EL PARAISO SI EXISTE

A mis siete años el curra de la parroquia me preparaba para la primera comunión. De la Historia Sagrada me fascinaba el capítulo dedicado a la creación de Adán y Eva. Un muñeco de barro al que  el supremo creador le dio un soplo de vida, luego de una costilla del hombre hizo a la mujer, su compañera. Desnudos e inocentes vivían en un lugar en el que los ríos eran de leche y los animales paseaban a su gusto por la pradera. No había violencia de ninguna clase, todo era paz y armonía.

Me he quedado con esa imagen ideal desde entonces, imaginando que sí existe el paraíso. Un lugar más allá del capitalismo, más allá del socialismo y del comunismo, un lugar en que los seres humanos se aman a sí mismos y aman lo que hacen. Utopía, dicen unos, Ciudad del Sol, otros, falansterios, los de más allá. La Historia Sagrada que me enseñaba el párroco, decía Paraíso Terrenal.

Desde entonces muchos sesudos libros han pasado por mis ojos. La evidencia científica me hizo comprender que el cuento del párroco no era sino un mito, como el de Zeus, el de Thor o el de la cosmogonía de cualquier pueblo primitivo de la Amazonía. Mito, nada más, “narración maravillosa ubicada fuera del tiempo histórico”, dice la Real Academia de la Lengua. Fuera del tiempo histórico, eso es…lamentablemente.

La historia de los pueblos es la historia de la producción, la historia de cómo los seres humanos aprendieron a interactuar con la naturaleza para poder vivir de ella, es la historia del proceso material de la relación del ser con su entorno. Ese proceso lejos ha estado o está de ser un idilio de amor y armonía, es un proceso cruento de destrucción-construcción que en la medida que ha transcurrido el tiempo histórico se ha vuelto contra el ser humano, artífice del mismo. Hoy la producción aplasta al ser y creo de manera irreversible. Desde este punto de vista el paraíso terrenal del buen párroco jamás existió, desde siempre, la lucha de las especies animales para sobrevivir es más real que la imagen bíblica de convivencia pacífica entre los leones y las gacelas.

Pero también los sesudos libros y las ideas subversivas me han hecho comprender que, dentro de esta sangrienta lucha por la vida -que se ha vuelto cada vez más desigual en los últimos doscientos años-, si hay sitios que parecen ubicarse fuera del “tiempo histórico”. Son los paraísos construidos por los ricos para su provecho y beneficio, sitios que ni la más afiebrada imaginación de los miles de millones de seres humanos que habitan el planeta tierra puede imaginar, pero que están ahí, que existen, que son reales, que están lejos pero son tan concretos como la luna o los astros del cielo.

Una revista magazine que sólo circula entre las élites informa que Bill Gates, por ejemplo, paga cinco millones de dólares para pasar quince días de vacaciones con su familia en alguna parte del mundo. Nada hay que no esté a su alcance. Igual sucede con el puñado de mega millonarios que dominan el mundo. Ellos viven en paraísos donde el mal ha desaparecido, donde los deseos se hacen realidad, donde soñar no es necesario porque se vive en un sueño, donde puedes ir con una hoja de parra en las partes pudendas o lucir un abrigo de pelo de murciélago porque en ese paraíso particular nada es imposible. Es un mundo amurallado y se ubica en cualquier parte donde el poder económico entra. Cada vez estos paraísos se ubican más en los lugares del planeta donde el aceite corrosivo del dinero no ha llegado, ahí donde todavía queda aire puro y agua fresca.

La lógica empresarial que ha creado estos seres especiales, diferenciados del resto de mortales, abre, de vez en cuando, ventanas para q se filtre la información necesaria para mantener viva la expectativa en las masas ignorantes de que con tesón e inteligencia se puede llegar a ser propietarios de uno de estos paraísos. A esa lucha por el paraíso se le llama lucha por la vida, inevitable y necesaria porque así está establecido por la divina Providencia. Es una lucha de hienas en las que unas se comen a otras y unas pocas, según se ve, tienen la bendición de Dios para llegar a tener su propio paraíso.

En países como el nuestro tenemos réplicas de estos privilegiados. En el facebook circula un post en el que se le ve a Álvaro Noboa haciendo ejercicio en su gimnasio particular y, mientras camina, les manda parabienes a los internautas esperando que “hayan desayunado bien para luchar mejor por la vida”. Es una burla a los millones de ecuatorianos que no alcanzan a reunir cinco dólares diarios para vivir; igual que Jurado que, desde un alto cargo en el gobierno, asegura su fortuna en los “paraísos” fiscales para poder comprar el suyo propio o como Jaime Nebot que desayuna con gente humilde que viven en tugurios de cemento después de haber saboreado exquisiteces importadas en su mansión de Samborondón.

Ahora sé que si existe el paraíso terrenal del que me hablaba el buen párroco en mi niñez, lo que nunca me dijo es que el Santo Padre derrama sus bendiciones sobre cierta gente y no sobre toda la gente, lo que no me dijo es que el paraíso terrenal tiene un sello de clase y que tiene las puertas cerradas para miles de millones de ilusos que siguen creyendo en la justicia divina.

 

21-11-2018

 

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