportunista y reformista del Ecuador? Lo explicaré en una próxima entrega.

Jorge Oviedo Rueda

Escrito para Lalíneadefuego, 4/noviembre/2014, Quito.


[i] Ayala Mora, Enrique: El Partido Socialista Ecuatoriano en la Historia, Ediciones La Tierra, Quito, 1988, pg.23.

 

[ii] Enrique Ayala Mora fue, después de las elecciones presidenciales de 1992, el principal impulsor de una fusión orgánica y política con el APRE de Vargas Passos. La militancia revolucionaria se opuso. En el siguiente documento, que tiene mi firma y otros, se expresan las ideas y el sentimiento de esa militancia: ¡Defendamos nuestro partido! ¡Digámosle no a la fusión!, mimeo interno, 1995, Quito.

 

[iii] Sólo como una pequeña muestra de que en medio de la fiesta electoral un sector luchaba denodadamente por corregir la marcha del PSE, hago públicos los siguientes documentos: Nuestro Partido de masas es nuestro partido de cuadros, mimeo interno, 1987; Carta a La Juventud Socialista ecuatoriana, mimeo interno, 1992; Mensaje a la Juventud Socialista Revolucionaria ecuatoriana, mimeo, interno, 1993. Todos de mi autoría

 

[iv] Germán Rodas sostiene que Delgado se apropió de las siglas PSRE después de que el SRE se había insertado orgánica y políticamente al SE en la década de los ochenta. Nunca sucedió tal cosa. La corriente revolucionaria fue minimizada, ignorada y combatida por el eje reformista de Ayala, Granda y el mismo Rodas. Véase: Rodas Chávez, Germán: La izquierda ecuatoriana en el siglo XX, Abya Yala, Quito, 2000, nota, pg. 162. Véase también el siguiente documento de mi autoría: Carta a Diego Delgado Jara, Secretario General del PSE, mimeo, Quito, 17 de febrero de 1992.

[v] Rodas Chávez, Germán: La izquierda ecuatoriana en el siglo XX, Abya Yala, Quito, 2000, pg. 165.

 

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