QUÉ DIFÍCIL ES…

            A finales del siglo XX la derecha mundial desató una ofensiva para convencer al mundo de que la Historia había llegado a su fin. Proclamaron la era de la unipolaridad y de la marcha unida de todas las naciones amantes de la “libertad y el progreso”. Pusieron de ejemplo dos hechos icónicos como fueron la caída del muro de Berlín y el derrumbe del socialismo real de la Unión Soviética. El mundo unipolar significaba la hegemonía indiscutible de los Estados Unidos seguido del resto de potencias capitalistas. De un plumazo los gurús del sistema eliminaban las contradicciones.

            Desde entonces el tiempo histórico ha seguido su marcha. La hegemonía norteamericana en el mundo se ha traducido en agresiones bestiales a pueblos como el de Irak, Siria, Libia, Yemen, Palestina en el viejo continente y amenazas apocalípticas como la que se hace al pueblo venezolano en el nuevo. Una hegemonía sangrienta que no admite reparos ya que al que no está de acuerdo se le declara enemigo de la democracia y la libertad. El mundo unipolar es un mundo monocolor y hay que aceptarlo, obligatoriamente, incluidos muros infamantes como el de Trump en la frontera sur de su país o el apoyo abierto o enmascarado a las fuerzas terroristas de ISIS o al sionismo judío.

            Pero pese al postizo optimismo de los heraldos del capitalismo corporativo mundial es imposible ocultar las contradicciones dramáticas del sistema a cuya cabeza se encuentra la desigualdad económica de las naciones. Potencias inmensamente ricas como los Estados Unidos y naciones extremadamente pobres como Haiti en América Latina o Ruanda en África que registran per capitas que no sobrepasan los cien dólares mensuales o la gran concentración de la riqueza social en pocas manos que convierte a un mínimo dos por ciento de la población mundial en dueños de fortunas equivalentes al ingreso total de más de tres mil millones de pobres en el planeta. Vivimos en un mundo sin equilibrio, en el cual unos disponen de todoy otros mueren de hambre y necesidades. Datos no actualizados de la ONU señalan que cerca de mil millones de habitantes de nuestro planeta están amenazados de muerte por hambre. El éxodo de seres humanos que van del sur al norte en todo el globo no es causa de la pobreza, sino efecto, su más cruel manifestación.

            Las naciones poderosas se empeñan en ignorar esta situación de fondo y creen que con “ayuda humanitaria” se puede resolver tan grave situación. Ese humanitarismo interesado no es sino un pretexto para mantener los hábitos descontrolados de consumo a los que se ha acostumbrado el llamado primer mundo y con lo cual, mientras se perfuma esa sociedad, se destruye de manera irreversible la naturaleza que nos da de vivir, empujándonos a todos a la destrucción. La imagen de que vamos en el mismo barco es justa si consideramos a la tierra como ese barco, pero no sirve si suponemos que todos sus ocupantes están dotados del mismo nivel de conciencia para conducir el barco por la ruta correcta. Dentro de esa nave chocan, de manera inevitable, los intereses opuestos e irreconciliables de sus marineros.

            Choca el millonario con el indigente, el poderoso con el débil, el propietario con el desposeído, el que tiene poder con el que no, el que está arriba con el que está abajo. Eso es lógico. La Tierra no es el paraíso y en ella la lucha de los intereses contrapuestos ha sido la característica principal desde la disolución de la Comunidad Primitiva, razón por la cual, proclamar el “fin de la Historia” o de las contradicciones sociales  como han hecho los poderosos del mundo, no es sino argumentar a favor del orden establecido dentro de la nave y negar toda posibilidad de corregir su rumbo.

            Qué difícil resulta, entonces, conciliar los contrapuestos intereses de todos los navegantes. La teoría de que todos somos hermanos y pertenecemos a una misma humanidad y que, por el bien de todos, debemos deponer nuestros intereses de grupo e individuales para ubicarnos más allá del bien y del mal, suena bonito, pero es imposible. La historia sólo se plantea metas posibles y un cambio repentino de los niveles de conciencia de las masas está más allá de la realidad. No hay método que pueda ampliar la conciencia de la humanidad irredenta en poco tiempo, ni las hierbas de poder, ni las buenas intenciones, ni la tecnología, ni nada puede producir una mutación instantánea  capaz de cambiar el rumbo de la nave. Estamos abocados a la lucha. La lucha es el único camino.

            ¿Qué lucha? La del débil contra el fuerte, la del pobre contra el potentado, la del humilde contra el prepotente, la del acorralado contra el acorralador. Esta misma concepción tiene el poderoso, pero su ventaja está que su violencia la disfraza con el discurso del orden. Miles de años han preparado un ejército de esclavos que creen hacer bien en defender el orden de sus amos. La conducción de la nave, que ahora está en manos de los poderosos, cuenta, también, con ejércitos de esclavos alienados, convencidos de que besar la mano de sus opresores es la única manera de estar seguros. Los amos condenan la violencia liberadora de los esclavos, pero auspician y promueven la violencia que los reprime.

            En conclusión, vivimos en guerra y es muy difícil que llegue a su fin mientras se mantengan tan grandes contradicciones. Trump representa el pensamiento colonizador de todos los tiempos, Putin la posición contestataria, sin que sepamos, a ciencia cierta, si un triunfo eventual de sus argumentos signifique simplemente un cambio de hegemonía y no un asalto al timón de la nave para enrumbarla por un nuevo camino. Lo que está claro para el pensamiento ancestral andino es que hay que conspirar para organizar un motín a bordo, sin miedo a la violencia revolucionaria. No hay otro camino. Todo aquello que contribuya al triunfo de la insubordinación hay que apoyarlo. La ciencia política concibe la historia como un proceso que va de menos a más. El secreto está en ser capaces de ver el futuro, en ubicarnos tres palmos por arriba del común de la gente y con esa visión del horizonte marchar sin titubeos. Estar preparados para que cuando el motín esté en su punto, seamos capaces de asaltar el timón del barco e imponer el rumbo que le conviene a toda la humanidad, malos incluidos.

14-04-2019

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