¿PARA QUE SIRVE EL MIEDO?

Dicen que el coronavirus es un virus creado en los laboratorios, dicen también que lleva dedicatoria para los viejos y dicen que los mismos creadores del virus ya tienen la vacuna que dicen, además, que la venderán al mundo entero. Todo es posible, nada es comprobable.

Lo único comprobable es que una ola de miedo ha recorrido la columna vertebral de la humanidad en este último mes, miedo tan poderoso, que ha logrado callar y paralizar la frenética actividad de la sociedad de consumo que es en la que vivimos inmersos. Se ha hecho el silencio y los miles de millones de seres humanos que viven apiñados en las grandes urbes, han vuelto a descubrir el canto de los pájaros y la limpia melodía del agua. Era tanta su enajenación, que dos cosas tan simples y naturales, les han parecido un milagro. Es algo similar a los postreros minutos de la vida, cuando frente a nuestros ojos se hace la luz, una luz tan pura que ya no queremos volver atrás.

Pero, ¡oh fatalidad! Como sociedad no nos está permitido seguir adelante, tenemos, fatalmente, que regresar, regresar a la frenética actividad de la sociedad de consumo en la que todo tiene un precio, hasta la dignidad y la honestidad, regresar al mundo de la feroz competencia, en la que triunfa el más fuerte o el más corrupto, regresar al cambalache brutal del que nos habla el viejo tango de Disépolo.

Ahora me pregunto, ¿hay lugar a un cambio cuando esto haya pasado? No, definitivamente, no. El mundo seguirá en manos de los poderosos de siempre que dominarán mejor porque habrá menos gente y por ende menos problemas, porque la conciencia social seguirá siendo la del hombre como lobo del hombre.

Todo lo que se dice del coronavirus es probable, pero no comprobable, como he dicho al principio, pero de algo estoy seguro, el miedo que se ha creado es tan comprobable como los océanos que existen, o las montañas o el latido de mi corazón.

La pregunta que se desprende, entonces es, ¿para que sirve el miedo? Yo respondo: para retrasar el cambio, para impedirnos volver a escuchar el canto de los pájaros y el rumor del agua, para obligarnos a seguir, sin protestar, en la infernal licuadora de la sociedad de consumo, que todo lo tritura y todo lo convierte en mierda.

Jorge Oviedo Rueda

1-4-2020

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